La mensajera Veinte
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Veinte

VEINTE

ZUZI

—¿Qué dices que es?

Zuzi miró a Bartek y luego a la pequeña plaza que tenían delante.

—Una caja mortal —repitió el líder del AK.

La segunda vez no sonó mejor.

—¿Cómo funciona? —preguntó Kamilla, que estaba junto a Zuzi.

Bartek se colocó en el centro de la zona, flanqueada a ambos lados por tumbas; construcciones elegantes y adornadas, llenas de cadáveres del siglo XIX .

En el extremo más alejado, habían unido las tumbas a dos grandes lápidas pertenecientes a muertos ligeramente menos acaudalados con otras lápidas, trasladadas desde su posición original y apoyadas sobre las ya existentes para crear una especie de caja.

—Vamos a luchar en este lado. —Bartek señaló más allá de las tumbas recolocadas a un pequeño grupo de hombres del AK agachados tras una barricada, visibles únicamente a través del estrecho hueco que quedaba entre las piedras verticales—.

Los alemanes se acercarán por este lado.

—Señaló el hueco mucho más amplio que había entre las tumbas—.

Desde allí, sobre todo en medio la oscuridad, les parecerá un paso fácil, pero en cuanto entren en la caja…

—Estarán atrapados —dijo Zuzi.

—Y entonces será cuando lancemos las granadas —terció Kamilla.

—Exacto —confirmó Bartek. Zuzi se estremeció y él la miró con una sonrisa de disculpa—. Sé que parece desalentador, pero, dado el armamento del que disponemos, es la mejor estrategia.

Zuzi sabía que era así. Recordó el alijo de armas que sus compañeras de la Minerki y ella habían desenterrado de debajo de los calabacines.

Aunque solo habían pasado dos semanas, parecía que hacía una eternidad.

En aquel momento se habían sentido muy orgullosas de sí mismas y se habían regocijado con la reserva oculta de armas y municiones, pero en realidad aquel pequeño cargamento, transportando con orgullo de contrabando por la Varsovia ocupada, apenas había bastado para un único pelotón durante una hora.

La norma del AK de que solo dos personas conocieran la ubicación de un escondite de armas había resultado contraproducente después de las numerosas bajas debidas a los renovados ataques alemanes.

Parecía innegable que estaban rodeados de armamento oculto, del que nadie conocía la existencia ni la localización, mientras que el número de armas que sí tenían menguaba con rapidez.

Necesitaban desesperadamente más suministros, pero, hasta que Emil y sus compañeros recibieran permiso para sobrevolar de nuevo la ciudad, estos escaseaban, salvo por las granadas de producción casera que eran la especialidad de Kamilla.

Durante los dos días anteriores, Zuzi había trabajado con ella en un taller subterráneo, bajo la plaza del mercado, con los grupos de voluntarios civiles entrenados por la Minerki en el arte de la fabricación de filipinkas.

No eran difíciles de hacer; tan solo había que mezclar un poco de explosivo con metralla improvisada y meterlo en la lata para después pasárselo a un experto que introducía la mecha de fricción —diseñada por dos ingenieros polacos antes de la guerra— que haría que la minibomba estallara al impactar en el blanco.

Había quien las llamaba Sidolówka, por las latas de abrillantador de metales polaco Sidol, que tenían el tamaño y la fuerza perfectos para las granadas y se vendían con una tapa metálica que evitaba que explotaran por accidente.

Ahora, sin embargo, se habían quedado sin latas de abrillantador y usaban cualquier cosa que encontraban, añadiendo tapas improvisadas con el máximo cuidado posible.

Aun así, eran artefactos volátiles, y la Minerki había trasladado su cargamento con la mayor cautela al cementerio donde ahora estaban alineadas, a la espera de que las usaran en las «cajas mortales» del AK.

—Entonces, nosotros esperamos aquí —dijo Kamilla, señalando la zona semiprotegida detrás de una de las tumbas—, y cuando ellos entren, arrojamos una granada y… ¡bum! ¡Nazis muertos!

—Exacto.

Kamilla asintió con entusiasmo y Zuzi la miró a la cada vez más escasa luz del crepúsculo que bañaba el cementerio.

Su abuela, que tenía los ojos iluminados, iba vestida con un uniforme improvisado con las prendas de su marido fallecido, al que había añadido con orgullo el brazalete del AK.

Aunque en su momento la desaparición de Orla la había dejado tocada, ahora volvía a estar en plena forma.

—¿Estás emocionada con todo esto, Babcia? —preguntó Zuzi, mientras Bartek se iba a organizar a las demás componentes de la Minerki alrededor de sus cajas mortales.

—Claro. Esos cabrones le pegaron un tiro a mi marido y ejecutaron a mi hijo; es hora de pagarles con la misma moneda.

Dicho así, no había réplica posible, pero a Zuzi aún le costaba acostumbrarse a la idea de matar hombres.

Se había enrolado para fabricar bombas y sabotear vías de tren, edificios y hasta coches, pero la batalla cuerpo a cuerpo era algo totalmente distinto.

