La mensajera Veinticinco
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Veinticinco

VEINTICINCO

ORLA

—Come algo, Han-Han, por favor.

Orla se agachó junto a su hermana mayor con el cuenco de sopa que Magda había improvisado con los restos que habían rescatado de las despensas y tiendas que seguían en pie en Stare Miasto.

Cada vez era más difícil encontrar comida y la gente adelgazaba a ojos vista, en especial Hana, que no había levantado cabeza después de ver cómo abatían el avión de su prometido dos días antes.

Zuzi había preguntado por el piloto, pero el avión se había hundido en el fondo del Vístula con él dentro, y, como los alemanes seguían controlando los puentes y, en consecuencia, el río, no había manera de recuperar su cuerpo.

El único consuelo, aunque nimio, parecía ser que el lugar de reposo eterno de Emil Andrysiak se hallaba cerca de su prometida.

Desde su muerte, Hana se había dedicado o bien a repartir mensajes por Varsovia con el piloto automático puesto o bien, como en aquel momento, a acurrucarse en una esquina del hospital, con el cuerpo inmóvil y la mirada perdida.

Orla no soportaba verla así, pero no encontraba la manera de arrancarla de su aflicción.

—Por favor, Han-Han, hazlo por mí.

Hana alzó la cabeza al escuchar sus palabras, pero se limitó a dedicarle una débil sonrisa y luego se quedó mirando un punto indefinido en la distancia en el que, Orla suponía, veía imágenes de su futuro perdido.

Con un suspiro, Orla le dio la sopa a un paciente agradecido, se sentó en el suelo junto a su hermana y se limitó a abrazarla.

Hana se acurrucó contra su cuerpo y la rodeó con los brazos como si se aferrara a la vida misma, mientras Orla le acariciaba el pelo, le cantaba en voz baja y rezaba para que su amor fuera capaz de darle fuerzas a Hana, hasta que su corazón se curara lo suficiente como para seguir adelante.

—¿Cómo está?

Al levantar la mirada, vio que Zuzi había entrado en el comedor-hospital. La ceniza que ahora lo cubría todo la teñía de negro y, aunque el cansancio ribeteaba sus ojos, su mirada seguía destilando compasión por su hermana y por lo mal que lo estaba pasando.

—Triste —contestó Orla escuetamente.

Zuzi asintió.

—Pobre Hana. Burra de mí, no me di cuenta de hasta qué punto contaba con volver a ver a Emil. No me imagino lo que debe de ser sentir algo así por alguien.

—No me digas —comentó Orla en tono desenfadado, mientras miraba al otro extremo de la habitación, donde Bronis ł aw atendía a un paciente.

—No —respondió Zuzi con sequedad—. Durante un día o dos me pareció que podía, pero, después de ver cómo sufre Hana, se me han vuelto a quitar las ganas. Los romances no son para mí.

Orla meneó la cabeza.

—No tiene por qué ser un «romance», Zuzi. No se trata de corazones, flores y serenatas, sino de conectar con alguien, de que te fascine, de querer saberlo todo sobre él y desear estar con él.

—Ah, ¿sí?

—Claro.

—Porque en esos libritos ridículos que lees, parece que todas las chicas caen rendidas a los pies del protagonista, lo cual me parece de lo más incómodo.

Orla no pudo reprimir la risa.

—Estoy de acuerdo.

—¿De verdad?

—Sí. Para mí, el amor no tiene nada que ver con eso. El amor te eleva, no te hace caer.

Zuzi la miró con los ojos entornados.

—A veces eres muy rara, cervatilla. Entonces, ¿eso es lo que te hace sentir nuestro amigo Eduard?

Orla notó que el rubor le teñía las mejillas.

—No hablábamos de mí, sino de Hana.

—Ya, pero ahora estamos hablando de ti. Dime, ¿es así como él te hace sentir?

Orla había olvidado lo condicionadamente directa que podía ser su hermana.

Se revolvió, incómoda, pero en ese momento Eduard entró corriendo en el hospital con el camillero que trabajaba con él y una sonrisa asomó en su rostro sin que pudiera evitarlo.

¿Y qué tenía eso de malo? No había muchas cosas por las que sonreír, así que más valía aprovecharlas.

—Pues sí —dijo sin vacilar—. Quiero decir que creo que podría hacerme sentir así si con el tiempo llegamos a conocernos más y… y… Será mejor que vaya a ayudar. Tú quédate con Hana.

Orla se separó de su hermana y, tras ponerse de pie, fue a ayudar a Eduard a encontrar una cama —o más bien un sitio en el suelo— para el nuevo paciente.

Mientras Bron se apresuraba a acercarse, Orla volvió la cabeza y vio a Zuzi sentada junto a Hana con la espalda rígida, acariciándole el pelo con delicadeza mientras los miraba fijamente.

También observó con satisfacción que Bron no paraba de mirar hacia Zuzi.

—¿Tienes alguna chica bonita esperándote en Ł od ź , Bron? —preguntó de pasada mientras examinaban la mano fracturada del paciente.

—Para nada —contestó él de inmediato, inclinado sobre el paciente—. Soy libre como un pájaro, por si…, bueno, si alguien lo pregunta. Quiero decir que… —Bron se centró en lo que estaban haciendo—. La herida es grave. Tráeme agua, Orla, por favor.

