Treinta
TREINTA
HANA
No enterraron a Babcia con una gran misa en una bonita basílica y con cientos de asistentes bien vestidos, sino con una rápida ceremonia en el jardín trasero, entre ataques de los Stuka.
—No es lo que ella habría querido —se lamentó Magda.
—Es un entierro propio de una guerrera —repuso Zuzi con rotundidad.
—Estamos aquí, y eso es lo que importa —añadió Orla.
Hana supuso que así era y se acercó al corro que formaba su familia, mientras esperaban a que el bombardeo se interrumpiera para poder salir y bendecir la tumba de su abuela.
Todos se habían quedado muy tocados. Alguien había ido a buscar a Jacob a Ś ródmie ś cie, y Szymon Ancel, que lo había traído en persona, esperaba también respetuosamente, un poco alejado.
Pegado a Magda, al pobre Jacob se lo veía perdido como un niño, a pesar del casco prusiano que sujetaba bajo el brazo y que Hana tanto detestaba, aunque se alegraba de que su hermano estuviera con ellas.
Había muchas familias que se habían visto obligadas a separarse después de quedar atrapadas en diferentes zonas de Varsovia y que solo podían comunicarse gracias al valeroso trabajo de los scouts que hacían de correos.
Los D ą browska tenían suerte de seguir juntos, y en aquel momento necesitaban apoyarse unos a otros.
Orla lloraba sin disimulo mientras abrazaba a Nella y dejaba que sus lágrimas mojaran el suave pelo de la bebé, y Hana envidió la facilidad de su hermana para expresar su dolor.
Zuzi, en cambio, estaba rígida y se rodeaba el cuerpo con los brazos mientras reprimía el llanto, y, aunque Bronis ł aw no andaba muy lejos, igual que había hecho durante toda la noche, ella se negaba rotundamente a mirar en su dirección.
Hana deseó que su arisca hermana dejara entrar en su vida a aquel hombre encantador; todos necesitaban consuelo, y Zuzi más que nadie.
Ella era la que había estado más unida a Babcia y la que había estado a su lado cuando había recibido el disparo, y también cuando el techo del hospital se había derrumbado.
Hana temía que Zuzi considerase que su muerte era responsabilidad suya, y no soportaba verla sufrir.
Los Stuka desaparecieron del cielo y, tras santiguarse, el sacerdote salió con rapidez a lo que en su día había sido un hermoso jardín para empezar el servicio antes de que la siguiente oleada de aviones se cerniera sobre Varsovia, y ocupó su lugar en la cabeza del montículo de tierra que cubría el cuerpo de Babcia, seguido por la familia.
Eduard había cavado la tumba al alba, antes de dirigirse a su trabajo como camillero, y Bronis ł aw y él habían tendido dentro a Kamilla, envuelta en las sábanas de su ajuar de boda, que había guardado con cuidado en el fondo de una cómoda de madera tallada.
Al menos ellas tenían el cuerpo de Babcia para poder enterrarlo y presentarle sus respetos, pensó Hana.
El de Emil estaba hundido en algún lugar en el fondo del Vístula, desconocido para todos menos para ella, que lo llevaba en su corazón.
Un día, cuando todo aquello terminara, le buscaría una tumba en condiciones, pero por ahora el entierro de su abuela se mezclaba de alguna manera con el entierro de su prometido, y Hana agachó la cabeza y rezó por los dos mientras escuchaba las apresuradas palabras del sacerdote.
Por lo menos, la tumba estaba marcada de una manera apropiada para una mujer de la talla y el orgullo de Babcia Kamilla, y Hana contempló a través de sus lágrimas la majestuosa cruz de plata que brillaba entre las muchas de madera que llenaban el jardín devastado.
Los interminables incendios habían arrasado los hermosos macizos de flores, de modo que los únicos colores que adornaban la tumba eran los de las piedras preciosas de la cruz, que brillaban desafiantes a la inclemente luz del sol y proyectaban reflejos de una hermosura incongruente sobre la tierra que cubría el cuerpo.
Hana se alegró por aquel recordatorio de que la belleza seguía existiendo incluso en aquella tierra calcinada y dejada de la mano de Dios.
—Que el Señor bendiga y acoja su alma, amén.
—Amén —repitieron todos mientras el sacerdote agachaba la cabeza.
Apenas habían pronunciado la palabra cuando el revelador silbido de un Stuka los obligó a escabullirse de nuevo dentro del edificio, y el entierro se interrumpió como todo lo demás en la asediada Varsovia.
Hana se detuvo en la puerta para mirar atrás y la cruz pareció guiñarle el ojo, bañada en un destello de luz reflejado en el fuselaje plateado del bombardero. Eso la hizo sonreír.
—Mirad —les dijo a los demás—. Incluso muerta, Babcia Kamilla se atreve a desafiar al enemigo.
Orla y Zuzi se acercaron, cada una con el brazo alrededor de la cintura de la otra, y, al mirarlas, Hana sintió una vez más la responsabilidad de cuidar de sus hermanas menores.
—La abuela querría que fuéramos felices —dijo.
—Tú no lo eres —replicó Zuzi.
Hana tragó saliva.
—Estoy triste por haber perdido a Emil, sí, pero soy feliz de teneros todavía a vosotras.
—Por ahora.
