La mensajera Diecinueve
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Diecinueve

DIECINUEVE

ORLA

—¿Aquí abajo? —Orla contempló horrorizada los escalones húmedos, oscuros y cubiertos de musgo que llevaban bajo tierra.

Por si no bastara con haber tenido que acudir al cementerio mientras caía la noche, ahora se esperaba que, además, se introdujera en una tumba.

Le hizo una mueca a Bronis ł aw—. ¿En serio?

Él le devolvió la mueca.

—Es el mejor sitio que vamos a encontrar aquí.

—¿No da mala suerte operar a la gente en una tumba?

—A lo mejor es un buen presagio. A lo mejor los muertos son tacaños con su espacio y se aseguran de que nadie más acabe aquí.

Orla lo miró para ver si hablaba en serio, pero, con la luz crepuscular y la entonación inexpresiva de Bronis ł aw, era imposible decirlo.

—Eso espero —dijo, echando un nuevo vistazo a su alrededor.

A Bron y a ella les habían asignado la tarea de establecer un quirófano, como parte del hospital de campaña, en el vasto cementerio protestante que, junto con el católico, el ortodoxo y el judío, formaba una gran franja curvada de terreno al aire libre en el extremo occidental de Stare Miasto, Aunque se hallaban todos bajo control del AK , la Wehrmacht estaba atacando sus lindes y la información de la que disponían apuntaba a que esa noche lanzaría un importante ataque.

El hospital se iba a levantar en la zona oriental, controlada por el AK y que, mucho tiempo atrás, una familia acaudalada había amurallado para proporcionar intimidad a sus antepasados.

Aunque era el lugar más seguro posible, a Orla seguía pareciéndole de mal agüero.

—¿Bajamos?

Bron hizo un gesto hacia los escalones y Orla pisó con cautela el primero, mirando con incredulidad las profundidades tenebrosas.

Unas semanas atrás, la idea de siquiera entrar al cementerio por la noche la habría aterrorizado.

Sus amigas y ella siempre se contaban historias sobre los fantasmas que deambulaban entre las siniestras tumbas, y se agarraban unas a otras entre chillidos infantiles al pensar en varsovianos fallecidos mucho tiempo atrás que se alzaban de entre los muertos para atormentar a los vivos.

Ahora, Orla descendía hacia ellos. ¡Cómo habían cambiado las cosas!

Esa noche casi habría agradecido la compañía de los fantasmas del pasado para defender su amada ciudad y, sin lugar a dudas, prefería ver a un caballero sin cabeza que a un soldado del AK decapitado.

Y hablando de eso, tenían un hospital que montar, y rápido.

El AK estaba ocupando sus posiciones entre las tumbas y desde el oeste llegaba un amenazador estruendo de tanques.

La batalla se hallaba demasiado cerca para mostrarse remilgada.

Bronis ł aw enfocó la linterna hacia abajo y a Orla no le quedó más remedio que seguir su haz de luz, mientras rezaba para acabar en algún espacio bonito de mármol, con columnas elegantes y tal vez un altar, para poder fingir que se encontraba en una capilla.

Pero no tuvo esa suerte. La cámara subterránea era un área angosta y oscura, con el suelo de tierra aplastada, un techo del que caían gotas de agua y nichos de piedra a ambos lados, sobre los que descansaban ataúdes de hierro.

Del más cercano se había desprendido la tapa, dejando a la vista un cadáver real que Orla pudo atisbar mientras la luz de la linterna de Bronis ł aw barría el lugar, y tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no gritar.

—Da un poco de grima —reconoció Bron, mientras la rodeaba con un brazo firme y se apresuraba a apartar el haz de luz—, pero procura verlos como a nuestros amigos.

—¿Nuestros aliados? —dijo Orla en tono sombrío.

Varias noches atrás, Hana había llegado a casa hablando con entusiasmo de los pilotos de la RAF que habían dejado caer suministros sobre el gueto, algo que en efecto había sido todo un logro.

Por lo que había entendido Orla, sin embargo, la mayoría de las cajas había acabado tras las líneas alemanas debido al viento, que había empujado los delicados paracaídas que transportaban las armas, balas y vendajes que el AK tanto necesitaba, y estos habían acabado en manos de sus enemigos.

Además, a pesar de que los cuatro aviones —pilotados todos por polacos— habían cumplido su misión, otros dos no lo habían logrado y, desde entonces, no se habían realizado más vuelos.

El resultado final había sido un equipo de combate que había durado menos de medio día y que ya hacía mucho que se había agotado.

A lo que había que sumar, se recordó Orla, el hermoso brillo en los ojos color avellana de su hermana mientras describía la violeta que había visto en el fuselaje del último avión.

Era incapaz de imaginar lo dura que debía de ser para Hana aquella situación.

Llevaba cinco años prometida y su boda seguía estando tan lejana como antes de que Emil se declarara.

Ver la prueba de que él seguía con vida y la echaba de menos había renovado las fuerzas de la hermana mayor de las D ą browska, y había significado mucho para toda la familia.

