La mensajera Catorce
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Catorce

CATORCE

ZUZI

Zuzi se puso a horcajadas sobre la barricada para gritar su alegría al mundo.

El día anterior, en lo más alto de la torre Prudential, se había sentido como una guerrera victoriosa, pero allí, en Wola, rodeada de la gente corriente de su barrio que bailaba de puro alivio, sentía una felicidad total y absoluta, lo cual le hizo darse cuenta de lo escurridiza que esta había sido durante los últimos cinco años.

Sí, claro que había disfrutado de buenos momentos con su familia y sus amigos, pero siempre teñidos por el miedo a que un nazi tomara nota de su alegría y se la arrebatara con un culetazo de su Luger.

Por fin habían expulsado a los nazis a las afueras de Varsovia, donde los rusos no tardarían más de un par de días en liquidarlos a todos y completar así la liberación de la ciudad.

Zuzi escuchó sobre el Vístula el retumbar de las armas del Ejército Rojo a medida que aplastaba los ínfimos refuerzos que los alemanes habían enviado para intentar detenerlos, y se alegró de poder recibirlos como conquistadores de su propia ciudad, y no como súbditos postrados o agradecidos.

Pensó en los grilletes que colgaban de la pared de Babcia Kamilla y sonrió.

«No abandonéis la lucha», había dicho su padre antes de su cruel muerte, y eso era precisamente lo que estaban haciendo.

El goteo de noticias sobre las victorias del AK era constante.

El boletín Informativo , el periódico clandestino que llevaba cinco años imprimiéndose y distribuyéndose con gran riesgo, ahora se vendía sin disimulo por las calles y cientos de personas lo compraban para leer con avidez la lista de objetivos tomados.

La mayor parte de Stare Miasto estaba asegurada después de haber echado con facilidad a los nazis de sus angostas calles, y en todas las ventanas de la bonita plaza medieval del mercado ondeaban banderas.

La escena era muy parecida en el norte, en Ż oliborz; en el sur, en Czerniaków; así como en su querido Wola, en el oeste.

En los tres barrios habían cogido por sorpresa a los batallones nazis y los habían expulsado de extensas zonas residenciales, que ahora podían proteger con barricadas.

Los enfrentamientos más encarnizados habían tenido lugar en el centro de Ś ródmie ś cie, pero el AK había logrado tomar la mayoría de los principales edificios.

La Prudential encabezaba la lista de triunfos, atribuidos tanto a la unidad de Zuzi como al pelotón Kilinski de Bartek, pero había muchos más.

La oficina central de correos también había caído en manos del Kilinski, y otras unidades habían tomado el ayuntamiento, el tribunal de apelaciones, el palacio Królikarnia y un enorme almacén de suministros de la SS en Stawki.

Por lo que parecía, el AK había capturado la mayoría de los edificios más importantes y había establecido una imponente línea de ataque en Plac Teatralny, frente al palacio Brühl.

Allí se encontraba el cuartel del teniente general Stahel, el comandante nazi de Varsovia, y, aunque el día anterior había estado demasiado bien protegido para poder tomarlo, el AK tenían asediado a Stahel y a su personal, que a efectos prácticos era lo mismo.

Tal vez el mayor éxito de todos (con la excepción de la Prudential, por supuesto) había sido la ocupación de la central eléctrica a orillas del Vístula, una operación que llevaba mucho tiempo planeándose.

A lo largo del último año, los hombres del batallón Krybar se habían infiltrado en la central como trabajadores y habían introducido armas de tapadillo para poder sublevarse desde dentro cuando llegara la hora W y coger desprevenidos a los guardias alemanes.

Por lo visto, los vapores de los alijos fríos habían hecho volar por los aires a varios enemigos y, tras horas de intenso enfrentamiento, encabezado por una mitad del batallón mientras la otra mantenía la central en funcionamiento para iluminar la Varsovia alzada en armas, la habían asegurado.

Era una gran victoria para los insurgentes, que ahora tenían la electricidad garantizada.

Por desgracia, no habían tenido el mismo éxito con la central depuradora y los nazis habían cerrado las llaves de paso de las tuberías, aunque en los pozos había suficiente agua para varios días y la mayoría de la gente había tenido el sentido común de llenar bañeras y cubos cuando el conflicto había estallado.

La Central Telefónica, una torre de cemento casi inexpugnable, seguía en manos de los nazis; ninguna de las dos principales estaciones de tren se había tomado, y los alemanes habían rechazado con fuego pesado los ataques en los dos aeropuertos.

La gente comentaba en susurros que había habido numerosas bajas y que los varsovianos apenas habían conseguido establecer medios para comunicarse con el exterior.

Sin embargo, habían tomado la ciudad y, por el momento, eso era suficiente.

