La mensajera Veinticuatro
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Veinticuatro

VEINTICUATRO

HANA

Hana cogió una escoba y se puso a barrer con ímpetu lo que en su día había sido la elegante planta baja de la majestuosa casa de Babcia Kamilla, y que ahora era la Piekarnia D ą browska en el salón de la izquierda y el hospital Juan de Dios en el comedor de la derecha.

Su mundo era cada vez más reducido, pero al menos toda la familia continuaba junta, podían cuidar de Babcia en su propio hogar y la panadería volvía a estar operativa, aunque su productividad se hubiera visto reducida drásticamente.

Por más que barriera, las baldosas de mármol nunca quedaban limpias.

Stare Miasto estaba en llamas y las cenizas de demasiadas casas, negocios y cuerpos entraban en la casa arrastradas por el viento.

Los nazis, frustrados por su incapacidad de penetrar en las estrechas calles del barrio medieval con sus tanques de matones, habían desplazado a Varsovia una gran variedad de armamento aterrador que sacudía día y noche las calles con su sonido mortal.

Por un lado estaban los mastodónticos proyectiles del monstruoso Karl-Gerät, a los que se habían sumado los ataques desde lo que ahora sabían que era un lanzacohetes Nebelwerfer, aunque todos lo llamaban Kowa por sus mugidos al arrojar sus séxtuples obuses.

Los proyectiles surcaban el aire con rapidez y potencia, y los nazis los llenaban con una serie de sustancias infernales, desde azufre en polvo hasta vaselina viscosa que se pegaba a todo y a todos al estallar.

La gente había empezado a vivir en los sótanos de la ciudad, que estaban atestados y divididos en espacios delimitados por biombos o muebles para proporcionar cierta intimidad, dado el interminable desfile de oficiales de enlace, soldados y camilleros que se desplazaban bajo tierra.

De alguna manera, y a pesar de la gran presión a la que estaba sometido, el batallón Krybar seguía controlando la central eléctrica en la orilla del río del lado de Ś ródmie ś cie, y eso les permitía usar la luz para ahuyentar lo peor de las sombras, pero con la infinita retahíla de gritos de dolor, de polvo y fuego, la Varsovia subterránea no tenía nada de acogedor.

Ya había quien hablaba de rendirse, mientras que otros lo hacían callar a gritos.

«Ya hemos llegado hasta aquí —protestaban—; ¿por qué detenernos ahora?».

«Porque vamos a morir todos».

«No es así. Los Aliados están al caer. Vendrán a salvarnos».

Hana rezaba para que los más dogmáticos estuvieran en lo cierto, pero, si los Aliados iban a venir, se lo estaban tomando con calma.

Cada noche, Hana se pegaba a la radio de Babcia y esperaba con desesperación que sonara «Una mazurca más», anunciando así la llegada de los aviones para traerles suministros, pero cada noche se oía otra canción en la radio y ella tenía que irse a la cama en su rincón del sótano sin haber atisbado la preciosa violeta de Emil.

Hana barrió con más vigor y arrojó el polvo de Varsovia fuera de su santuario.

Aunque estaba agotada después de pasarse el día repartiendo mensajes a las unidades del AK por todo Stare Miasto, la casa de Babcia era un preciado refugio y tratar de mantenerla bonita le hacía sentir que tenía cierto control sobre sus vidas.

A su espalda, Magda sacaba pan de la cocina para entregárselo a la paciente cola de clientes.

Su pelo estaba cubierto casi por completo de canas y, aunque cada día que el sitio del levantamiento se alargaba, el rubio se desvaía un poco más, Magda conservaba intacta su sonrisa.

Había improvisado un mostrador en el elegante aparador de Babcia y desplegaba el pan en su mejor vajilla, pero, a pesar de sus esfuerzos, el espectáculo resultaba triste.

La harina era cada vez más escasa y si Magda se las apañaba para seguir trabajando era gracias a que la Minerki de Zuzi había entrado en las bodegas de la cervecería Haberbusch y Schiele y se había apropiado de un valioso suministro de cebada.

Después de mucho experimentar, Magda había encontrado la manera de triturar los granos con un molinillo de café y Jacob había dedicado la mayor parte del día anterior a pasearse por las casas que aún seguían en pie para buscar los pequeños instrumentos.

Era una tarea laboriosa y la harina resultante era muy gruesa, pero todo el mundo agradecía cualquier alimento que pudiera encontrar y la Piekarnia D ą browska trabajaba día y noche.

A Hana le preocupaba que su madre no descansara ni de lejos todo lo que necesitaba, pero Magda se limitaba a decir: «ya dormiré cuando nos liberen», se arremangaba y seguía horneando, que era su propia y amorosa manera de luchar.

Hana se encogió al escuchar el elocuente silbido de los Stuka que sobrevolaban Varsovia una vez más.

Los ataques de los aviones nazis eran incesantes; empezaban a las ocho de la mañana y se reproducían cada media hora hasta que el sol se ponía, como un reloj infernal.

