La mensajera Veintisiete #2
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Veintisiete #2

Hana agarró del brazo a uno de los hombres del AK que la había ayudado a salir por la boca de la alcantarilla.

—¿Qué ha pasado con la Central Telefónica? —le preguntó.

Él sonrió de oreja a oreja, que era todo lo que ella necesitaba.

—La han tomado. El AK la ha tomado.

—¿Y la Minerki?

—Ah, sí. ¡Menudas jabatas están hechas esas mujeres! Si pudiera meter a una en mi…

Se interrumpió al darse cuenta de con quién hablaba, pero Hana estaba tan contenta de haber sobrevivido a las alcantarillas y haber encontrado una Varsovia en la que la vida todavía parecía ser digna de vivir, que se echó ą reír.

La central se hallaba a apenas dos calles de allí y, con suerte, eso quería decir que Zuzi no estaba lejos.

—Mi hermana es una de esas mujeres —le explicó al joven— y, si te acercaras demasiado a ella, te comería vivo.

Él se encogió mientras sus compañeros estallaban en carcajadas.

—Por lo visto, podría comerte ahora mismo —dijo de pronto uno de ellos—. ¡Ahí vienen!

Hana siguió la dirección en la que señalaba y, en efecto, vio acercarse a las chicas de la Minerki, caminando con aire presuntuoso, las mochilas al hombro, el pelo despeinado y contoneando las caderas bajo la ropa negra por el humo de sus propios explosivos.

Y al frente, con una sonrisa que no le cabía en la cara, estaba su hermana.

—¡Zuzi! —Hana corrió a abrazarla y se puso a toser por los gases adheridos a su ropa—. Apestas a humo.

—Tú apestas a algo peor, Hana. Parece que las dos necesitamos lavarnos.

Hana suspiró.

—Mataría por lavarme.

—En ese caso, alégrate de haber llegado a Ś ródmie ś cie. Mira.

Zuzi señaló hacia un gran pozo que producía un cubo tras otro de agua limpia para una cola de civiles que esperaban con paciencia.

Hana ahogó un grito y el chico del AK que había hablado con lascivia de la Minerki hizo un tímido saludo con su gorra y echó a correr.

Tras mostrar su credencial para que le dejaran ponerse al comienzo de la cola, regresó con un cubo lleno del agua más cristalina que Hana había visto desde el comienzo del levantamiento.

Otro chico le pasó una taza y ella la sumergió y dio un largo trago, saboreando el sabor a limpio y fresco como si fuera un vino excelente, antes de ahuecar las palmas de las manos y echársela en la cara.

La sensación fue maravillosa, como si se estuviera limpiando la suciedad no solo de las alcantarillas sino también de las tres últimas y agónicas semanas, desde la huida de Wola, pasando por la sombría batalla de los cementerios y el derrumbe del Juan de Dios, hasta el trajín diario de vivir en la que en su día había sido la bonita casa de Babcia, transformada ahora en panadería y hospital de campaña.

Tenían que sacar a todo el mundo de Stare Miasto, y las alcantarillas, esos lúgubres portadores de deshechos, podían acabar siendo el salvavidas perfecto.

Hana decidió que dibujaría los mapas de inmediato. Oh, pero…

Se volvió hacia Zuzi.

—¿Has conseguido los mapas?

Zuzi arqueó una ceja.

—Querrás decir: ¿ha sido muy dura la batalla, hermanita? ¿Ha ido bien? ¿Te han herido? ¿Cómo está Jacob?

—¿Jacob? —Hana miró a su hermana, atónita—. ¿Ha luchado contigo?

—Sí, y además lo ha hecho muy bien. Ahora mismo está bebiendo aguardiente con el resto de su pelotón en la Central Telefónica. —¿Aguardiente, Zuzi? Es demasiado joven.

—Y también lo es para conducir tanques y disparar un arma, pero, teniendo en cuenta que esas dos cosas ya las hace, es difícil impedirle que beba. —Zuzi meneó la cabeza—. ¿En qué nos estamos convirtiendo, Han-Han?

Se la veía descolocada, y Hana le dio un codazo cariñoso.

—En personas que no preguntan por sus seres queridos, ni más ni menos. Estoy segura de que la batalla ha sido muy dura, pero, a juzgar por vuestra actitud victoriosa, ha ido bien, y como te tengo aquí delante tan guapa como siempre, doy por hecho que no estás herida.

Zuzi puso los ojos en blanco.

—No soy guapa.

—¿Quieres que se lo preguntemos al doctor Bronis ł aw?

—¡Cierra el pico, Hana! —Incómoda, Zuzi se apresuró a cambiar de tema—. Pues resulta que he encontrado una carpeta…

Metió la mano en la mochila y sacó una carpeta de papel de Manila tan parecida a la que Hana había visto por última vez cuando la Gestapo se la había arrebatado a Marek antes de abatirlo a tiros que sintió que las piernas le fallaban y tuvo que sujetarse a lo que le quedaba más a mano… , que resultó ser el brazo de Agaton.

