Veintiuno
VEINTIUNO
HANA
Padre nuestro, que estás en los cielos, ten piedad de nosotros.
De Polonia, nuestra madre patria, ten piedad, oh, Señor.
De la nación de los mártires
Del pueblo que siempre ha sido leal a Ti…
Mientras el sacerdote entonaba la letanía para la nación polaca entre el estruendo de las bombas que caían no muy lejos de allí, Hana echó un vistazo a sus singulares feligreses a través de sus manos unidas.
Era el día de la Asunción, una fiesta fundamental en el calendario polaco, pero aquella no era una misa mayor convencional.
La iglesia se hallaba en el sótano del hospital Juan de Dios, las filas de camas cumplían la función de bancos y el altar era una mesa tosca cubierta con una sábana, aunque al menos se hallaba coronada por el hermoso crucifijo de plata de Kamilla.
Su abuela le había pedido a Jacob que se lo trajera para ponerlo en la cabecera de la cama, desde la que ahora Babcia presidía con orgullo la congregación mientras el resto de la familia se sentaba a su alrededor para aquel peculiar, aunque muy bienvenido, servicio.
Santa María, madre de Dios, reina de Polonia,
reza por nosotros.
San Estanislao, padre de nuestra tierra,
san Adalberto, patrón de Polonia,
San…
Hana, que tenía la cabeza en otra parte, entonaba las respuestas de forma automática.
La lista de santos dedicados a procurar seguridad a Polonia era tremendamente larga, aunque en los días por venir tal vez el país necesitara la ayuda de todo el mundo y, más en concreto, de los británicos y los estadounidenses.
Por lo visto, la RAF estaba impaciente por volver a volar desde Brindisi y, según les habían informado, los estadounidenses tenían un cargamento de suministros listo para arrojarlo sobre Varsovia desde su moderno avión Liberator.
Cada noche, Hana escuchaba con ilusión el programa para Polonia de la BBC esperando la señal de que iban a llegar más aviones, pero, hasta el momento, la canción «Una mazurca más» no había sonado.
Alguien le había comentado que, en los últimos días, el tiempo en Italia había sido muy inestable, así que con suerte ese era el problema.
—Santa María, madre de Dios, reina de Polonia —susurró su propia plegaria—, que vengan esta noche, por favor. —Se santiguó antes de añadir—: Si es seguro.
Lo último que deseaba era poner a Emil en peligro, pero sabía Dios cuánto necesitaban los suministros que sus compañeros y él podían traer.
Los alemanes habían tomado los cementerios y, aunque todavía no habían lanzado un ataque global sobre Stare Miasto, se estaban preparando para hacerlo.
Los varsovianos habían confiado en la capacidad del AK para defender las angostas calles en las que, por el momento, llevaban una vida relativamente normal, pero esa mañana, los oteadores habían alertado al cuartel general de una nueva arma nazi que había llegado en tren.
La llamaban Karl-Gerät y los informes la describían como un lanzacohetes gigante, tanto que cada proyectil pesaba dos toneladas y había que trasladarlos por separado para no volcar el tren.
Para cargarlos era necesaria una grúa y se creía que podían alcanzar un blanco a un kilómetro de distancia.
Teniendo en cuenta que Stare Miasto se hallaba a menos de quinientos metros de la ciudadela nazi del norte donde estaba instalada aquella monstruosa arma, las cosas no pintaban bien.
El sacerdote, que había llegado al final de la larga lista de santos, tomó aire, miró a los feligreses con solemnidad y, según le pareció a Hana, comprobó que todo el mundo le prestaba atención, algo que resultaba difícil con las bombas que estallaban al nivel del suelo y el hecho de que varios miembros de la congregación necesitaban atención médica continua.
Sin embargo, él no se dejó amilanar y prosiguió con su letanía.
De un largo y severo castigo de la historia,
líbranos, Señor.
De los grilletes de la esclavitud,
de la hora de duda,
de la incitación a la traición…
Hana miró a Zuzi, que entonaba las respuestas con un orgullo vehemente, y supo que habían llegado a la parte de la letanía polaca que más le gustaba a su hermana.
Igual que Babcia, Zuzi era muy apasionada con respecto a su lucha contra la opresión, aunque Hana sabía que la grave herida y la operación de su abuela habían hecho tambalear su seguridad y esperaba que aquella oración colectiva la ayudara a recuperarla.
Justo al lado de su hermana estaba el médico, Bronis ł aw, que a todas luces prestaba más atención a Zuzi que al Todopoderoso, y Hana sonrió al verlo.
Justo después de ellos se encontraba Orla con Eduard, el alemán transformado en insurgente que la había rescatado de los horrores de un escudo humano para convertirse en su camillero y, si la vista de Hana no la engañaba, su buen amigo.
O incluso algo más. Hana sonrió de nuevo.
Si el amor podía abrirse camino entre las bombas y las balas, todavía quedaba esperanza para todos ellos.
Hana agachó la cabeza, procurando que los muy poco cristianos celos no se colaran en sus sentimientos hacia sus hermanas, y al fijarse en su bonito anillo, símbolo de su aparentemente interminable compromiso, tuvo que reconocer que ver a Zuzi y Orla con hombres jóvenes hacía que echara mucho de menos a Emil.
Aquella guerra había despojado a Hana de lo que habrían sido ya cinco años de matrimonio, y no veía el momento de que terminara.
En los últimos días había escuchado a varias personas mascullar por lo bajo que el Consejo Nacional se había equivocado al decretar el levantamiento, pero se trataba exactamente de las mismas personas que, en su día, habían dado la lata para echar a los ocupantes, así que no pensaba hacerles caso.
