Dieciséis #3
Reconoció la voz de Eduard mientras sus brazos la ceñían con fuerza, no como un captor sino como un protector.
Mientras el cuerpo empezaba a temblarle, se pegó a la madera áspera de la puerta y dejó que él la protegiera con su cuerpo grande y cálido, mientras los disparos silbaban sin descanso a su alrededor.
El tanque pasó por delante de su escondite, pero la batalla seguía en su apogeo y Orla estaba convencida de que, en cualquier momento, aquella bestia metálica arrasaría la barricada y la haría desaparecer.
Desesperada, se preguntó si su familia estaría a salvo al otro lado.
¿Habrían llegado a casa de Babcia? No le cabía duda de que estarían buscándola como locos y se sintió fatal por causarles semejante sufrimiento.
Aunque tenía calor y el cuerpo dolorido, siguió tomando aire convencida de que cada vez que lo hacía sería la última, hasta que de pronto, con un estallido espantoso, el oxígeno fue aspirado de la calle y sustituido por el ardor del fuego.
El cuerpo de Eduard se sacudió pegado al de Orla, que escuchó insultos en alemán en medio del aire abrasador y el sonido de botas militares sobre el suelo.
Se escurrió de debajo del alemán exangüe y vio las llamas que salían por un lado del tanque y lamían la escalera con violencia, prendiendo de fuego las formas inertes de las mujeres muertas que seguían atadas a ella.
Orla había escapado por muy poco a ese mismo destino.
—¿Eduard? —El joven tenía un feo pedazo de metralla en el hombro y, mientras lo miraba, Orla supo que, de no ser por él, estaría incrustado en su propio cuerpo. El joven había muerto para protegerla—. Gracias, Eduard —dijo, agachándose para extraérselo.
No quería que lo enterraran para su reposo eterno, si es que podía encontrarse reposo en la devastada ciudad de Varsovia, con un trozo de tanque clavado en la piel.
—¡Auuuu! —El aullido de dolor del chico la hizo retroceder tambaleándose, mientras él alargaba la mano y tiraba de ella—. Cuidado; el peligro aún no ha pasado.
—Estás vivo.
—Ahí, ahí. ¿Y tú?
Él le tocó la mejilla en lo que parecía un gesto muy íntimo, pero, al retirarla, su dedo estaba cubierto de sangre. Orla se llevó la roano a la cara y encontró un largo corte en un lado, y, aunque en ese momento se dio cuenta de que le dolía, no parecía una herida mortal.
—Vamos —dijo Eduard—, tenemos que sacarte de aquí.
Los alemanes habían abandonado el tanque y los miembros del AK se acercaban a él emocionados y en manada, pero todavía había francotiradores en lo alto y un joven salió disparado hacia atrás gritando de dolor.
—Agáchate —la instó Eduard, llevándola por delante del tanque hacia la barricada.
Unas manos sorprendidas se alargaron para ayudarla a pasar por el estrecho hueco que había en un costado y, aunque ella trató de trepar, tenía las piernas como flanes y Eduard tuvo que cogerla en brazos para entregársela al miembro del AK y dejarla a salvo en el otro lado.
—Gracias —dijo Orla, y él le dedicó una sonrisa tímida antes de dar media vuelta—. ¡No te vayas! —exclamó ella.
Los soldados la miraron como si se hubiera vuelto loca, pero Orla, que ya se sentía más fuerte, alargó la mano y tiró de él, que levantó los brazos con mirada asustada.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó uno de los hombres del AK con el arma en posición.
—Me ha salvado —explicó ella—. Me ha prometido que me liberaría y lo ha hecho. No es uno de ellos; es objetor de conciencia.
—A mí no me lo parece.
El líder del AK clavó su pistola en el pecho de Eduard.
—Es verdad —declaró Eduard en su polaco perfecto—. Mi madre es polaca y mi padre, alemán. Cuando los nazis ocuparon la zona en la que vivimos, me obligaron a unirme a la Wehrmacht y luego me encarcelaron por negarme a luchar.
—No necesitamos cobardes —dijo el soldado con desdén.
—Me negué a luchar por Hitler —repuso Eduard—, pero lucharé por vosotros. Lucharé por Polonia y me enfrentaré a los animales que están haciendo esto a nuestro pueblo.
Los hombres del AK se revolvieron inquietos y Orla los miró, mareada. Al otro lado de la barricada, el tanque se consumía por el fuego y los cuerpos de las mujeres que no habían tenido tanta suerte como ella se calcinaban con él, y Orla tuvo que apoyarse en los sacos de arena para no desplomarse.
—Lo que dice tiene su lógica —comentó un hombre.
—Ajá.
—Mira. —Eduard se sacó la pistola y los hombres del AK amartillaron sus armas—. Os la doy; para vuestra lucha.
La cogió por la culata y la arrojó a los pies del líder, que la recogió y miró a su pelotón.
—Yo diría que es sincero, señor.
—Podría ser una trampa; estos cabrones son muy ladinos. Lleváoslo para interrogarlo.
Hizo una seña con la mano y dos hombres se adelantaron, agarraron a Eduard, que no opuso resistencia, y lo llevaron a empujones a un edificio cercano.
Orla los vio alejarse y experimentó una extraña sensación de pérdida, sin entender muy bien por qué.
La mejilla le dolía y la escocía, y la cabeza le daba vueltas, así que lo más probable era que tuviera las facultades mentales mermadas.
Aquel hombre llevaba la repugnante águila nazi en el pecho; era un enemigo y, sin embargo, la había salvado.
—Gracias —gritó.
Eduard volvió la cabeza y le dedicó una sonrisa cohibida.
—Ha sido un placer —gritó a su vez—. Que Dios te bendiga.
Y sin más, desapareció, y el AK regresó a su barricada mientras la espantosa batalla proseguía al otro lado. A Orla empezaron a temblarle las piernas de nuevo y se sintió aliviada cuando una oficial de enlace se acercó corriendo y le ofreció su brazo.
—Te voy a llevar al hospital —la oyó decir Orla.
—Hospital —afirmó ella con la mente nublada—. Sí. Soy enfermera; tengo que ir a cuidar a los pacientes.
La chica dijo algo así como que, por una vez, era ella la que debía dejarse cuidar y, aunque Orla trató de protestar, se sentía tan débil que fue incapaz. Pensó en su familia y se esforzó por respirar, sin acabar de creerse que aún pudiera hacerlo.
Y entonces las piernas le fallaron y no pudo pensar en nada más.