Dieciocho #2
Hana sacó una cerilla con manos trémulas y acercó la llama al gas, rezando para que prendiera.
Una ráfaga de aire apagó la primera, así que encendió una segunda, que sí prendió, y una llama brilló dentro de la caja de cristal.
Tras cerrar la puertecita, se alejó de la morada final de Zachariah y Tobías para ocupar su posición, desde la que formaba un cuadrado con sus compañeras.
—Sostenedlas en alto, chicas; ¡necesitamos esos suministros!
Hana levantó el brazo, deseando ser más alta.
Ya no oía las botas de los nazis y no tenía ni idea de si eso significaba que se habían ido o que se habían parado para echar otro vistazo a la zona del gueto.
Los hombres encargados de las defensas antiaéreas habían localizado los aviones y apuntaban al cielo con sus potentes reflectores, que capturaban en su luz a los aeroplanos como si fueran actores en un escenario.
La batería antiaérea había abierto fuego y el humo negro de sus proyectiles se abría paso entre los rayos blancos como rosas ominosas, recortado con nitidez sobre el resplandor anaranjado de la ciudad en llamas.
Era como un hermoso cuadro, de no ser porque podía conllevar la muerte de una o de todas ellas.
Llana se aferró a su farol y lo sostuvo por encima de la cabeza, y, aunque le dolía el brazo, se obligó a no soltarlo.
Sí aquellos hombres podían volar sobre dos mil kilómetros de territorio enemigo para llegar hasta allí, ella podía soportar un nimio dolor muscular para guiarlos y procurarles seguridad.
Los misiles antiaéreos explotaban en lo alto, descargando una lluvia de metralla sobre ellas, y Hana se alegró de llevar el casco de acero que le había dejado uno de los miembros del pelotón de protección del AK que las cubría.
Los restos de proyectil rebotaban sobre él con un sonido metálico, en una imitación burlesca del ruido de la lluvia al caer sobre la lona de su tienda de campaña cuando, de niña, iba de acampada con su familia.
No muy lejos se oyó un grito en alemán y el sonido de botas militares que se acercaban.
Sonó un disparo, seguido por muchos más del AK .
A Hana le temblaba hasta el último centímetro del cuerpo, pero los aviones estaban tan cerca que casi podía ver a los pilotos en sus cabinas, inclinándose hacia delante para localizar sus luces.
—¡Estamos aquí! —chilló por encima del ruido de las armas.
Vio que las compuertas de la bodega del primer avión se abrían y empezaban a descargar paquetes.
Tenían una inquietante forma de bomba y, durante un aterrador instante, Hana pensó que tal vez se tratara de una tarea letal, pero entonces los cordeles se desplegaron y unos paracaídas en miniatura blancos se abrieron, suavizando su caída para que flotaran con suavidad, como cabezas gigantes de diente de león.
Era una imagen hermosa. En aquellos cilindros se hallaban las armas y la munición que el AK necesitaba para impedir que los nazis tomaran Stare Miasto.
Talvez supusiera un peligro para Hana en aquel momento, pero a la larga podía salvarlos a todos.
Una bala rebotó en un muro a un metro a su izquierda y, aunque le entraron ganas de arrojarse al suelo, los soldados del AK que se encontraban en el extremo más alejado liquidaron al atacante, y Hana mantuvo su posición.
Los otros dos aviones estaban cada vez más cerca, con las bodegas abiertas para soltar más paquetes mágicos.
—¿Lo veis? —chilló en la dirección aproximada en que se encontraban los nazis—. No estamos solas. Tenemos amigos, tenemos aliados, ¡y vienen a por vosotros!
Otra bala surcó el aire y le pasó tan cerca que estuvo a punto de besarle la mejilla, pero los aviones estaban ya cerrando las compuertas y daban media vuelta, esquivando los proyectiles como verdaderos profesionales, de modo que su trabajo casi había terminado.