Los Aliados iban a venir. Churchill enviaría aviones, Roosevelt tenía sus Liberator listos, y ambos estaban presionando a Stalin para que dejara de jugar al gato y el ratón con Varsovia y mandara al Ejército Rojo para echar a los nazis.
Lo único que tenía que hacer el AK era resistir.
Fe en ti y confianza en María,
concédenos, Señor.
Esperanza en la victoria de la noble causa…
Hana miró la cruz de plata y pidió fuerzas para hacer lo que tenía que hacer, y sabiduría para saber qué era.
Los dedos de los pies se le contrajeron dentro de las resistentes botas y le pareció percibir olor a alcantarillas en el cálido aire de agosto.
Eran todo imaginaciones suyas, por supuesto, las mismas que había tenido ya en varias ocasiones durante los últimos días, pero eso no impidió que se preocupara.
Agaton había bajado a las alcantarillas.
Dos días atrás, se había introducido por una boca para dirigirse a Ż oliborz, en el norte, y nadie lo había visto durante un tiempo que se había hecho eterno.
Hana se había imaginado al que había sido su profesor de arquitectura cayendo en los canales de alcantarillado, golpeándose la cabeza con un ladrillo afilado o viéndose arrastrado por las aguas residuales de la ciudad.
También se había torturado a sí misma con la posibilidad de que los nazis hubieran colocado trampas explosivas en las alcantarillas, igual que habían hecho con un tanque unos días antes.
Una patrulla de triunfales soldados del AK se habían apropiado del tanque cuando su conductor lo había abandonado en un estado de pánico, habían cruzado la barrera con él y habían desfilado arriba y abajo por la calle Kili ń skiego, dejando que los niños se subieran a sus macizos costados.
Un centenar aproximado de personas se había reunido para celebrar su prendimiento y, entonces, el vehículo había estallado justo delante del cuartel general del AK .
Por suerte, en ese momento Hana estaba trasladando mensajes, pero había visto las secuelas y había escuchado cómo los temblorosos testigos describían una lluvia de sangre y extremidades sacada de una pesadilla.
Gracias a Dios, la explosión no había alcanzado a Bór ni al resto del Consejo Nacional, que se hallaban en el tercer piso, aunque la ola expansiva los había lanzado al otro extremo de la habitación y algunos habían perdido el conocimiento.
Bór se había visto obligado a guardar cama, aquejado por intensos dolores de cabeza y una sordera extrema.
A pesar de estar luchando con valentía para recuperarse, era difícil ejercer de comandante cuando uno no podía desplazarse a todas las zonas que estaban bajo su mando, y ese era el motivo por el que Agaton había bajado a las alcantarillas.
Y esa misma mañana, para regocijo de todos, había vuelto a salir tras haber completado con éxito el trayecto de vuelta bajo tierra.
Aunque había que verlo. El que había sido el elegante profesor de Hana se había transformado en una verdadera rata de alcantarilla que desprendía un hedor espantoso, teñida de negro por todo tipo de residuos.
La única parte de su cuerpo que se había mantenido limpia eran los dientes, que habían quedado al descubierto cuando había sonreído con orgullo a todo el mundo.
«No es fácil desplazarse por ahí abajo —había señalado, lo cual se quedaba corto teniendo en cuenta que había tardado casi cuarenta y ocho horas en recorrer los dos kilómetros de ida y vuelta—. Pero con cuerdas, señales y mapas, puede ser seguro».
En ese momento había mirado a Hana, que había dicho que estaría encantada de ayudar a dibujar los mapas.
«Espléndido —había contestado él—. Y…, bueno, no es tan malo como parece; lo que pasa es que he resbalado casi al final. Con unas botas en condiciones y una buena linterna, no tendrás problema».
Hana lo había mirado, horrorizada.
«¿Quiere que baje yo?».
Agaton se había encogido de hombros, «Es la única manera de dibujar los mapas, ¿no te parece, Fiolet?».
Agaton, como gran parte de los miembros más cautelosos del AK, seguía usando nombres en clave, y a Hana se le había henchido el corazón al recordar la maravillosa imagen de la vibrante flor pintada en el fuselaje del avión de Emil. Pero también había fortalecido su decisión.
«No tengo problema en crear los mapas a partir de esbozos y descripciones de otros, pero no puedo bajar allí. No puedo».
Sabía que Agaton se había sentido decepcionado y, aunque era lo último que deseaba, eso no la había hecho cambiar de opinión.
Era ella la que había hecho jurar a su familia que no correrían riesgos innecesarios y tenía que honrar aquel juramento; aunque en esas circunstancias el concepto de «riesgo» cambiaba sin parar.
Los Stuka rugían sobre Stare Miasto cada día mientras dejaban caer sus bombas sobre las hermosas calles medievales con regocijo indiscriminado, y cualquiera de los D ą browska podía ser víctima de ellas.
Aun así, también podían limitar los peligros a los que se enfrentaban, y sumergirse en el alcantarillado suponía hacer todo lo contrario.
Hana alzó de nuevo la cabeza hacia la cruz y luego miró a su querida familia, reunida alrededor de la cama de Kamilla mientras el sacerdote terminaba por fin su letanía y procedía a dar la bendición a todos los presentes ofreciéndoles la hostia sagrada.
Por mucho que Agaton se lo pidiera, Hana no pensaba meterse en los conductos subterráneos de la ciudad; se lo debía a su familia, a su esperanza de regenerar Varsovia y a Emil.
Si él podía conservar la vida para llevarles ayuda con su avión, ella podía conservar la suya para convertirse, un día, en su esposa.