La mensajera Veinte #2
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Veinte #2

Los alemanes estaban ya tan cerca que Zuzi percibía el olor de su colonia por encima del hedor a cordita y sangre que flotaba en el cementerio.

Bartek les hacía señas frenéticas para que retrocedieran hacia la línea del AK, que, a pesar de hallarse a apenas veinte metros, era imposible de alcanzar a la carrera debido a los árboles y las tumbas.

Zuzi tiró de Kamilla para ocultarse detrás de una gran lápida mientras las balas silbaban a su alrededor.

Las oyó rebotar en la piedra y bendijo a quien estuviera enterrado debajo por cuidarlas de aquella manera.

Por lo visto, era tarea de los muertos de Varsovia ofrecer protección a los vivos, aunque estos lo estuvieran dando todo.

—Tenemos que volver.

Kamilla se limitó a asentir. Se había quedado sin palabras ocurrentes y en sus ojos oscuros ya no se reflejaba una feroz energía asesina, sino el mismo miedo desbocado a perder la vida que sentía Zuzi.

—A esa tumba, ¿vale? —dijo esta, mientras señalaba una que quedaba a varios metros.

Kamilla asintió y echó un vistazo a su espalda. El cementerio estaba lleno de tropas que disparaban de manera indiscriminada, y el corazón de Zuzi palpitaba frenéticamente, desesperado por continuar latiendo.

—¡Va!

Salieron agachadas y se abrieron camino a trompicones entre las tumbas, mientras las luces nazis revelaban su posición y, al mismo tiempo, guiaban sus pasos.

Zuzi se encogió detrás de la piedra y dejó escapar un suspiro de alivio cuando Kamilla se escurrió tras ella.

No hubo balas que las siguieran y Zuzi escuchó su respiración entrecortada mientras daba las gracias al cielo por seguir respirando.

Pero aquel no era el momento de quedarse quieta y regocijándose.

—Esa.

Escogió otra de las lápidas más grandes, que se hallaba a solo unos metros de las barricadas del AK . Si la alcanzaban, su siguiente carrera las llevaría por encima de los sacos de arena a la relativa protección de la zona polaca, por la que podrían regresar a Stare Miasto.

—La primera que llegue a casa elige pastel de Mama —jadeó Zuzi, que notó que Babcia le cogía la mano y le daba un fuerte apretón.

—Eres una buena chica, Zuzi.

—No mucho, pero soy rápida, y eso es lo que cuenta ahora. ¿Lista?

—Lista.

—¡Vamos!

Zuzi abrió el camino. Allí la luz era más escasa y la lucha parecía concentrarse a su derecha.

Tropezó con la raíz de un árbol y dio un traspié, pero logró apoyarse en una lápida para conservar el equilibrio y siguió adelante.

Oyó un grito: « Hier! », y una lluvia de balas les cayó encima, pero Zuzi se agachó y se arrojó detrás de la lápida.

Con el corazón desbocado, se volvió para ayudar a Babcia Kamilla, pero su abuela se había quedado petrificada por las balas y estaba acurrucada tras una cruz de piedra.

—Aquí, Babcia. Estoy aquí. Puedes hacerlo.

Babcia estaba temblando, pero miró a Zuzi, asintió y se recompuso a ojos vista.

—¡Por Kaczper! —gritó, antes de ponerse en pie y echar a correr.

Zuzi estiró el brazo para cogerle la mano y Babcia alargó la suya, pero justo cuando sus dedos estaban a punto de tocarse, su abuela lanzó un chillido y cayó al suelo sujetándose el estómago.

—¡Babcia!

Zuzi salió disparada, la agarró y la llevó a rastras con dificultad hasta la lápida. Estaba viva, pero gemía agónicamente y Zuzi la apoyó en la piedra.

—Mírame, Babcia. Mírame a los ojos. Estás aquí; estás viva.

—Me duele.

—¿Dónde? ¿Aquí?

Zuzi se inclinó y, al apartar con delicadeza las manos de su estómago, la sangre salió a borbotones. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no chillar, pero sabía que en aquel momento no le haría bien a nadie.

—No es muy grave —mintió—. Toma. —Se quitó la chaqueta y la anudó toscamente alrededor de la cintura de Babcia—. Y ahora, vamos. Tenemos que seguir moviéndonos.

Veía a los hombres del AK haciéndole señas y trató de levantar a Babcia, pero esta estaba medio inconsciente y no pudo con su peso.

—Auxilio —jadeó. Los alemanes se acercaban y Zuzi oía los gritos de otros polacos a los que daban caza y abatían a tiros—. Ayuda, por favor.

Kamilla entreabrió los ojos y le clavó los dedos.

—Déjame aquí.

—No.

