La mensajera Veintisiete
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Veintisiete

VEINTISIETE

HANA

Hana parpadeó para reprimir las lágrimas, pero estas no dejaron de asomar a sus ojos.

Los gases eran tan acres que tenía la sensación de que sus globos oculares estaban en llamas, lo cual hacía todavía más difícil ver algo en aquellos pasadizos interminables e iluminados solo por el haz de luz errante de la linterna de Agaton.

Al menos lo enfocaba hacia la parte superior de la alcantarilla para que alumbrara los ladrillos mojados, y no hacia el lodo que se deslizaba alrededor de sus tobillos y a menudo hasta sus rodillas.

Hana no quería ver entre qué se estaba abriendo camino.

Los continuos bultos y la sustancia pegajosa que rodeaba sus piernas enfundadas en medias bastaban para darle arcadas, y agradecía inmensamente la lavanda que su jefe le había atado alrededor del cuello para contrarrestar el hedor.

—Para un momento.

Hana hizo lo que le indicaban, aunque tuvo que obligar físicamente a sus piernas a detenerse, porque estas le pedían a gritos que saliera de allí y corriera, corriera, corriera hacia la boca de alcantarillado más cercana y trepara por los escalones metálicos hasta ver el cielo y respirar aire puro.

Por supuesto, eso sería una locura. La alcantarilla era ovalada y los lados curvados eran tan empinados que uno tenía que andar con los pies en diagonal, y era demasiado fácil dar un traspié y caer en el…

Hana se estremeció y agarró con fuerza los ladrillos más altos a ambos lados.

—¿Puedes sujetarme esto? —preguntó Agaton. Hablaba en voz baja, pero, aun así, esta resonaba por el túnel con una cualidad fantasmal. Tras tenderle una escarpia metálica, se puso a buscar un martillo en su mochila, separando las piernas como una estrella para mantener el equilibrio—. Gracias.

Se quedó quieto y aguzó el oído, peto no había nada que escuchar salvo el chapoteo de las aguas residuales que corrían entre sus pies, así que colocó la escarpia sobre el mortero a la altura de la cintura y la fijó con varios golpes potentes, cuyo eco reverberó a su alrededor como un redoble de tambores infinito.

Aterrorizada, Hana miró a ambos lados del túnel.

Si había alemanes cerca, no les costaría nada abrir una boca y arrojar una granada, y, sí el artilugio explosivo venía hacia ellos, Hana no tendrá a dónde ir y la derribaría y…

El sonido de los martillazos se apagó, reemplazado de nuevo por el del torrente de residuos humanos.

—Bien —dijo Agaton, sacando de su mochila un rollo de cuerda fina y atando un extremo a la escarpia—. Sigamos. —Echó a andar y ella se dijo que tenía que seguirlo, pero sus pies parecían estar pegados a los ladrillos. Él se paró y la alumbró con la linterna—. ¿Estás bien, Fiolet?

Al escuchar el nombre, estuvo a punto de venirse abajo.

Se tocó el dedo buscando el anillo, pero, con los guantes que llevaba, no lo notó.

De pronto, ante sus ojos apareció una mancha de color lila que ya no tenía forma de corazón, sino que era una estela mortal que se estrellaba en el Vístula, llevándose con ella todos sus sueños y esperanzas.

De pronto, Emil apareció ante sus ojos, aturdido y apenas consciente, tai vez quemado y ensangrentado, luchando por salir de su cabina debajo del agua caudalosa… sin conseguirlo.

—¡Fiolet! Mírame. Aquí; mírame a los ojos. —Agaton la tenía sujeta por los hombros—. Vuelve, muchacha; estoy aquí. Estamos juntos. Podemos hacerlo.

Ella lo miró a los ojos, azules, amables y que le suplicaban que respondiera.

—¿Puedes llamarme Hana? —susurró.

—¿Hana? Por supuesto. Hecho. Lo estás haciendo muy bien, Hana, de verdad. Vale, ahora tenemos que dar veinte pasos para clavar la siguiente escarpia. ¿Sabes contar hasta veinte?

La pregunta era tan pueril que casi la hizo reír.

—Claro que sé contar hasta veinte.

—Eso espero. Un arquitecto que no sepa contar no sirve de mucho, ¿no crees? Y tú vas a ser una gran arquitecta, Hana. Tienes un talento innato.

—Solo lo dices para que no me entre el pánico.

Agaton se rio.

—No es así, pero, si también sirve para eso, mucho mejor. Y ahora vamos, veinte pasos. Uno, dos…

—Tres, cuatro… —continuó Hana, servicial.

Se dio cuenta de que los números la ayudaban a poner un pie delante de otro y a concentrarse en algo que no fuera la infinita oscuridad que tenían por delante y la masa urente de debajo. Sin saber muy bien cómo, dieron los veinte pasos y se pararon a clavar la siguiente escarpia.

—¿Dónde estamos? —susurró ella.

—Debajo de la calle Leszno. Esta es la alcantarilla E septentrional, que va de Stare Miasto a Ż oliborz.

El resto de los túneles también van de norte a sur; el A es el más occidental, y luego viene el B y por último el C, que es el más cercano al río y que hacia el sur se convierte en el D.

Los demás túneles son más pequeños y discurren de este a oeste entre los principales.

