Veinticinco #3
—Ahora eso ya no parece importar mucho. —Las cogió de la mano—. Emil murió después de volar cientos de kilómetros para tratar de traernos ayuda, así que yo bien puedo caminar entre un poco de caca, ¿no?
—No es la caca —objetó Orla—, es todo lo demás. Sé que estás sufriendo, Hana; sé que lo ves todo negro y estás desesperada, y siento mucho, muchísimo, que tu futuro con Emil ya no sea posible, pero nosotras también te queremos, ¿verdad, Zuzi?
Zuzi asintió con timidez.
—Ya sé que… bueno, que no lo digo muy a menudo, pero Orla tiene razón, Hana. No queremos perderte.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Pero ¿tienes que ser tú? Piensa en el dolor que sientes por haber perdido a Emil. ¿Quieres que nosotras pasemos por lo mismo?
—Claro que no.
—Porque eso es exactamente lo que sentiremos si…, bueno, si no sobrevives.
Orla se vio inundada de amor hacia la arisca Zuzi, a la que abrazó antes de tirar de Hana para que se uniera a ellas.
—Zuzi tiene razón, Han. Si te perdiéramos, nos quedaríamos destrozados.
Hana les devolvió el abrazo.
—Lo sé, chicas. Yo siento lo mismo y significa mucho para mí, de verdad que sí, pero tengo que hacerlo.
Si Zuzi puede ir a Ś ródmie ś cie y asaltar la Central Telefónica para que recuperemos su control, yo puedo bajar a las alcantarillas para que todos los demás tengamos una manera de llegar allí, ¿no?
—Hana…
Pero la mayor de las hermanas D ą browska había cogido carrerilla.
—Llevo muchos días lamentándome, pero eso se ha acabado. Cuidaos mucho, chicas. Hasta el anochecer, ¿vale?
—Hana…
—Hasta el anochecer.
—Hasta el anochecer, Hana —contestó Orla, resignada.
Y, tras un último abrazo, su hermana se marchó. Orla miró a Zuzi, que se encogió de hombros.
—Supongo que tiene que hacer lo que cree que le corresponde. Igual que yo. Cuídate, cariño.
Le lanzó un beso a Orla y se marchó también a volar cosas por los aires en nombre de la libertad.
Orla se apoyó contra la pared y abrazó a Nella.
Al otro lado de la sala, vio a Bron y Eduard inclinados sobre la mesa de operaciones y oyó el rechinar de la sierra y los gemidos del pobre hombre que estaba a punto de quedarse sin mano.
Jacob se hallaba a los pies de la cama de Babcia, deleitándola con el relato de una hazaña del AK, y los ojos de su abuela brillaban de orgullo.
¿A qué se debía que todos los miembros de su familia fueran tan valientes? O más bien, ¿por qué no lo era ella?
Agachó la cabeza y se esforzó por no llorar mientras Nella jugaba con sus trenzas, pero entonces sintió que alguien le pasaba un cariñoso brazo por los hombros y, al alzar la vista, se encontró a Magda junto a ella.
—¿Hana ha vuelto al trabajo?
Orla asintió.
—Va a bajar a las alcantarillas, Mama. Y Zuzi va a travesar un campo de minas para volar la Central Telefónica. Son muy valientes.
—Muy inconscientes.
Orla negó con la cabeza.
—No, es valentía. Papa se sentiría muy orgulloso de ellas si estuviera aquí.
—Y de ti también, tesoro.
Orla dejó escapar una risa lúgubre.
—¿Por esconderme en un hospital en el que ni siquiera soy de gran ayuda como enfermera?
—¡No! Ya os lo dije cuando todo esto comenzó: cada uno lucha a su manera, y tú lo haces preocupándote por los demás, cuidándolos y manteniendo unida a la familia.
—Mama… Te agradezco lo que dices, pero dudo que Tata se refiriera a eso cuando dijo que no dejáramos de luchar, ¿no crees? Han a y Zuzi están hechas de la misma pasta que él, mientras que yo… —Su voz se apagó.
—¿Estás hecha de la misma pasta que yo?
—¿Qué?
Magda le puso un dedo bajo la barbilla y le giró la cara para que la mirara.
—¿Acaso yo soy atrevida, valiente e intrépida?
—Bueno, no, pero tú eres Mama. Estás aquí para… para…
—¿Cuidar a todos y mantener unida a la familia?
—Sí. Y lo haces de maravilla.
—Igual que tú, Orla, cariño; igual que tú.
Y no solo con la familia. —Se sacó un mendrugo de pan de pasas del bolsillo de su delantal y se lo dio a Nella, que lo agarró y se puso a succionarlo con placer.
Orla la meció sobre su cadera y Magda sonrió—.
Cuidar a los demás no es un talento tan malo, ¿sabes?
Al fin y al cabo, tu padre me amaba por ello, y sé…
, de hecho, estoy segura de que a ti también te amaría por ello.
—¿Sí?
—No todo el mundo puede volar cosas por los aires, tesoro. Tiene que haber gente que las reconstruya.
Magda le dio un beso y se marchó a sacar sus hogazas de los hornos para alimentar a los famélicos habitantes de Varsovia. Orla la miró con amor mientras se alejaba. Siempre había pensado que ella tenía que ser valiente y osada como su padre, pero su madre también era un maravilloso modelo a seguir.
Más contenta, fue a dejar a Nella a los pies de la cama de Babcia para que se entretuviera con las descabelladas historias de Jacob y corrió a pasar un paño por la frente del pobre hombre al que Bron había vendado.
—Gracias, enfermera —dijo él con un hilo de voz, y a Orla se le partió el corazón por él, igual que se le partía por todos ellos.
Era consciente de que rendirse era un signo de debilidad, pero ¿acaso era mejor morir? Tenía la espantosa sensación de que corrían el peligro de averiguarlo.