Veinticinco #2
Orla no estaba segura de que las siniestras cadenas mejoraran el aspecto de la elegante cama, pero su abuela parecía contenta y eso era lo importante.
La herida se le había vuelto a abrir cuando el Juan de Dios se había desplomado a su alrededor y, después de que la ceniza y la suciedad de las que era imposibles escapar en la sitiada Varsovia penetraran en su cuerpo, ahora supuraba pus de una manera alarmante.
Orla se la lavaba siempre que tenía ocasión con el vino añoso encontrado en la bodega del fabricante de vinos, con la absurda esperanza de que cuanto más lujoso fuera el viñedo, más propiedades curativas tendría.
Sin embargo, no servía de mucho, y el día anterior Kamilla había sugerido: «¿Por qué no dejas que me lo beba?
Será mucho más útil». Por la cantidad que quedaba en la botella, saltaba a la vista que eso era lo que había estado haciendo. Le dedicó una sonrisa atontada a Orla.
—Los grilletes no pueden durar para siempre —dijo.
—Muy cierto, Babcia —convino Orla con vehemencia, aunque era difícil saber cómo iba a acabar todo aquello.
Los alemanes estaban acumulando cada vez más armamento y munición mientras que, desde la trágica noche en que el avión de Emil se había estrellado en el Vístula, los Aliados brillaban por su ausencia y los rusos estaban sentados cómodamente en la otra orilla del río, en apariencia mirando la película de terror con regocijo.
Los varsovianos se habían sublevado para liberar su cuidad, pero, a diferencia de París, nadie había movido más que un dedo meñique para ayudar.
A Orla no le parecía justo, aunque ¿qué sabía ella?
En su modesta opinión, creía que tal vez había llegado el momento de rendirse antes de que muriera más gente, pero sabía que los polacos nunca se rendían, que eso no formaba parte de su espíritu, así que se guardaba su opinión para sí misma.
Al ver llegar a Jacob con el agua, le hizo señas para que se acercara y él se sentó en la cama de Babcia y se puso a hablar con entusiasmo del casco que lo había salvado de la bala de un francotirador.
Orla rezó para que su historia obedeciera más a su imaginación que a la realidad, pero Babcia lo escuchaba con emoción y era agradable verla animada.
—Gracias por tu ayuda —le dijo Orla a Eduard.
—Haría cualquier cosa por ti. —Orla se puso de puntillas para darle un beso rápido en los labios—. Mi ángel —murmuró él, y por un instante fue como si estuvieran solos, sin sangre, ni ceniza, ni calor ni sufrimiento, solo ellos dos en su pequeño mundo.
Pero entonces oyó a Bron.
—¡Enfermera! —gritó el médico, y Orla se separó de mala gana de Eduard.
—Espero que no se trate de una amputación —gimoteó.
—¿No te gustan?
—¿A ti te gustarían?
—No, pero prefiero ayudar en el proceso que someterme a él.
Orla suspiró.
—Tienes toda la razón. Soy una inútil.
Él la abrazó.
—No, no lo eres. Eres valiente y fuerte y bondadosa y…
—E incapaz de sujetar la pierna de un hombre que sufre sin desmayarme.
—Eso forma parte de tu naturaleza bondadosa. Tengo una idea, ¿por qué no lo hago yo?
—¿Perdona?
—Si lo único que hace falta es sujetar al pobre hombre, puedo hacerlo tan bien como tú.
—Es verdad, pero tú eres camillero.
—Eso no es del todo cierto, Orla. Soy un granjero que se convirtió de mala gana en soldado para luego convertirse en camillero.
He dedicado más tiempo de mi vida a ayudar a parir ovejas que a disparar un arma o transportar hombres.
Todos hacemos lo que podemos para sobrevivir, así que tú ve a ayudar a los pacientes mientras yo voy a sujetar una pierna, ¿te parece?
Orla se quedó mirando a ese hombre bueno, franco y honrado al que había tenido la asombrosa suerte de conocer.
—Me parece —dijo, y le dio otro beso.
—¡Enfermera! —volvió a llamar Bron, esta vez en un tono más desesperado, y ambos se apresuraron a separarse.
Orla vio que Eduard se acercaba a zancadas a Bron, que aceptó su ayuda con un gesto entusiasta de la cabeza, y casi se desmayó del alivio…
, lo cual era aún más patético que desmayarse durante la operación.
Tras chasquear la lengua en señal de desaprobación hacia sí misma, estaba a punto de ir a comprobar cómo se encontraba Hana cuando un gemido agudo sonó en la esquina de la sala y la detuvo en seco.