—Lo siento —dijo, avergonzada, pero su antiguo maestro también tenía la mirada clavada en la carpeta y no le prestó atención.

—¿Puedo?

Zuzi asintió, se la tendió y Hana se inclinó sobre ella mientras Agaton la abría con reverencia y miraba los mapas y bocetos que había en su interior…, y que no habían visto anteriormente.

—¿No es lo que buscabais? —preguntó Zuzi.

—No es lo que pensábamos —contestó Hana—, pero sin lugar a dudas es algo importante.

Se quedó mirando las hojas que, a pesar de estar encabezadas con el nombre de su ciudad, no se parecían en nada a la Varsovia que ella conocía. Databan de 1940 y estaban firmadas por alguien llamado Pabst, y el texto, ahora que se fijaba bien, estaba todo en alemán.

—¿Qué es esto? —jadeó Agaton—. Mira aquí; esto es el Vístula y esta es la orilla oriental, pero al oeste…

Stare Miasto no está aquí, ni la avenida Jerusalén, ni siquiera una carretera este-oeste de algún tipo, y mucho menos una autovía, solo esta arteria alrededor de…

—Se acercó para ver mejor y casi se ahogó—.

De lo que parece un complejo de casas de estilo alpino.

—Levantó la cabeza y miró a Hana—. Estas no son nuestras bellas ideas para Varsovia, sino lo que quieren hacer con ella los nazis.

Este es el plan del Tercer Reich para nuestra hermosa capital: un lugar de tránsito en la ruta hacia el este, operado por esclavos polacos que vivirían en la orilla oriental y un montón de patanes alemanes en sus casas de reloj de cuco en el centro.

Esto es una broma. Una broma de mal gusto.

Hana hizo lo posible por asimilarlo todo.

—¿Serían capaces de algo así? ¿De borrar siglos de hermosos edificios para construir unos chalés de madera? ¿Qué pasa con el palacio Brühl, con la ciudadela y el Castillo Real, y los espléndidos edificios de la plaza del mercado?

Agaton soltó una risa burlona.

—¿Los espléndidos edificios de la plaza del mercado, Hana? Creía que eras una fanática del diseño moderno.

Ella se revolvió, incómoda.

—Lo era. Quiero decir que lo soy, pero solo en la medida en que acompañe a lo antiguo, no a su costa. Nuestros edificios son los que nos definen, los que recuerdan y cuentan nuestra historia. No podemos borrarlos del mapa.

Como si contestara sus palabras, una fila de Stuka silbó por el cielo y dejó caer sus bombas en la zona de Stare Miasto, que ya estaba en llamas.

—Por eso nos están aniquilando —susurró Hana, recordando lo que la Gestapo le había dicho a Marek: «No sois nadie para hacer mapas de esta ciudad porque no es vuestra, sino nuestra.

Ni siquiera deberíais estar aquí, ninguno de vosotros.

Hitler quiere deshacerse de vosotros y transformar Varsovia en una base de tránsito para nuestro imperio oriental».

Miró a Agaton y continuó—: Ese ha sido siempre su plan, ¡y el levantamiento les ha dado la excusa perfecta para llevarlo a cabo!

Agaton asintió con expresión lúgubre.

—Pero no funcionará. La resistencia corre por las venas de los polacos, y por eso no se rendirán.

Hemos organizado un gobierno clandestino, un Estado clandestino y un ejército clandestino durante su maldita ocupación, y ahora hemos organizado casi literalmente una ciudad subterránea.

Los sótanos y las alcantarillas de Varsovia mantendrán con vida a sus habitantes, Hana, y eso es lo único que importa.

Cuando todo esto acabe, cuando los derrotemos, nosotros seguiremos aquí.

Los edificios pueden reconstruirse, pero es el alma de nuestra nación lo que estamos luchando por preservar, y vosotras, chicas, sois una parte esencial de esa lucha.

Bien hecho hoy. —Les dio sendas palmadas a Hana y Zuzi en la espalda y cerró la carpeta.

»Voy a llevar esto a mis superiores de inmediato, y luego iré a visitar a los prisioneros de la Central Telefónica. Alguien tiene que saber dónde están nuestros mapas y pienso averiguarlo. Aunque, por ahora, ¿qué os parece si comemos algo en ese maravilloso café de ahí?

—¡Sí, por favor! —chillaron ellas.

—Y luego otra vez a las alcantarillas para volver a casa.

Hana dejó escapar un gemido. Lo último que quería era volver a sumergirse en la oscuridad, pero Orla, Magda y Babcia Kamilla seguían en Stare Miasto y debían sacarlas de allí —a ellas y a todos los demás— antes de que la bella zona medieval quedara reducida a un montón de cenizas y tumbas.