Veintinueve #2
El fuego ardía, cálido e insistente, en las entrañas de Zuzi. Aquel hombre, aquel hombre guapísimo, inteligente y competente pensaba que ella era increíble. Sintió deseos de inclinarse hacia delante y pegar sus labios a los de él, pero eso habría sido demasiado atrevido.
—¿Cómo se llaman tus hermanos? —balbuceó.
Él parpadeó.
—Zander y Jakub.
—¿Jakub, como el mío?
—Sí, pero mi hermano pequeño está en un campo de trabajo en alguna parte. Los dos lo están. Lo ultimo que supe fue que los habían enviado a un sitio llamado Mauthausen y solo puedo esperar es que estén juntos y a salvo.
Zuzi trató de imaginar lo que sentiría si no supiera dónde se encontraban Hana y Orla, y el corazón se le partió solo de pensarlo.
—Debe de ser muy duro. ¿Cuándo fue la última vez que los viste?
—En febrero de 1943. La Gestapo asaltó nuestra casa y se los llevó a los tres.
A mi padre y a mí nos avisaron antes y nos escondimos unos días en casa de unos amigos muy amables, pero cuando nos enteramos de que habían mandado a mi madre, a Zander y a Jakub fuera de la ciudad, huimos a Varsovia.
Mi padre había conocido a Bór cuando imprimía documentos falsos para los judíos del gueto de Ł od ź , y enseguida le ofrecieron un puesto en el AK .
Yo también me presenté voluntario, pero cuando averiguaron que era médico, me asignaron al Juan de Dios y desde entonces no he parado de aprender.
—Febrero de 1943. —Zuzi meneó la cabeza—. Hace ya un año y medio.
—Un año, seis meses y quince días —dijo él, y se sonrojó—. Llevo la cuenta.
—No me extraña. Yo haría lo mismo. La familia es lo más importante.
—Sí. —Su brazo seguía sobre los hombros de ella y su rostro se hallaba a centímetros del suyo—. Siempre he pensado —continuó con voz ronca— que mis padres tuvieron mucha suerte de conocerse y ser tan felices juntos porque, gracias a eso, nosotros, sus hijos, también somos felices.
Zuzi asintió.
—A mis padres les pasaba lo mismo, aunque eso hizo que mi madre se quedara destrozada cuando mi padre murió.
—¿Lo ejecutaron?
Zuzi reprimió las lágrimas una vez más, pero tenía que contárselo. Para que la historia de su padre no cayera en el olvido.
—Lo arrojaron del balcón de la cárcel de Pawiak con una soga al cuello.
Bron jadeó.
—¿Delante de vosotros?
—Sí, delante de todos nosotros. Nos obligaron a mirarlo, a punta de pistola. Fue… Fue…
—¿Inenarrable?
—No —espetó ella—. Quiero decir que sí, fue atroz, pero tenemos que hablar de ello, ¿no?
No podemos sufrir en silencio. La gente tiene que saber; tiene que saber lo que nos han hecho esos monstruos, lo que nos siguen haciendo.
Tiene que saber de la existencia de los guetos y los campos, que esos miserables están exterminando a sangre fría a la población judía y que ahora van a por nosotros.
Tiene que saber de la masacre de Wola y de los bombardeos sobre nuestros hospitales.
Lo que están haciendo los nazis en Polonia no tiene nada que ver con la guerra, Bron, es aniquilación.
Una aniquilación calculada y a sangre fría.
Zuzi había elevado la voz y se mordió el labio para obligarse a callar.
Bron dejó escapar un gemido grave y ella se quedó inmóvil, mirando al fondo de sus ojos mientras trataba de recordar lo que había dicho Orla acerca del romance; algo así como que no iba de corazones y flores, sino de conectar de verdad con alguien.
Eso era lo que Zuzi deseaba, y lo deseaba en ese preciso momento.
Se inclinó hacia Bronis ł aw y él respondió de inmediato acercando sus labios a los de ella, cuyo cuerpo entero se puso a cantar al notar su roce.
Él le rodeó la nuca con la mano y la acercó a su rostro, y ella le devolvió el beso, y en el momento en que sus labios se fundieron, su pequeño mundo explotó.
