La mensajera Veintitrés
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Veintitrés

VEINTITRÉS

ZUZI

A Zuzi le zumbaba el cerebro con el ruido que habían hecho las piedras al caer, tenía la boca llena de polvo y, por mucho que se esforzaba por enfocar sus ojos, solo distinguía formas vagas en la oscuridad.

No sentía sus extremidades, hasta que un pedazo de yeso cayó sobre su pierna y le arrancó un grito de dolor.

—Así que estás viva —dijo una voz seca en medio de la negrura.

—¿Babcia? ¿Eres tú?

—Claro que soy yo, Zuzi. ¿Ya no te acuerdas de en qué cama estabas sentada?

—¿Estás bien?

—He estado mejor.

—Sí, ya; yo también. Me refiero a si estás entera. ¿Te ha caído algo encima?

—¿Aparte de tú?

Zuzi notó un leve empujón en el brazo y se dio cuenta de que estaba medio tendida sobre su abuela.

El polvo había empezado a disiparse y los rayos de luz se abrían paso hacia el agujero en el que habían acabado en esta ocasión.

Se sentó con cuidado y echó un vistazo a su alrededor.

Dos vigas se habían hundido y, de milagro, habían caído una contra otra sobre sus cabezas, creando un hueco alrededor de la cama, aunque esta estaba rodeada por todas partes por montones de escombros entre los que no parecía haber una ruta de salida evidente.

—¿Hola? —llamó—. ¿Hola? ¿Hay alguien aquí? —Silencio—. ¡Hola! —gritó tan alto como le fue posible con todo aquel polvo en la garganta—. ¡Auxilio!

La única respuesta que recibió fue el crujido de las vigas sobre ellas, y Zuzi miró hacia arriba con preocupación.

—Estamos atrapadas, ¿verdad? —preguntó Babcia.

Su voz era tan vigorosa como siempre, pero Zuzi percibió un trasfondo trémulo y extendió la mano a tientas para coger la de su abuela.

—Por ahora —dijo—. Pero estoy segura de que los demás están haciendo todo lo posible para sacarnos de aquí.

—Eso si no están enterrados debajo de todo esto —Kamilla hizo un gesto con las manos hacia los escombros y luego le dio un apretón a Zuzi y añadió—. Perdona. Eso no ayuda. No sirve de nada ser negativa, ¿verdad?

—No —convino Zuzi con cautela—, pero tal vez sea una buena idea ser pragmáticas. Si vamos a despejar un camino, tenemos que decidir en qué dirección.

Bajó de la cama y echó un vistazo a los escombros.

El hueco en el que se hallaban se parecía un poco a las cabañas que hacía con Hana cuando era pequeña, aunque esta era de ladrillos y vigas y no de sábanas y cojines.

Nunca dejaban entrar a Orla para que jugara con ellas, algo que hacía enfadar a su hermana pequeña.

Un día, cuando Orla tendría unos cinco años, se frustró tanto que se dedicó a colocar piedras, con paciencia y en silencio, por la parte inferior de sus paredes de sábanas, y Zuzi todavía recordaba el pánico que había experimentado al intentar levantarlas.

Hana y ella se habían puesto a gritar hasta que Magda llegó corriendo para liberarlas, pero, aunque Magda siguiera con vida y estuviera ahí fuera tratando de ayudarlas, esta iba a ser una tarea mucho más complicada que levantar unas cuantas piedras de una sábana.

Zuzi se obligó a concentrarse y aplicar los principios que le habían enseñado en la Minerki. Los aspectos de su entrenamiento relacionados con la ingeniería la habían fascinado, y ahora era el momento de ponerlos en práctica.

—La luz viene de allí —dijo, señalando los rayos que se colaban entre los ladrillos—. Así que esa es nuestra mejor opción.

Empujó con mucho cuidado los ladrillos para dilucidar lo sueltos que estaban; lo último que quería era que se derrumbaran sobre ellas.

La más grande de las dos vigas les proporcionaba cierto apoyo y Zuzi sacó con cautela uno de los ladrillos que quedaba justo debajo.

Los escombros sueltos se movieron, pero no cayeron, así que fue sacando uno tras otro y, a medida que lo hacía, empezó a entrar más luz, lo cual le dio esperanzas, pero al sacar el quinto una masa de piedras pequeñas cayó a través del hueco que tanto le había costado abrir y Zuzi se vio obligada a retroceder, tambaleándose.

Kamilla suspiró.

—Ven aquí, Zuzi, y métete en la cama conmigo. Si vamos a morir aquí abajo, ¿por qué no hacerlo cómodas?

—¡Babcia!

—Es verdad.

—No vamos a morir.

—¿Y en qué te basas?

—No estoy segura —reconoció Zuzi—, pero no pienso darme por vencida después de cinco ladrillitos.

Babcia dejó escapar una risita.

—No, Zuzi, tú no eres de esas, bendita seas.

El temblor en su voz era ahora más evidente y Zuzi se acercó de nuevo a la cama para darle un abrazo. Su abuela permaneció tendida con rigidez, pero no se apartó y eso le dijo a Zuzi todo lo que necesitaba saber.

—¿Qué tal tu herida? —preguntó.

—Duele. —Zuzi tocó a tientas y con cuidado el cuerpo de Babcia, procurando no fijarse en lo delgada y frágil que parecía, y al llegar a la zona del estómago, su abuela lanzó un jadeo de dolor, mientras Zuzi tocaba con preocupación algo húmedo que se filtraba a través de su ropa—. Estoy sangrando, ¿verdad?

—Un poco.

—Necesitamos de nuevo a tu apuesto doctor.

—No es nada mío.

—Todavía no, pero te gusta, ¿verdad?

