Veintitrés #2
—Nuestra situación actual refleja un poco lo que han sido estos últimos cinco años de ocupación: estamos vivas pero rodeadas por los cuatro costados de ladrillos que pueden caerse en cualquier momento.
Zuzi asintió en la oscuridad; era una buena analogía.
Cuando los nazis habían invadido el país, ella tenía diecisiete años y le encantaba su vida, que transcurría entre sus estudios, sus amigas y los chicos con los que hablaba de vez en cuando.
En aquella época tenía la sensación de que el futuro empezaba a abrirse ante ella, hasta que, entre zumbidos de Stuka, se había derrumbado a su alrededor.
La Wehrmacht había marchado sobre Varsovia y se había hecho con el poder de la ciudad, y de pronto todas sus cafeterías y todos sus cines favoritos se habían vuelto Nur für Deutsche .
Todos sus movimientos habían pasado a estar controlados; su comida, racionada, y sus documentos, comprobados sin cesar por guardias altivos que los amenazaban como si tuvieran que dar las gracias hasta por vivir.
¡En su propia ciudad! Varsovia se había convertido en su cárcel y al menos ahora, por difícil que fuera, estaban presentando batalla.
—Hicimos bien en sublevarnos.
—Por supuesto que sí. No nos quedó otra opción. Santo cielo, Zuzi, cuando me uní a tu maravillosa Minerki me sentí más viva de lo que me había sentido desde que me arrebataron a mi Aleksander.
—Lo siento mucho.
—Gracias. Perderlo fue muy duro. Nadie me aceleraba el corazón como él. —Zuzi se revolvió sobre la cama y Kamilla se rio—. Venga ya, Zuzi; ahora ya eres una adulta. Podemos hablar de esas cosas, ¿no?
Zuzi no estaba segura de sentirse muy adulta, aunque sin lugar a dudas sentía curiosidad.
—¿Qué quieres decir con que se te aceleraba? —preguntó con timidez.
—Se me desbocaba, me martilleaba en el pecho, ¡aleteaba como una mariposa! Aleksander era tan guapo que, al verlo, una sensación extraña me revoloteaba por el cuerpo.
—¿En el estómago?
Kamilla negó con la cabeza.
—En el estómago no, Zuzi, más abajo.
—¡Babcia!
—Bueno, es verdad. Aleksander era muy apuesto. No tenía una belleza convencional, de esas que hacen que todo el mundo te señale en el salón de baile, pero para mí siempre… brilló.
—Qué bonito.
—A decir verdad, al principio me enfadé bastante.
Era el primer baile de la temporada y me fastidió todos mis planes.
No tenía intención de enamorarme de nadie; solo quería disfrutar de unos meses de diversión y alegría, y bailar con todos los jóvenes de Varsovia.
Y entonces apareció Aleksander D ą browska y todo se fue al traste, porque ya no quise bailar con nadie más que él.
Zuzi se rio, algo que no parecía casar con su situación en aquel agujero polvoriento, pero Babcia se mostraba tan indignada por haber encontrado el amor que no pudo evitarlo.
—¿Y él sintió lo mismo?
—Por suerte, sí. Bailamos una vez y luego cogió mi tarjeta y escribió su nombre en todos los huecos.
Hasta tachó alguno con él que ya me había comprometido a bailar y escribió el suyo encima.
Debería haberme enfurecido, pero la verdad es que ya contaba el tiempo que faltaba para el siguiente baile.
Nos casamos dos meses después, y me pareció una eternidad. No veía el momento de acostarme con él.
—¡Babcia! —Zuzi estaba genuinamente asombrada.
—Oh, muchacha, no me vengas con milongas. Es de lo más normal. Todas damos por hecho que los hombres se mueren de ganas de acostarse con sus novias, pero lo cierto es que, cuando encuentra al hombre correcto, la novia tiene las mismas ganas.
—¿Y eso es…? Quiero decir, ¿a Dios no le parece mal?
Ahora le tocó a Babcia reírse, tan fuerte y durante tanto rato que Zuzi temió que su júbilo hiciera que los ladrillos se desplomaran sobre ellas.
—No, Zuzi, a Dios no le parece mal. Él nos creó de modo que encajáramos, y nosotros deberíamos honrarlo y disfrutar.
Era una idea curiosa. Zuzi había visto parejas en callejones oscuros con los cuerpos pegados, había visto cómo se miraban a los ojos y se agarraban de las manos, pero siempre le había parecido una especie de espectáculo, una interpretación para el resto del mundo; una mascarada con el fin de transmitir: «Mirad, he encontrado a alguien».
Y, sin embargo, no podía negar que Bron prendía un fuego en su interior.
¿Le estaba diciendo su abuela que eso era algo bueno?
—A tu padre y tu madre les pasaba lo mismo, ¿sabes?
—prosiguió Babcia en tono desenfadado—. Desde el principio fue evidente que disfrutaban de su matrimonio.
Justo después de casarse, que Dios los bendiga, venían a cenar una vez a la semana y eran muy educados y cumplidores, pero saltaba a la vista que no veían el momento de llegar a su casa y arrancarse la ropa.
—¡Babcia, por favor!
Su abuela se rio de nuevo.
—¿Tú nunca lo has sentido, Zuzi? ¿El aleteo?
Zuzi notó que le ardían las mejillas.
—Quizá. No estoy segura de que sea un aleteo; se parece más a… —Se ruborizó, pero estaba oscuro y se hallaba muy cerca de su abuela, y se moría de ganas de saber si lo que sentía era normal—. A un fuego.
Kamilla aplaudió.