La mensajera Catorce #2
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Catorce #2

Szymon Ancel, por lo visto, era judío, uno de los pocos supervivientes del gueto.

Su familia y él habían huido durante los primeros días del Alzamiento del Gueto y, con la ayuda de documentos falsos que les había proporcionado el AK , habían vivido escondidos desde entonces.

Szymon estaba más entusiasmado aún que los demás, si eso era posible, por participar en un levantamiento que parecía destinado a triunfar.

Su familia había salido a reunirse con él: una hermosa mujer llamada Lydia con una espléndida melena pelirroja, una hija adolescente también pelirroja llamada Tasha y una chica más joven de rostro dulce, Amelia, que no acababa de creerse que pudiera salir a la calle.

Todas habían arrimado el hombro con el resto y la barricada era cada vez más alta, encerrando a los polacos en la ciudad que acababan de recuperar con una presteza exuberante.

Zuzi oyó una carcajada y, al darse la vuelta, vio a Babcia Kamilla en lo alto de la barricada con el retrato de Hitler de los D ą browska en las manos.

Todos los polacos estaban obligados a tener uno colgado en la pared (si alguien no mostraba la esperada adoración por el «Führer» que les había robado su país corría el riesgo de que le pegaran un tiro) y todos lo aborrecían.

En casa de Zuzi, Magda había colgado un chal sobre la imagen (que se podía quitar con rapidez si la Gestapo aparecía por allí), pero, aun así, era posible sentir la mirada de aquel hombre a través de la bonita prenda de punto. Hasta ese momento.

—¡Aquí te quedas, cabrón! —gritó Kamilla, alto y claro, y Zuzi hizo una mueca al escuchar la insólita palabrota en labios de su digna abuela—. Tus queridos soldados pueden pegarte un tiro entre esos ojos retorcidos que tienes si intentan volver a entrar en Varsovia.

La multitud la aclamó y todos corrieron a descolgar sus retratos y alinearlos en lo alto de la barricada, como patitos en una atracción de feria esperando a que los abatieran…, aunque Zuzi rezaba para que los alemanes no se acercaran lo suficiente para hacerlo.

—¡Zuzi! —La llamó Hana, y al mirar hacia abajo vio a sus dos hermanas—. Me temo que Orla y yo tenemos que irnos.

A Zuzi se le encogió el corazón. Allí, detrás de las barricadas de su comunidad, era fácil pensar que el levantamiento había terminado y que habían salido victoriosos, pero aquellas barricadas estaban allí por un motivo.

Todavía no habían derrotado a los nazis y, en los límites del espacia que al AK tanto le había costado recuperar, había hombres y mujeres que luchaban para defenderlos.

Tal vez solo tuvieran que resistir uno o dos días más, pero, mientras tanto, el deber llamaba a sus dos queridas hermanas.

Hana volvería a recorrer las calles, de un puesto del AK a otro, arriesgándose a que un francotirador enemigo acabara con su vida, mientras que Orla se dirigiría al centro de la ciudad, donde sería blanco fácil de cualquier ataque.

En cualquier otro escenario de guerra los hospitales, marcados con cruces rojas, estaban protegidos por la Convención de Ginebra, pero aquella era una batalla urbana y los blancos estaban demasiado cerca unos de otros para poder definirlos, de modo que su hermana corría un inmenso peligro.

Zuzi se deslizó por la barricada y las abrazó a las dos.

—Manteneos seguras —les suplicó.

—¿Quieres decir «manteneos alerta»? —la corrigió Hana con una media sonrisa.

—Las dos cosas —dijo ella con firmeza—. Os quiero ver de vuelta aquí mañana.

—¡Sí, capitana!

Hana hizo el saludo militar y Zuzi se obligó a reír, aunque, mientras las veía alejarse de la seguridad de sus alegres calles en dirección al corazón de la batalla, lo único que sintió fue miedo.

—¡Minerki! —las llamó Tosia.

Por lo visto, había llegado el momento de que también ellas se marcharan.

Zuzi pensó en el asalto a la Prudential del día anterior, en la satisfacción de fijar el explosivo plástico a la puerta y contemplar cómo estallaba en pedazos.

Esa había sido la parte más memorable de la jornada; el resto era una mezcla de humo, oscuridad y manipulación nerviosa de mechas, con el miedo constante a ser la primera en sucumbir a su propia arma.

Después, una vez en lo alto del edificio con la bandera, Zuzi se había convencido a sí misma de que lo había disfrutado, pero tenía que reconocer que la idea de volver a combatir no la llenaba de la misma energía airada que tenía en las horas previas a la hora W.

—¿Sí, Tosia?

Diligente, Zuzi se reunió con las demás. Los puestos que habían ocupado Roza y Nina estaban ahora vacíos, y las integrantes de la Minerki se juntaron en un intento de enmascarar su ausencia.

—Tenemos una misión, chicas: atacar G ę siówka con nuestros amigos del tanque.

Saludó con la mano a Szymon, que le devolvió el saludo.

Zuzi se imaginaba los motivos del hombre para querer tomar G ę siówka.

