Veintinueve
VEINTINUEVE
ZUZI
Zuzi acercó su silla a la cama de Kamilla y aguzó el oído para escuchar la respiración de su abuela, aterrorizada por si se interrumpía.
Era ya de madrugada y Zuzi debería haber estado durmiendo, y sin duda estaba agotada, pero el día anterior Tosia les había dicho que la Minerki se iba a trasladar a Ś ródmie ś cie para ayudar en el asalto a otros fortines nazis, y quería disfrutar de un rato a solas con su abuela antes de irse.
Orla y Hana dormían en la habitación contigua, lo que había sido el comedor, con la pequeña Nella acurrucada tranquilamente entre ellas.
Zuzi no se había sorprendido al ver a su dulce hermana regresar con la bebé el día anterior.
Debido a su trabajo, había visto los atestados orfanatos de la ciudad e imaginaba que dejar allí a la niña, que ya se había convertido en parte del mundo de la familia, había sido demasiado para Orla.
Y, aunque tal vez fuera complicado tener que cuidar de la pequeña, ¿qué más daba una persona más en una casa ya llena de pacientes y refugiados?
En el edificio reinaba una calma extraña.
Por lo general, los nazis no atacaban por la noche porque, como no había aeronaves aliadas que se opusieran a los Stuka bajo la brillante luz del sol, podían hacerlo de día con impunidad.
Eso hacía que la situación durante el día fuera precaria, pero al menos les daba un respiro durante las tranquilas horas de oscuridad.
Ahora, muchos civiles dormían durante el día acurrucados en los sótanos, y por la noche salían a tomar el aire y pasear en silencio, como fantasmas, entre los escombros de lo que habían sido sus casas.
Zuzi miró a su alrededor con timidez. Bronis ł aw trabajaba esa noche, pero, por suerte, el apuesto médico se hallaba en la otra punta de la sala, atendiendo a un hombre con quemaduras en un costado.
Las quemaduras eran a menudo las peores heridas, pues enormes áreas de piel se convertían en una superficie de carne roja e inflamada que palpitaba de manera dolorosa si se dejaba expuesta al aire caliente y polvoriento de Varsovia.
Uno de los mayores desafíos del hospital era encontrar vendas suficientes para proteger las quemaduras de aquella exposición, y muchos pacientes estaban envueltos en tiras de sábanas, blusas y camisas.
Si Zuzi encontraba cualquier tela en sus viajes a los lugares que habían sufrido ataques, se la llevaba a Orla y Bron, pero solían estar sucias y, con la escasez de agua, era imposible dejarlas lo bastante limpias como para aplicarlas sobre la piel sensible.
La Varsovia herida se estaba colapsando y tenían que evacuar a la gente a Ś ródmie ś cie, pero había miles de personas atrapadas en Stare Miasto e, incluso con la relativa seguridad del camino a través de las alcantarillas, nunca lograrían sacarlas a todas.
Por no hablar de que muchas no estarían dispuestas a marcharse, entre ellas su abuela.
—Respira, Babcia —la instó Zuzi, y enseguida se preguntó si era justo.
¿Debería pedirle a su abuela que luchara para mantenerse con vida, o invitarla a rendirse a Dios y reunirse con su marido y su hijo en un lugar mejor?
La herida de su estómago seguía supurando de manera inquietante y Zuzi extendió el brazo para cogerle la mano, mientras recordaba la batalla en el cementerio en la que Kamilla había recibido el disparo.
Esa noche había estado tan llena de vida, arrojando granadas que había fabricado ella misma en la «caja mortal» de Bartek mientras gritaba: «Esa va por Kaczper» y enviaba a un nazi al otro mundo.
Removiendo aún más en su memoria, le vino a la cabeza la imagen de su abuela derribando a una paloma de un árbol con alegre aplomo para demostrarle sus indudables habilidades a Tosia y poder unirse a la Minerki.
Ah, ese día había estado maravillosa; apasionada, decidida y viva.
Zuzi suspiró. Hacía tan solo tres semanas que se había subido a las barricadas de Wola mientras Babcia colocaba en lo alto, con ademán triunfal, su odiado retrato de Hitler para que el enemigo lo abatiera a tiros, y, sin embargo, parecía que hubiera pasado una eternidad.
Durante tres gloriosos días, el levantamiento había sido un éxito, una liberación.
Todos estaban tan contentos, tan orgullosos de haber abierto las puertas de Varsovia a los rusos…
, pero los rusos no habían venido y los nazis les habían arrojado encima todo un arsenal, y ahí estaban ahora, viviendo entre el humo y las sombras.
—¿Cómo se encuentra?
Bronis ł aw se había acercado con un paso tan silencioso que Zuzi no lo había oído llegar y se sobresaltó, mientras él se inclinaba sobre la paciente y su pecho rozaba la mano de Zuzi que sujetaba la de Babcia.
Un fuego se desató en su estómago y sí, también un poco más abajo, y recordó la explicación de su abuela acerca de aquellas sensaciones desconcertantes: «Es la manera que tiene Dios de decirte que tendréis bebés preciosos».
Bron la miraba con curiosidad y aquellos pensamientos no la ayudaban, así que se los sacó de la cabeza y lo miró como miraría a un profesional.
—Me parece que no muy bien, doctor.
Él se sentó en la silla que había junto a ella.
—Zuzi, te he dicho que me llames Bron, por favor.
