La mensajera Veintiocho
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Veintiocho

VEINTIOCHO

ORLA

—Es lo mejor —le dijo Orla a Nella, a la que llevaba apoyada en la cadera mientras atravesaban la serie de sótanos en dirección al convento—.

Allí cuidarán de ti. Son muy buenas, de verdad.

Las monjas, ya sabes; son muy dulces y muy…

muy… cariñosas. Te cuidarán mejor que yo, porque yo estoy siempre corriendo de un lado para otro y no puedo prestarte la atención que te mereces, ¿verdad? No puedo ser tu Mama.

Era consciente de que estaba balbuceando y de que la gente acurrucada en las alcobas y las habitaciones improvisadas le dedicaba miradas de curiosidad, pero tenía que seguir hablando si no quería perder el valor.

En los sótanos reinaba una oscuridad inquietante.

De alguna matrera, el AK había logrado conservar el control de la central eléctrica, pero varias secciones habían sufrido serios daños debido a los bombardeos y el diésel escaseaba, de modo que la luz estaba racionada, como todo lo demás.

A menudo, la gente tenía que apañárselas con velas o lámparas de gas, o con el resplandor titilante de las llamas que se elevaban hacia el cielo; en aquellos días, todos vivían un poco en las sombras.

La hermana María le había conseguido a Nella un sitio en el convento de las Hermanas Benedictinas de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento y le había dado permiso a Orla para llevar a la niña, así que habría sido de mala educación negarse, además de una estupidez.

Se pasaba el día yendo de un lado a otro para atender las cada vez más numerosas heridas y quemaduras sufridas tanto por los soldados del AK como por los ciudadanos inocentes de Stare Miasto, y Nella se quedaba demasiado a menudo al pie de la cama de un paciente o gateando en un entorno en el que, a decir verdad, las condiciones no eran de lo más salubres.

Muchas veces Magda la sentaba en la elegante trona familiar y charlaba con ella mientras trataba de improvisar algún tipo de pan para los hambrientos varsovianos.

A Babcia le gustaba tenerla con ella en la cama, pero se cansaba con facilidad y Orla no se atrevía a dejar a Nella sin supervisión por miedo a que gateara sobre la herida de su abuela, que todavía estaba enconada.

Babcia tenía fiebre, y Orla solo podía rezar para que su cuerpo estuviera generando calor para atacar la infección, porque no tenían mucho más con que tratarla.

Sin embargo, el calenturón dejaba a su abuela grogui y agotada, y la niña no podía quedarse con ella.

No, las monjas eran la mejor opción. Y, además, tal y como le había señalado Babcia Kamilla en voz bajita el otro día, Orla tenía que pensar en su propia vida después del levantamiento.

Su abuela le había dicho que Eduard era un joven encantador y que saltaba a la vista que podían construir una vida feliz juntos, pero ¿qué hombre querría cargar con la hija de otro?

Lo mejor era que la pequeña Nella fuera a las Hermanas del Sacramento.

Orla habría preferido preguntarle a Eduard, pero no había encontrado la manera de hacerlo sin parecer presuntuosa, de modo que allí estaba, de camino al convento.

Y sería lo mejor para la niña, sin lugar a dudas.

Aunque, si era así, ¿por qué se sentía tan culpable?

La vida en Stare Miasto era dura. Hana y Zuzi les habían descrito las maravillas de la existencia prácticamente normal que disfrutaban en Ś ródmie ś cie, y se hacía difícil creer que, a solo unas calles de distancia, la gente saliera a cenar fuera.

Por suerte, Jacob se había quedado en el centro moderno de la ciudad con el pelotón de Szymon, a cargo de la Central Telefónica, y era un alivio para todas saber que estaba relativamente a salvo, además de que eso le daba la oportunidad de recopilar harina y dársela a Hana, que aprovechaba sus frecuentes desplazamientos por las alcantarillas para llevársela a Magda.

A sus compañeras y a ella habían empezado a llamarlas kanalarki —«viajeras de los canales»—, aunque Zuzi, muy celosa de su Minerki, insistía en llamarlas «ratas de alcantarilla».

A Orla le hacía gracia ver a sus hermanas discutir sobre sus cometidos, aunque prefería no pensar demasiado en los peligros a los que ambas se enfrentaban.

La noche anterior, Llana se había sentado con ella en la cama de Babcia para relatarles su viaje por el alcantarillado y, aunque Orla sospechaba que su hermana les había ahorrado los detalles más escabrosos, le había parecido horrible.

Según Hana, si en los próximos días no llegaba ayuda externa, tenían pensado evacuar a Ś ródmie ś cie a todos los soldados del AK , el personal médico y el auxiliar, y Orla no estaba segura de qué le daba más miedo, si estar atrapada entre los escombros ardientes de Stare Miasto o bajar a las alcantarillas.

—Al menos tú no tendrás que bajar ahí —le dijo a Nella tras llegar al final de la serie de sótanos, mientras subía por la escalera hacia el exterior—. Las monjas se sumarán a la rendición y nadie va a hacer daño a una monja, ni siquiera los nazis. Con ellas estarás a salvo.

