La mensajera Diecisiete
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Diecisiete

DIECISIETE

ZUZI

Zuzi levantó el martillo y lo estampó con fuerza en la pared.

Ese iba por los monstruos que corrían desatados por Wola.

Y este —descargó su golpe más potente— por quien hubiera apresado a Orla.

Su hermana pequeña jamás le había hecho daño a nadie.

Era la persona más buena y gentil que conocía, la única de su familia que era así, tal vez con la excepción de su madre, que no había estado a favor del levantamiento.

¿Por qué tenía que ser Orla la que sufriera?

Zuzi dio otro martillazo en la pared y vio con satisfacción como la atravesaba hasta la habitación contigua.

La operación de la Minerki se llevaba a cabo en Stare Miasto, donde estaban derribando las paredes entre los sótanos de las casas para permitir que la gente pudiera desplazarse con seguridad bajo tierra en caso de que hubiera un ataque aéreo.

Zuzi había pedido permiso para ir a buscar a Orla, pero Tosia la había cogido del brazo y le había dicho: «¿No crees que, si está viva, ella te buscará a ti?».

«Sí —había concedido Zuzi—, pero ¿y si no lo está?».

Tosia había hecho un gesto separando las manos.

«Si no lo está, me temo que ya es demasiado tarde para hacer nada».

Por duro que fuera, era la verdad.

«Podría estar herida —había protestado Zuzi—, quizá en un Hospital».

«En ese caso, cuanto antes abramos un paso seguro por debajo de Stare Miasto, mejor».

La lógica de sus palabras era aplastante y, como la espera había destrozado los nervios de Zuzi, esta había decidido aplacar su inquietud dedicando su energía a destrozar paredes.

Y ahí estaba. Ajustó los puntales que sostenían el techo del sótano y golpeó de nuevo la pared.

Los dueños de la casa, una simpática pareja con tres niños pequeños, contemplaban el proceso cubriéndose la boca con la mano, y Zuzi les dedicó su mejor versión de una sonrisa tranquilizadora.

Los sótanos de Varsovia eran sólidos y firmes, y las paredes que los separaban no eran muros de apoyo sino que respondían a motivos de seguridad.

En el extremo más alejado, aquella familia ya estaba conectada con el siguiente y el siguiente y el siguiente, a lo largo de toda la calle, para que los oficiales de enlace, los soldados del AK y el personal médico pudieran desplazarse con facilidad bajo tierra.

Gracias al valiente batallón Krybar, que seguía controlando la central eléctrica, podían colocar luces por el pasadizo para que la Varsovia subterránea, aunque caótica, resultara segura.

Aquel último derribo al que Zuzi estaba entregada permitiría acceder al hospital Juan de Dios, el hospital en el que Orla debería haber estado cuidando a los heridos, el hospital en el que trabajaba el doctor Bronis ł aw.

Un absurdo estremecimiento recorrió el cuerpo de Zuzi, que lo disimuló con un nuevo martillazo en la pared.

El agujero tenía ahora un buen tamaño, y Zuzi se obligó a hacer palanca con las manos para retirar los ladrillos sueltos y proceder así de una manera más ordenada y pulcra.

Uno de los hijos de la pareja, una niña de unos diez años, se acercó a ella con timidez.

—¿Te puedo ayudar?

—No estoy segura. No quiero que te hagas daño.

—No me haré daño —insistió la niña—; iré con mucho cuidado. Además —tiró de la manga de la camisa de Zuzi—, quiero hacer algo útil.

Zuzi, que entendía aquel sentimiento, asintió con la cabeza.

—Saca los ladrillos de uno en uno. Si notas que algo se desliza, déjalo caer de inmediato y apártate, ¿vale?

—Sí, señora.

La niña le hizo un torpe saludo militar y, durante un instante, se pareció tanto a Orla que Zuzi tuvo que agarrarse a un ladrillo para reprimir el instinto de abrazarla.

—Gracias.

Su padre, un hombre mayor con una cojera pronunciada, también se ofreció a ayudar, mientras su mujer se llevaba a los dos niños más pequeños para ponerlos a salvo y prometía volver con tazas de té.

Hacía mucho calor y, a pesar de hallarse bajo el nivel del suelo, Zuzi estaba sudando por el esfuerzo, así que el té sería más que bienvenido.

El agujero era ya lo bastante grande como para pasar por él y, mientras sus ayudantes se quedaban allí para ensancharlo, Zuzi se coló en el sótano contiguo y echó un vistazo a su alrededor.

Se hallaba en la parte del hospital que había sido secreta y a la que, una semana atrás, por increíble que pareciera, había llevado material médico para su hermana, como castigo por haber desprendido la anilla de una granada.

Después de todo lo que había pasado desde entonces, la pérdida de unos cuantos calabacines parecía risible y el hospital apenas era reconocible.

En lugar de ordenadas filas de camas inmaculadas, el lugar estaba atestado de pacientes, unos pocos afortunados tumbados en colchones, pero muchos otros en una serie de jergones improvisados entre las camas.

La mayoría sobrellevaba su dolor con paciencia, pero había quien gemía y pedía ayuda a gritos, y las enfermeras corrían de un lado a otro haciendo todo lo posible por ayudarlos.

Zuzi no pudo evitar observarlas cuando pasaban por delante, con la esperanza de que una de ellas fuera Orla, pero, como era de esperar, no había ni rastro de su hermana.

