La mensajera Veintidós
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Veintidós

VEINTIDÓS

ORLA

Orla se santiguó y se apartó en silencio de su familia mientras las plegarias concluían.

Había pacientes que necesitaban sus cuidados, aunque, a decir verdad, la bendición de un sacerdote tal vez les fuera de más ayuda que lo que ella podía hacer.

Cada vez tenía más experiencia como enfermera, pero no soportaba ser testigo de tanto sufrimiento, sobre todo cuando le tocaba de cerca.

Fregar del suelo la sangre del estómago de Babcia Kamilla, mientras Bron hurgaba dentro del cuerpo de su abuela para extraer la perversa bala nazi no había contribuido en absoluto a fomentar su apego por su profesión, aunque no podía sino reconocer que el éxito de la operación le había proporcionado cierta satisfacción.

Se había percatado de que Zuzi la miraba con algo muy parecido a la admiración y, después de años de vivir a la sombra de sus hermanas mayores, Orla había disfrutado de la sensación.

—Perdóname, Padre, porque he pecado de orgullo —murmuró por lo bajo.

No iba a hacerle perder tiempo al sacerdote con su frívola confesión. El pobre hombre tenía que celebrar numerosos servicios en sótanos, patios y capillas improvisadas por todo Stare Miasto, y lo último que necesitaba era preocuparse por sus inseguridades respecto a su familia.

—Deje que le cambie esos vendajes —le dijo Orla a un joven con una venda en la cabeza empapada con la sangre de una herida.

Se dirigió al lugar donde guardaban los apósitos, rezando para que hubiera vendajes nuevos, pero, como era habitual, solo encontró los que habían retirado a otros pacientes que ya no los necesitaban y que luego habían lavado con sus cada vez más escasas reservas de agua.

Como la red de suministro estaba cortada, dependían de los pozos que algunas personas tenían en sus jardines, muchos de ellos excavados durante el sitio de tres semanas de 1939, pero ese verano hacía tanto calor que el agua no abundaba y habían tenido que racionarla.

El hospital tenía un pozo decente en el patio trasero, pero era visible desde las posiciones alemanas en el Jardín Sajón y, a menudo, los francotiradores mataban a la gente inocente que hacía cola para acceder a uno de los suministros esenciales para la vida.

Orla los odiaba por ello, y luego los odiaba aún más por hacerla odiar.

Durante toda su vida, había procurado seguir el principio cristiano de «ama al prójimo como a ti mismo», pero cuando el prójimo era la clase de persona que disparaba a niños con cubos de agua y ataba a mujeres al frontal de sus tanques, resultaba difícil.

Los romanos habían sido perversos, pero Orla estaba convencida de que Jesucristo jamás había tenido que poner la otra mejilla a un nazi.

Con un suspiro, cogió el vendaje menos sucio de todos, regresó con su paciente y, mientras lo distraía dándole conversación —la parte más fácil de su trabajo—, retiró la venda manchada y procuró que el horror no se reflejara en su tono al ver la herida abierta que había debajo.

Los puntos de Bron resistían, pero, entre ellos, la carne estaba inflamada y tensa, y rezumaba un pus amarillo que hizo que Orla deseara correr afuera y devolver.

—Qué peste —dijo el chico—. ¿Soy yo? ¿Tan mal huelo? Dios mío, ¿me estoy pudriendo?

—No, no, no —contestó ella—. Se debe al proceso de tu cuerpo para sanarse.

—Buen intento, enfermera —gruñó él—, pero es mejor aceptar que me queda poco, ¿verdad?

—Te quedará poco si te rindes —le dijo Orla con sequedad—. Ahora te voy a limpiar esto con un poco de… astringente.

Abrió la botella fuera de la vista del joven, para que no se diera cuenta de que no iba a usar un antiséptico convencional, sino vino tinto; uno bastante bueno, a juzgar por su aroma afrutado.

El día anterior, la Minerki de Zuzi se había abierto paso hasta la bodega de un importante comerciante de vino y había encontrado miles de botellas.

A falta de agua y otros desinfectantes, habían incautado todas las que habían podido para repartirlas entre los diversos hospitales de la ciudad y el personal del Juan de Dios lo había agradecido mucho.

Cuando menos, servía para aliviar el dolor de los pacientes.

—Puede que te escueza un poco —dijo Orla, mientras vertía el vino sobre la herida palpitante y cruzaba los dedos por aquella mentira, que no era más que un intento de minimizar el efecto de una manera tan burda.

—¡Auuuuu!

—Lo siento —dijo ella, pero siguió echándolo.

El vino limpiaba el pus, pero al mismo tiempo contribuía a que el joven pareciera el actor de una película de terror.

—Basta, por favor —suplicó él, revolviéndose y agitando los brazos de una manera peligrosa.

—Déjame a mí. —Eduard apareció junto a Orla y sujetó con delicadeza al chico para que permaneciera estirado—. Deja que la enfermera haga su trabajo y luego podrás darle un trago o dos a este delicioso vino añejo.

Orla terminó de limpiarlo y Eduard le acercó la botella a los labios, dejando que bebiera lo suficiente como para, con suerte, caer dormido y ahorrarse el dolor.

—Gracias —dijo Orla, mientras ambos se alejaban.

—Ha sido un placer.

