La mensajera Veintiséis
60%

Veintiséis

VEINTISÉIS

ZUZI

Zuzi se agachó en la entrada del túnel, haciendo acopio de toda su valentía, fuerza, osadía y todas las demás cosas que su padre habría esperado de ella, pero a la escasa luz de la linterna, aquel pasaje excavado a mano parecía muy enclenque.

Atravesar el campo de minas había sido ya bastante complicado, pero al menos era algo para lo que la habían entrenado y la Minerki había avanzado con cautela y a ritmo constante al abrigo de la oscuridad, sin detonar ni un solo artefacto enemigo.

Y ahora se encontraban allí, delante de la Central Telefónica, o más bien debajo, y por lo visto sus obstáculos no habían hecho más que empezar.

Alzó la vista hacia el hombre que había cavado el pasaje subterráneo, un valeroso anciano de sesenta y seis años con el pelo blanco y arrugas que eran como surcos en su rostro curtido por la vida al aire libre.

—¿Estás convencido de que es seguro, Albert?

Él se inclinó el casco de obrero hacia delante.

—Lo juro por mi vida, señorita. Sé que no parece gran cosa, pero fui ingeniero durante cuarenta años y sé cómo colocar un puntal en condiciones.

Zuzi le dedicó una sonrisa. Por muy atemorizador que fuera su túnel, aquel hombre era un héroe.

Por lo visto, al comienzo del levantamiento se había presentado ante el AK y había suplicado que lo dejaran unirse, pero, como las armas ya escaseaban para los soldados entrenados, lo habían rechazado.

Sin desanimarse, él había procedido a excavar por sí solo un túnel hasta la Central Telefónica, donde había trabajado en el próspero periodo de entreguerras, con la única ayuda de una pala y un balde.

Dos días atrás había accedido al sótano y ahora Zuzi y las otras doce chicas que quedaban en la Minerki iban a recorrer el pasaje para colocar las minas que, con suerte, abrirían el camino al AK para tomar aquel edificio esencial.

—Es un trabajo impresionante —le dijo.

—Es lo mínimo que podía hacer. Y yo estaré justo detrás de vosotras, así que ya sabéis, jovencitas, ¡id allí y enviad a esos malditos nazis al infierno!

Zuzi le hizo un saludo militar y se introdujo en el pasaje porque ¿qué otra cosa podía hacer?

Pensó en Hana, sumergiéndose en el laberinto de alcantarillas que había bajo la ciudad, y se dijo que era capaz de hacerlo.

Su hermana mayor se había despedido con un abrazo apasionado y le había recordado que buscara los mapas que la Gestapo le había arrebatado a su compañero antes del levantamiento.

Zuzi había olvidado por completo el incidente, pero era evidente que su hermana no y, aunque le parecía que un puñado de mapas no era algo muy valioso, había aceptado encantada.

Habría hecho cualquier cosa por ver a Hana sonreír de nuevo.

Sus pies tocaron la primera de las tres piedras que Albert había colocado en la pendiente inicial y recordó con desagrado los escalones viejos del sepulcro al que habían llevado a Babcia Kamilla después de que le dispararan.

Si la dulce Orla había podido trabajar con serenidad rodeada de esqueletos, Zuzi podía lidiar con las pocas lombrices que eran su única compañía en el túnel.

Bronis ł aw también había estado en ese sepulcro, operando sobre ataúdes, y al pensar en él sintió un calor en el cuerpo que le sirvió de bienvenida distracción.

Mientras gateaba por debajo de la calle hacia la guarida nazi, se concentró en la desconcertante conversación que había tenido con Babcia Kamilla sobre él.

En aquel momento también ellas habían estado bajo tierra, aunque no por voluntad propia.

¡Se estaban convirtiendo todos en topos!

Zuzi se sobresaltó cuando un poco de tierra se desprendió junto a ella con un tamborileo.

—Es solo un poco de tierra suelta —dijo la voz tranquilizadora de Albert desde la cola de su pequeño grupo, y Zuzi se obligó a seguir adelante.

¿Qué había dicho Babcia? «Dios nos creó de modo que encajáramos, y nosotros deberíamos honrarlo y disfrutar».

Era una idea tentadora. Zuzi no conocía con exactitud la mecánica del proceso, pero sabía que, cuando Bronis ł aw se hallaba en la misma habitación que ella, sentía deseos de estar a su lado…

, lo más cerca posible de él. Antes pensaba que eso la convertía en una especie de pecadora, pero, si creía a Babcia, era una respuesta de lo más natural.

Respiró hondo a medida que el túnel se volvía aún más angosto y se permitió imaginar qué se sentiría al besar a Bronis ł aw, al pegarse a él y rodearlo el cuello con el brazo y unir sus labios con…

—Hemos llegado —susurró la chica que iba detrás de ella, y Zuzi no supo si sentirse aliviada o lamentarlo.

«A lo mejor lo que tienes que hacer es ir y besarlo», se dijo, y la audacia de la idea le dio el valor necesario para entrar en el enorme sótano y mirar a su alrededor.

Haría aquel trabajo lo mejor que pudiera y luego saldría de allí, buscaría a Bron y le diría que le gustaba.