Ubicado en el páramo que en su día había ocupado el gueto, se trataba del último campo de trabajo para judíos que quedaba en funcionamiento y en él se procesaban los ladrillos y piedras que los nazis necesitaban para construir sus odiosos fortines.

Por lo visto, los efectivos más jóvenes del AK habían perfeccionado el arte de caer sobre ellos desde arriba y arrojar granadas a través de las aberturas mientras los alemanes que se encontraban en el interior estaban ocupados disparando a sus camaradas.

Era un método efectivo, pero debían alejarse con rapidez antes de que los búnkeres estallaran, y Zuzi supuso que debía alegrarse de que Jacob hubiera decidido apropiarse de los tanques.

—Nuestro trabajo consistirá en volar los muros mientras el tanque ataca las torres de vigilancia, para que luego pueda entrar y liberar a los prisioneros. ¿Quién se apunta, chicas?

Zuzi se fijó en que los vítores eran más silenciosos que antes. En ese momento escuchó una nueva voz y, al darse la vuelta, vio horrorizada que Babcia Kamilla se unía al círculo con decisión.

—Quiero ofrecerme voluntaria —le dijo a Tosia.

—Ya veo. —Tosia miró de arriba abajo a la aristocrática abuela de Zuzi, ataviada con sus pantalones de diseñador, su blusa de seda y su broche de perlas—. ¿Y usted es…?

—Kamilla D ą browska, lista para incorporarme a filas, señora. Puede que le parezca vieja y débil, pero, créame, soy un prodigio con las filipinkas, ¿verdad Zuzi?

Y así, sin más, reveló a todas que se conocían. Zuzi se planteó no contestarle, pero Babcia la miraba fijamente y no había manera de ignorarla.

—Es verdad —confirmó, aunque solo lo sabía porque Babcia lo afirmaba—. Las hacía durante la Gran Guerra y mató a más de cincuenta alemanes —improvisó.

Babcia ni siquiera se inmutó.

—Y también a unos cuantos rusos —añadió—. Las lanzo con la precisión de una atleta olímpica.

Su seguridad en sí misma era pasmosa y Zuzi vio que Tosía vacilaba, pero la Minerki llevaba años entrenando y aceptar a una novata en aquel momento tan crucial no daría buena imagen.

—Le agradezco su valiente ofrecimiento, pero…

—Hagamos una cosa; dame esa granada. —Kamilla le dio un codazo autoritario a Zuzi, que se la tendió muerta de vergüenza—.

¿Ve esa paloma de ahí arriba? —Kamilla señaló a un árbol que se alzaba en su lado de la barricada, desde el que una paloma gorda, atraída por las migas del kolacky de Magda, miraba hacia abajo con curiosidad—. Prepárese para comérsela en un pastel.

Antes de que alguien pudiera objetar, tiró de la anilla, se colocó en posición y, con una precisión impecable, arrojó la granada en un arco perfecto, con la punta por delante de la cola, hacia la rama en la que estaba posado el animal, que reventó en una nube de hojas y plumas mientras la Minerki estallaba en un aplauso espontáneo.

—Menudo pastel —masculló Zuzi, mientras contemplaba los restos esparcidos por el suelo.

Los perros, sin embargo, echaron a correr con deleite hacia el festín, mientras Tosia le daba la bienvenida a Kamilla a la Minerki con una palmadita en la espalda.

Zuzi dejó escapar un gemido y miró a su madre, que articuló las palabras: «Lo siento» sin pronunciarlas, sacándole una sonrisa.

Zuzi siempre había querido y admirado a Babcia Kamilla y, si tenía que llevarse a alguien para atacar un inexpugnable campo de trabajo nazi, seguramente la mejor opción era una persona capaz de arrojar una bomba de aquella manera.

—Vamos a trabajar juntas, Zuzi —dijo su abuela, entrelazando su brazo con el de ella—. Perdona que me haya metido así, pero me estaba volviendo loca. Tengo que hacer algo y, además, así puedo estar pendiente de tu hermano.

—¿Mi hermano?

Zuzi dejó escapar otro gemido mientras observaba que el tanque de Szymon abría la marcha, con Jacob sentado todavía junto al capitán.

—Pensaba que habías dicho que lo mantendrías a salvo —gritó.

Szymon se encogió de hombros en un gesto de disculpa.

—¿Qué quieres que te diga? La mejor defensa es un buen ataque.

Zuzi no estaba tan segura, y menos cuando vio a Magda sola en la puerta de la Piekarnia D ą browska mientras el resto de su familia se alejaba para entrar de nuevo en combate; sin embargo, la batalla había empezado y no podían dejarla a medias. Saludó a su madre con la mano.

—Hasta el anochecer, Mama.

—Hasta el anochecer —le contestó Magda con la voz entrecortada por las lágrimas que llevaba todo el día procurando reprimir, y Zuzi tuvo que volver la cabeza hacia el frente para no llorar.

Atenta al estruendo continuado de los rusos sobre el Vístula, elevó una ferviente oración para que su ayuda no tardara en llegar.

Los polacos se habían sublevado tal y como les había pedido Moscú, y ahora Moscú tenía que enviar al Ejército Rojo para salvar Varsovia; y deprisa, si querían que quedara algo que salvar.