Emil no se encontraba entre los pilotos, pero tal vez había sido absurdo por su parte albergar esperanzas de que fuera uno de ellos.
Debía de haber cientos de pilotos en Brindisi.
Volvió a agacharse detrás del montón de escombros y se rodeó el cuerpo con los brazos mientras trataba de visualizar a su prometido.
Al principio le resultó imposible, pero, poco a poco, una imagen se formó en su mente: Emil apareciendo en la panadería, al comienzo de su relación, con una cesta de pícnic y una manta recién lavada, y preguntándole si le haría el honor de acompañarlo a comer.
«No es precisamente el hotel Europejski, ¿no?», había dicho Zuzi a su espalda con una risita, pero a Hana no le había importado.
La comida con Emil, sentados entre las flores de los prados de las orillas del Vístula, había sido la mejor experiencia de su vida.
Sobre todo cuando él se había inclinado hacia delante y había juntado sus labios con los de ella y…
El grito excitado de una de sus compañeras interrumpió el maravilloso recuerdo.
—¡Viene otro!
En efecto, un cuarto avión se acercaba a gran velocidad para alcanzar a sus compañeros.
Las chicas se colocaron de inmediato en posición y Hana reunió el valor para hacer lo propio.
Se moría de ganas de volver a la bonita casa de Babcia, con sus mullidas alfombras y sus elegantes muebles; a la cómoda cama que compartía con sus hermanas y a la panadería improvisada que su madre había montado en la cocina.
Una bala rebotó en su casco y la hizo tambalearse hacia un lado.
¿Sabría el avión dónde dejar caer los paquetes?
¿Podrían regresar sin que las descubrieran antes de que fuera demasiado tarde?
Desesperada, miró hacia arriba. El avión estaba muy cerca y las compuertas de la bodega despidieron destellos plateados en el cielo nocturno al abrirse.
Y fue entonces cuando la vio. Pintada en el dorso de las puertas, en el tono de lila más hermoso imaginable, había un violeta con pétalos dibujados con sumo cuidado en una inconfundible forma de corazón.
—¡Emil!
Todos los pensamientos sobre su hogar se esfumaron al instante.
El cansancio abandonó su brazo. El miedo se disipó.
Lo único en lo que podía pensar era en su prometido, volando a no más de cincuenta metros sobre su cabeza.
¡Había venido! Estaba vivo y había venido a traer esperanza a Varsovia… ya Hana.
—¡Emil! —gritó de nuevo.
Él no podía oírla, pero tal vez, de alguna manera, captaría su presencia, sentiría su amor elevándose por los aires, más brillante e intenso que cualquier odioso foco.
—¡Fiolet! ¡Agáchate!
Czajnik le hizo un placaje para arrojarla al suelo justo antes de que las balas silbaran por el lugar en el que, un instante antes, había estado Hana.
El farol se estampó sobre la piedra en la que alguien había escrito con tiza y delicadeza los nombres de Zachariah y Tobías, y la llama se extinguió al instante, mientras ella le daba las gracias a su líder con un jadeo y se sentaba con cautela para mirar por última vez a su prometido.
Las puertas de la bodega se estaban cerrando mientras los paquetes flotaban por el aire, y el avión se inclinó hacia un lado antes de elevarse y alejarse por encima del Vístula Hana sintió dolor al verlo partir, pero le deseó un buen viaje de vuelta a su base, de vuelta a la seguridad para vivir un día más, igual que ella.
Sin duda, ahora que habían visto la seriedad con la que los Aliados se tomaban lo ocurrido en Varsovia, a los rusos no les quedaría más remedio que ayudarlos.
Se tocó el anillo, de un violeta tan bello como la hermosa flor llena de esperanza que decoraba el avión de su prometido, y sonrió mientras los veía desaparecer en la seguridad de la noche.
Hana estaba segura de que volvería, y pensaba hacer todo lo que fuera necesario para estar allí esperándolo cuando eso ocurriera.