Quince
QUINCE
HANA
—Y entonces Babcia lanzó una granada directa a la torre de vigilancia y, al estallar, ¡bum!, hizo papilla al guardia. ¡Fue mejor que lo de la paloma!
Jacob se rio con una alegría escabrosa y Hana lo miró, preocupada.
Acurrucada en la cama con Zuzi y Orla, y su hermano pequeño sentado a sus pies, había disfrutado de aquel momento de unión familiar después de cuatro duros días de insurgencia, pero la alegría con la que su hermano relataba por enésima vez la toma de G ę siówka la inquietaba.
—Sabes que hacer papilla a la gente no está bien, ¿verdad, Jacob?
—Claro —se apresuró a contestar él—. A la gente normal y agradable, no, pero los nazis… son otra cosa.
Hana suspiró. Tenía su parte de razón, suponía, pero su regocijo seguía resultando perturbador. Cuanto antes llegaran los rusos y tomaran la ciudad, mejor; así los chicos como Jacob podrían abandonar la clandestinidad y regresar a la escuela. Su hermano trepó a la cama y se acurrucó con ellas.
—Solo quiero protegernos, Han-Han —dijo—, como habría hecho Tata si estuviera aquí.
A Hana se le derritió el corazón.
—Lo sé, Jacob —contestó—, y es muy loable, pero esa no es tu función. Todos tenemos que cuidar unos de otros.
—Así es —dijo Zuzi, y Orla estuvo de acuerdo.
Jacob las miró alternativamente con el ceño fruncido.
—Pero ahora el hombre soy yo, ¿no?
Hana chasqueó la lengua.
—Y nosotras somos las mujeres; las mujeres también podemos protegernos.
—Cierto —convino él—. Prefiero a Babcia antes que a la mitad de los chicos; y a Zuzi también. Tendríais que haberla visto volar esa pared, ¡y la cara que pusieron los alemanes cuando nos vieron entrar por el agujero con el tanque!
Volvió a dejarse llevar por su entusiasmo, pero Zuzi parecía tan orgullosa que Hana no quiso interrumpirlo.
El asalto a G ę siówka había sido un éxito rotundo: tras volar los muros, habían hecho prisioneros a los guardias alemanes mientras los prisioneros judíos bailaban de alegría al darse cuenta de que la incursión no les traía la muerte, sino la libertad.
—Tendríais que haberlos visto —decía Zuzi—. Todos lloraban, nos abrazaban y nos daban las gracias sin parar. Nunca he visto a Babcia tan incómoda, pero hasta ella tuvo la compasión de sonreír y darles palmaditas en la espalda.
—Disfrutó más cuando un grupo formó una fila, saludó a Szymon y le dijo que era «el batallón ZOB , listo para la acción, señor» —intervino Jacob.
—Es verdad —confirmó Zuzi—. La abuela les devolvió el saludo como si llevara toda la vida haciéndolo. —Intercambiaron una sonrisa—. Aunque luego dijo que no le vendría mal «un descansito», y apuesto a que ha estado durmiendo desde entonces.
—Espero que se despierte a tiempo para celebrar la liberación —dijo Orla, y todos levantaron sus tazas de té en un brindis silencioso por el anhelado momento.
Sin duda, los rusos debían de estar a punto de llegar.
Habían corrido rumores acerca de la resistencia de los alemanes en la otra orilla del Vístula, pero eso había quedado atrás y las fuerzas aliadas tenían que cruzar el río, y deprisa.
El año anterior, los varsovianos habían contemplado con horror los brutales métodos que usaban los nazis para exterminar a los valientes judíos que trataban de resistirse al vaciamiento del gueto, y por eso sabían muy bien qué destino le esperaba a su propia rebelión si no recibían ayuda externa.
Hana se había pasado los último cuatro días llevando mensajes de la central del AK a todos los centros de enlace y comandantes a los que podían llegar.
