Veintidós #2
—Mi hermana pequeña trepó a un árbol para esconderse.
Le encantaban los árboles y se pasaba el día subiendo y bajando de ellos.
La llamábamos eichhórnchen , «ardilla». Era el lugar donde se sentía más segura, pero esos malnacidos…
, esos malnacidos le… —Eduard se había echado a llorar—.
Le pegaron un tiro y la derribaron del árbol como si fuera una atracción de feria.
La vi desplomarse, la vi caer al suelo con un golpe sordo.
Al menos fue un disparo limpio y no sufrió; murió al instante.
Estaba allí, escalando a un árbol como hacía siempre, y de pronto… quedó inerte y vacía sobre el suelo.
—Su cuerpo estaba vacío —observó Orla con delicadeza—. Su alma había trepado el árbol más grande, el que lleva al cielo.
Él sonrió a través de sus lágrimas.
—Eso es muy bonito, Orla. Gracias. —La rodeó con el brazo y la estrechó contra su cuerpo, y el gesto resultó tan natural, tan normal, que Orla se fundió en el abrazo con Nella encajada felizmente entre ambos—.
A mi hermano le pegaron un tiro mientras huía a las montañas —continuó él.
Se notaba que ahora ya no le costaba tanto hablar—.
Así que a lo mejor él también escaló una montaña hasta el cielo.
—No te quepa duda. ¿Y tú, Eduard? ¿Dónde estabas?
—Oh, estaba justo allí, en medio del caos, pero a mí no me dispararon.
Me juntaron con los demás chicos sanos y nos dijeron que podíamos elegir entre luchar o morir.
—Eduard estrechó a Orla con más fuerza—.
Yo no quería morir y por eso, que Dios me perdone, accedí a luchar.
Me puse su uniforme, juré lealtad a su perverso Führer y marché con ellos.
Dejé a mis padres y a mis hermanos pequeños muertos en nuestros campos y me fui de allí con sus asesinos. ¿En qué me convierte eso?
—En alguien sensato —contestó ella—. En alguien valiente y fuerte.
—¿Por abandonarlos?
—Estaban muertos, Eduard. No podías hacer nada por ellos, salvo mantenerte con vida. Es lo que habrían querido.
—Eso fue lo que me dije a mí mismo.
—Y tenías razón. Tenías toda la razón.
—A mí no me lo pareció. Intenté desertar en cuanto tuve ocasión, pero me persiguieron y me metieron en la cárcel. Me pasé dos años picando piedra y luego me asignaron al grupo de Dirlewanger y…, bueno, el resto ya lo sabes.
—Lo que sé es que ahora estás aquí, conmigo…, quiero decir, con… con nosotros…
—Contigo —dijo él con firmeza. Tenía el rostro inclinado hacia el de ella y sus labios estaban a centímetros de distancia—. Orla, ¿crees que un día, cuando toda esta pesadilla haya acabado, podríamos…, podríamos…?
—¿Tomar el té juntos?
Él se rio.
—Tomar el té, sí. Tomar el té cada día durante el resto de nuestras vidas.
Ella tomó aire con fuerza.
—Me encantaría —dijo.
No era una respuesta propia de una señorita, lo sabía, pero no había tiempo que perder ni era momento de observar los buenos modales.
—Ay, Orla, mi madre te habría adorado.
Y entonces sus labios se juntaron y ella soltó la mano de Eduard para deslizaría sobre su cuello y acercar su rostro aún más, hasta que los chillidos de protesta de Nella los obligaron a separarse entre risas.
—Perdona, enana —dijo Eduard, alborotándole el pelo a la niña—, pero hay cosas que son demasiado importantes para dejar que nada se interponga.
Nella se retorció mientras señalaba con decisión los huevos, provocándoles más risas.
—Vale —dijo Eduard—. Primero la comida y después los besos.
Miró a Orla con tanta intensidad que ella tuvo la sensación de que todo su cuerpo se derretía por dentro.
—No mucho después —dijo en tono esperanzado, y él se inclinó para darle otro beso rápido antes de concentrarse en la sartén con los huevos.
Orla reflexionó sobre la situación: allí estaban los dos, cocinando huevos con una niña entre ellos, y se preguntó si era así como tal vez pudieran ser las cosas en un futuro que se moría de ganas de que llegara. Estaba harta de bombas, incendios y carne desgarrada por las balas. Estaba harta de…
—¿Qué narices ha sido eso?
Eduard y ella se miraron mientras un sonido muy peculiar atravesaba el aire: una especie de mugido siniestro de dolor.