—¡Lo dudo!

—Cuando tú estás cerca, todo es un placer. ¿Por qué crees que siempre traigo a mis pobres heridos al Juan de Dios?

Orla se sonrojó.

—Qué zalamero eres. —Paseó la mirada por la sala, pero el sacerdote, bendito fuera, estaba paseándose de cama en cama y la mayoría de los pacientes se hallaban tan ocupados esperando a que les llegara el turno, que ninguno prestaba atención en aquel momento—. ¿Quieres una taza de té?

—Por favor.

Entraron en la cocina improvisada del fondo y se encontraron a Alicja, que con una Daniella inquieta apoyada en su cadera, trataba de remover una enorme sartén llena de huevos.

—¡¿Huevos?! —A Eduard se le iluminaron los ojos y se adelantó rápidamente, como si dentro de la sartén hubiera oro puro.

—Uno de los camilleros encontró un palomar lleno y me los trajo para que los pacientes se dieran un festín.

—¿El personal? —preguntó Eduard, esperanzado.

—Si ayudan a cocinar, tal vez.

—Hecho.

Extendió la mano hacia el cucharón y Alicja se lo dio con prontitud.

—Perfecto. A lo mejor ahora puedo calmar a Nella. ¿Crees que Mama te puede calmar, bichito? ¿Sí?

Se puso a hablar con la niña en tono dulce, pero Daniella no paraba de gimotear, lo cual no era de extrañar.

En aquel momento tan delicado de su vida, la pobre criatura debería haber disfrutado de toda la atención de su madre y, en cambio, esta se veía obligada a compaginar su cuidado con su trabajo en el hospital.

—¿Quieres que la coja un rato? —se ofreció Orla.

A Alicja se le iluminaron los ojos.

—¿Lo harías? —Le dedicó una sonrisa agradecida a Orla mientras esta cogía a Nella en brazos—. Necesito tomar el aire aunque sea cinco minutos. Me estoy asando. —Salió disparada hacia la puerta lateral, pero antes de cruzarla se paró y señaló a Eduard—. No quemes mis huevos.

—Ni se me pasaría por la cabeza.

Blandió la cuchara de madera con alegría y luego siguió removiendo la preciada comida.

—Poco a poco y a fuego lento, esa es la clave con los huevos —le dijo a Orla.

—¿Sabes cocinar huevos?

—Claro. Crecí en una granja y mis padres siempre estaban ocupados con el ganado, así que mi trabajo era ocuparme de las gallinas y eso incluía preparar huevos para el desayuno de toda la familia. Me convertí en todo un experto.

Orla lo miró tratando de imaginárselo de niño, delante de los fogones de la cocina de una granja.

—Me gustaría haberlo visto. ¿Tienes hermanos?

—Sí. Bueno, tenía.

—¿Cómo dices?

Él encorvó los hombros y, de manera instintiva, Orla le cogió la mano mientras se apoyaba a Nella en la cadera. La niña parecía haber percibido también el tono emocionado de Eduard, porque había dejado de gimotear y los miraba fijamente.

—¿Quieres contármelo? —preguntó Orla.

Eduard la miró a los ojos.

—No se lo he contado a nadie. Es decir, no ha habido nadie a quien pudiera contárselo. No…

Se le saltaron las lágrimas y se las secó con el dorso de la mano, enfadado.

—A mí me lo puedes contar —le dijo Orla con firmeza.

—Sí —dijo él—. En ti puedo confiar. —Aun así, le costó encontrar las palabras y, cuando habló, lo hizo con una voz ronca por años de lágrimas no derramadas—.

La Wehrmacht nos atacó al amanecer y arrasó nuestro pueblo sin previo aviso.

Estábamos todos ordeñando las vacas o llevando las ovejas a pastar.

No era una localidad muy grande, más una aldea que un pueblo, donde nadie hacía daño a nadie y solo nos dedicábamos a criar un puñado de criaturas del Señor para venderlas.

Pero ellos entraron de todos modos y se pusieron a disparar a todo el que veían, como si nos hubieran puesto allí para su diversión.

»Éramos alemanes, Orla: hablábamos alemán, nuestros carteles estaban en alemán, teníamos casas alemanas; pero ellos no nos consideraban alemanes.

Nos gritaban: “Polacos ignorantes” o “bestias inmundas”.

Luego empezaron a buscar aguardiente y, una vez se pusieron finos, fue aún peor.

Abatieron… —Eduard tragó saliva, pero continuó—: Abatieron a tiros a mi padre, a sus vacas y también a mi madre cuando corrió hacia él; aunque tal vez tuvo suerte, porque después de ver lo que les hicieron a las mujeres que sobrevivieron a sus balas, me alegro de que no tuviera que pasar por ello. Estaba mejor en brazos de Dios.

Eduard se estremeció y Orla se acercó a él.

Nella seguía mirándolo fijamente, como sí estuviera asimilando todo lo que decía, pero los huevos se estaban pegando a la sartén.

Orla los retiró del fuego sin decir nada; algunas cosas, incluso en una Varsovia asolada por el hambre, eran más importantes que la comida.

—¿Y tus hermanos?

Él le apretó la mano con fuerza y Orla le pasó el brazo por la cintura para ayudarlo a conservar el equilibrio.