—No digas eso —protestó Orla, colocándose mejor a Nella sobre la cadera—. Solo tenemos que mantenernos con vida y, de alguna manera, todo mejorará.
Le dio un beso a la niña en su suave naricita y Hana la miró con cariño.
—¿Eduard se ha alegrado de que Nella haya vuelto? —se atrevió a preguntar.
Orla se encogió de hombros.
—Casi no he podido hablar con él, por… —Señaló la tumba—. Pero fue mi decisión y no me arrepiento.
—Claro. —Hana miró a su hermana pequeña y admiró la nueva fortaleza que erguía sus hombros—. Lo que hiciste estuvo bien, Orla.
—¿Tú crees? Seguro que Babcia diría que soy una boba sentimental, y lo soy (sentimental, quiero decir), pero eso ya no me parece una bobada.
—A mí me parece muy valiente —le dijo Han a con rotundidad—. ¿A ti no, Zuzi?
—¿Qué?
—¿No te parece valiente dejarte llevar por los sentimientos? —¿Los sentimientos? No. En fin, no mientras estemos en guerra. Babcia nos pidió que cuidáramos de Varsovia.
—También nos dijo que cuidáramos unas de otras.
—Y pienso hacerlo. —Zuzi dedicó una mirada indómita a sus hermanas—. Sabéis que moriría por vosotras, igual que por Mama y Jacob.
Hana tragó saliva.
—Gracias, supongo, pero no me refería a eso. —Se interrumpió mientras reunía el valor para añadir—: Creo que Bronis ł aw quiere hablar contigo…
Señaló al médico, que seguía esperando cerca de ellas, pero Zuzi negó con la cabeza.
—No tengo tiempo para eso; debo volver al trabajo. Es lo que Babcia habría querido de mí… y de vosotras también.
—Babcia entendería… —empezó Hana, pero, tras darles un beso brusco a las dos, Zuzi se dio la vuelta—. ¡Cuídate, Zuzi! —le gritó Hana—. Hasta el anochecer, ¿vale?
—Hasta el anochecer —gritó Zuzi por encima de su hombro.
Y, sin más, desapareció en dirección a las ruinas de Stare Miasto para seguir luchando, y Hana solo pudo rezar para que el dolor que su hermana se negaba a reconocer y expresar no empañara su juicio en las peligrosas situaciones que le esperaban.
—Supongo que será mejor que yo también me vaya —le dijo a Orla a regañadientes.
A decir verdad, estaba harta de la guerra, harta del hambre, el dolor y el sufrimiento.
Hablaba de corazón cuando decía que se alegraba de tener todavía a su familia, pero parecía que lo único que hacían ahora era aferrarse unos a otros mientras flotaban en un bote salvavidas deteriorado, lejos de la orilla.
Varsovia se había sublevado y había mandado un mensaje desafiante al mundo, y el mundo no había escuchado.
Por lo visto, al mundo le importaban un bledo los habitantes de Varsovia, y Hana no pudo evitar mirar hacia la tumba poco profunda en la que descansaba el cuerpo de Babcia y preguntarse cuántos yacerían a su lado antes de que terminara aquella guerra.
«Vamos —se dijo, contrariada—. Babcia no aprobaría estos lamentos autocompasivos». Su abuela le diría que volviera al trabajo, igual que había hecho Zuzi, y, en realidad, ¿qué otra cosa podía hacer? Acurrucarse en un rincón y ponerse a llorar no le iba a servir de nada a nadie.
Una hora después, Hana se hallaba en el cuartel general de Bór mirando a su jefe con preocupación.
Desde el sombrío día en el que el tanque había estallado delante de su despacho, el comandante había tenido constantes dolores de cabeza y, a todas luces, el de ese día era intenso.
Tenía los ojos entornados para protegerse del perenne sol que entraba por las ventanas y se masajeaba las sienes con los dedos, como si quisiera arrancarse el dolor de dentro.
—¿No cree que debería acostarse, señor? —preguntó Hana, nerviosa.
—No hay tiempo para descansar —fue la brusca respuesta.
Hana suponía que era verdad, pero no entendía cómo él podía lidiar con aquella pesadilla sintiéndose así.
Por lo visto, su mujer seguía con vida en algún lugar de Varsovia, con su hijo de dos años y otro bebé a punto de nacer en cualquier momento, pero Bór no podía estar con ellos, lo cual era espantoso.
Hana estaba convencida de que ella habría sido incapaz de apañárselas de no haber podido abrazar a su familia cada noche, y el corazón se le partía por el comandante del AK , que parecía estresado.
Le dedicó una mirada nerviosa a Agaton, que dio un paso adelante.
—Los preparativos para evacuar Stare Miasto casi han finalizado, señor, y creo que el Consejo Nacional debería ser el primero en salir de allí. La radio está en las últimas y ¿de qué sirve tener un centro de mando si no puede contactar con aquellos a los que ha de mandar?
—Eso es cierto —refunfuñó Bór, y a Hana le pareció ver una expresión de alivio cruzar su rostro—. ¿Y dice que la situación en Ś ródmie ś cie sigue bajo control?
—Por completo, señor.
—¿No tengo que rendirme?
—¡¿Rendirse?! —exclamó Agaton, y Bór hizo una mueca—. Disculpe, señor, pero ¿por qué iba a rendirse?
—Hay gente que lo ha pedido porque cree que nuestra situación es desesperada. ¿Lo es, Agaton?