Los hombres del barrio meridional de Ż oliborz habían asegurado su zona, pero, como los alemanes habían conservado el control de la estación de tren de Gdansk y de la enorme ciudadela de piedra que la separaba de Stare Miasto, estaban aislados del resto.
Había otras unidades atrapadas en zonas dominadas por los alemanes, o luchando por defender edificios aislados, de modo que mantener a todo el mundo comunicado no era tarea fácil.
Varias unidades tenían radios, pero las bombas destruían más cada día, y, como además no tenían forma de asegurar las transmisiones, era más seguro comunicar a mano los planes operativos.
Junto con el trabajo de los enlaces, los Scouts habían organizado un espléndido sistema postal que familias, amigos y enamorados usaban para enviarse cartas a diario, pero era un método que también conllevaba un gran riesgo.
El día anterior, Agaton, el exprofesor de Hana, había estado en el cuartel general con un viejo mapa del alcantarillado de Varsovia y había sugerido que trazaran una ruta bajo tierra.
Parecía una opción prometedora, pero un ingeniero de saneamiento había explicado que las alcantarillas, aunque eran sólidas y extensas, estaban peligrosamente llenas.
Por lo visto, el nivel se reduciría ahora que los nazis habían cortado el suministro de agua a la ciudad, pero seguía siendo muy peligroso para cualquiera que intentara desplazarse por ellas y todos esperaban que no hiciera falta.
Mientras tanto, Hana y las demás chicas que hacían de enlace tenían que abrirse camino, con la cabeza baja y agarrando con firmeza las cuentas de sus rosarios con los dedos sudados, por detrás de las barricadas o a través de las zonas liberadas que había tras ellas.
El día anterior, Hana había cruzado la hermosa plaza del mercado sin esconderse, con los mensajes guardados en su mochila, donde todos podían verlos, y se había sentido liberada.
Se había parado en el centro y había girado sobre sus talones poco a poco mientras contemplaba las casas del siglo XVIII que la rodeaban.
Sí, eran bonitas, pero enrevesadas y poco prácticas.
Había llegado el momento de construir la nueva autovía de Agaton y forjar un estilo de vida moderno para los polacos.
La muerte sin sentido de Marek le había dejado huella, y, mientras se preguntaba qué había hecho la Gestapo con el insignificante fajo de mapas por el que lo habían matado, había oído de improviso una ráfaga de fuego en alguna parte no muy lejana y había corrido a resguardarse.
Nunca se sabía cuándo podía aparecer un francotirador nazi, ahora que ambos bandos luchaban de incógnito.
El Jardín Sajón, entre Ś ródmie ś cie y Stare Miasto, era la zona en disputa más peliaguda.
El AK controlaba la mayor parte del parque, pero en el centro se alzaba el palacio Brühl, donde el teniente general Stahel se escondía con una guardia reducida, y la Wehrmacht atacaba con ahínco para intentar liberarlo del asedio.
Tenían numerosos francotiradores y varios lanzacohetes estacionados en la zona de la inexpugnable ciudadela, y era extremadamente difícil sortearlos.
El día anterior, Hana había tenido que meterse en un arbusto para escapar de una ráfaga de balas y avanzar arrastrándose sobre el estómago por la parte de atrás de una fuente, antes de reunir el valor suficiente para echar a correr hacia la siguiente barricada.
Le parecía que había pasado una eternidad desde los días en que se escondía entre armarios, pero estaba agotada y atesoraba este descanso en casa.
Paseó la mirada por la habitación que había compartido con Zuzi y Orla durante toda su infancia, ubicada bajo los alerones, en el piso superior de su casa, sobre la panadería.
Su madre (y su padre, en la época feliz en la que aún estaba con ellos) dormía abajo, con Jacob a sus pies en una cama nido, y al lado había una acogedora salita.
