Dieciséis
DIECISÉIS
ORLA
Acurrucada en la cama, Orla se pegó a Hana mientras aguzaba el oído para escuchar los ruidos del exterior. Zuzi tenía razón: las armas de los rusos va no resonaban sobre el Vístula, aunque había otra cosa, un sonido casi escalofriante que no encajaba en la soleada mañana.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Jacob se puso en pie de un salto y se dirigió a la ventana.
—Parecen… gritos —observó.
Orla tragó saliva. Eso era exactamente lo que parecían, y no sonaban muy lejos.
De improviso, el aire se llenó con el rugido de un motor y un chillido desgarrador, justo antes de que, en alguna parte a apenas tres o cuatro calles de allí, una explosión sacudiera el suelo.
La sombra oscura de un avión de delgado fuselaje se proyectó sobre Jacob, que se apartó, pero el aparato remontó el vuelo y volvió a sobrevolar los tejados con otro rugido altanero.
—¡La Luftwaffe! —exclamó Jacob—. ¡Que me aspen si eso no era un Stuka, un bombardero en picado!
—Parecía casi emocionado, hasta que otro avión pasó volando y otra explosión estremeció el suelo, esta vez más cerca de su panadería—.
Nos van a matar —susurró, al tomar conciencia de la letalidad de la potencia de fuego del estilizado bombardero.
Hana y Zuzi también habían salido de la cama y se estaban poniendo a toda prisa la falda y la camisa sobre la ropa interior.
—Será mejor que bajemos al sótano —dijo Hana—. Vístete, Orla.
Orla cogió del armario el vestido que le quedaba más cerca, una pieza bonita con un estampado de ramitas en flor, demasiado delicado para la sangre del hospital, aunque tal vez sirviera para animar a algún pobre paciente.
Agarró también sus zapatos mientras Hana les metía prisa para bajar la escalera, pero a la mitad se encontraron a Magda, que corría hacia arriba con los ojos desorbitados por el miedo.
—Tenemos que irnos, chicas.
—¿Adónde? —preguntó Zuzi—. ¿Adónde vamos?
—A cualquier parte, lejos de aquí. Los alemanes están atacando.
—Hemos visto un avión —la informó Jacob—. Volaba tan bajo que he pensado que se iba a estrellar contra…
—El problema no son los aviones.
Su madre, por lo general tan sonriente, estaba agarrotada por el miedo, y Orla la cogió por los hombros.
—¿Entonces, cuál es problema, Mama? ¿Qué pasa?
—Las calles —contestó ella con la voz entrecortada—. Están en las calles de Wola, atacando por el oeste. La señora Gorka ha venido corriendo a contármelo. Dice que es una especie de banda de salvajes con armas enormes. Están sacando a la gente de sus casas y abatiéndola a tiros.
Orla se la quedó mirando.
—¿Están matando a los miembros del AK?
Magda negó frenéticamente con la cabeza.
—No solo a los miembros del AK, Orla: a todo el mundo. Mujeres, niños, ancianos. A todo el mundo. ¡Escuchad!
Corrió a su dormitorio y abrió la ventana.
Orla oyó con más nitidez los gritos, que aunque todavía no sonaban en su calle, estaban más cerca que antes, y se le heló la sangre en las venas.
Los alemanes debían de haber atravesado las barricadas que habían levantado en los límites de su barrio y, a todas luces, los amenazantes aviones servían de apoyo a una colosal ofensiva terrestre que se dirigía directamente hacia su casa.
—¡Tenemos que irnos! —exclamó con voz ahogada.
Hasta aquel momento, y a pesar de las indescriptibles heridas que había visto en el hospital, había tenido la sensación de que el levantamiento tenía lugar en los lindes de la ciudad, pero ahora que de pronto se acercaba a su familia con un estruendo atronador, la invadió el terror.
Abrió el camino hacia la panadería, desde cuyo gran escaparate se veía a la gente que huía hacia el este, a Stare Miasto, con el horror pintado en el rostro.
Una mujer miró hacia el interior del local y vio a Orla.
—¡Corred! —gritó—. Tenéis que escapar. Son monstruos.
A Orla no le hizo falta que le repitieran la súplica.
—Vamos —dijo, a la vez que cogía a Jacob de la mano—. Podemos ir a casa de Babcia; allí estaremos seguros.
La casa de Babcia Kamilla se hallaba en una de las bonitas calles adoquinadas que salían de la plaza del mercado, en el corazón de Stare Miasto, tan angosta y bordeada por fachadas tan altas que a las tropas alemanas sin duda les costaría más avanzar por ella.
Corrieron todos hacia la puerta, pero, en el último momento, Magda se paró.
—El equipo de panadería de Kaczper —se lamentó, mientras miraba la acogedora tienda, con su precioso mostrador de madera tallada y los relucientes estantes llenos de panes y tartas.
—Volveremos a buscarlo —le aseguró Zuzi—. Pero ahora tenemos que escapar.
Las calles se estaban llenando de cientos de personas que huían en desbandada de quién sabía qué horrores. Orla vio a uno de sus clientes habituales, un anciano muy amable que avanzaba cojeando apoyado en su bastón, y corrió a ayudarlo, pero él la apartó de un empujón.