En la calle hacía un calor abrasador. Al otro lado había una casa en llamas, con la fachada volada y sus habitantes abrazados mientras contemplaban cómo el ávido fuego devoraba sus habitaciones, decoradas con tanto cariño, y las transformaba en nubes de ceniza viscosa que caía sobre ellos.

—Bajad a los sótanos —los instó Orla.

La madre se volvió hacia ella con la mirada desorbitada.

—Está en llamas. Todo está en llamas.

—Bajad a los sótanos —repitió Orla, cogiendo a la mujer por los hombros y dándole la vuelta. En ese momento el piso superior se derrumbó y dos camas y una cuna se deslizaron hacia el infierno—. Llévate a tus hijos abajo.

—¿Para qué? —preguntó la otra—. No nos queda nada.

Aun así, rodeó a sus hijos con los brazos y se los llevó bajo tierra para reunirse con los muchos otros refugiados.

En la pared derruida estaba pintado el signo PW y Orla apartó la mirada de los pedazos rotos del que en su día había sido el audaz símbolo del AK , mientras trataba de no interpretar su destrucción como una señal.

El aire estaba cargado de polvo y Orla se cubrió la boca con el cuello de la camisa para protegerse, y, aunque trató de hacer lo mismo con Nella, la pequeña se lo apartó enfadada y se frotó los ojos.

—Vamos —dijo Orla, dirigiéndose hacia la barricada que había al final de la calle.

Dos soldados del AK apenas mayores que Jacob montaban guardia y, al verla con un bebé, se adelantaron como verdaderos caballeros para ayudarla a pegarse a los sacos de arena.

—Fritz está en ese edificio de allí —le indicó uno, señalando un piso que había pasada la barricada. Fritz era como llamaban a los soldados alemanes—. Aunque con el brillo del fuego no creo que te vea. —Hizo una mueca—. Las nubes…

Orla le dio las gracias y, abrazando con fuerza a Nella, agachó la cabeza y esperó a que le dieran la señal para echar a correr por la parte de detrás de la barricada y cruzar la calle. Una vez al otro lado, volvió a bajar a los sótanos y emprendió el resto del camino subterráneo hasta el convento.

Las Hermanas del Sacramento llevaban en Varsovia desde 1688 y eran una institución en la ciudad, visible solo a través de su hermosa iglesia de San Kazimierz cuando la abrían al público durante las fiestas religiosas.

Eran una comunidad de clausura que no había permitido la entrada al convento a nadie en siglos, pero el primer día del levantamiento un oficial del AK había llamado a su puerta y había pedido con respeto que le permitieran estacionar a un pelotón allí.

El convento se hallaba en el límite oriental de Stare Miasto, en lo alto de una de las secciones más sólidas de la vieja muralla, y por ello, había explicado el oficial a la madre superiora, constituía un lugar estratégico excelente para la defensa.

La abadesa, que era en primer lugar una religiosa, pero, en un cercano segundo lugar, polaca, no había vacilado y, tras dar la bienvenida a los hombres —los primeros varones en cruzar el sagrado umbral en toda su historia—, los había instalado en su despacho.

Se había convertido en un puesto muy solicitado, con acceso a la cocina del convento y sus extensos jardines, pero las monjas habían acabado abriendo también sus puertas a huérfanos y personas que se habían quedado sin hogar, y ahora la comida escaseaba igual que en el resto del barrio.

Su amor, sin embargo, era ilimitado, y Orla estaba convencida de que Alicja se habría alegrado de que se hicieran cargo de su hija.

—Ya hemos llegado —le dijo a Nella en tono alegre, aunque la niña gimoteaba infeliz después del trayecto en medio de la oscuridad y el polvo.

La Minerki había abierto aquella ruta que terminaba en la bodega del convento, y eso le permitió a Orla subir los escalones que llevaban al claustro.

El antiguo pórtico era precioso y le proporcionó una sensación instantánea de seguridad, a pesar de no ser precisamente un lugar tranquilo, sino un hervidero de familias que creaban miserables habitáculos en los huecos.

Una monja que estaba rezando con un grupo se acercó a Orla.

—¿Te puedo ayudar en algo, chiquilla?

—Sí, gracias. Tengo una huérfana…

Señaló a Nella, que, tras mirar a la mujer con su austero hábito, hundió la cara en el hombro de Orla. La monja le dedicó una sonrisa amable.

—Tal vez sea mejor que traigas tú misma a la pequeña. Por aquí.

Orla la siguió por el claustro hasta lo que, en una época más feliz, debía de haber sido una elegante y serena sala capitular y que ahora estaba atestada de cunas y camas de todos los tamaños y formas.

En cada cuna había bebés sentados, mientras los niños un poco mayores corrían entre ellas con todo tipo de juguetes improvisados.

Debía de haber un centenar de niños allí dentro.

—¿Tantos son? —jadeó Orla.

La monja juntó las manos.

—La guerra es cruel, chiquilla, sobre todo para aquellos que no participan en ella de manera activa.