A todas luces, los ciudadanos estaban encantados y se habían presentado a centenares para construir barricadas que protegieran sus calles, de las que acababan de expulsar a los nazis.

Las integrantes de la Minerki se hallaban en Wola para contribuir a sus entusiastas pero inexpertos esfuerzos en el extremo occidental de la ciudad tomada por el AK , y Zuzi no podía estar más feliz.

A su alrededor la gente arrojaba cosas desde sus ventanas: mesas, sillas, armarios y hasta orinales antiguos y jambas de chimenea de hierro que debían de haber arrancado de sus paredes, y Zuzi era la encargada de dirigir la operación para apuntalar la variopinta colección con algo grande y sólido.

—¡Empujad! —gritó desde su posición ventajosa.

A su orden, un enorme grupo de gente colocado en fila junto al lateral de un tranvía empujó con tanta fuerza que, con un crujido metálico, este se salió de los raíles y volcó casi con elegancia sobre un lado de la barricada.

Allí tumbado y desprovisto de sus vías tenía un aspecto triste, pero sería mucho más útil ante un tanque que una mesa de comedor Luis XVI y, sin lugar dudas, podrían devolverlo al lugar que le correspondía cuando todo aquello terminara.

Un scout se acercó corriendo y pintó una pe y una uve doble, y Zuzi aplaudió.

—Bien hecho, todo el mundo. Ahora, los sacos de arena.

Varias chicas de la Minerki empezaron a empujar carretillas cargadas de arena y los vecinos procedieron a meterla con palas en cada bolsa y saco que pudieron encontrar para amontonarlos alrededor —y dentro— del tranvía.

Poco a poco, la barricada se fue levantando.

Un bromista arrastró un piano con ruedas hasta el otro extremo y Orla trepó para tocar a Chopin, mientras los demás colocaban sacos a su alrededor.

El sol de agosto caía a plomo y hacía mucho calor, pero la gente les traía jarras de limonada y Magda repartió kolacky decorados, como si la Navidad hubiera llegado a Wola con medio año de antelación.

Y en efecto, esa era la sensación que reinaba.

Jacob las amenizó con orgullo con su historia de cómo había capturado el tanque.

Por lo visto, se había escabullido de su cuarto con las primeras luces del alba, había pasado por la habitación de las chicas para hacerse con las minas de Zuzi y luego, por iniciativa propia e inspirado en una historia que había leído en el boletín Informativo , había esperado en una de las numerosas carboneras con compuertas que se abrían a la calle.

Al ver aparecer un tanque alemán que avanzaba con estruendo, había esperado a que llegara a su altura, había salido disparado por la compuerta y había colocado una mina dentro de la oruga antes de salir a la carrera para meterse de nuevo en la carbonera, dejando una rendija abierta en la compuerta para mirar cómo la oruga explotaba veinte metros calle abajo y el tanque volcaba.

Un escuadrón del AK que se hallaba en un apartamento cercano había aprovechado la ocasión para derribar a tiros a los operativos nazis que huían a través de la torreta y se había apropiado del tanque.

Jacob hizo que pareciera muy sencillo, pero Magda, que no se dejaba impresionar con facilidad, estuvo a punto de desmayarse y tuvo que tomar asiento, mientras él se reía encantado por aquel reconocimiento a sus talentos viriles.

El hecho de que el batallón del AK lo hubiera adoptado al instante, le hubiera buscado un casco y un brazalete, y le hubiera dado el apodo de Ma ł y Orze ł , «pequeña águila», no había ayudado mucho, y Zuzi había descargado su furia sobre el líder.

«¿Te parece que es buena idea animar a un chaval a que se escape de casa y se ponga en peligro?».

El hombre había retrocedido.

«¿Cuántos años tiene?».

«Trece».

«¿Trece? Casi la misma edad que mi Amelia».

«¿Y ella se dedica a plantar minas en tanques?».

«Claro que no. Al menos… eso espero. Todos se mueren de ganas de participar, ¿verdad?

—El hombre le había tendido la mano—. Kapitan Szymon Ancel, encantado de conocerte.

Y te pido perdón. No estoy seguro de que a estas alturas vaya a poder echar a tu hermano del pelotón, pero haré todo lo posible para darle las tareas menos peligrosas».

Ahora Zuzi miró hacia donde el capitán estaba reuniendo a sus hombres para empujar hacia la barricada dos elegantes coches que los Volksdeutsche habían dejado atrás, y vio a Jacob trabajando con el mismo ahínco que los demás, con los músculos tensos por el esfuerzo de seguir el ritmo de su nueva pandilla, pero con una enorme sonrisa en su joven rostro. Al menos, eso era agradable.