—¡Nella! —La niña se había despertado sobresaltada en la cuna que habían improvisado con el cajón inferior de la cómoda Kammler de Babcia, y Orla corrió hacia ella para cogerla en brazos—. Ea, ea, pequeña. Todo va bien, todo va bien.
Nella se calmó, pero Orla se sintió culpable de nuevo.
En el joven mundo de Nella, nada iba bien.
Su madre había muerto y su hogar había desaparecido, y, aunque la hermana Maria estaba hablando con las monjas para que la acogieran en el orfanato, estas tenían ya muchos niños.
Orla no soportaba la idea de que aquella bebé de nueve meses se hubiera quedado sin familiares que la quisieran.
Tras apoyársela en la cadera, se la llevó con sus hermanas con la esperanza de que su inocente carita aliviara el sufrimiento de Hana.
Cuando llegó al rincón, Zuzi se puso en pie, aliviada.
—Gracias a Dios, Orla. Tengo que volver al trabajo. Estamos preparando el asalto a la Central Telefónica y ya llevo demasiado tiempo aquí.
Orla la miró, espantada.
—¿La Central Telefónica? ¿Esa enorme torre de cemento que parece una fortaleza medieval?
Zuzi cambió el peso de pie.
—Esa misma. Un viejo que trabajó allí ha cavado un túnel que llega hasta el sótano para que podamos acceder y hacerlos volar por los aires.
—¿No será muy complicado?
—Sí, no es nuestro trabajo más sencillo, pero ese edificio les da a los nazis demasiado control sobre Ś ródmie ś cie.
—Pero los nazis controlan toda la zona del Jardín Sajón que hay entre aquí y allí —señaló Orla—. ¿Cómo vais a llegar?
Zuzi volvió a cambiar el peso de pie.
—Cruzando un campo de minas —reconoció, levantando una mano para adelantarse a las protestas de Orla—. No te preocupes, somos la Minerki; las minas son lo nuestro.
—Vuestras minas, no las suyas.
—Es lo mismo. Y hay que hacerlo; tenemos que echar a los nazis de Ś ródmie ś cie si queremos evacuar a la gente allí.
—¿A la gente? ¿Te refieres a nosotras? ¿Tenemos que irnos de Stare Miasto?
—Esto no es exactamente el paraíso, Orls.
—¡Lo sé! Pero ¿marchamos? ¿Todos? ¿Cómo vamos a hacerlo? No nos vais a hacer reptar por campos de minas, ¿no?
—¡No!
—¿Entonces?
—Pregúntaselo a Hana.
Orla miró hacia el suelo y vio que, al menos, su hermana mayor había alzado la vista.
—¿Cómo vamos a salir de aquí, Hana?
Esta irguió la espalda.
—Las alcantarillas —dijo, y un extraño brillo asomó a sus ojos.
—¿Las alcantarillas? —repitió Orla, horrorizada—. Pero… ¡son túneles oscuros, sucios y peligrosos!
—Así es —convino Hana, asintiendo con algo que se parecía extrañamente al entusiasmo—. Pero ahí abajo no hay nazis.
—El jefe de Hana las ha recorrido, ¿verdad, Han? —terció Zuzi, dedicando a Orla una mirada disimulada para hacerle saber que ella también se había percatado de que su hermana mayor parecía más animada.
—No es mi jefe, sino mi antiguo profesor, y, sí, Agaton ha ido y vuelto de Ż oliborz por el alcantarillado. Algunas de las oficiales de enlace y varios scouts que hacen de correos también han usado esa ruta.
—Pero tú no, ¿verdad?
—No. No quería, antes de que…
Las lágrimas ahogaron su voz, pero las reprimió con firmeza y se puso en pie tan deprisa que tanto Zuzi como Orla tuvieron que retroceder de un salto para esquivarla.
Sobre la cadera de Orla, la pequeña Mella dio una palmada de alegría, pero de pronto Orla ya no celebró tanto la repentina recuperación de su hermana.
—Hana, no pensarás…
—¿Ofrecerme voluntaria? Es justamente lo que voy a hacer. ¿Por qué no? Alguien tiene que hacerlo. ¿Quieres que nos quedemos aquí mientras Stare Miasto arde a nuestro alrededor?
—Yo… No, pero…
—Alguien tiene que dar un paso adelante y buscar una solución. Agaton dice que ya hay gente colocando asas de cuerda y carteles para que el camino sea más seguro. Y también se están dibujando mapas. Eso es algo que puedo hacer, chicas. Se me da bien.
—Sí, Hana, pero el peligro…