Dieciocho
DIECIOCHO
HANA
Llana contempló el cielo nocturno buscando luces entre las estrellas, pero era imposible.
Sin fuerzas de defensa aliadas que los detuvieran, los Stuka alemanes atacaban Varsovia a diario, arrojando bombas incendiarias que ocasionaban tantos incendios que el cielo tenía un permanente color naranja turbio, como una malograda puesta de sol infinita.
Hana se hallaba en la zona nororiental del gueto en ruinas, dentro de la hilera de cementerios que había demostrado ser una línea de defensa crucial alrededor de Stare Miasto.
Acompañada por sus camaradas, esperaba un milagro, pero a pesar de ello estaba preocupada.
Aquellas condiciones distaban mucho de ser perfectas para los aviones y, por primera vez desde que se había enterado de que la RAF iba a hacerles llegar suministros por aire, deseó que ni siquiera lo intentaran.
Los aeroplanos serían blancos fáciles en medio de la rampante luz de los incendios, una presa fácil para el sofisticado armamento antiaéreo de los alemanes; eso si lograban atravesar la vasta extensión de territorios controlados por los nazis entre Brindisi y Varsovia.
Agaton le había contado un rato antes que se trataba de un viaje de ida y vuelta de dos mil kilómetros sobre un terreno peligroso, pero, por lo visto, los pilotos polacos estaban decididos a intentarlo y Churchill les había dado su apoyo.
Hana sintió el corazón henchido de orgullo, pero enseguida se le contrajo de nuevo por el miedo.
Si Emil era uno de los pilotos de la misión de aquella noche, sería muy vulnerable allí en los cielos, encima de ella.
Necesitaban la ayuda, eso era innegable.
Los rusos no se habían retirado, pero tampoco habían avanzado y, como consecuencia, el AK se veía obligado a defender la ciudad en solitario y se estaba quedando rápidamente sin munición para hacerlo.
Las despiadadas brigadas de la SS habían ocupado Wola y abierto una ruta a través de Varsovia después de tomar el control del Jardín Sajón y el palacio Brühl, y de avanzar hasta el puente de Poniatowskiego, de modo que ahora disponían de una vía de acceso libre por el centro de la ciudad.
Irónicamente, era casi la misma ruta que habían propuesto los urbanistas para la autovía este-oeste antes de que empezara todo aquello.
Hana había perdido su único mapa en la huida de Wola y, por lo que ella sabía, el resto de los mapas, tanto el de la ciudad en su estado actual como el proyectado para el futuro, seguían en la Central Telefónica, que por desgracia continuaba siendo uno de los baluartes de la Wehrmacht.
El AK había intentado una y otra vez asaltar el edificio sin éxito, y la imponente torre de cemento se cernía amenazante sobre Ś ródmie ś cie, infestada de francotiradores que disparaban a cualquiera que fuera a buscar agua o pan para sobrevivir un día más.
Hana se estremeció al imaginárselo. Por desgracia, todos se habían acostumbrado ya a que hombres y mujeres sufrieran heridas espantosas.
Después de escapar por los pelos de los alemanes, Orla había vuelto al trabajo y cada noche, al llegar a casa, les explicaba en susurros las funestas laceraciones que había visto.
Hana era consciente de hasta qué punto aquellas imágenes partían el hermoso corazón de su hermana pequeña y nada deseaba más que poder evitarle aquel dolor, pero por el momento estaban todos juntos en aquello.
Miró hacia las demás enlaces, agachadas en sus escondites entre los escombros del gueto, cada una con un farol que encenderían cuando oyeran los motores…
, si es que los oían. Tres días antes habían recibido la noticia de que la RAF tenía autorización para hacerles llegar suministros por aire.
Si las condiciones eran propicias para la entrega, la BBC reproduciría la conocida canción popular polaca «Una mazurca más» al terminar su emisión para Polonia a las ocho de la tarde.
Dos veces habían puesto la radio y habían escuchado con afán, y dos veces se habían llevado una decepción, pero esa noche sí habían sonado los acordes de aquella melodía tan preciada para la cuidad y todo el mundo se había puesto en marcha.
Como oficial de enlace de Bór, en realidad Hana no debería haber formado parte de las tropas ligeras, pero había suplicado a Czajnik que la dejara unirse a ellas y, escasa de efectivos porque tenía a dos chicas en el hospital, esta había accedido.
Hana tenía que reconocer que, en aquel momento, empezaba a dudar de su decisión. La primera noche que habían pasado en Stare Miasto, después de que Orla regresara, se habían sentado en la elegante sala de Babcia dando gracias a Dios por estar todos a salvo.
«Ya lloramos por vuestro padre —había dicho Magda con solemnidad—. No permitáis que volvamos a llorar».
