Veintitrés #3
—No sabes cuánto me alegro, chiquilla. Supongo que hablamos de ese joven doctor, claro.
—¡Ya basta, Babcia!
Pero era evidente que su abuela no tenía intención de parar. Cogió la mano de Zuzi y le dio un apretón.
—No voy a parar, Zuzi, porque esto es importante. Si él te hace sentir así, es maravilloso. Es la manera que tiene Dios de decirte que tendréis bebés preciosos.
—¡Babcia!
—Y que os divertiréis mucho haciéndolos.
No le des la espalda a esos sentimientos, chiquilla; abrázalos.
¡Abrázalo a él! Por el amor de Dios, llevamos demasiado tiempo aplastados bajo las botas nazis y, si puedes escapar de la opresión en la cama de un joven guapo, amable y decente, no te lo pienses dos veces.
—Pero ¿lo importante no es el amor? —preguntó Zuzi, dubitativa.
—¡Claro! Pero también el deseo, mi querida nieta; eso es lo que diferencia la unión entre un hombre y una mujer de cualquier otra relación, lo que la hace tan especial, maravillosa y distinta.
—Tiró de Zuzi para acercársela. Los gritos del exterior se oían cada vez más cerca y las vigas crujían amenazantes sobre ellas—.
Eres una joven lista, vivaracha y apasionada, la viva imagen de tu abuela cuando era más joven, y me encanta verme reflejada en ti.
Prométeme que le darás una oportunidad al amor, Zuzi, y también al deseo.
Créeme, si todo este doloroso asunto que es la vida merece la pena, es por eso.
—Si tú lo dices, Babcia…
—Vaya si lo digo. Así que prométemelo.
Zuzi se rio con timidez.
—Prometo que le daré una oportunidad al amor.
—Y también al deseo.
Zuzi suspiró y trató de reprimir la emoción que las palabras de Babcia habían desatado en ella.
Todas aquellas desconcertantes sensaciones que experimentaba cuando estaba cerca de Bron no solo eran normales y estaban permitidas, ¿sino que además había que darles rienda suelta?
Sin lugar a dudas, era una idea embriagadora.
—¿Crees que…? —empezó, pero entonces se dio cuenta de que la mano de su abuela se había quedado inerte entre la suya—.
¿Babcia? Babcia, despierta. Aguanta un poco; ya están aquí.
—Zuzi veía moverse los ladrillos más cercanos—.
Babcia, por favor. —Las lágrimas le obstruyeron la garganta seca—. No te mueras, Babcia. No te…
—¿Es que no puedo tomarme ni un descanso? —murmuró Kamilla, provocándole un sonoro jadeo de alivio.
Y en ese preciso instante, un puñado de ladrillos rodaron sobre el montón y en su cueva se coló un rayo de luz que se reflejó en la cruz de plata que Babcia tenía en las manos e iluminó las gemas, bañando su rostro cansado en una multitud de colores.
—¡Se acabó, Babcia! Lo hemos logrado. Han venido a por nosotras.
—¿Quién ha venido?
Babcia cogió la mano de Zuzi para incorporarse, mientras otro ladrillo se desprendía y una cara se asomaba con expresión angustiada por el hueco; una cara joven, seria e innegablemente atractiva.
—¡Bron! —exclamó Zuzi, y luego miró a Babcia, que arqueó las cejas en un gesto tan ridículo y sugerente que ambas se echaron a reír—. Lo siento —jadeó Zuzi entre carcajadas—. Estoy tan aliviada, tan… tan…
Pero entonces se quedó sin palabras porque Bron había entrado por el agujero y la tomó entre sus brazos y Zuzi habría jurado que iba a besarla allí mismo, delante de su abuela.
Las mariposas aletearon en su estómago y, sí, tal vez un poco más abajo, pero en esta ocasión no intentó reprimirlas sino que dejó que levantaran su rostro hacia el de él. Y, sí, Bron iba a besarla y…
La viga crujió y ambos se separaron de un salto mientras Babcia gemía.
—Vamos a sacarte de aquí —dijo Bron, acercándose a ella.
—No hay prisa —dijo Kamilla—. Haced como si no estuviera.
Pero la magia del momento se había esfumado y Zuzi fue a ayudar a Bron a sacar a su querida e inimitable abuela de aquella cueva oscura, con la esperanza de que la magia volviera a surgir.
Por el momento, se conformó con salir al aire más o menos limpio de Varsovia, que el sol del verano y un incendio acre en las cercanías había vuelto denso y cálido, pero que, aun así, seguía siendo mil veces mejor que el polvo de su agujero subterráneo.
Orla la abrazó con fuerza y, mientras Magda y Jacob corrían a sumarse al abrazo y Hana trataba de rodearlos a todos, Zuzi experimentó una sensación maravillosa.
—¡Somos libres! —exclamó.
Aunque en realidad no lo eran. Con los alemanes que se acercaban por todos sus flancos y los rusos que seguían con sus rojos brazos cruzados a la orilla del Vístula, distaban mucho de serlo, pero en aquel momento, rodeada de su familia y sus amigos, y con aire en los pulmones para disfrutar de ellos un día más, aquella libertad era suficiente.
Zuzi miró a su abuela y recordó la promesa que le había hecho de dar una oportunidad al amor en todas sus gloriosas guisas.
Por primera vez, sentía que hacerlo le proporcionaría una gran dicha.
Lo único que se interponía en su camino era el pequeño problema de la guerra que tenían que ganar para que eso fuera posible.