La cocina estaba en la planta baja, detrás de la panadería, y en ella hacía siempre tanto calor y olía tan bien, que era donde la familia pasaba la mayor parte del tiempo, aunque a Hana le encantaba el rincón de las chicas.
Tenía dos ventanas abuhardilladas por las que entraba el sol, por un lado al salir y por el otro al ponerse.
De tener dinero, a Hana le habría encantado instalar una de esas «claraboyas» modernas que Agaton había enseñado a sus alumnos.
Hasta hacía poco, solo se instalaban ventanas en el techo de iglesias o palacios —como la famosa hilera del de Versalles—, pero algunos arquitectos querían incorporarlas en las casas normales.
Agaton les había hablado de un hombre danés llamado Rasmussen que intentaba perfeccionar un diseño asequible al que denominaba VELUX , para capturar la combinación ideal de ventilación y luz que, según él, transformaría las anodinas buhardillas en espacios modernos y habitables.
Hana estaba totalmente de acuerdo con él y se moría de ganas de intentarlo, pero antes tenían que ganar una guerra.
—¿Van a venir los aviones, Hana? —preguntó Jacob, devolviéndola a la dolorosa realidad.
—¿Cómo lo va a saber ella? —le espetó Zuzi, a la vez que Orla le pasaba un afectuoso brazo sobre los hombros.
Hana se dejó abrazar. Por lo general, ella era la protectora de la familia, pero, en lo tocante a Emil, eran sus hermanas pequeñas las que la protegían, sabedoras del dolor que le ocasionaba su ausencia.
Por una vez, no obstante, Hana tenía información al respecto, aunque no fuera del tipo que había esperado.
—Ayer se lo pregunté al comandante —reconoció, mientras le daba vueltas a su anillo en el dedo anular.
—¿Te deja preguntarle esas cosas? —Quiso saber Orla.
Hana asintió. Bór era un hombre muy abierto, sobre todo si se tenía en cuenta su pasado.
Nacido en una familia noble, antes de la guerra había vivido en la elegante finca familiar de su mujer y se había labrado una gran reputación como soldado de caballería durante la Gran Guerra y como jinete olímpico después de esta.
A pesar de ser un hombre culto e instruido, escuchaba las opiniones de los demás, incluso de las humildes chicas que hacían de enlace, y Hana se había pasado el día anterior reuniendo el valor para preguntarle por sus planes.
Al final, la angustia de no saber nada de Emil y su escuadrón había pesado más que su miedo a parecer irrespetuosa, y se había atrevido a dar un paso al frente.
—¿Qué te dijo? —preguntó Zuzi.
Hana se sabía la respuesta palabra por palabra, porque se le había quedado grabada.
—Que cada mañana y cada tarde envía una petición al gobierno en Londres. Ha mandado mensajes al jefe de la RAF , al Consejo de Guerra y al mismísimo Churchill.
—¿Y?
Hana tragó saliva.
—Dicen que no.
—¿No? ¿Solo eso, «no»?
—Dicen que el escuadrón polaco ya tiene una misión asignada en Francia.
—¿En Francia? —estalló Zuzi, enfadada—. Francia ya tiene un millón de tropas aliadas pululando por el país desde su preciado Día D. ¿Qué pasa con nosotros? ¿Qué pasa con Polonia? Son pilotos polacos; nuestros pilotos.
—Lo sé —dijo Hana con desconsuelo.
—Supongo que no eran conscientes de que teníamos pensado sublevamos porque lo llevamos muy en secreto —dijo Orla mientras le estrechaba los hombros con más fuerza.
—No, no; lo sabían —repuso Hana. Adoraba la naturaleza generosa de su hermana, pero aquello era una ingenuidad—. Según Bór, el gobierno, nuestro gobierno en Londres, nos dio el visto bueno para sublevarnos el veinticinco de julio. Fueron ellos los que informaron al puñetero Consejo de Guerra.
—¡Hana! —protestó Orla, y Hana se mordió el labio.