Chasqueó la lengua, molesta consigo misma.

Se habían pasado el día colocando minas a lo largo del borde occidental del cementerio para eliminar la primera oleada de atacantes alemanes, lo cual venía a ser lo mismo, con un único grado de diferencia.

Además, cuando había hecho volar por los aires aquellos trenes y coches, sabía muy bien que dentro había conductores, de modo que era hipócrita por su parte fingir que no había matado a nadie.

Aun así, ocupó su puesto entre las tumbas de aquel lúgubre campo de batalla de los muertos con cierta inquietud.

—¡Ya vienen!

Lo que más impresionó a Zuzi cuando el enemigo comenzó su avance no fue tanto el estruendo de los tanques o el tableteo de las armas, sino el destello cegador de los reflectores que apuntaban hacia el cementerio.

De improviso, sus escondites entre las destartaladas tumbas y los fantasmales sepulcros parecieron quedar al descubierto y Kamilla y ella se pegaron a la pared de mármol.

Mientras sus ojos se acostumbraban a la luz, vieron que, por suerte, los reflectores apenas alcanzaban su posición e iluminaban sobre todo la línea de soldados alemanes mientras estos cargaban por encima del muro del cementerio en dirección al AK.

Zuzi se asomó a tiempo de ver cómo la primera mina de la Minerki hacía volar por los aires a un joven, antes de que los nazis empezaran a caer como moscas.

—¡Los tenemos! —jadeó Kamilla, y Zuzi tuvo que reconocer que, con los nazis a punto de echárseles encima, generaba cierta satisfacción haber detenido su avance.

Aunque no iba a durar mucho. Cientos de efectivos trepaban sobre el muro y Zuzi sabía a ciencia cierta que solo habían colocado cuarenta y ocho minas.

La segunda oleada se encontró el camino allanado por sus compañeros menos afortunados, y cargó con rapidez.

El AK disparaba allí donde podía, pero había recibido estrictas instrucciones de hacerlo solo cuando tuvieran al enemigo a tiro para no desperdiciar munición.

—No hay nada que hacer —masculló Zuzi.

—Chorradas —dijo Kamilla de manera sucinta, y Zuzi nunca se había alegrado tanto de tener a su abuela junto a ella—. Las tumbas están dificultando su avance de maravilla, y mira: nuestro cebo funciona.

En efecto, un pequeño destacamento se abría camino agachado en dirección al pelotón de Bartek, al que veían con nitidez a través del hueco entre las tumbas.

Zuzi agarró una granada y se alegró de ver que no le temblaba el pulso.

Por primera vez, entendió cómo se las apañaban los hombres para luchar, pues en aquel momento en el que se enfrentaba a la cruda elección entre la vida de sus enemigos o la suya, su cerebro se estaba despejando.

—Todavía no —susurró Kamilla mientras los soldados se acercaban—. Todavía no, todavía no… ¡Ahora!

Tres hombres habían entrado en su zona de tiro y, confundidos por la barrera de lápidas, trataban de dar media vuelta.

Zuzi y Kamilla destaparon sus filipinkas al unísono, se pusieron en pie y las arrojaron a la caja mortal con precisión milimétrica.

Acababan de agacharse de nuevo cuando las latas explotaron y desataron gritos de dolor, y luego…

silencio. El resto de los alemanes se retiró apresuradamente en busca de otra ruta y Kamilla blandió el puño en un ademán de júbilo silencioso.

—¡Lo hemos logrado, muchacha! —Se asomó por encima del sepulcro—. Eso va por Kaczper —les siseó a sus víctimas—. Y por Aleksander. ¿Cuándo nos dejaréis vivir en paz?

Zuzi no tenía ni idea de si los hombres estaban vivos para escucharla, pero sus palabras la conmovieron y, cuando el siguiente grupo se acercó, la encontró preparada.

Los alcanzaron una vez más, mataron una vez más, pero la línea de ataque alemana avanzaba de manera inexorable y se hallaba cada vez más cerca.

Un tanque derribó el muro del cementerio con gran estrépito y, tras cruzarlo, empezó a rodar sobre las tumbas, aplastándolas sin piedad bajo sus demoledoras orugas.

Lo seguía el camión con los reflectores, que proyectaban sobre los árboles y las lápidas la sombra de un tanque del doble de tamaño que el monstruo real, como si se tratara de una película abominable.

—Replegaos —escucharon gritar a Bartek, y Zuzi cogió a Kamilla del brazo.

—Vamos, Babcia.

—Enseguida. Mira; vienen más.

En efecto, otro grupo había picado al anzuelo de la caja mortal. La luz de su reflector iluminaba directamente a los hombres del AK que había al otro lado, y el trayecto era demasiado evidente como para evitarlo… o eso creían.

—¡Ahora! —gritó Kamilla y, por tercera vez, ambas arrojaron sus granadas entre las tumbas.

Los hombres volaron por los aires con la explosión, pero sus camaradas, que los seguían de cerca, no se apartaron, sino que pidieron refuerzos a gritos y dibujaron una curva en dirección a su escondite.

—¡Vamos, Babcia!