Veinticuatro #2
—¡De inmediato! —Una vez más, la palabra sobrevoló el pequeño grupo, esta vez en tono más elevado… y colérico.
—Entonces —exclamó Zuzi al entrar en la habitación—, ¿es porque no somos tan importantes como París? ¿Porque no tenemos una moderna torre metálica, ni un montón de obras de arte de las que presumir ni… ni…?
—¿ Croissants ? —sugirió Eduard con amargura.
—Nuestras panaderías tienen las mejores pastas del mundo —dijo Jacob con vehemencia—. Sobre todo la de Mama.
Magda alargó la mano y le alborotó el pelo.
—Gracias, hijo, pero me temo que el único problema es que estamos demasiado al este. París tenía a los estadounidenses; Roma, a los británicos, y nosotros tenemos que conformarnos con los rusos.
—No es justo —estalló Zuzi—. Nosotros somos el primer aliado.
Nos unimos a los británicos mucho antes que los franceses, y los italianos lucharon contra ellos durante dos años.
La Marina polaca patrulla el Mar del Norte para atacar a los submarinos alemanes, y la infantería polaca fue la que tomó finalmente Monte Cassino…
—Y los pilotos polacos colaboraron en la batalla de Inglaterra —intervino Hana con tristeza.
—¡Exacto! Nosotros los salvamos y ellos se quedan tan tranquilos mientras nos bombardean día sí, día también. ¿Qué aliados son esos?
—Unos aliados de mierda —convino el médico, Bronis ł aw, mirando a Zuzi con una admiración resplandeciente.
«Madre mía», pensó Hana mientras su hermana le devolvía la mirada al joven, con un fuego que ardía en sus ojos con tanta intensidad como en cualquier casa de Stare Miasto.
Desde que Babcia y Zuzi habían escapado de las ruinas del hospital Juan de Dios, su hermana había estado exaltada y no había parado de decir que su Minerki iba a asaltar la Central Telefónica, como si echar a los nazis de una torre de cemento fuera la tarea más sencilla del mundo.
Hana le había pedido que, si el ataque se llevaba a cabo, buscara los mapas que con tanta crueldad le habían arrebatado a Marek en la noche de los tiempos, antes del levantamiento, y Zuzi había accedido con vigor.
Hana se había quedado atónita, pero ahora sabía de dónde sacaba su hermana su reciente energía.
Por lo visto, todo el mundo estaba enamorado menos ella.
Es decir, ella también lo estaba, pero Emil le parecía alguien tan lejano que recordar lo que sentía cuando estaba con él era como tratar de imaginar un día gélido durante el verano abrasador, o una época en la que se podía pasear por la ciudad sin que los nazis controlaran todos tus movimientos, o incluso un día sin que los bombarderos y los lanzacohetes volaran edificios a tu alrededor. Es decir, imposible.
—Tres días —repitió con amargura—. Si los rusos hubieran hecho lo mismo por nosotros, como dijeron que harían cuando Radio Moscú nos instó a sublevarnos, llevaríamos ya veintidós días liberados.
Estaríamos paseando bajo este sol, bañándonos en el Vístula, de pícnic en el Jardín Sajón, recibiendo a nuestro gobierno, igual que hacen ahora los franceses; los franceses, que capitularon, ¡que colaboraron!
Notó unos brazos que la rodeaban y hasta que Magda no empezó a acariciarle el pelo y hablarle en un murmullo, como hacía cuando ella era pequeña y se creía objeto de una de las numerosas injusticias de la infancia, no se dio cuenta de que estaba gritando.
Pero ¿qué más daba? No hablaban de que le hubieran dado menos mermelada que a sus hermanas, o de que le hubieran robado un juguete o de que no la dejaran columpiarse; hablaban de una traición a su ciudad y su país en favor de otros más «occidentales», y era algo que dolía muchísimo.
Trató de apartar a su madre con delicadeza.
—Será mejor que vuelva al trabajo. Seguro que Bór tiene mensajes que distribuir relacionados con el anuncio.
Magda aflojó su abrazo, pero no la soltó.
—¿Estás segura, Hana? Te veo… cansada. No creo que…
—Todos estamos cansados —la interrumpió ella—.
Orla está cansada de tratar a personas con quemaduras provocadas por los perversos compuestos químicos de los nazis.
Zuzi está cansada de abrir pasadizos entre los sótanos porque nuestros conciudadanos no pueden caminar seguros por nuestras calles.
Jacob está cansado de trabajar con el pelotón de su tanque…
a sus trece años. Babcia está cansada porque ha recibido un disparo en el estómago y se ha quedado atrapada debajo de un hospital en el que intentaban ayudarla a recuperarse.
Y tú, Mama, tú estás cansada de intentar alimentar a todo Stare Miasto sin ayuda de nadie.
Todos estamos cansados, pero tenemos que seguir adelante porque, si no lo hacemos, nos aniquilarán.
Que los parisinos lancen flores sobre sus tanques; nosotros tenemos que conducir a los nuestros hacia las líneas enemigas que avanzan un día sombrío tras otro, mientras el resto del mundo está de fiesta en los Campos Elíseos.
Hana se soltó y se dirigió a la puerta echando humo por las orejas.
—Ten cuidado, Han-Han —le pidió Magda, y el dolor que se reflejaba en su voz atravesó la ira de Hana como ninguna otra cosa podía hacerlo.
—Lo tendré —dijo, obligándose a sonreír. Y fue entonces cuando lo escuchó: la retransmisión radiofónica estaba a punto de terminar y ahí, para cerrar el programa, estaba «Una mazurca más». Hana se quedó mirando la radio—. ¡Por fin! —exclamó—. ¡Es la señal de que los aviones van a venir!
—¿Lo ves? —dijo Orla—. Al final resulta que no nos han abandonado.
—No —convino Hana—, han sido tan amables de dejar que los pilotos polacos vuelen para ayudar a la capital polaca. Qué nobleza la suya.
Aun así, no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro, y tiró uno tras otro de los miembros de su familia para darles un abrazo, incluso al reacio Jacob, antes de salir por la puerta para regresar al cuartel general de Bór.
Los aviones iban a venir y tenía la intención de estar allí cuando llegaran, para saludarlos desde tierra.