Cuatro días después, sin embargo, ahí estaban, luchando por sobrevivir entre los muertos.

Zuzi y su Minerki eran una parte fundamental del grupo que colocaba minas en el lado alemán de los cementerios para entorpecer su avance.

Babcia Kamilla estaba con ella, en teoría trabajando en la retaguardia para proporcionar equipo a las chicas más jóvenes, pero a Orla le preocupaba lo que sucedería cuando el combate escalara.

Jacob estaba totalmente integrado en el pelotón de Szymon Ancel, que iba a desplegar el tanque robado desde los laterales, y Hana también se encontraba allí, preparada para llevar mensajes a las demás unidades a medida que se desarrollaran los acontecimientos.

A pesar de su juramento de procurar mantenerse a salvo, las D ą browska estaban todas en el meollo de la batalla, y esa tarde Magda les había dado tantos besos al despedirse que Orla tenía la sensación de que aún le escocían las mejillas.

Aunque no se quejaba; al fin y al cabo, las muestras de amor nunca estaban de más.

Y tampoco los pasteles. Se metió la mano en el bolsillo del delantal que en su día había sido blanco, sacó un trozo de la deliciosa szarlotka que le había dado Magda antes de marcharse, para que «cargara las pilas», y le dio un bocado.

Como el azúcar escaseaba, estaba más agria de lo habitual, pero la dulce viscosidad acanelada de la manzana, en contraste con la masa ligera cubierta de nueces, bastó para transportar a Orla a un lugar mejor.

Claro que tampoco se le ocurrían muchos lugares peores que aquel.

La lámpara de gas que Bron había colocado sobre el hueco más alto de los ataúdes proyectaba una luz titilante sobre su macabro hospital e iluminó su furtivo refrigerio.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó él.

—Tarta —confesó Orla.

A la tenue luz de la tumba, Bron hizo un puchero igual que habría hecho Jacob, y ella se rio y, tras cortar un pedazo, se lo dio.

Le resultaba agradable la compañía de aquel hombre que era como un hermano mayor, y más agradable sería que un día lo fuera de verdad, si Zuzi y él llegaban a…

No, aquel no era el momento de pensar en romances.

—Eres increíble, Orla D ą browska —dijo Bron, mientras se comía el pastel con gemidos de placer.

—Mi madre es increíble —lo corrigió ella, más animada gracias a la comida—. Y ahora, doctor, ¿en qué sitio de esta cámara de muertos tienes pensado instalar nuestra mesa de operaciones?

Bron miró a su alrededor mientras se lamía los dedos para limpiarse los restos del delicioso pastel.

—No tenemos demasiadas opciones.

—No.

—Pues…

Señaló el ataúd de hierro que quedaba más cerca del suelo y se agachó para agarrar un asa. Orla se estremeció.

—No podemos hacer eso, Bron.

—Creo que no nos queda otra. Vamos.

Tiró del asa y Orla se agachó a regañadientes para coger su extremo del féretro y ayudar a trasladarlo al centro del sepulcro.

—No es lo bastante alto.

—Todavía no —convino él con seriedad, y fue a buscar el ataúd que quedaba en el estante de encima.

Orla se santiguó por profanar la morada de los muertos, pero lo ayudó a poner el segundo féretro sobre el primero para crear una mesa perfecta que llegaba a la altura de la cintura.

—Siento perturbar vuestro descanso —susurró Orla a quienquiera que estuviera dentro.

Bron le dedicó una sonrisa irónica.

—Llevan una eternidad aquí metidos; seguramente están aburridísimos.

Orla dejó escapar un gemido.

—Daría lo que fuera por estar aburrida.

Bron le dio un breve apretón en la mano.

—Solo quedan unos días —dijo.

Orla no se lo rebatió, aunque ambos sabían que, desde el comienzo del levantamiento, todo el mundo decía lo mismo.

En aquel momento llevaban ya dos semanas de lucha sin un final a la vista y, por ello, la promesa ya no resultaba tan creíble.

Pero ¿qué podían hacer? Ningún polaco pensaba rendirse, así que debían seguir luchando y rezar para que el mundo exterior acudiera en su auxilio antes de que…

Orla apartó el pensamiento de su mente y fue a ayudar a Bron, que estaba colocando su instrumental sobre el estante vacío.

Volvió a pensar en las ridículas historias de fantasmas que sus amigas y ella compartían alrededor de las fogatas.

Si la vieran ahora, no se lo creerían, aunque en realidad muchas de ellas estaban haciendo algo muy parecido.

Los nazis les habían robado la alegría inocente de una infancia normal cuando habían ocupado su ciudad, así que allí estaban, luchando para recuperarla.

Sería agradable disponer de ayuda para lograrlo.

De pie junto a Bron, Orla procuró no fijarse en el esqueleto expuesto que, a la luz titilante de la lámpara de gas, parecía moverse. Era una enfermera y estaba allí para realizar un trabajo importante, no para…