La mensajera Dieciséis #2
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Dieciséis #2

Se obligó a mirar los cuerpos que alfombraban la zona, pero no reconoció a nadie, lo cual no atenuaba la tragedia, aunque hacía que fuera un poco más llevadera.

Se abrió camino pensando que tenía que llegar a Stare Miasto.

Los salvajes agentes de la SS habían abierto una brecha en Wola y la única manera de permanecer a salvo era llegar al otro lado de la siguiente barricada.

Vio una un poco más arriba, guarnecida por jóvenes del AK que asomaban la cabeza por encima con mirada aterrorizada, pero que, al menos, cubrían con sus escopetas a la gente que intentaba atravesarla.

—Solo unos pasos más —se dijo Orla a sí misma.

Sin embargo, el hueco abierto en la barricada solo permitía pasar a una persona a la vez, y la multitud se arremolinaba ante él.

Orla se dijo que debía ser paciente, pero en ese momento se escucharon más disparos, en esta ocasión desde arriba, y Orla se dio cuenta de que el enemigo se había infiltrado en las casas abandonadas por la gente que huía y las estaba usando como puestos de ataque.

Más adelante le pareció distinguir un atisbo de pelo moreno mientras una joven saltaba sobre la barricada y rezó para que fuera Zuzi acompañada de los demás, pero estaba demasiado rezagada y todo el mundo empujaba en todas direcciones.

Con los dientes apretados y los codos abiertos, se abrió paso hacia delante, pero, justo cuando estaba a punto de alcanzar la barricada, otro grupo de hombres irrumpió desde una calle lateral.

Orla notó un brazo que le rodeaba con fuerza la cintura y un aliento cálido en la nuca, mientras alguien la levantaba del suelo y la arrastraba hacia un lado.

—¡Suéltame! —chilló, mientras pataleaba en un intento desesperado de golpear las espinillas de su captor, pero él se rio.

—Ni hablar, cariño. Ahora eres mía.

A Orla se le desbocó el corazón por el miedo, mientras recordaba las palabras sombrías que había pronunciado el cliente de la panadería: «Lo que les están haciendo a las mujeres no tiene nombre. Es espantoso».

Pataleó con más fuerza mientras el hombre la llevaba a rastras por una calle lateral hasta una placita.

Trató de dársela vuelta para mirarlo, pero él le cubrió los ojos con la mano mientras se pegaba a su espalda con una erección.

Las lágrimas de Orla se filtraron entres los dedos del hombre, que trató de levantarle el borde del vestido con la otra mano y, con las prisas, acabó rompiéndolo.

Orla intentó rezar, pero estaba demasiado asustada para respirar y mucho más para hablar con Dios, hasta que de pronto, no lejos de ella, una voz espetó algo en un alemán brusco y su captor la soltó con una maldición.

Orla se frotó los ojos intentando enfocar la vista, pero entonces otro hombre la cogió por los brazos y la hizo avanzar a empujones.

Aparcado en un lado de la plaza había un tanque, un enorme y robusto panzer alemán con soldados armados con metralletas y montados a horcajadas sobre él.

Aturdida, Orla vio que delante del vehículo había una escalera de mano, colocada en horizontal y apoyada sobre varias sillas, hacia la que empujaban a la gente, en su mayor parte muchachas jóvenes como ella, y temió haberse librado de un horror para caer en otro peor. ¿Qué estaban haciendo los nazis?

No tuvo mucho tiempo para responderse porque enseguida la empujaron hacia el extremo más alejado de la escalera, mientras alguien daba una orden en alemán.

Orla notó que le cogían las muñecas desde atrás, esta vez con mucha menos fuerza, aunque sí la suficiente como para que no pudiera escapar, y luego le ataba una especie de cuerda en la izquierda.

—¿Qué haces? —preguntó, furiosa.

Si tenía que morir, lo haría luchando.

—No te muevas —fue la respuesta, para su sorpresa en un polaco fluido.

Se retorció para tratar de ver al hombre que la estaba atando a la escalera, pero él le giró la cabeza.

—¿Por qué haces esto? —preguntó Orla—. ¿Qué te he hecho yo?

El hombre dejó escapar un sonido ahogado.

—Me tuerzan a hacerlo.

—Y tú me fuerzas a mí.

—Lo siento.

—¿Que lo sientes?

Se volvió con más ímpetu y en esta ocasión vio los ojos del hombre, que hizo una mueca.

—No te muevas, por favor.

—¿Por qué tendría que hacerte caso?

—Porque, si no lo haces —siseó él—, te pegarán un tiro.

—Vale. Y si me resisto, ¿qué? ¿Me violarán en grupo?

Él tomó aire y negó con la cabeza.

—No, eso no.

—¿Qué me harán, entonces?

Pero en ese momento, los soldados empezaron a derribar las sillas y dieron un tirón a la escalera, llevándose consigo a todas las personas atadas a ella.

Orla se esforzó por ver algo y descubrió, con un horror renovado, que estaban uniendo el centro de la escalera a la parte delantera del tanque.