—Lo intentaré.

Orla corrió a la cocina, pero todos los cubos de agua estaban vacíos.

—Lo siento —dijo Magda desde la mesa en la que estaba bregando un gran pedazo de masa—. He usado la poca que quedaba para este pan; si es que se le puede llamar pan.

Hizo una mueca mientras contemplaba la sustancia viscosa a la que trataba de dar vida con sus manos, y Orla le devolvió la mueca.

Ahora se vería obligada a ir al pozo a buscar más agua y, aunque el AK montaba guardia junto a él y el personal médico tenía preferencia, de modo que no tendría que esperar mucho rato, siempre sentía que había cosas más importantes que hacer.

Por eso dio gradas al cielo cuando Jacob apareció en la puerta.

—Ya iré yo a buscar el agua —dijo el chico.

Orla lo miró, sorprendida. No era propio de su hermano pequeño ofrecerse a ayudar sin que se lo pidieran; tal vez el hecho de unirse al AK le estaba haciendo bien.

—Gracias, Jacob.

—Lo que necesites, hermanita. —Orla lo miró con suspicacia y, de pronto, él le guiñó el ojo—. Además, así podré probar mi nuevo casco.

Jacob se sacó de la espalda un recargado casco de estilo prusiano, con una cresta rematada en punta.

—¿De dónde lo has sacado?

—Del cuarto de Babcia. Dice que era del bisabuelo Kaczper, el que se llamaba igual que Papa.

La abuela me ha pedido que le fuera a buscar un camisón y, cuando he encontrado el casco, me ha dicho que me lo podía quedar y llevarlo con orgullo, o sea que…

—Se lo encasquetó en la cabeza y cogió un cubo con cada mano—, ¡ahí voy!

Y, sin más, se marchó. Orla miró a Magda, que le dedicó una sonrisa titubeante.

—Lo está haciendo muy bien, pero, que Dios me perdone, me preocupa que se pasee por ahí con cascos chulos, minas robadas y tanques, como si todo esto fuera solo un juego.

Orla abrazó a su madre.

—Da miedo, lo sé, pero seguramente sea lo mejor para él. Lo podrían matar igual si estuviera escondido en un sótano.

Por terrible que sonara, era la verdad. Montones de edificios se derrumbaban cada día bajo el peso del fuego enemigo.

Hasta el momento, la casa de Babcia, ubicada en la orilla oriental del río en Stare Miasto, había sobrevivido intacta, pero, a medida que los horrendos lanzacohetes alemanes se acercaban, el peligro aumentaba.

Bron había hablado de trasladar el hospital al sótano y, siempre que tenían un rato libre, bajaban para hacer espacio a sus numerosos pacientes, aunque con los incesantes ataques los ratos libres escaseaban.

—Será mejor que vuelva a ayudar —le dijo Orla a Magda—. Cuando Jacob regrese, mándamelo. Necesitamos el agua con urgencia y a Babcia le encantará verlo con ese casco.

—No te preocupes.

Magda estaba dividiendo la masa para sus hogazas, con el ceño fruncido en una expresión de intensa determinación, aunque Orla sabía que, bajo su delantal, el enorme corazón de su madre estaba roto por la pobre Hana. Por Varsovia. Por todos ellos. Y, aun así, ¿qué podían hacer sino seguir adelante?

Las hogazas estaban subiendo gracias al calor húmedo de agosto, que seguía apretando, y sin duda a Magda le sobraban sitios en los que hornearlas, pues las ascuas de lo que quedaba de la que en su día había sido la bonita plaza del mercado viejo estarían tan calientes como cualquier horno.

El estómago de Orla empezó a emitir ruidos, cosa que le hizo menear la cabeza: no era momento de preocuparse por la comida.

Por lo visto, los humanos podían acostumbrarse a todo tipo de horrores con más rapidez de la que su cuerpo necesitaba para adaptarse al hambre y la sed, así que Orla aceptó de buen grado el mendrugo que le dio Magda y se lo metió en la boca mientras regresaba al hospital.

Su humor mejoró en cuanto vio a Eduard atando a los pies de la cama de Babcia los infames grilletes y las cadenas que habían rescatado de los escombros del Juan de Dios, y paseó la mirada por la sala para ver si le daba tiempo a hablar con él.

Bron le había vendado la mano al muchacho del AK para protegerla de la suciedad del aire mientras esperaban que llegara el agua y, por lo visto, estaba intentando aplacar la angustia de Hana haciendo uso de sus habilidades médicas.

Aunque habría sido más exacto decir que lo que en realidad estaba haciendo era hablar con Zuzi.

O, más exacto aún, que Zuzi y él lanzaban palabras al aire, pues ninguno de los dos parecía capaz de relajarse en presencia del otro.

Con una sonrisa, Orla se reunió con Eduard junto a la cama de Babcia Kamilla y le pasó un brazo por la cintura. Sabía que era un gesto atrevido, pero después de ver la incomodidad del flirteo de su hermana, agradecía que su romance fuera más franco.

—¡Mi enfermera preferida! —Eduard le cubrió la mano con la suya, afectuosa y reconfortante—. ¿Te gusta cómo han quedado los grilletes de tu Babcia?

—¡Me encanta!