—Parece una vaca dando a luz —dijo Eduard, desconcertado, pero en ese momento el ruido se interrumpió.
Un denso silencio inundó la cocina y, apenas unos segundos después, seis explosiones sacudieron las paredes en rápida sucesión.
—¿Por qué nos atacan ahora? —preguntó Eduard, mientras corría hacia la puerta.
Orla lo siguió y se asomó por el marco. Calle abajo, dos casas habían sido alcanzadas y las llamas salían por los agujeros.
La gente había abandonado sus plegarias del día de la Asunción y gritaba horrorizada, y Orla distinguió a Alicja entre la multitud.
La joven madre saludó a la pequeña Daniella y empezó a cruzar la calle hacia su hija, pero en ese instante se oyó de nuevo aquel ruido siniestro desde el cielo.
—¡A cubierto! —gritó Eduard.
Tiró de Orla hacia el umbral de la puerta del hospital mientras un silencio sepulcral se abatía sobre la calle, y desde allí Orla vio seis pequeños y estilizados proyectiles que dibujaban un arco sobre el edificio y se dirigían directamente hacia ellos, centelleando a la luz del sol.
Alicja se pegó a la pared del otro lado de la calle, con los ojos clavados en Daniella.
—¡Mama vendrá enseguida, Nella! —gritó—. Mama está…
Tres de los proyectiles impactaron sobre la pared, apagando las palabras de la joven mientras hacían volar ladrillos por el aire hasta que, con un crujido furioso, todo el edificio se derrumbó sobre ella.
—¡Alicja!
Orla puso a Nella con brusquedad en brazos de Eduard, echó a correr y empezó a escarbar entre los ladrillos, pero hasta ella sabía que era demasiado tarde.
Nadie podía haber sobrevivido a semejante avalancha.
Nella esperaba con expresión lastimera y, tras darse la vuelta, Orla vio a la niña en brazos de Eduard y le entraron ganas de llorar.
Sin embargo, el extraño ruido animalesco volvió a surcar el aire y les privó de la oportunidad de lamentarse por su pérdida.
—Suena más cerca —dijo Eduard—. Ven.
La llevó a rastras hacia el espantoso ruido y, aunque parecía ser una decisión descabellada, en última instancia los proyectiles dibujaron un arco justo por encima de sus cabezas…
E impactaron de lleno en el hospital Juan de Dios.
—¡No! —chilló Orla.
Los viejos muros se sacudieron con aparente indignación mientras los obuses atravesaban los ladrillos color crema, justo en el lugar en el que Eduard y Orla habían estado segundos antes, y luego empezaban a desplomarse hacia dentro.
Orla escuchó los gritos de terror que salían del interior y, cuando un muro se derribó a plomo, una sala entera quedó a la vista, con las camas más cercanas tambaleándose de manera precaria en el borde del suelo.
Las enfermeras corrieron a sujetarlas, pero llegaron demasiado tarde a una de ellas, que se inclinó dejando que su paciente se deslizara y cayera sobre los escombros antes de estamparse encima de él.
El personal empezó a tirar de las demás camas hacia dentro, pero el edificio era antiguo y, sin la fachada, se estaba derrumbando…
con toda la familia de Orla en el sótano.
Esta corrió hacia la puerta en la que se había refugiado con Eduard y Daniella hacía tan solo unos segundos y, aunque ahora era apenas un marco de madera bamboleante, desprovisto de todos los ladrillos, la escalera al sótano estaba intacta.
Los pacientes subían por ella tambaleándose y apoyándose en el personal, y Orla vio con alivio salir a Magda, que ayudaba al joven soldado con la cabeza ensangrentada.
Jacob la seguía pisándole los talones con una niña de la mano, y Orla corrió para alejarlos de las precarias ruinas del hospital.
Los proyectiles surcaron el cielo para estrellarse en las vidas de otras pobres almas en la calle de al lado, pero en esta ya habían hecho todo el daño posible.
—¿Dónde está Hana? —le preguntó Orla a su madre.
—Con Zuzi, intentado sacar a Babcia.
Orla salió disparada hacia la puerta, pero Magda la agarró del brazo.
—No entres ahí, Orla. No os puedo perder a todas. No puedo.
Pero justo en ese momento salió Hana, cubierta de yeso blanco, y cuando se acercaron a ella con premura vieron lágrimas que le rodaban por las mejillas.
—No puedo llegar a dónde están —jadeó—. Se ha caído una viga y no puedo llegar.