La mensajera Veintiséis #2
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Veintiséis #2

Zuzi se dirigió hacia arriba con el corazón desbocado y la sangre bombeando por su cuerpo seguramente al doble de su ritmo normal.

En el piso de encima se escuchaban, gritos frenéticos en alemán y, mientras los miembros del AK que las precedían abrían fuego, rezó como no había rezado nunca para que Jacob estuviera a salvo.

De pronto, una granada cayó cerca de sus pies y tuvo que cruzar una puerta agachada y alejarse dando traspiés antes de que explotara.

Un escritorio se partió y los pedazos salieron disparados en todas direcciones.

A Zuzi se le clavó una astilla en el hombro, pero no había tiempo para quejarse.

Oía pasos que bajaban por la escalera e, instintivamente, sacó una granada de su mochila y la arrojó a través de la puerta.

La explosión y el grito de dolor, sonaron casi al unísono, y luego se hizo el silencio.

En los pisos superiores se oía el ruido de los enfrentamientos, pero en el pasillo no se escuchaba nada.

Poco a poco, Zuzi se arrastró hasta el marco de la puerta y asomó la cabeza.

Un hombre con uniforme alemán yacía con las piernas abiertas a través de la barandilla de hierro y un gran agujero en el pecho, allí donde la granada de Zuzi debía de haberle alcanzado de lleno.

Notó que el vómito le subía por la garganta y se tapó la boca con la mano.

Ella era la responsable de aquello. Había despedazado a un hombre y casi le había arrancado el corazón del pecho.

Sí, era alemán; sí, era el enemigo —un representante de la crueldad a la que todos habían tenido que enfrentarse durante los últimos cinco años—, pero también era un hombre, el hijo de alguien el hermano de alguien, tal vez el marido de alguien.

En Alemania una mujer lloraría, igual que Hana había Horacio por Emil, y todo por el control de una torre de cemento, algo que parecía tan nimio.

Pero entonces escuchó al AK pidiendo refuerzos y Tosia pasó corriendo a su lado, cogiéndola del brazo y tiraba de ella hacia arriba.

—No le des más vueltas, Zuzi. No mires, no te preocupes y no pienses. Tenemos que conservar la vida.

Zuzi asintió y siguió a su líder, pero en el edificio lleno de humo reinaba la confusión y apestaba a cordita y sangre.

—¡Apartaos! —gritó Tosia, y arrojó una granada escalera arriba.

Un hombre cayó por los escalones entre gritos de furia y miedo, y aterrizó a sus pies con los músculos crispados.

Tosia y otra chica lo levantaron y lo lanzaron por encima de la barandilla al atrio central que había abajo.

El cuerpo aterrizó con un golpe seco y Zuzi se adelantó para mirar, pero todas habían empezado a marchar ya hacia arriba.

Siempre hacia arriba. Y siempre hacia el enemigo.

Era como una repetición de lo sucedido en la Prudential, pero más intenso y en un espacio más reducido.

La luz del día se filtraba a través de la carnicería y, cuando el sol salió por completo, se coló a través de las tablas que cubrían las ventanas, dibujando formas misteriosas en las volutas de humo.

Zuzi vio pasar varias veces un casco prusiano y dio gracias a Dios, pero la lucha era encarnizada y hacían falta horas para controlar cada planta.

El AK estaba empujando poco a poco a los nazis hacia arriba, pero no sin que estos opusieran resistencia, y varios soldados tuvieron que ser transportados abajo para dejarlos en manos de los médicos o, peor aún, enterrarlos apresuradamente en los escombros de delante de la puerta.

Y entonces un grito se elevó por el edificio:

—Han colgado una señal de SOS .

Zuzi corrió a la ventana del tercer piso, donde estaban posicionadas con seguridad, y vio una bandera de socorro ondeando en el sexto.

La Minerki subió con cautela para unirse al AK en la cuarta planta y Zuzi se alegró horrores al ver a Jacob con Szymon.

Todos esperaron en un ambiente tenso a ver qué sucedía en el exterior, pero, aparte de unos disparos esporádicos desde las posiciones nazis calle abajo, no pasó nada.

—¿Y ahora qué? —preguntó Zuzi.

—Ahora seguimos adelante —contestó Szymon—, y los obligamos a subir hasta el tejado, donde estarán atrapados.

—¿Cuántos son?

—Es difícil saberlo. Tal vez un centenar.

—¿Un centenar? —Zuzi miró al grupo: once chicas de la Minerki y veinte soldados del AK , más Jacob—. ¿Cómo lo vamos a hacer?

—Por suerte —fue la respuesta inmediata—, os tenemos a vosotras.

—Vamos a tener que echar mano de todos nuestros trucos —dijo Tosia—. Quiero minas en este techo, luego nos retiramos al de abajo, desplegamos las mechas largas y, literalmente, hacemos desaparecer el suelo bajo sus pies.

—Genial —dijo Jacob, aunque no con su entusiasmo habitual.

Estaba muy pálido y Zuzi sintió deseos de llevárselo de allí a rastras y enviarlo a casa con Magda, pero sabía que él no se lo perdonaría nunca.

Así que, en cuanto colocaron las minas y todo el mundo se retiró al tercer piso para ponerse a cubierto, lo que hizo fue aprovechar la ocasión para escabullirse bajo una mesa junto a él.

—¿Cómo lo llevas, Jacob?

—Bien. Estoy bien, Zuzi. He matado a un nazi.

—Yo también —dijo ella—. No es muy agradable, ¿eh? —Él la miró, sorprendido, y ella le pasó una mano por los hombros y le dio un rápido apretón—. Sé que son el enemigo, pero cuando los tienes tan cerca no lo parecen, ¿verdad?

—Es verdad —convino él, dejando escapar el aire de sus pulmones.

Zuzi aborrecía que su hermano pequeño hubiera tenido que aprender aquella lección tan brutal a tan tierna edad, y también aborrecía a los nazis por haberlo obligado, aunque no lo suficiente como para querer verlos muertos a sus pies. Era una sensación muy desconcertante.

—Mecha —ordenó Tosia, y Zuzi ya no tuvo tiempo de pensar.

Salió de debajo de la mesa y, tras acercar una cerilla a la larga mecha que subía por la escalera hacia el techo del piso superior, la prendió y corrió a reunirse de nuevo con Jacob, mientras la llama se desplazaba por la mecha hasta salir por la puerta.

Zuzi agarró con fuerza a Jacob y él se aferró a ella, y entonces llegó la tremenda explosión seguida por el estruendo de vigas y madera al caer y, casi con toda seguridad, también hombres.

Sobre sus cabezas, el techo se combó de manera visible, pero aguantó, y Szymon gritó a los hombres del AK que subieran por la escalera con las armas preparadas para despejar el cuarto y el quinto piso.

Zuzi no soltó a Jacob y él no protestó, pero cuando Szymon anunció a gritos que estaba todo despejado, él le dio un beso rápido en la mejilla y salió disparado para unirse de nuevo a los hombres.

Zuzi salió a gatas de debajo de la mesa y miró a sus compañeras de la Minerki, que estaban todas cubiertas de polvo y hollín, como ella, y se frotaban los ojos con gesto cansado. Llevaban horas luchando y, aunque habían hecho progresos, la batalla aún no había terminado.

—Recuento de municiones —ordenó Tosia, y todas abrieron las mochilas y sacaron las reservas que les quedaban.