La mensajera Veinticuatro #3
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Veinticuatro #3

Tres horas después, Hana esperaba a la sombra de media iglesia mientras la vibración de una aeronave Halifax atravesaba la fina capa de nubes, con el corazón desbocado como si tuviera una metralleta en el pecho.

Sabía que era absurdo, por supuesto. Aunque por un milagro uno de los aviones fuera el de Emil, no era como si pudiera verlo a él.

No era como si él fuera a aterrizar entre los escombros, saltar de su cabina y rodearla con sus brazos.

No era como si Emil pudiera acariciarle el pelo o pasarle el brazo por la cintura o pegar sus labios a los de ella…

Cerró los ojos y se rodeó con los brazos como si fueran los de él, imaginando el tacto de su piel.

Durante los largos y deprimentes años de la ocupación, había soñado en muchas ocasiones con él y, si había empezado a estudiar Arquitectura, había sido en parte para dejar de atormentarse con deseos vanos, aunque a decir verdad eso le había permitido descubrir un campo que le apasionaba.

Los sueños habían remitido, pero, en las últimas semanas, con la muerte siempre pisándole los talones, habían regresado con apasionamiento.

Hana no quería morir sin volver a ver a Emil.

El ruido del motor aumentó y ella abrió los ojos, mientras se reprendía por desaprovechar la posibilidad de tenerlo cerca, aunque fuera solo en teoría. Escrutó el cielo nocturno y de improviso aparecieron los aviones, atravesando las nubes como ángeles.

—¡Vamos, vamos, vamos! —indicó Czajnik, y Hana se apresuró a encender su lámpara y colocarse en posición.

Volvían a hallarse en los terrenos del gueto, en esta ocasión en el lado oriental, donde, durante los vertiginosos primeros días del levantamiento, Zuzi, Jacob y Babcia habían formado parte del grupo que había liberado el campo de concentración de G ę siówka.

¡Cómo lo habían celebrado! Hana tenía grabada la imagen de Zuzi bailando en lo alto de la recién levantada barricada, mientras los vecinos de Wola corrían a arrojar sus preciados muebles para impedir el paso de los nazis.

Tan solo unos días después, la mayoría de esas mismas personas había acabado abatida a tiros a sangre fría y, si su querida Orla había sobrevivido a la masacre, era solo gracias a Eduard.

—¡Levantad bien las luces, chicas!

Hana obedeció, pero, como si también hubieran escuchado la orden de la líder de la unidad, los reflectores de los nazis se encendieron y varios haces de luz barrieron malévolamente el cielo de Varsovia, iluminando los aviones que se acercaban con una perversa precisión.

—Ni se os ocurra —siseó Hana.

Los aeroplanos estaban cerca y ella alzó la vista buscando con desesperación la reluciente esperanza de una flor violeta.

Las baterías antiaéreas disparaban sus temibles proyectiles, que parecían clavarse en el corazón acelerado de Hana.

Pero los aviones seguían volando; las compuertas del fuselaje del primero se abrieron y los paquetes empezaron a caer, como si fuera Navidad y Papá Noel estuviera repartiendo regalos desde el aire.

Los paracaídas se desplegaron y los valiosos contenedores flotaron lentamente hacia ellas, antes de aterrizar con un suave golpe entre los vítores de las demás chicas.

Hana, por su parte, estaba demasiado concentrada en los aviones.

El primero llegó y se alejó sin violeta alguna, el segundo también, pero el tercero…

Desplazó la lámpara que sostenía hacia un lado, para que su luz no la deslumbrara, y, sí, ahí estaba, desplegando sus pétalos en forma de corazón mientras dejaba caer sus regalos sobre Varsovia.

—Emil —susurró Hanna, y lo repitió en voz más alta—: ¡Emil! ¡Emil! —Como si él pudiera escucharla por arte de magia y saber que estaba viva, igual que ella sabía ahora que él lo estaba—. ¡Emil!

—Shhh —la amonestó Czajnik—. ¿Quieres que los alemanes nos maten a todas a tiros?

—Perdón —musitó ella.

Había puesto en peligro a todo el grupo y no era justo, aunque hasta la última parte de su ser deseaba agitar su lámpara, gritar y patear el suelo, y decirle a Emil que lo amaba y que se moría de ganas de casarse con él cuando toda esa locura terminara.

Otros dos aviones se acercaron y Hana miró en su dirección para asegurarse de que los guiaba por el buen camino, y fue entonces cuando oyó, más que vio, el sonido estridente y metálico de un proyectil al alcanzar un fuselaje.

Al volver la cabeza, divisó un valiente aeroplano plateado estremecerse en el cielo nocturno antes de caer en picado girando sobre sí mismo, con la vistosa violeta de la parte inferior dejando tras de sí una estela del morado más puro mientras se desplomaba cada vez más rápido, hasta sumergirse en el Vístula con un siniestro siseo y salpicando a su alrededor.

Hana se cubrió la boca con las manos y la lámpara se estampó sobre los escombros, despidiendo esquirlas de cristal y chispas de fuego a su alrededor como si el proyectil también la hubiera alcanzado a ella.

Se dejó caer de rodillas mientras las demás chicas se acercaban a la carrera, pero Hana no vio sus miradas desorbitadas ni las manos que le tendían con preocupación.

Lo único que veía era una estela violeta precipitándose hacia el río, llevándose con ella sus sueños, sus esperanzas y sus planes de futuro.

—Emil —gimió, y repitió en voz más alta—: ¡Emil!

Pero Emil se había ido para siempre y, aunque Hana gritara a pleno pulmón y elevara su voz al cielo lleno de humo de Varsovia, no volvería. Se había quedado sin prometido, futuro ni esperanza, y era difícil seguir encontrándole sentido a todo aquello.