—No te preocupes por mí, chiquilla, y vete. Lo que les están haciendo a las mujeres no tiene nombre. Es espantoso.
Orla miró a sus hermanas y vio su propio miedo reflejado en sus ojos.
¿A qué se refería? Por supuesto que los soldados tomaban prisioneros, pero no…
Se oyeron chillidos más altos y, al mirar a través de la multitud que escapaba, distinguió a varios soldados andrajosos y enloquecidos que accedían a su calle disparando a diestro y siniestro.
Los gritos de dolor se mezclaron, de una manera escalofriante, con las risas demenciales con la que respondían esos hombres.
—Vamos.
Jacob seguía cogido de su mano y Orla se alegró al ver que echaba la otra hacia atrás para agarrar a Magda, mientras esta hacía lo mismo con Zuzi, y Zuzi con Hana.
Aunque eso los convertía en una oruga difícil de manejar, les permitía mantenerse unidos, y Orla miró hacia delante mientras trataba de decidir por dónde avanzar en medio de toda aquella gente frenética que salía apresuradamente de sus casas al escuchar la cacofonía de terror.
Cada vez había más personas, lo cual obstruía el paso de una manera peligrosa, y, aunque Orla echó un vistazo a varias calles laterales, no sabía qué podían encontrarse al final y era más seguro permanecer en la ruta de huida principal.
Al menos así, pensó con pesimismo, los atacantes tendrían que matar a montones de personas antes de alcanzarlas.
Mientras se abrían camino hacia el oeste, escuchó fragmentos de información.
—Se dirigen hacia el río para dividir en dos las zonas en control del AK .
—Están intentando reunirse con Stahel en el palacio Brühl.
—Son perros de presa de la SS . Hitler ha puesto a Himmler al mando y este ha mandado a sus tropas más despiadadas.
Orla no tenía ni idea de si había algo de verdad en todo ello, pero tenía su lógica, por espantosa que fuera.
Los rusos habían dejado de atacar y los nazis habían empezado a hacerlo, y su familia había quedado atrapada en la línea de fuego.
Al llegar al cruce con la calle Zelazna, cientos de personas se unieron a la multitud, que cada vez era mayor.
La presión circundante amenazó con separar a Jacob de la mano cada vez más sudada de Orla, que se volvió a buscarlo con la mirada, aterrada.
—Estoy aquí, Orla —jadeó él, con el ceño fruncido en un intento de transmitir valentía—. Sigue adelante.
Ella asintió y se dio la vuelta, pero en ese momento un aluvión de gente la empujó desde la derecha y la mano de su hermano se desprendió de la suya.
Le pareció que alguien la llamaba a gritos, pero tuvo que evitar caerse y recuperar el equilibro antes de poder mirar y, para entonces, su familia había desaparecido de su vista.
A su lado, una niña había caído al suelo y gimoteaba que quería a su madre, y Orla se agachó a recogerla antes de que la pisotearan.
—No te preocupes, tesoro —le dijo—. Encontraremos a tu Mama. Vamos a…
—Gracias —dijo alguien que le arrancó a la niña de los brazos, y Orla supuso que era uno de sus padres.
La presión de la gente era peor que la de un tranvía en hora punta y eso, sumado al sol que caía a plomo, hizo que Orla se marease.
Se obligó a seguir adelante deslizándose hacia la acera en sombra de la calle Chłodna y, cuando la alcanzó, se paró un momento y se pegó a los ladrillos frescos para recuperar el aliento mientras escrutaba la multitud.
No divisó a nadie de su familia, pero no importaba: sabía adonde se dirigían todos, así que solo debía mantener la calma y llegar a casa de Babcia lo antes posible.
Empezó a avanzar lentamente, arrimada a las casas, pero no había llegado muy lejos cuando, delante de ella, cinco hombres vestidos con algo que recordaba a un uniforme aparecieron desde una calle lateral y descargaron una salva de disparos sobre la muchedumbre indefensa.
Orla se pegó a un portal, con lágrimas en los ojos.
Sobre los ladrillos había un enorme símbolo negro de la PW que le manchó el vestido y, por mucho que intentara limpiárselo, lo único que consiguió fue que las manos le quedaran cubiertas de pintura negra, en una burla de la breve dicha del levantamiento inicial.
Los nazis se abrían paso entre el gentío, disparando a bocajarro, y, mientras que unas personas caían muertas de inmediato, otras se quedaban tumbadas entre gritos de dolor que parecían divertir a sus torturadores.
—Dios, mío, por favor —rezó Orla—, que sea un disparo limpio.
Pero, afortunadamente, los cinco atacantes pasaron de largo en la dirección de la que ella venía, tal vez con la intención de hacer una pinza entre los habitantes de Wola y los que venían en sentido opuesto, o tal vez llevados únicamente por el desenfreno, pues no parecía que los despiadados asesinatos tuvieran orden ni concierto.
Orla dejó escapar jadeos cortos e intensos mientras rezaba para que el resto de su familia hubiera rebasado el cruce antes de que aparecieran los asesinos.