Diecisiete #2
—Dieciocho años, Zuzi. Es una adulta. Lo ocurrido no es responsabilidad tuya, ni tampoco tu culpa.
Zuzi lo miró a los ojos. Deseaba creerlo, pero lo que decía no tenía sentido.
—Es tan culpa mía como de cualquiera.
—Cierto, pero en realidad no es culpa de nadie.
¡Aquel hombre era imposible!
—No importa —dijo Zuzi con impaciencia—.
El caso es que Orla ha desaparecido. La multitud la engulló.
Los demás atravesamos la barricada y ella no, lo cual significa que todavía está allí, en Wola, con esos hombres infames y perversos.
—Se aferró a los dedos de él—. ¿Y si la están violando?
¿Y si la tienen inmovilizada en el suelo y… y…?
Las lágrimas habían asomado en sus ojos y no había manera de reprimirlas.
Bron le sujetó las manos con fuerza y le acarició el dorso con los pulgares, dibujando círculos, mientras ella lloraba.
No le ofreció las típicas frases de consuelo ni trató de convencerla de que todo iría bien, y Zuzi se lo agradeció.
Al cabo de un rato, encontró fuerzas para continuar.
—Yo estaba a favor, ¿sabes? Estaba a favor del levantamiento.
Me moría de ganas de aplastar a los nazis, pero ahora tienen a mi hermana pequeña y yo no puedo hacer nada.
—Puedes seguir aplastándolos.
—¿Qué?
—Para que su muerte no sea en vano; si está muerta, claro, cosa que no sabemos. Ahí afuera reina el caos y apuesto a que Orla no se ha rendido sin más. Por lo poco que la conozco, es una chica dulce, sí, y solícita y optimista, pero no miedosa, ¿verdad?
Zuzi volvió a mirarlo a los ojos mientras pensaba en Orla, y supo que él tenía razón.
—Es usted un hombre muy sabio, doctor.
—Bron —dijo él con delicadeza—. Me gustaría mucho que me llamaras Bron.
—Bron —repitió ella.
—¿Dónde está la casa de tu Babcia? —Ella lo miró, desconcertada—. Si Orla aparece por aquí, así podré ir a decíroslo.
—Ah, claro. Gracias. Está en la calle Rybaki, número 113, saliendo de la plaza del mercado en dirección al Vístula. Tiene unas vistas maravillosas del no-avance de los rusos.
Dejó escapar una risa amarga y él volvió a acariciarle los dedos.
—Entendido —dijo Bron. Una enfermera se había acercado y él la miró, incómodo—. Me temo que tengo que irme. ¿Estarás…?
—Claro. —Zuzi se moría de vergüenza. Allí estaba ella acaparando a un médico con sus triviales preocupaciones, cuando a su alrededor había personas con heridas horribles que lo necesitaban mucho más—. Ve a trabajar. Lo siento. No quería…
Se puso en pie, pero él no le soltó las manos.
—Por favor, Zuzi, no te disculpes. Ven a verme cuando quieras y hablame de lo que quieras.
—Porque eres médico, ¿verdad?
Él se encogió de hombros.
—Porque me caes bien.
Y, sin más, casi antes de que las palabras acabaran de salir de su boca, se alejó con la enfermera para inclinarse sobre un paciente en el otro extremo de la abarrotada sala.
Zuzi lo miró, confundida. Sin lugar a dudas, era un hombre de lo más intrigante y Orla tenía mucha suerte de poder trabajar con él cada día. El corazón le dio un vuelco.
—Orla —murmuró en voz baja, y de pronto supo que tenía que irse a casa.
El agujero ya era lo bastante grande; Zuzi había hecho su trabajo y ahora era el momento de estar con su familia…
o lo que quedaba de ella. Se dio la vuelta y atravesó la pared del sótano a la carrera, sin olvidarse de coger el martillo por el camino y de darles las gracias a sus aplicados ayudantes.
Avanzó a través de varias casas hasta llegar a una escalera de fácil acceso y, al salir a la calle, se dio cuenta de que el sol se estaba poniendo.
Un Stuka atravesó el cielo con un rugido y descargó una bomba sobre el tejado de una iglesia, y Zuzi se encogió mientras la aguja se partía y, con un estruendo doloroso, se derrumbaba sobre sí misma mientras la cruz se desprendía de lo alto entre los gritos de horror de la gente que había debajo.
Zuzi se santiguó y, con la cabeza gacha, salió disparada hacia casa de Babcia.