Las habían convertido en un escudo humano.

La habían convertido a ella, Orla D ą browska, en un escudo humano.

—¿Quién eres? —le preguntó a su captor.

Los hombres que estaban atando la escalera no eran muy hábiles con sus manos, lo cual les dio un poco de tiempo.

—Me llamo Eduard —dijo él—. Eduard Mattner. No soy como ellos, de verdad.

—Pues desde mi punto de vista, lo parece.

—Lo digo en serio. Yo no pedí unirme. Me sacaron hace dos semanas.

—¿De dónde?

—De la cárcel. —Orla dio un tirón, pero él le sujetaba con fuerza las muñecas atadas—. No te muevas —siseó—. Es tu mejor opción para sobrevivir.

—¡Qué suerte la mía! Mi salvador es un preso.

—No es lo que parece —susurró de nuevo el soldado, Eduard—. Me encarcelaron por ser objetor de conciencia. Odio la Wehrmacht, odio la guerra, ¡odio a Hitler!

Hablaba en voz baja y teñida por el miedo, y al notar que se volvía a un lado y otro para asegurarse de que sus comandantes no lo oían. Orla estuvo a punto de creerle. Aunque tampoco servía de nada.

—Muy bien, Eduard, pero tus objeciones no me parecen muy de conciencia.

—No. —Él le soltó las muñecas—. Lo siento. Te ayudaré, te lo prometo. Te liberaré.

El joven volvió a mirar a su alrededor, pero estaba tan atrapado en la placita como ella.

Orla todavía oía los gritos de los asesinatos en masa en las calles cercanas y, ahora que la escalera ya estaba asegurada, el motor del tanque se encendió con un rugido que reverberó por la plaza cerrada como el de una bestia medieval.

—¡Andando! —ordenó una voz, primero en alemán y luego en polaco—. ¡Andando, zorras! Vamos a comprobar cuánto valoran a sus mujeres vuestros novios rebeldes.

El tanque se puso en marcha y a Orla no le quedó más remedio que avanzar a trompicones.

Oyó a Eduard exclamar algo, pero su voz quedó ahogada por las órdenes que daban los comandantes a gritos y, mientras Orla tiraba frenéticamente de las cuerdas de sus muñecas, descubrió que el joven las había dejado lo bastante sueltas como para que pudiera liberarse con facilidad.

Eso hizo, pero al buscar una vía de escape se dio cuenta de que, si se arrojaba hacia un lado, uno de los hombres que había en lo alto del tanque se limitaría a abatirla con su arma.

Así pues, avanzó con sus petrificadas compañeras mientras escrutaba los edificios en busca de un sitio donde ocultarse, pero no había ninguno.

El tanque giró por la calle mayor. La ruta estaba despejada casi por completo gracias a los francotiradores, que con sus tiros empujaban a la gente hacia las calles laterales en busca de caminos más seguros para llegar a Stare Miasto.

Cuando el tanque giró hacia la derecha, Orla, que se hallaba en el extremo más alejado de la escalera, se vio obligada a correr para no caer.

La mujer que tenía al lado tropezó y acabó arrastrada mientras el áspero asfalto le arañaba las piernas, hasta que el tanque se paró para colocarse delante de la barricada y pudo ponerse en pie de nuevo, entre audibles sollozos y pidiendo clemencia a gritos, aunque Orla temía que no llegara pronto.

Los miembros del AK que defendían la barricada se enfrentaban a un dilema macabro: salvar a las quince mujeres que precedían al tanque o salvar sus propias vidas y las de todos los que se refugiaban tras su barricada.

Era una decisión importante, pero, al fin y al cabo, no tan difícil. Orla iba a morir.

El tanque empezó a avanzar con firmeza hacia la barricada y los soldados del AK levantaron sus armas.

Orla miró de nuevo frenéticamente a su alrededor y divisó un portal a su izquierda.

Si lograba meterse ahí, tal vez esquivara los tiros.

No quería pensar en lo que pasaría después: cada cosa a su tiempo.

Frente a ellas, los miembros del AK balbucearon una mezcla confusa de disculpas que tal vez reconfortaran a sus propias almas, pero que de nada iban a servir para las que estaban a punto de desprenderse de los cuerpos de las mujeres.

A medida que se acercaban al minúsculo hueco de la pared, Orla se agarró a la escalera a modo de irónico apoyo y, cuando oyó el sonido de las armas al amartillarse por encima de los gritos que llegaban desde su espalda, se soltó.

Un único disparo rebotó en el metal del tanque, seguido por una salva que derribó a las mujeres y arrastró sus cuerpos atados a la escalera mientras los soldados devolvían los tiros con el cañón de la torreta.

Orla se arrojó hacia un lado y buscó el portal mientras el tanque pasaba junto a ella y, cuando creía que lo había logrado, alguien cayó sobre ella y le vació los pulmones de aire. Esperó a notar el cañón de la pistola en su nuca, pero no ocurrió.

—No te levantes.