—Tienes que hacerlo, no hay otra opción. No quiero ser responsable de tu muerte. ¡Déjame!

—¡No!

Zuzi trató de llevarla a rastras, pero las tumbas y las raíces se lo impedían. De pronto, alguien apareció junto a ella.

—Déjame a mí.

—¡Bartek! Ay, Bartek, gracias.

—Deprisa. —El hombre levantó a Babcia Kamilla en brazos como si pesara poco más que una filipinka y echó un vistazo a su alrededor—. ¡Ahora!

Echó a correr con Kamilla en brazos y Zuzi pisándole los talones con la mirada clavada en los brazos de su abuela, que colgaban inertes a ambos lados de la fornida espalda de Bartek, mientras procuraba ignorar las balas y las bombas que explotaban a su alrededor.

El AK abrió un hueco en la barricada y Bartek se introdujo por él con Kamilla, antes de que unas manos se alargaran y tiraran de Zuzi para ponerla a salvo.

Esta cayó al suelo, jadeando, mientras los hombres cerraban el hueco tras ella, pero no había tiempo para descansar.

—Tenemos que irnos —dijo Bartek—. Vamos a replegarnos detrás del segundo muro. Vamos.

Zuzi se puso una vez más en pie, tambaleándose, y siguió a los demás hacia una verja del alto muro mientras les pedía a sus piernas que la llevaran hasta allí.

Le temblaban como hojas, pero de alguna manera consiguió entrar en el cementerio privado y tomó una bocanada tras otra de preciado aire. Entonces se acordó.

—¿Babcia?

—Sigue viva —dijo Bartek—. Los camilleros están en camino.

Tenía una linterna con la cual hizo señas en un código secreto, y Zuzi oyó los pasos de dos hombres que se acercaban a la carrera.

Uno era mayor, con el pelo blanco a la escasa iluminación de los reflectores alemanes, pero el otro era un joven que, a todas luces, debería haber estado luchando.

Sin embargo, Zuzi dio gracias a Dios por que no fuera así.

—Aquí —le dijo, tirándole del brazo—. Ve con cuidado; es mayor.

—Pero dura, ¿eh? —dijo el hombre, en un polaco con un acento curioso y tono amable.

—¿Cómo lo sabes?

—Tiene que serlo o no estaría aquí metida. No te preocupes; tenemos un hospital de campaña justo allí y hay un cirujano excelente esperando.

—¿Bron? —preguntó Zuzi.

El hombre asintió brevemente mientras Bartek tendía a Kamilla sobre la camilla. Una parte de la mente de Zuzi tomó nota de que el médico era Bron, el de los ojos castaños, el hijo del hombre que había puesto a salvo a Kamilla.

—No sé cómo os pagaré todo lo que tu familia ha hecho por nosotras —le dijo a Bartek.

—Todavía no ha acabado —dijo él en tono sombrío—. ¡Andando!

Echaron a andar de nuevo y Zuzi llamó a sus piernas al orden con severidad, y estas dieron la talla y la transportaron a buen ritmo detrás de los camilleros hacia el fondo del cementerio.

Se pararon delante del sepulcro más grande de todos y el hombre joven enfocó con la linterna encendida un agujero que había en la tierra.

—¿Ahí abajo? —dijo Zuzi con voz entrecortada.

—Es seguro.

No lo parecía, pero los hombres habían empezado a bajar a Kamilla y no le quedaba otra opción que seguirlos.

La cámara estaba iluminada con una lámpara de gas que proyectaba inquietantes destellos de luz sobre una escena lúgubre.

A ambos lados había varios estantes con ataúdes y, en los que estaban vacíos, yacían dos soldados del AK , ambos con vendajes y, por suerte para ellos, inconscientes.

Los féretros que debían haber ocupado su lugar se hallaban en el centro de la cámara, uno encima del otro, para crear una mesa de operaciones sobre la que los camilleros estaban deslizando a Babcia.

—¡Dios mío! —gimoteó Zuzi, pero en ese momento alguien se arrojó sobre ella y la rodeó con los brazos, y, al alzar la vista, desconcertada, se encontró con unos ojos azules maravillosamente familiares—. ¡Orla!

—Zuzi. Cuánto me alegro de verte.

—Pero Babcia… Le han disparado. Está inconsciente y…

—En las mejores manos que hay. Ven, siéntate en el escalón y deja que sigamos trabajando.

Las piernas de Zuzi obedecieron la orden, encantadas.

Los camilleros pasaron junto a ella para rescatar a otros infortunados y la joven se quedó sola en una posición privilegiada para ver que Bronis ł aw desataba su chaqueta de la cintura de Babcia y le levantaba la blusa.

Zuzi estaba demasiado abajo para ver la herida, cosa que agradeció, pero por las caras que ponían Bron y Orla supo que era grave.