Ella se atrevió a mirarlo y él le devolvió una mirada teñida de una preocupación y un afecto tales que esta vez lo que sintió se pareció menos a un fuego y más a una cálida manta que la envolviera.
—Me parece que no muy bien, Bron.
Él le cubrió la mano con la suya.
—Tienes que prepararte para lo peor.
A Zuzi se le hizo un nudo en la garganta y solo pudo asentir. Aunque era lo mismo que pensaba ella, escucharlo en boca de otra persona lo volvía demasiado real.
—¿Está sufriendo? —preguntó con voz entrecortada.
—No, creo que no, pero su cuerpo ya no da más de sí y se está apagando poco a poco.
Zuzi fue incapaz de seguir reprimiendo las lágrimas. Se dio la vuelta para intentar ocultarlas, pero, sin inmutarse, Bron le pasó el brazo por los hombros y la acercó a él, mientras se las secaba dulcemente con el dedo.
—Dios cuidará de ella, Zuzi.
—Lo hará mejor de lo que lo hemos hecho nosotros —dijo ella con ironía, paseando la mirada por la atestada y sucia casa de Babcia, que tan bonita había sido.
—Lo que habéis hecho es extraordinario, todas vosotras. Tienes una familia maravillosa, Zuzi, y verte con tus hermanas es precioso. Salta a la vista que estáis muy unidas.
—¿Tanto como para querernos a pesar de que nos pasamos la vida discutiendo?
—Sí. Esa es la mejor clase de relación. Puedes reñir con alguien y seguir queriéndolo. Puede sacarte de tus casillas, pero, aun así, harías cualquier cosa por esa persona.
Zuzi lo miró. Él la había alejado con delicadeza de la cama de Babcia sin retirar el brazo de sus hombros, y su rostro estaba muy cerca del de ella mientras ambos hablaban en susurros a la luz tenue del hospital en medio de la noche.
Al mirar sus ojos, Zuzi sintió que los horrores de Varsovia se sumían en sus propias sombras y los dejaban en un mundo minúsculo y perfecto en el que solo existían ellos.
—¿Es eso lo que sientes tú por tu familia? —Quiso saber.
—Oh, sí —contestó él.
Una sonrisa se dibujó de inmediato en su rostro y Zuzi se animó al verla.
—¿Por qué no me cuentas algo sobre ellos?
Él pareció sorprenderse.
—Me encantaría —dijo—, pero no sé si tenemos tiempo. ¿No deberíamos descansar?
—Hablar contigo es todo el descanso que necesito.
Santo cielo, Zuzi no había querido decirlo en voz alta, pero era la verdad, y él le dio un apretón en los hombros.
—Gracias. No… No sé muy bien por dónde empezar…
Zuzi se apoyó en él.
—Orla dice que tu madre es comadrona.
—Así es. —A Bron le brillaron los ojos—.
Una comadrona espléndida. La mejor de Ł od ź , sin lugar a dudas.
Aunque cuando era niño eso me molestaba un poco porque no podíamos ir a ninguna parte sin que recibiera un mensaje.
Si comíamos fuera, íbamos al cine o incluso al parque, tarde o temprano escuchábamos: «Comadrona Kamiński, por favor, acuda al teléfono».
Y entonces ella nos pedía perdón con un beso y se marchaba a traer otro niño al mundo.
De pequeño yo lo llevaba muy mal y me quejaba de que esas otras familias la veían más que nosotros, pero al hacerme mayor aprendí a amar su entrega a su oficio.
Y, además —le dedicó a Zuzi una repentina sonrisa traviesa que prendió de nuevo el fuego en sus entrañas—, toda la gente que llamaba para requerir sus servicios luego nos traía regalos de agradecimiento, así que en nuestra casa nunca faltaban pasteles ni tartas.
—Qué maravilla —dijo Zuzi—. ¿Y qué me dices de Bartek, tu padre? También parece un buen hombre.
—Oh, lo es, aunque el hombre al que tú has conocido no es el mismo con el que yo me crie. Cuando vivíamos en Ł od ź trabajaba en una imprenta y era un hombre callado y sin pretensiones, nada que ver con el guerrero al que ves aquí en Varsovia.
—Supongo que la guerra cambia a la gente.
—Sin duda, le saca una cara distinta. Mi padre siempre ha protegido con ferocidad a su familia, y ahora que mi madre y mi hermano están en los campos…
—Está desesperado por sacarlos de allí.
Bronis ł aw asintió.
—Igual que yo, aunque me temo que yo no soy tan guerrero como mi padre.
—Según mi madre, cada uno lucha a su manera —dijo Zuzi.
Él le dedicó una sonrisa agradecida.
—Tiene razón. La verdad, Zuzi, es que, si yo tuviera que hacer lo que haces tú, no daría pie con bola. Habría acabado volando por los aires en el primer ataque y ¿de qué le habría servido a nadie? Eres increíble.
Zuzi se revolvió, pero él la tenía ceñida con el brazo y no podía huir a ninguna parte.
—Gracias —consiguió decir—. Pero yo no daría pie con bola si tuviera que dedicarme a cuidar a la gente. Soy demasiado impaciente.
—Cada uno lucha a su manera, ¿no?
—Exacto.
—Me gusta. —Él se interrumpió, sin apartar la mirada de sus ojos—. Pero también pienso que eres increíble.