Hay mapas, pero, cómo no, los tienen los nazis.

Eso le recordó algo a Hana.

—Hoy mi hermana participa en el asalto a la Central Telefónica.

Agaton arqueó una ceja a la tenue luz.

—Tu familia es muy valiente.

—No más que cualquier otra familia de Varsovia en este momento, pero la cuestión es que le he pedido que, si lo logran…

—Se interrumpió, mientras la posibilidad de que Zuzi no lo lograra amenazaba con abrumarla, pero el martilleo de Agaton sobre el siguiente clavo la devolvió a la realidad—.

Que intente encontrar los mapas. Ya sabes, los que…

—¿El pobre Marek se llevó de clase?

Ella asintió y Agaton le cogió una mano.

—Muy inteligente por tu parte, Hana. Espero de corazón que lo consigan.

La central es esencial para nuestra defensa de Ś ródmie ś cie, y esos mapas…

son nuestra esperanza, nuestro futuro. Nos permitirán reconstruir la ciudad y que quede incluso mejor de lo que estaba antes de que esos cabrones se apropiaran de ella.

Hana pensó de nuevo en Emil precipitándose a su muerte.

La vida con él había sido su futuro, el tema de todos sus sueños nocturnos, pero había decidido estudiar Arquitectura para distraerse y también para tener algo a lo que recurrir, por sí acaso.

Siempre había sabido que era posible, incluso probable, que él muriera —era algo intrínseco a la profesión de piloto—, y al menos había descubierto una cosa que la inspiraba de verdad.

Hana miró a Agaton. Aquel hombre que con tanta valentía recorría el alcantarillado para facilitar el camino a los que los seguirían era un arquitecto excepcional, obligado por las circunstancias a trabajar como un topo en medio de las aguas residuales de la ciudad. Sí él podía hacerlo, ella también.

—Nuestro futuro —repitió Hana, y sus palabras reverberaron por el túnel como la promesa de un enamorado.

El futuro que ella había imaginado era más personal —un marido, hijos, una casa que cuidar—, pero, si ese no era su destino, abrazaría otro más amplio y colectivo. Trabajaría, estudiaría y formaría parte del equipo que haría que Varsovia se alzara de las cenizas de los nazis.

Aunque antes tenía que salir de aquella alcantarilla.

—La calle Leszno —dijo Hana—. Entonces, ahora vamos a subir por el túnel por debajo de Elektoralna y luego de Grzybowska.

Agaton le dedicó una sonrisa.

—Exacto. Grábatelo en la cabeza, muchacha, porque cuando salgamos de aquí, quiero mapas. Mapas del alcantarillado. Considéralo tus deberes.

Hana asintió. Los deberes parecían pertenecer a otro mundo, a uno más feliz.

Los mapas del alcantarillado no eran ni de lejos tan glamurosos como los de una nueva y atrevida autovía, pero, por el momento, era lo que necesitaban.

Mientras avanzaba imaginando las calles que había sobre sus cabezas y tachándolas mentalmente, las alcantarillas le parecieron un poco menos sombrías y el hedor, un poco menos desagradable, y, poco a poco, las lágrimas desaparecieron de sus ojos.

Para sorpresa de Hana, muy poco después llegaron a su destino, una boca en la calle Prosta, en Ś ródmie ś cie.

Su cabeza estaba llena de calles y cruces, y lo único que quería era una hoja de papel para anotarlo todo, pero, en cuanto un grupo de muchachos del AK la ayudó a salir, se le olvidó todo.

Una vez fuera, empezó a girar sobre sus talones muy despacio mientras contemplaba con incredulidad las escenas que se desarrollaban a su alrededor.

—Es todo tan… ¡normal!

Sabía que el AK tenía el control de una zona de unos trece kilómetros cuadrados en el centro moderno de Ś ródmie ś cie y que la mayor parte del potencial ofensivo de los nazis se centraba más al norte, en Stare Miasto, pero de lo que no había sido consciente hasta aquel momento era de la maravillosa sensación de libertad que se disfrutaba allí.

Las calles estaban llenas de gente que paseaba bajo la luz del sol y la mayoría de los edificios estaba en pie e incluso tenían cristales en las ventanas.

Había cafeterías con mesas en la acera y la gente charlaba mientras tomaba café y pasteles, como si el levantamiento no existiera, ni siquiera la guerra.

En el extremo más alejado de la calle Prosta, Hana distinguió una barricada gigante que cumplía con su función a la perfección, de modo que tras ella los ciudadanos de Varsovia eran libres de verdad.

—Asombroso, ¿verdad? —le dijo Agaton—. Es como si fuera otra ciudad totalmente distinta. Supongo que ahora te das cuenta de por qué tenemos que crear una ruta segura para evacuar a la gente hasta aquí.

Hana asintió con entusiasmo y miró al norte, hacia Stare Miasto, fácil de situar por la cortina de humo negro que colgaba sobre él.

A apenas un kilómetro de allí, la gente vivía en sótanos, escarbaba por todas partes para encontrar comida y agua, y esperaba a que un Stuka o un Kowa alcanzara los restos del edificio que tenía encima y la enterrara viva.

Allí Orla atendía a pacientes con quemaduras espantosas, Magda sufría para encontrar harina suficiente para elaborar hasta el pan más tosco y Zuzi…