—¿ Ż elazo?

Alguien le tocó con suavidad el brazo, sobresaltándola, y al alzar la vista, Zuzi se encontró con los ojos marrones más afables que había visto en su vida.

—Doctor… ¿ Ł ukasz?

Él sonrió con dulzura.

—Creo que ya no hace falta usar nombres en clave, ¿no te parece? Llámame Bron.

—¿Bron? Está bien. Sí, eso haré. Yo me llamo Zuzi.

—Un nombre precioso.

—Gracias. —No se le ocurría nada más que decir, lo cual no era propio de ella y, a decir verdad, resultaba patético, pero el caso era que aquel joven hacía que le ardieran las entrañas como si alguien hubiera arrojado una filipinka en ellas, y se le hacía muy difícil concentrarse cuando estaba en su presencia.

Se dijo con acritud que era un hombre como cualquier otro, de no ser por aquellos ojos marrones y aquella hermosa sonrisa y el hecho de que fuera médico, con el poder de salvar vidas y…

Zuzi apartó esos pensamientos de su mente—.

¿Cómo va todo? Quiero decir… —Echó un vistazo a la abarrotada sala y se sintió aún más estúpida—.

Salta a la vista que la situación es complicada, pero me refería a ti. ¿Cómo lo llevas?

Nada de lo que decía sonaba como ella pretendía, pero entonces él sonrió de nuevo.

—Ahora que te he visto, mejor —dijo, y borró de un plumazo todas las preocupaciones de Zuzi.

—Solo estoy ayudando a facilitaros el paso —dijo ella, y señaló con la mano el agujero que quedaba a su espalda.

Sus ayudantes, el padre y la hija, le devolvieron el saludo con gesto atento y Zuzi se preguntó qué pensaría Bron de la escena, pero él no pareció darle importancia.

—Será de gran ayuda —dijo con seriedad—. Ahora que los nazis nos están bombardeando, es difícil meter a la gente en el hospital subterráneo.

—No creo que esto lo vaya a facilitar mucho —dijo Zuzi, mirando con una mueca su agujero irregular.

Él dejó escapar una risa burlona.

—Tal vez no, pero podría reducir la posibilidad de que un soldado reciba una segunda herida antes de que podamos tratarle la primera. Eso es un triunfo, ¿no?

—No sé yo si un triunfo…

—No. —Bron ladeó la cabeza de una manera que despertó mariposas en el estómago de Zuzi y, si era sincera, también más abajo—. Tienes razón, Zuzi. Pero tal vez sí mitigue la derrota.

—Ajá —contestó ella, pensando que quizá podía quedarse allí con él, debatiendo sobre pedantes matices lingüísticos.

—¿Dónde está Orla? —preguntó él, disipando esa posibilidad.

De inmediato, Zuzi deseó estar en cualquier otra parte.

—Ha desaparecido —confesó, aunque pronunciar esas palabras le costó tanto como si hubiera tenido que dar tres martillazos.

—¿Desaparecido? ¡Oh, no! ¿Tú estás bien?

Su amabilidad era agradable, o al menos eso suponía Zuzi, pero también una terrible equivocación: era ella la que había dejado que su hermana se perdiera, y no merecía compasión alguna.

—Claro que no —soltó—, pero seguramente estoy mejor que ella.

Él no reaccionó como ella esperaba, sino que asintió sin inmutarse.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, y Zuzi sintió que se ahogaba y tuvo que apoyarse en la cama más cercana para conservar el equilibrio—. ¿Zuzi? Ven, por favor; siéntate aquí.

Bron sacó una silla de quién sabe dónde y, después de que ella se sentara, agradecida, se agachó y le cogió las manos en un ademán inconsciente.

—Puedes hablar conmigo —le dijo, y añadió con una media sonrisa—: Soy médico.

Zuzi trató de devolverle la sonrisa, pero no pudo. Lo que en realidad deseaba era que él hablara con ella porque le apetecía, no porque lo hiciera con todo el mundo. Se maldijo por dentro, enfadada; aquel no era el momento de ponerse blanda.

—Hemos tenido que escapar de casa —se limitó a decir.

Él le dio un apretón en las manos.

—¿Vivís en Wola?

—Vivíamos —respondió ella con amargura—.

Ahora estamos con mi Babcia, Kamilla, en Stare Miasto.

Al menos mi madre, Hana y Jacob están allí.

Orla… —Su voz se ahogó de nuevo, pero él no le había soltado las manos y, aunque no dijo nada, su afable presencia bastó para calmarla—.

Nos cogimos de la mano para no separarnos, pero había tanta gente que cundió el pánico.

Claro que no es de extrañar, porque los nazis estaban descontrolados, disparando a todo el mundo y llevándose a las chicas para… para…

—Violarlas —dijo él.

Era un hombre muy directo, algo que a Zuzi le gustaba.

—Fue espantoso. Intentábamos salir de Wola.

—Normal.

—Pero entonces hubo un aluvión de gente que venía desde otra dirección y se llevó a Orla.

Jacob le soltó la mano. No, no la soltó.

Quiero decir que no fue culpa suya. Tiene solo trece años y seguramente sus manos todavía no son muy grandes.

Tendría que haber sido yo la que cogiera a Orla de la mano. Es mi hermana pequeña; tiene…