Era algo que Orla veía día sí, día también en el hospital, pero allí la realidad era más cruda y evidente. Todos esos niños se habían quedado sin padres y ahora unos desconocidos tendrían que criarlos, y todo para que se cumpliera el deseo de un lunático de germanizar el mundo.

—Lo odio —dijo.

—Te entiendo, mi niña, pero no podemos dejarnos llevar por el odio. Debemos combatirlo con amor.

—¿El amor es tan poderoso como un tanque nazi? —preguntó Orla en tono malhumorado.

—Oh, mi niña, mucho mucho más —se apresuró a contestarle la monja—.

Porque el amor seguirá aquí mucho después de que nosotros nos hayamos ido, mucho después de que los tanques se hayan oxidado y los hombres que ordenaron que invadieran nuestro país descansen en sus tumbas.

El amor no se limita a una persona o dos, sino que es la suma de la bondad de todos los seres humanos que dedican tiempo a cuidar de otros, sin importar lo que suceda a su alrededor, y no hay arma, por brutal que sea, que pueda eliminar eso.

Orla le dedicó una sonrisa.

—Tiene razón.

—Ya nos lo enseñó Jesús: «Ama al prójimo como a ti mismo».

—Ojalá estuviera aquí para decírselo a los nazis —observó Orla, y la monja se rio.

—En efecto, sería maravilloso, pero, como no es posible, nos corresponde a nosotros trasladar Su mensaje. La paz llegará, estoy convencida, y algunas estaremos aquí cuando ocurra. Con eso basta.

Agachó la cabeza y se sumió en una breve oración mientras Orla la miraba, asombrada por su bondad. Tenía razón, por supuesto, pero Orla no pudo evitar desear de manera egoísta que ella fuera una de las que estuviese allí cuando llegara la paz, acompañada de su familia y, cómo no, de Eduard.

—En fin —dijo la monja, alzando de nuevo la cabeza—.

Jesús también dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí», así que ¿qué te parece sí cojo a esta pequeña?

—Tendió las manos hacia Nella, pero esta se hundió aún más en el hombro de Orla—.

Vamos —dijo la monja con más sequedad—, esta señorita tiene otras personas a las que cuidar.

«Otras personas a las que cuidar». Las palabras dieron vueltas en la mente de Orla. Nella estaba en sus brazos cuando Alicja había muerto a menos de cinco metros de distancia, y ahora una monja desconocida le estaba diciendo a la pequeña que: era menos importante que «otras personas».

—¿Cómo se llama? —preguntó la monja.

—Nella —dijo Orla—. Daniella. Le pusieron el nombre por su padre, Daniel, al que mataron el año pasado.

—Pobrecita —dijo la monja en un arrullo.

Pero, al mismo tiempo, había empezado ya a pasear la mirada por la habitación, lo cual no era de extrañar. Había un centenar de niños a los que cuidar. Y solo una Nella.

—No estoy segura de esto —soltó Orla.

—Es mejor hacerlo rápido, chiquilla. Dame.

La monja extendió los brazos de manera repentina y tras agarrar a Nella, la metió en una cuna con otro bebé, un niño de aspecto enfermizo que se puso a llorar en protesta por su nueva compañera.

Nella se aferró a las barras y se puso en pie con lágrimas corriéndole por la cara mientras miraba a Orla.

—Será mejor que te vayas, chiquilla. Es peor alargarlo y…

—¡Mama! —La palabra salió de la boca de Nella alta y clara, y Orla se paró en seco y se la quedó mirando—. Mama —repitió la niña, estirando sus bracitos.

A Orla se le partió el corazón. No podía hacerlo.

Tal vez en casa de Babcia reinara el caos y las condiciones no fueran muy salubres, pero al menos allí había personas que querían a Nella, como Orla.

Y, sí, tal vez eso significara que Eduard no querría casarse con ella, pero, si era la clase de hombre capaz de darle la espalda a una huérfana, quizá no era el marido que Orla necesitaba.

—¡Nella! —Se adelantó y volvió a coger en brazos a la pequeña.

—No te dejes llevar por el sentimentalismo, chiquilla —dijo la monja en tono desaprobatorio.

Orla se llevó la mano al corazón y casi percibió cómo este se henchía con un afecto protector hacia la niña que se aferraba a ella.

—No, hermana —dijo—. No es sentimentalismo; es amor.

La monja sonrió y asintió.

—En ese caso, que Dios os bendiga y os guarde.

Orla agachó la cabeza para recibir su bendición y, con una disculpa silenciosa a los demás niños, a los cuales no se podía llevar, abrazó con fuerza a Nella y se dirigió de nuevo al claustro para bajar la escalera y volver con su familia.

Notaba los dedos de la niña enredados en su pelo, sus piernecitas sujetas alrededor de su cintura y el latido de su corazón sobre el suyo, y la estrechó entre sus brazos mientras se sumergía de nuevo en la Varsovia subterránea.

Ahora Nella era su hija; era una D ą browska y se quedaría con ellos mientras les durara el pan.