El sol sacaba destellos plateados a sus bombas mientras estas caían dando vueltas como luciérnagas gigantes, antes de impactar en la casa de alguien y enviar llamas danzantes hacia el cielo, mientras sus ocupantes salían gritando a la calle.

Era un milagro que, hasta el momento, la casa de Babcia Kamilla hubiera permanecido intacta, aunque solo era cuestión de tiempo que corriera la misma suerte que las demás.

Hana echó un vistazo al hospital instalado en lo que antes era el elegante comedor.

Orla y Bron habían recuperado de las ruinas del Juan de Dios todas las camas posibles y todo el material médico utilizable, y habían colocado a Babcia en la cama principal, la suya, con un enorme dosel que ya no tenía postes porque habían tenido que serrarlos para bajarla por la escalera.

Era la más apropiada para su elegante abuela, de no ser porque la hacía parecer pequeña y consumida.

Bron había vuelto a coserle el estómago, pero, como en aquellos días había más polvo que oxígeno en el aire de Varsovia, era imposible mantener limpias las heridas.

Babcia confiaba en los grilletes de su padre, colgados de la pared sobre ella, y en la cruz de plata de la familia, colocada en un altar improvisado junto a la puerta y que, según ella, representaba la fuerza del hombre y la protección de Dios, y los llevarían al triunfo.

Hana admiraba su optimismo, pero le costaba compartirlo.

—¡Hana! ¡Hana, ven a escuchar esto! —Jacob cruzó a la carrera el hospital improvisado—. ¡Es la radio! —dijo—. A Hana le dio un vuelco el corazón.

—¿Vienen los aviones?

Jacob frunció el ceño, pero enseguida recuperó la compostura.

—No, no es eso, pero te gustará. Ven.

Hana dejó la escoba y lo acompañó, igual que Magda, seguida por la pequeña cola de clientes como si fueran ovejas.

En el comedor Hana vio a Orla con su delantal de enfermera y a Bron con su bata, que ya no era blanca.

Nella estaba sentada en la cama con Kamilla, jugando con las cuentas de su rosario.

Después de extraer los restos de su joven madre de entre los escombros del Juan de Dios, la habían enterrado bajo una sencilla cruz junto con muchos otros, demasiados, de modo que la pequeña estaba sola en el mundo.

La hermana Maria había intentado encontrar una familia que la adoptara, pero a los habitantes de Varsovia ya les costaba suficiente mantener con vida a los suyos como para hacerse cargo de una huérfana de nueve meses, así que, por el momento, la niña vivía con los D ą browska.

Orla se apoyó a Nella en la cadera con una facilidad recién adquirida mientras Jacob subía el volumen de la radio, y cuando Eduard, el camillero, cruzó la sala para reunirse con ellos, Hana pensó que parecían una familia de postal.

A Hana le dolía el corazón por Emil y empezó a toquetearse el anillo mientras todo el mundo se arremolinaba alrededor del transistor que descansaba junto a la cruz de plata, en un extremo de la estancia.

—Las escenas de júbilo se repiten por toda la ciudad —estaba diciendo el reportero polaco.

Hana miró con avidez por la puerta, pero lo único que vio fue a una mujer que corría a refugiarse mientras un Stuka descargaba una ráfaga de balas sobre ella mientras volvía a su base, después de bombardear casas y dejar a sus dueños sin hogar.

—La gente ocupa las aceras, vitoreando y arrojando flores a los desfiles de soldados…

—¿Desfiles? ¿Dónde?

—… que marchan por los Campos Elíseos al ritmo de La Marseillaise .

—¿París?

—París —confirmó Jacob—. Ha sido liberada.

—Es maravilloso —jadeó Hana, pero Magda la hizo callar.

—Escucha, cariño.

—El presidente De Gaulle ha llegado hoy para dar las gracias a las tropas del general Eisenhower por acudir en ayuda de la valerosa Resistencia, que se sublevó contra los debilitados alemanes para devolver con nobleza el control de su ciudad a los franceses.

En la sala se hizo el silencio. Hana paseó la mirada por la variopinta mezcla de pacientes, médicos, familiares y clientes de la panadería, y vio que todos se esforzaban por asimilar el significado de lo que estaban escuchando.

—Así pues —dijo Orla en tono pausado—, la Resistencia francesa se sublevó y tomó su capital.

—Así es —convino Jacob.

—Y luego las tropas estadounidenses entraron en la ciudad y los ayudaron a consolidar el control.

—Sí.

—¿Y cuánto tardaron?

—En la radio han dicho que tres días.

—¿Tres días?

Las palabras se propagaron por la estancia como un susurro sagrado. Estaban a 25 de agosto; habían pasado exactamente veinticinco días desde que la Resistencia polaca se había sublevado para tomar Varsovia y, sin embargo, allí estaban. Solos.

—¿Qué tienen ellos que no tengamos nosotros? —preguntó Orla.

—Estadounidenses —soltó Eduard—. He oído decir que Eisenhower ni siquiera tenía intención de tomar París porque la ciudad carecía de «importancia estratégica» en la marcha hacia Berlín, pero, cuando la Resistencia se sublevó, le escribieron para solicitar su ayuda y él envió varios batallones de inmediato.