Veintiséis #3
Eran escasas, y sin duda no bastaban para abatir a un centenar de nazis si estos decidían lanzarse al ataque por la escalera.
Sin embargo, encima se había hecho el silencio.
Zuzi aguzó el oído y escuchó a Szymon ordenar en susurros a sus hombres que ocuparan sus posiciones en la escalera y, al asomarse, se alegró de ver que Jacob se hallaba en la cola.
Por lo que había visto por toda Varsovia, sabía que su hermano no era ni mucho menos el único adolescente armado con una pistola en una lucha desigual y que los efectivos eran tan escasos que los necesitaban desesperadamente, pero agradeció que Szymon hubiera colocado a su hermano en una posición más segura.
Aun así, escuchó que los soldados subían la escalera con el corazón en un puño, pero al cabo de un momento se oyeron gritos de triunfo y, luego, de desconcierto.
—¡Se han ido! ¿Dónde narices se han ido?
—Vamos, chicas —las instó Tosia.
Todas salieron disparadas escalera arriba y, tras pasar junto a las fauces abiertas del quinto piso, llegaron al sexto y último. En lo alto del edificio había un gran espacio abierto y abuhardillado que, con la excepción de una serie de complejo instrumental telefónico, estaba completamente vacío.
—¿Dónde están? —preguntó Tosia.
Le respondió un extraño sonido reverberante, como el bramido de una criatura mítica.
—¡Ahí! —exclamó Jacob mientras salía corriendo hacia la esquina más alejada, donde un enorme tubo de metal servía como conducto a prueba de agua para varios cables y, por lo visto, también para que los nazis se deslizaran por él llevados por el pánico.
—¿Adónde va? —Szymon se asomó a la boca y luego se dio la vuelta—. ¡El sótano! Los cabrones han conseguido llegar al sótano. ¡Vamos, vamos, vamos!
Bajaron la escalera en estampida y, al llegar al enorme vestíbulo de entrada, encontraron a varios nazis que tiraban de la puerta principal intentando desesperadamente salir del edificio.
—¡Quietos! —Rugió Szymon, primero en polaco y después en alemán—. ¡Armas al suelo! ¡Manos arriba!
Los soldados enemigos se miraron unos a otros, pero saltaba a la vista que estaban atrapados y, además, se los veía desastrados y desmotivados, Szymon les indicó con un gesto que arrojaran sus armas al centro del vestíbulo, mientras el AK los apuntaba desde la balaustrada ubicada de manera conveniente sobre el espacio abierto.
Uno tras otro, los alemanes obedecieron y se desplazaron con las manos en alto hasta la pared más alejada.
Del sótano iban saliendo más hombres y Zuzi se quedó allí plantada mirando cómo se entregaban al AK y suplicaban clemencia entre balbuceos.
—Decoro —ordenó Szymon—. Estos soldados son prisioneros de guerra bajo la Convención de Ginebra, que reconocemos plenamente en nuestra propia condición de soldados.
— Banditen —masculló uno de los nazis, pero sus compañeros se apresuraron a hacerle callar.
Mientras el AK recogía las armas y la munición —un tesoro en toda regla—, y los hacía salir bajo una vigilancia feroz, Zuzi se dio cuenta de algo.
—¡Lo hemos conseguido! —exclamó, abrazando a Tosia—. Lo hemos logrado; ¡hemos tomado la central!
—Así es.
Tosia parecía tan aturdida como Zuzi. Era la primera victoria importante del AK en días y, aunque todavía no lo habían asimilado del todo, en la calle se oían vítores e insultos a medida que varios de los hombres de Szymon sacaban a los prisioneros, mientras los demás comprobaban que no quedaran soldados en el edificio.
—Ya verás cuando se lo contemos a Hana y Orla —dijo Jacob dando saltos de alegría, y fue entonces cuando Zuzi se acordó.
Agarró al prisionero con aspecto de ser el primer oficial.
—Tú —dijo, intentando recordar el alemán que había aprendido en la escuela—. ¿Dónde están los mapas? —Él se quedó mirándola—. Los karten . Los stadtplan .
— Stadplan! Ja . —El hombre asintió de buena gana y señaló hacia un despacho que había a un lado.
Zuzi pidió permiso a Szymon y Tosia con la mirada y, tras recibir como respuesta un asentimiento teñido de curiosidad, se dirigió a la habitación con Jacob pisándole los talones y miró a su alrededor.
El despacho estaba tan bien ordenado como esperaba, pero no se veían muchos archivadores.
Entonces distinguió un armario en una esquina con los cajones convenientemente etiquetados, uno de ellos con un cartel que decía: Karten .
Lo abrió de un tirón y allí, en una pulcra carpeta de papel Manila, había un juego de mapas con una etiqueta: «Varsovia: planos futuros».
Lo agarró y lo blandió en el aire en dirección a su hermano.
—Ay, Jacob, Hana se va a poner loca de contenta cuando lo vea.
Ahora que empezaba a asimilar la victoria, Zuzi lo cogió de las manos y ambos se pusieron a bailar por el despacho en el que ya no había alemanes.
—Lo va a necesitar —dijo él con una risita—, porque si ha estado en las alcantarillas, ¡apestará!
—No seas malo —dijo Zuzi, riendo con él y dejando a un lado sus peores miedos sobre los peligros del laberinto subterráneo—. Venga, vamos a asegurarnos de que el edificio está despejado y luego nos iremos a casa, ¿vale?
—¡A casa! —convino él.
Derrengada y harta de lucha y muerte, Zuzi pensó que nunca dos palabras habían parecido más dulces. Solo rezó para que su casa siguiera en pie, porque en Varsovia ya no se podía dar nada por hecho.