Zuzi se olvidó de la guerra, de la ocupación, de las bombas, las sogas y los deprimentes lechos de enfermo; se olvidó del fuego que asolaba Varsovia y se sumergió en el que ardía entre ella y aquel hombre increíble.
—Zuzi. —Bron gimió su nombre sobre sus labios y deslizó la mano por su espalda, pegándola más a él—. Te quiero, Zuzi.
—Bron, yo…
—Quiero decir que quiero que formes parte de mi vida. Siempre. Quiero que seas mi…
Pero en ese momento Babcia Kamilla lanzó un grito. Consternada consigo misma, Zuzi aparró su mirada de la Bronis ł aw, se soltó de sus brazos y corrió de nuevo hacia su abuela.
—¿Babcia? Babcia, ¿te duele?
Kamilla le tendió la mano.
—No durante mucho tiempo más —dijo con voz ronca—. Me voy con Aleksander, Zuzi. Siento abandonaros a todos, pero… pero…
Dejó escapar un jadeo mientras trataba de tomar aire y Zuzi le agarró la mano suplicándole mentalmente que se quedara.
—Zuzi —dijo Bron a su espalda, pero ella no podía hablar con él, no en ese momento.
Lo había besado, se había arrojado a sus brazos desatendiendo a su abuela y se avergonzaba de sí misma. Cuando Babcia le había dicho que escuchara sus sentimientos, no se refería a que lo hiciera a expensas del bienestar de su familia, y sin duda no a expensas de ella misma.
—Ve a buscar a mis hermanas —dijo con voz entrecortada.
Notó que Bron se alejaba y se obligó a ignorar el escalofrío que le provocó su ausencia. Aquel no era el momento de pensar en ella misma.
—Te queremos, Babcia —dijo.
Su abuela recuperó el aliento lo suficiente para chasquear la lengua.
—El amor —murmuró en tono mordaz, pero entonces una sonrisa se dibujó en su rostro—. ¿Acaso hay algo más importante?
Orla y Hana aparecieron junto a Zuzi, y Magda salió corriendo de la cocina, cogió la cruz de plata de Kamilla del altar improvisado y la sujetó sobre la cama. Los ojos vidriosos de Kamilla se clavaron en ella, y volvió a sonreír.
—Cuidaos unas a otras —dijo con brío renovado—. Cuidad de la familia. Cuidad de Varsovia.
Y entonces cerró los ojos con el más tenue de los suspiros.
—¿Se ha muerto? —gimoteó Hana.
Zuzi no tenía ni idea y se sintió agradecida cuando Orla se agachó sobre su abuela y le buscó el pulso con mano ahora experta, antes de asentir con tristeza.
—Ha muerto.
—Ahora está con Dios —dijo Magda—, y con sus queridos Aleksander y Kaczper.
La voz se le rompió y Zuzi deslizó la mano en la suya.
Su madre pareció sorprenderse, pero se la estrechó con fuerza mientras colocaba la cruz de plata sobre el pecho de Kamilla y todas agachaban la cabeza en una muestra de dolor compartido.
A Zuzi le daba vueltas la cabeza. ¿Cómo era posible que alguien dejara de respirar, así, sin más?
¿Cómo era posible que la vida terminara?
Hacía tres largas semanas que lo veía por todas partes, pero Babcia Kamilla siempre había parecido tener vida suficiente para cinco personas y ver cómo se extinguía se clavó en lo más hondo de su ser, allí donde apenas un instante antes daba rienda suelta a sus pasiones más libertinas.
No debería haberlo hecho. Estaban en medio de una guerra, una guerra dura, vital y urgente, y debía concentrarse en eso.
Por el rabillo del ojo vio a Bronis ł aw en una esquina, pero en aquel momento no había tiempo para romances y nunca debería haberse dejado llevar.
«Cuidad de Varsovia», les había pedido Babcia con su último aliento y, con el corazón roto por la muerte de la mujer a la que había tomado como ejemplo durante toda su vida, Zuzi juró hacerlo hasta que su querida ciudad en ruinas volviera a ser libre.