Magda estaba allí, caminando de un lado a otro del elegante vestíbulo de entrada y dibujando surcos maternales en las baldosas blancas y negras.
—¿Está aquí? —preguntó Zuzi.
Magda negó con la cabeza.
—Ha anochecido y no hay ni rastro de ella.
—El sol sigue existiendo —dijo Zuzi con vehemencia—. La traeremos a casa antes de que vuelva a ponerse.
—¿Cómo, Zuzi?
Zuzi no tenía la respuesta a esa pregunta.
—¿Hana está en casa? —dijo en cambio.
—No; está repartiendo mensajes.
—¿Y Jacob?
—Arriba, llorando desconsolado, el pobre. Dice que es culpa suya.
—Todos pensamos que es culpa nuestra, ¿verdad?
Magda asintió sin decir palabra y, cuando se apartó el pelo rubio de la cara, Zuzi se fijó en que tenía mechones grises, como si hubiera envejecido años en el último día.
—¿Y Babcia Kamilla? —preguntó.
—Acosando a las «autoridades», quienquiera que crea que son, para que busquen a Orla. Hemos decidido que era mejor que alguien se quedara aquí, por si vuelve, pero la espera me está matando, Zuzi.
Esta rodeó a su madre con los brazos.
—Alguien muy sabio acaba de decirme que Orla es más fuerte de lo que todos creemos. Ha dicho que…
—¡No!
—De verdad, él…
Pero su madre la apartó de un empujón y se acercó tambaleándose a la puerta, donde, aturdida pero sin lugar a dudas ilesa, estaba…
—¡Orla! Oh, Orla, estás aquí. Estás viva. Has sobrevivido. ¿Cómo lo has hecho?
Zuzi no pudo evitar que las palabras salieran atropelladamente de su boca mientras estrujaba a su hermana pequeña y le daba palmaditas para asegurarse de que no había sufrido daño alguno.
Tenía un corte con mal aspecto en una mejilla, pero se lo habían lavado y vendado y, por lo demás, parecía estar bien.
Magda la cubrió de besos y luego corrió adentro para llamar a Jacob, que bajó en estampida y de dos en dos por la elegante escalera y se arrojó como una bala sobre ellas para sumarse al abrazo.
—Orla; te solté. Te solté y pensaba que te habían apresado.
—Casi lo hacen —dijo ella—, pero no fue culpa tuya, Jacob. Fui yo la que te soltó a ti.
Hablaba con su inconfundible voz dulce y perfecta, y Zuzi sintió que las lágrimas arañaban sus ojos. Tras reprimirías durante un breve instante, se rindió y les dio rienda suelta.
—No lo han hecho, ¿verdad? —dijo, sujetando a su hermana a cierta distancia para mirar sus preciosos ojos azules—. No te han apresado.
Orla negó con la cabeza.
—Me ataron a un tanque y…
—¡¿Qué?!
—Pero me escapé. Bueno, alguien me ayudó a escapar. Un alemán.
—¿Un alemán? —espetó Zuzi.
—Un alemán bueno.
—No hay alemanes buenos.
—Pues parece que sí. Era… No importa.
—Exacto —convino Magda—. Lo único que importa es que estás aquí, sana y salva. Ay, mi niña. —La estrujó contra su busto—. Mi pequeña Orla.
Orla sonrió y luego miró a su alrededor.
—¿Dónde está Hana?
—Enseguida llegará, y Babcia también. Vamos dentro; he hecho pan.
La maravillosa mundanidad de sus palabras provocó la risa de Zuzi.
—Cómo no, Mama.
Magda se encogió de hombros mientras se secaba las lágrimas.
—Tenía que amasar alguna cosa o me habría vuelto loca.
Zuzi asintió.
—Yo he derribado varias paredes —comentó—. De hecho, una que daba a tu hospital, Orla. Ese médico estaba allí… ¿Cómo se llama?
—Bronis ł aw —contestó Orla—. No hagas como que no lo sabes.
Y entonces le guiñó el ojo, se lo guiñó de verdad, y Zuzi sintió tal alivio por que su hermana estuviera allí en una pieza, que se limitó a sonreír y la llevó a la cocina, mientras Hana y Babcia entraban corriendo por la puerta lanzando gritos de alegría.
Orla les contaría su historia cuando se sentaran alrededor de la mesa al anochecer, todos juntos, como debía ser.
Lo único que podía hacer Zuzi era rezar para que las cosas siguieran así.