Aunque siempre procuraba no maldecir, aquella situación bastaba para llevar al límite a cualquiera.
A Bór le había enfurecido, y había argumentado en tono airado —y con toda la razón, en opinión de Hana— que los pilotos polacos habían prestado un servicio magnífico a los británicos para defender su preciada islita, y que lo menos que podían hacer estos era devolverles el favor permitiéndoles regresar a casa para ayudar en la batalla más vital de Polonia.
Plantada en el despacho de su superior, Hana había imaginado a Emil subiendo a su avión, con la hermosa violeta pintada en un vivo lila en la parte inferior, y despegando para dirigirse, no al norte a ayudar a su prometida, sino al oeste para ayudar a los franceses.
Casi se había echado a llorar, sobre todo al conocer los motivos.
—El gobierno le ha dicho a Bór que Brindisi es la base más cercana en la que destinarlos —les contó a sus hermanas.
—Pero los rusos deben de haber capturado varias bases, ¿no? —objetó Zuzi.
—Sí, lo han hecho, pero no nos dejan usarlas.
—¿A los polacos?
—A nadie; tampoco a los británicos ni a los norteamericanos. Los enormes aviones Liberator de los estadounidenses ya despegaron de algunas de ellas en el pasado, pero les han retirado el permiso. Stalin no les permite aterrizar en territorio soviético.
Se quedaron calladas mientras asimilaban la información, y Jacob las miro a todas.
—¿Quieres decir que Stalin no quiere ayudarnos? —preguntó en tono pausado.
Dicho de esa manera, con la voz joven y aguda de su hermano, sonaba muy crudo.
—Seguramente quiere que se encargue el Ejército Rojo —se apresuró a decir Orla.
—¿Tú crees? —Zuzi alzó la mano hacia la ventana abierta para que entrara el aire fresco de la mañana antes de que el calor se abatiera de nuevo sobre la ciudad—. Escuchad.
Todos ladearon la cabeza.
—¿Qué? —preguntó Orla—. No oigo nada.
Zuzi asintió con expresión sombría.
—Exacto. ¿Qué falta?
Hana se estrujó el cansado cerebro para descifrarlo.
En el aire flotaba el canto de los pájaros y las conversaciones de la gente de Wola, que se despertaba con entusiasmo para afrontar un nuevo día como dueña de su propia vida.
Había también disparos en varios puntos de la ciudad, donde el AK y la Wehrmacht habían empezado a luchar desde ambos lados de las barricadas, pero en las inmediaciones reinaba la calma. Demasiada calma.
—¡Las armas rusas! —exclamó—. ¡No oigo las armas rusas!
Durante semanas, la vida de la ciudad había estado acompañada del estruendo del avance ruso que se acercaba de manera inexorable, pero esa mañana, cinco días después del levantamiento cuyo objetivo era facilitar la entrada de los soviéticos en la capital polaca, se había interrumpido.
—Pero él dijo que teníamos que sublevarnos —gimió Orla—. Stalin dijo que teníamos que sublevarnos para… para…
—Para mostrarle el camino al Ejército Rojo —terminó Zuzi la frase—. Así es; yo misma lo escuché en el bosque de Kampinos, el día antes de que el Consejo Nacional decretara la hora W.
—Entonces, ¿a qué viene esto? ¿No lo decía en serio? —balbuceó Hana.
Zuzi meneó la cabeza con gesto grave.
—Me temo que no decía en serio ni una sola palabra. Stalin va a dejar que luchemos solos contra los alemanes para que nos destruyamos entre nosotros, y luego se quedará con Varsovia.
Hana tendió las manos hacia sus hermanas, que se las cogieron y se dejaron abrazar, junto con Jacob, mientras trataban de asimilar el significado de todo aquello.
Por lo que parecía, Varsovia estaba sola ante su destino y los D ą browska se hallaban atrapados en la línea de fuego.
¿Cómo iban a apañárselas para sobrevivir?