—¡Babcia! No es el sitio ni el momento para hablar de esas cosas.

—Al revés, yo diría que es el sitio y el momento perfectos. ¿Acaso tenemos otra cosa que hacer?

—Excavar para salir de aquí —replicó Zuzi, levantándose de nuevo.

Empujó los ladrillos con la vista clavada en las vigas y retiró unos cuantos con cuidado. Vio un brillo en la oscuridad y movió unos cuantos más con esperanza creciente.

—Ahí hay algo que brilla y… ¡Oh! —Cerró la mano alrededor del objeto y lo sacó de los escombros—.

¡Mira, Babcia! —Era la cruz de plata, con un brazo doblado y una piedra preciosa resquebrajada pero, por lo demás, intacta.

Zuzi se acercó a la cama para colocarla entre las manos de su abuela—. Dios está con nosotras —le dijo.

—Me compadezco de Él —dijo Kamilla con sequedad, aunque agarró la cruz y empezó a rezar el Padrenuestro en un murmulla mientras Zuzi retomaba la tarea de retirar ladrillos.

Parecía una tarea inútil. Cada vez que quitaba uno, otro se deslizaba y ocupaba su lugar, y empezó a temer que Babcia tuviera razón y acabaran muriendo allí abajo, bien porque el edificio se derrumbara sobre ellas o bien más lentamente, de sed. Ambas posibilidades la hicieron estremecer.

Al final se metió en la cama con Kamilla, agotada.

—Qué manera más triste de morir.

—Es Su voluntad.

Su abuela estaba aferrada a la cruz y con la vista clavada en la escasa luz que reflejaba.

Tenía la tez pálida y fantasmal, como sí ya hubiera empezado a apagarse, y Zuzi sintió que el miedo la embargaba.

Podía enfrentarse a la situación siempre que Babcia estuviera con ella, pero, si tenía que hacerlo sola, era posible que se volviera loca.

—Sé fuerte, Babcia. Vendrán a ayudarnos.

Kamilla meneó la cabeza.

—No tengo miedo; ni por ti, ni por mí ni por Varsovia. Para el caso que nos hacen nuestros supuestos aliados, la ciudad entera podría estar igual de enterrada que nosotras.

—Eso no es cierto. Hana vio a Emil, ¿no? Churchill mandará ayuda.

—¡Desde Italia! A quien necesitamos es a los rusos.

—Cogió las manos de Zuzi entre las suyas—.

Qué ironía, Zuzi. Durante todo este tiempo hemos conservado los grilletes de mi padre para recordar cómo nos esclavizaron los soviéticos y ahora estamos esperando a que lleguen al rescate. Me temo que hemos sido idiotas.

Zuzi temía que su abuela tuviera razón, pero en aquel momento no podía permitirse pensar en ello.

—Bueno, ahora estamos aquí y hay que hacer lo que sea para salir —dijo, y se acercó de nuevo al montón de escombros—. ¿Acaso tenemos algo mejor que hacer?

Tiró del ladrillo que le quedaba más cerca, pero estaba atascado y, frustrada, tiró con más fuerza. Al final cayó en sus manos, pero acompañado de un torrente de otros que la obligó a retroceder trastabillando para evitar que le aplastaran los pies.

—Bien hecho, Zuzi —dijo Babcia con sorna.

Ella se mordió la lengua para no saltar, pero en ese momento escuchó un sonido, un sonido hermoso y mágico: voces.

—¡Aquí! —gritó Zuzi, arrastrándose con prudencia sobre el montón de escombros. Daba la sensación de que ahora entraba más luz en su alcoba y, sin lugar a dudas, se escuchaban voces—. ¡Estamos aquí! ¡Somos Zuzi y Babcia Kamilla! Estamos aquí. ¡Estamos vivas!

—¿Zuzi? —Fue la respuesta, apagada pero de una claridad gloriosa—. ¡Zuzi! Gracias a Dios. Ya vamos; no os mováis. Ya vamos.

Con las piernas flaqueando de alivio, Zuzi regresó junto a la cama de Babcia. Alguien las había encontrado. No habría sabido decir quién era, pero alguien las había encontrado; alguien que sabía cómo se llamaba ella y que haría todo lo posible para sacarlas a las dos.

—Aguanta —le dijo a su abuela—. Ya vienen a ayudarnos.

—Alabado sea Dios. —Kamilla sostuvo la cruz bajo la luz tenue, que se reflejó en el zafiro de lo alto y alumbró su cabaña forzosa con un brillo azulado—. Y ahora siéntate, Zuzi, por el amor de Dios, y no hagas que todo se derrumbe antes de que lleguen.

—En realidad he sido yo la que ha soltado… —Se interrumpió.

No importaba; lo único que importaba era que, en aquel momento, estaban excavando entre los escombros para llegar a ellas.

No iba a morir allí, en la oscuridad, con la única compañía del cadáver de su abuela mientras su cuerpo se deshidrataba.

Si aguzaba el oído, podía escuchar el sonido de los ladrillos que alguien iba desprendiendo con metódica meticulosidad por encima de ellas.

Sentía deseos de ponerse en pie de un salto y arrancar los de su lado, y, para evitarlo, buscó a tientas el borde de la sábana de su abuela y se metió en la cama con ella.

—Debemos ser pacientes, Babcia.

Kamilla le dio una palmadita en la mano.

—A ninguna de las dos se nos da muy bien la paciencia.

—No.

Kamilla dejó escapar una risita.

—Siento haber dicho que íbamos a morir. Ha sido un momento de debilidad, pero no lo decía de corazón, Zuzi. Si algo deseo es sobrevivir para ver que echamos a patadas a los nazis de nuestra ciudad.

—Yo también, Babcia.