Hasta Babcia se había mostrado precavida y, aunque había hecho sus habituales comentarios sobre su deber con Polonia, las había instado a proceder con cautela.
El Levantamiento de Varsovia ya no era una victoria rápida y excitante, sino una guerra de desgaste, y Hana había pedido a su querida familia que no asumiera riesgos innecesarios en los días posteriores.
Babcia tenía una bonita cruz de plata —una preciada reliquia familiar— y todos habían colocado sus manos encima y habían jurado hacer todo lo posible por conservar la vida, porque se necesitaban unos a otros.
¿Por qué, entonces, se había ofrecido voluntaria para posicionarse a campo abierto, con una luz que señalaba con precisión su ubicación tanto para los camaradas como para los enemigos?
Czajnik, que estaba a su derecha liderando en persona a su pequeño escuadrón, miró el reloj a la sobrecogedora luz de los incendios.
—Se hace tarde —susurró—. No estoy segura de que vayan a venir.
Hana sintió una punzada de alivio, seguida de inmediato por un dolor aún más intenso. La música de la BBC indicaba que el plan se había puesto en marcha, así que si los aviones no llegaban, lo más seguro era que se debiera a que los habían derribado.
—Esperemos un poco más —le pidió—. Vienen de muy lejos.
—No tendrían que hacerlo si pudieran usar las bases rusas —fue la airada respuesta de Czajnik.
Hana asintió y se agarró a los ladrillos del pequeño muro tras el que se escondía, mientras se preguntaba por qué Churchill y Roosevelt dejaban que Stalin se saliera con la suya después de haberlos engañado de aquella manera.
Sin duda eran aliados que luchaban en su mismo bando…
, aunque quizá no con los mismos objetivos para cuando terminara la guerra.
—Contrólate —masculló Hana por lo bajo.
Sí, se hallaba entre las ruinas de un gueto cruel, esperando unos aviones que tal vez no llegaran nunca, con tan solo un puñado de pistolas para enfrentarse al sinfín de tanques y bombarderos en picado alemanes, pero eso no significaba que tuviera que sucumbir a aquellos miedos siniestros.
Aunque los nazis hubieran abierto una ruta por el centro de Varsovia, el AK seguía controlando casi todas las demás zonas de la ciudad y, en cuanto llegaran aquellas armas, volvería a atacar.
Había planes para asaltar la Central Telefónica y eso quería decir que tal vez podrían recuperar los mapas de la ciudad que la Gestapo le había arrebatado a Marek antes del levantamiento.
Una Varsovia nueva y regenerada, en eso debía concentrarse; en eso y en mantenerse con vida el tiempo suficiente para poder formar parte de su creación.
Desde algún lugar ubicado en la zona bajo control alemán que se hallaba más allá del cementerio llegó el inconfundible sonido de pasos de botas militares.
Una patrulla. Hana se arrojó al suelo, con la cabeza junto a una piedra redondeada con una estrella de David dibujada con tiza.
Se apartó un poco y vio dos nombres escritos debajo con sumo cuidado: Zachariah y Tobías, acompañados por fechas; «1911-1943» para el primero y «1940-1943» para el segundo.
A Hana se le encogió el corazón, pues aquello indicaba que, en el algún lugar debajo de los escombros que la protegían del fuego nazi, estaban un padre y su hijo.
El gueto había sido una afrenta para la humanidad, y su destrucción, la atrocidad definitiva.
Hana, junto con el resto del AK, había aplaudido a los últimos judíos por su valeroso alzamiento, pero no pudo evitar recordar cómo había terminado.
De las cuatrocientas mil personas que en su día habían abarrotado aquella zona de Varsovia ahora en ruinas, las únicas que habían sobrevivido eran las cincuenta que Zuzi y su Minerki habían liberado de G ę siówka la semana anterior.
Esas y otras personas valientes como el Kapitan Szymon Ancel, que se había escapado y ocultado en otra parte.
¿Qué pensarían él y su familia de aquel segundo intento fallido de liberación?
«Los británicos van a venir», se recordó Hana con firmeza, aunque en ese momento, con el haz de luz de una linterna brillando sobre sus escondites, los alemanes parecían estar mucho más cerca. Por suerte, la luz no podía alcanzar sus posiciones y acabó alejándose acompañada del sonido de botas.
—Muy bien, chicas —susurró Czajnik—, creo que tenemos que dar por…
Se interrumpió mientras, muy bajito al principio pero aumentando rápidamente de volumen, todas escucharon el inconfundible ruido de motores en el aire nocturno.
Hana miró hacia el sur y vio, recortada contra las llamas de Wola, la silueta de un avión, un avión británico, seguido por dos más, que volaban hacia ellas velozmente y sin desviarse de su rumbo.
—¡Ahora! —ordenó Czajnik—. Luces, ¡ahora!