La mensajera Veinte #3
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Veinte #3

Bron adoptó una expresión de intensa concentración.

—Bisturí —le pidió a Orla, que lo cogió del montón de instrumental que había a los pies del ataúd—. Antiséptico.

Zuzi observó que Orla cogía un frasco y vertía una cantidad mesurada en un trapo, con el que limpió la herida de Babcia con esmero profesional.

Zuzi se acordó de cuando su hermana era una niña que corría detrás de Hana y ella, tan «plasta» como todas las hermanas pequeñas, y se dio cuenta de hasta qué punto había crecido y madurado.

Se abrazó las rodillas contra al pecho y dio mentalmente ánimos a su hermana y al perspicaz médico.

—Pinzas —le dijo Bron a Orla—. Tenemos que sacar la bala. ¿Puedes limpiar la sangre?

Orla lo intentó, pero a Zuzi no le pasó por alto que el puñado de toallas viejas que tenían era de todo menos apropiado para la tarea.

Kamilla estaba medio despierta y gimoteaba mientras Orla le hablaba en tono tranquilizador, sin apartar ni por un momento los ojos de su tarea.

De repente, Bron sostuvo las pinzas en alto con un asentimiento sombrío de satisfacción y una bala desprendió un destello dorado a la luz de la lámpara.

—Aguja.

Zuzi no quería mirar, pero los movimientos del médico mientras cosía con destreza a su abuela resultaban hipnóticos.

—Más antiséptico —le pidió a Orla y, mientras lo aplicaba con unos toquecitos, miró a Zuzi—. Creo que lo hemos conseguido. Hemos sacado la bala y detenido la hemorragia. Ahora solo necesita descanso. —Paseó la mirada por la sepultura y le dedicó una sonrisa irónica—. Y mejor si no es aquí.

Zuzi tomó impulso y se puso en pie.

—No es el sitio más relajante que he visto en mi vida —convino, mientras reunía el valor para acercarse más a Babcia.

A lo largo de su blanca barriga había una hilera de puntos, muy bien cosidos pero con un hilo burdo que revelaba las complicadas condiciones en que se había llevado a cabo la operación. En ese preciso instante, su abuela abrió los ojos.

—Madre del amor hermoso —dijo—, ¿estoy muerta?

—No, Babcia —la tranquilizó Zuzi—. Estás vivita y coleando.

—Gracias a Dios. Espero que el cielo sea mucho más bonito que esto.

Todos se echaron a reír y Zuzi notó que el alivio la inundaba.

La primera luz del alba se deslizaba por los escalones y fuera no se oía nada.

Los alemanes debían de haberse retirado, al menos por esa noche, y eso significaba que podían trasladar a Babcia a un hospital en condiciones para que se recuperara.

Zuzi miró a Bron con timidez.

—Le has salvado la vida.

Él le dedicó una sonrisa espontánea, que volvió a provocarle esa curiosa sensación explosiva en las entrañas.

—Eso todavía no lo sabemos —dijo el médico—, pero las perspectivas son buenas.

Babcia intentaba sentarse y él le colocó una mano autoritaria en el hombro y la empujó con delicadeza para que se estirara de nuevo.

—No se mueva, por favor. No hay que forzar los puntos.

—Sí, doctor —dijo Babcia en voz baja, tumbándose.

Zuzi lo miró asombrada.

—Por lo general, nunca hace lo que le piden.

Él volvió a sonreír.

—Seguro que por lo general no está en una tumba con una bala en el estómago.

—Ya no está en su estómago —lo corrigió ella—, gracias a ti.

—Ha sido un placer poder ayudar.

Se encontraba muy cerca de Zuzi y tenía los ojos castaños clavados en los de ella, que no podía quitarse de la cabeza que Orla estaba justo allí, yendo de un lado a otro y haciendo todo lo posible por no mirarlos.

Sintió más explosiones en las entrañas, que prendieron fuego en lugares en los que estaba segura de que las muchachas de bien no debían sentir nada.

—Bueno, te debo una —consiguió articular con rigidez—. Todos te la debemos. Nuestra familia. Te traeré un trozo de pastel de nuestra panadería.

—O podrías venir a tomar el té —propuso Orla en tono jovial, y los dos se volvieron hacía ella—. Ya he invitado a alguien, así que Bron se puede apuntar.

—¿Té?

Ambos se la quedaron mirando y luego intercambiaron una mirada.

—Debe de estar alucinando —le dijo Zuzi a Bron.

—Sin duda —coincidió él—. Será mejor que le sigamos la corriente. ¿Quiere que le sirva, señorita?

Le hizo una reverencia a Orla y Zuzi pensó que nunca había visto un ademán más atractivo, pero en ese momento uno de los pacientes del AK se despertó con un gemido de confusión y ella se dijo a sí misma que no era momento de tonterías.

Estaban tan lejos como se podía estar de una agradable tarde de té, y tenían que dejar de bromear como niños y llevar a Babcia a la retaguardia antes de que los alemanes atacaran de nuevo.

Y, sin embargo, a medida que más rayos de sol se colaban en aquel demencial hospital subterráneo y derramaban su luz rosada sobre su abuela, su hermana y aquel médico inteligente, serio y sorprendentemente gracioso que le había salvado la vida, Zuzi no vio motivos para apresurarse.

Las balas regresarían, sin duda antes de lo que deseaban, así que durante ese extraño y sereno momento bastaba con deleitarse en el hecho de que seguían con vida para contemplar un nuevo amanecer.