La mensajera Diecinueve #2
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Diecinueve #2

Orla dejó escapar un grito al oír pasos en los escalones de piedra.

Madre del amor hermoso, estaba atrapada allí, rodeada de féretros con los que tropezarse, y el enemigo se había colado para caer sobre ellos.

El corazón le martilleaba las costillas y se escondió detrás de Bron, como si eso fuera a servir de algo.

—Contraseña —dijo él con brusquedad, agarrando lo único que tenía a mano para defenderlos: un bisturí y una aguja de cinco centímetros.

— Rzepa —contestó alguien con voz firme; «nabo». Quien hubiera elegido la contraseña de aquel día tenía un sentido del humor retorcido—. Camilleros a sus órdenes, doctor Kaminski.

El corazón de Orla se calmó, pero entonces el segundo camillero hizo su entrada en la pequeña tumba y se le desbocó de nuevo.

—¿Eduard?

—¡Ángel! —exclamó él en tono afectuoso y con los ojos brillantes—. Tenía la esperanza de volver a verte.

Orla se quedó mirándolo.

—¿Ángel? —preguntó.

Él se revolvió.

—Así es como te llamo en mi cabeza. No sabía tu nombre y… En realidad, aún no lo sé. ¿Puedo preguntarte cómo…?

—Orla —contestó ella, tendiéndole la mano—. Orla D ą browska.

—¡Ángel Orla! —Le besó el dorso de la mano y el roce de sus labios atravesó el cuerpo entero de Orla, como si contuviera más azúcar que cincuenta szarlotka de su madre—. ¿Estás bien?

—Muy bien —confirmó ella.

—¿Y el corte de la cara?

Le tocó la mejilla con el dedo y ella se regocijó con el contacto. El corte apenas era visible, pero era una buena excusa para acercarse a aquel bondadoso joven.

—Se está curando. ¿Y tu hombro?

Orla estuvo a punto de alargar la mano hacia él, pero entonces se dio cuenta de que de esa manera acabarían abrazados, lo cual sería agradable, sin duda, pero del todo inapropiado dadas las circunstancias.

—También se está curando; gracias.

—Me alegro. Yo también tenía la esperanza de volver a verte —reconoció ella.

Seguramente era un comentario demasiado descarado, pero cuando un hombre se hallaba tan cerca de ti en los confines de una vieja tumba, los convencionalismos habituales del cortejo no parecían importar tanto. Además, él la había llamado «ángel».

—¿De verdad querías verme? —preguntó él.

—Para darte las gracias.

A pesar de la escasa luz que proporcionaba la lámpara de gas, Orla vio que se ruborizaba.

—¿Por qué? ¿Por atarte a una escalera y mandarte a una muerte prácticamente segura?

—No —contestó ella con suavidad—. Por casi atarme a una escalera y luego protegerme con tu propio cuerpo.

—Era lo mínimo que podía hacer, después de… bueno…

—¿Casi atarme a una escalera?

Él se dio una palmada en la frente.

—¿Puedes hacer bromas sobre lo que pasó? ¿Ya?

Ella se encogió de hombros.

—Mejor reír que llorar, ¿no?

Eduard asintió y se acercó más a ella. El otro camillero había traído varios frascos de antiséptico y, por suerte, Bron y él estaban enfrascados en una conversación, lo que le daba a Orla un poco más de tiempo para disfrutar de Eduard.

—Entonces, ¿te han aceptado en el AK ? —preguntó.

—Más o menos. No querían que manejara un arma, lo cual no es de extrañar, pero me ofrecieron el puesto de camillero y lo acepté.

Aunque no tiene nada de glamuroso, lo único que quería era que me dieran la oportunidad de demostrar que puedo ser útil.

Sin embargo, Orla, no te quepa duda de que, de haber sabido que esto me permitiría reunirme contigo, habría sido lo primero que hubiera pedido; antes que llevar armas, conducir un tanque o incluso estar al mando de toda Varsovia.

Ahora fue Orla la que se ruborizó. Aquello era absurdo.

—Si estuvieras al mando de toda Varsovia, Eduard, podrías ver a quien quisieras.

—Solo si supiera su nombre. No podría mandar a las oficiales de enlace a buscar a un ángel, ¿no te parece?

—¿Quieres decir que no crees que nadie más me ve como un ángel?

Él meneó la cabeza.

—Eres muy graciosa, Orla. Muy aguda.

Ella se rio.

—Las agudas son mis hermanas. Hana, la mayor, es tan lista que no se le escapa ni una, y Zuzi es fiera como un puma. Yo solo intento estar a la altura.

—¿Tienes dos hermanas?

—Y un hermano pequeño, sí. Tienes que conocerlos.

—Si me dejas, me encantaría tomar un té con ellos, quizá, o… —Se interrumpió en seco y paseó la mirada por la tumba.

Orla sintió el impulso de reír de nuevo. ¿Qué hacían hablando de conocer a su familia y tomar el té cuando se enfrentaban a una batalla extraordinaria e inminente que podía costarles la vida a ambos? Y, sin embargo, ¿qué mejor momento?

—Tomaremos el té —dijo, mientras se atrevía a extender el brazo y le cogía la mano—. Cuando todo esto acabe, tomaremos el té.

Él sonrió y le besó de nuevo la mano, pero en ese momento, muy por encima de ellos, se oyó el estruendo del disparo de un tanque y de ráfagas de metralleta.

—Será mejor que me vaya —dijo Eduard—. Estoy seguro de que nos veremos pronto.

Orla asintió, sabiendo que cuando eso ocurriera él no iría vestido con su mejor traje, con un ramillete de flores en una mano y una gorra en la otra, sino que estaría trasladando a su mesa de operaciones hecha con ataúdes a hombres que sangrarían y gemirían.

De pronto, el té pareció alejarse hasta el final de un largo y lúgubre camino, y la szarlotka de Magda se le revolvió en el estómago mientras se colocaba junto a Bron a esperar lo que aquella noche oscura les deparara.