Bueno, quizá lo hiciera. Era algo que le daba más miedo que arrojar granadas a un puñado de alemanes armados hasta los dientes, así que se quitó de la cabeza aquellos pensamientos libertinos y se concentró en el trabajo que tenía entre manos.

El resto de la Minerki había entrado ya en el sótano junto con Albert, y mientras el pelotón del AK que las acompañaba hacía lo propio y su líder, el Kapitan Szymon Ancel, se colocaba junto a ella, Zuzi no pudo evitar ruborizarse.

¡Si aquel hombre pudiera leerle el pensamiento!

Sin embargo, lo había visto bailando muy pegado a su guapa esposa pelirroja el día que habían levantado las primeras barricadas, así que tal vez él también hubiera experimentado esas sensaciones.

Tal vez todo el mundo se había sentido así. Tal vez…

El último soldado del AK entró en la estancia y Zuzi ahogó un grito al ver a su hermano pequeño tocado con un casco prusiano. ¿Había atravesado también a rastras el campo de minas en medio de la oscuridad? De haberlo sabido, quizá se habría puesto aún más nerviosa.

—¿Jacob? —balbuceó.

—A sus órdenes, señora.

—Esto no es un juego —le soltó ella, con más brusquedad de la debida.

Él encogió los hombros, pero no se amilanó.

—No estoy jugando —dijo, levantando una pistola—. Voy muy en serio.

—¿De dónde la has sacado?

Durante un fugaz instante, él pareció avergonzado.

—De un hombre que… ya no la necesita.

—¿Está muerto?

—Como muchos otros.

—Precisamente por eso me preocupo por ti.

—Y yo por ti —replicó él. Zuzi se quedó mirándolo y Jacob se acercó a ella—. Es insoportable quedarse en casa esperando a que volváis todas. Estar aquí y participar me resulta más fácil.

Zuzi suspiró.

—Lo entiendo, pero Jacob, por favor, ve con cuidado.

—Lo haré, si tú también lo haces.

Le tendió el meñique torcido y, con una media sonrisa, ella entrelazó el suyo con el de él, antes de que los dos remedaran un apretón de manos para sellar su trato.

Zuzi no tenía ni idea de qué diría Magda si pudiera verlos en aquel momento, listos para asaltar un fortín enemigo, pero tenía que reconocer que tener a su hermano junto a ella le resultaba tranquilizador.

—¿Todo el mundo tiene su kit? —preguntó Tosía en un susurro, y Zuzi se dijo de nuevo que debía concentrarse.

Buscó sus minas y granadas en su mochila y, mientras comprobaba que todas tuvieran la anilla asegurada, le vino a la cabeza el estúpido incidente con los calabacines y la mente se le despejó de inmediato.

Explotar una granada antes de tiempo allí abajo podía suponer que la mitad de los soldados del Tercer Reich se abalanzaran sobre ellos.

Era algo que daba que pensar, y Zuzi miró hacia el techo como si pudiera ver a los defensores alemanes a través del cemento.

—Recordad que no son muchos —susurró Tosia—, y lo más seguro es que estén cansados y hambrientos. Hace días que tenemos el edificio sitiado para que no les lleguen suministros, así que con suerte estarán débiles.

Nadie señaló que, con la escasez de suministros en Varsovia, todos estaban débiles.

Al despedirse, Magda le había dado a Zuzi un poco de preciado pan, y esta aprovechó para sacarlo y repartirlo entre todos.

Agradecidas, las chicas de la Minerki se hicieron con una hogaza, y Zuzi le dio la otra a Szymon para sus hombres.

—Que Dios te bendiga —dijo él mientras le daba una palmadita en el brazo, y Zuzi se vio embargada por la añoranza de su propio padre, que los había dejado hacía ya demasiado tiempo.

—Esto es por Tata —le susurró a Jacob, que asintió con la cabeza.

—¿Hasta el anochecer?

—Hasta el anochecer.

Colocaron sus minas en lo alto de una tosca escalera que llevaba a las trampillas cerradas y las distribuyeron con cuidado, lo más lejos posible de la viga de carga para que toda la estructura no se derrumbara sobre ellos.

Zuzi desenrolló las mechas mientras recordaba lo aburridos que le habían parecido los interminables ejercicios del verano anterior y lo mucho que le habían servido.

El grupo se colocó hábilmente en posición y Tosia miró a Szymon.

—¿Listos?

Él paseó la mirada por sus hombres y asintió.

—Listos.

—¡Pues ahí vamos! Zuzi, procede.

Zuzi prendió una de las cerillas de su valioso alijo y la acercó a la mecha, que se encendió con un sonido crepitante mientras todos se agachaban en el extremo más alejado del sótano y la veían avanzar titilando, subir hacia los artefactos pegados al muro y hacerlos detonar.

La ensordecedora explosión reverberó por el sótano y todos se protegieron mientras las trampillas volaban por los aires, convertidas en centenares de astillas de madera vieja.

El AK tenía las escaleras de mano preparadas, pero las minas se habían instalado con la suficiente precisión como para no derrumbar la escalera existente, y Zuzi los miró subirla a la carrera con Jacob cerrando el grupo.

—¡Adelante, Minerki!