La mensajera Trece
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Trece

TRECE

ORLA

Orla se aferró con fuerza al brazo de Hana antes de doblar en la esquina y ver el primer atisbo de la Piekarnia D ą browska.

—¡Está abierta! —exclamó con deleite.

Ambas chicas apretaron el paso y se abrieron paso entre la alegre multitud que ocupaba las calles, atraídas por el glorioso olor a pan recién hecho que indicaba que estaban en casa.

El sol asomaba entre las casas y derramaba su brillante luz sobre la calzada, y Orla parpadeó mientras absorbía el júbilo que las rodeaba y que ayudaba en parte a disipar los horrores de la noche.

La oscuridad había puesto fin, cuando menos, a la mayor parte de los enfrentamientos, y eso había dado tiempo a las enfermeras para estabilizar a los pacientes que no habían sucumbido a sus heridas.

La hermana Maria había improvisado un depósito de cadáveres al que, por suerte, no habían tenido que trasladar al joven sin pierna.

Lo último que había hecho Orla antes de marcharse del hospital había sido ir a ver cómo estaba y, para su alegría, él había parpadeado antes de abrir los ojos y cogerle la mano.

«Gracias», había susurrado el chico entre sus labios cortados.

Orla se había apresurado a acercarle un vaso de agua.

«La mejor manera de darme las gracias es ponerte bien».

Él había bajado la vista hacia su pierna perdida y se le habían llenado los ojos de lágrimas.

«No voy a volver a luchar, ¿verdad?».

Orla había sonreído.

«Con un poco de suerte, dentro de unos días ninguno de nosotros tendrá que volver a luchar. Tú has cumplido con tu parte».

«He cumplido con mi parte», convino él, y se durmió de nuevo con una media sonrisa en el rostro.

Sus palabras habían bastado para liberar a Orla de la interminable presión que suponía administrar cuidados y, tras arrancarse el delantal, había corrido a guardarlo en la habitación del personal.

Alicja estaba dentro, durmiendo acurrucada con su hija en un lecho de sábanas, y Orla les había lanzado un beso antes de salir del hospital y encontrarse, gracias a Dios, a su hermana en la calle. Y ahora, por fin, estaban en casa.

—¡Mama! —gritó abalanzándose al interior.

—¡Orla! Ah, mi preciosa Orla, estás a salvo.

—Estoy a salvo —confirmó ella—, y Hana también. —Tiró de su hermana para hacerla entrar y trató de no pensar en todos aquellos que, por desgracia, ese día no se reunirían con sus madres—. ¿Zuzi? —preguntó, nerviosa, y en ese momento alguien chocó con su espalda.

—Aquí estás, cervatilla. ¡Has llegado!

—¡Zuzi! —Orla la abrazó con tanta fuerza que los agotados brazos empezaron a temblarle, pero no importaba porque Zuzi la sujetó—. Habéis izado la bandera en el tejado.

—¡Sí!

—¿Ha sido muy duro? —preguntó Hana, al abrazarla también.

Zuzi se separó con una mueca en el semblante.

—Brutal. Han matado a dos de nuestras chicas, una delante de mis narices. Ha subido la escalera primero; si llego a ser yo, estaría…

—Pero no has sido tú —la interrumpió Orla con vehemencia—. Tú estás aquí, a salvo.

—¡Es verdad! —Zuzi irguió la espalda en un gesto ostensible—. ¿Qué tal en el hospital?

—También ha sido brutal. —Orla tragó saliva—. He tenido que sujetarle la pierna a un hombre mientras Bronis ł aw se la cortaba.

—¿Bronis ł aw?

—El doctor Ł ukasz, aunque supongo que ya no nos hace falta usar nombres en clave.

—Tal vez no. ¿Así que se llama Bronis ł aw?

—Sí, y es un médico excelente. Yo solo he tenido que sujetar la pierna, pero es él quien ha tenido que serrársela mientras el joven chillaba y se retorcía de dolor. Que Dios nos ayude, Zuzi; ha sido espantoso. Tenemos mucha suerte de estar aquí.

—Yo he tenido que pasar por encima de varios cadáveres para llegar a lo alto de la Prudential —dijo esta—. ¿Y sabes lo peor? Que me he acostumbrado enseguida. Al bajar, apenas me he dado cuenta.

Hana se estremeció.

—Yo ha habido un momento en que he pensado que todo había terminado para mí —explicó—. Un puñado de nazis se infiltró por las buhardillas y he tenido que… —Se obligó a continuar con expresión avergonzada—: He tenido que esconderme entre dos armarios.

—Bien hecho —dijo Magda, rodeándolas a las tres con sus fornidos brazos de panadera—. Una cosa es ser valiente y otra muy distinta ser temeraria.

—Así es —convino una voz autoritaria—. Si tenéis que morir, al menos morid bien; es lo que decía siempre vuestro abuelo.

—¡Babcia!

Su abuela entró en la habitación y les dedicó una sonrisa mientras corrían hacia ella, aunque levantó las manos para evitar cualquier intento absurdo de abrazarla.

—No hay por qué ponerse tan sentimentales. Todo ha salido como estaba planeado: el AK tiene el control de la ciudad y he visto la bandera, Zuzi; queda muy bonita ahí arriba.

—¿A que sí, Babcia?

—Todas habéis hecho un trabajo estupendo y ahora toca celebrarlo. ¿Dónde está el pequeño Jacob? ¿Qué hace metido en la cama cuando tiene una ciudad libre de la que disfrutar?

—Iré a buscarlo —dijo Magda—. Chicas, vosotras sentaos y comed.

Todas tomaron asiento de buena gana alrededor de la mesa de la cocina.

Por todo Wola la gente empezaba a despertarse y sus voces se alzaban en todas las calles en una celebración llena de júbilo, pero lo único que les importaba a ellas en ese momento era que estaban juntas, que su pequeña familia estaba unida.

—Vuestro padre estaría muy orgulloso —dijo Kamilla y, si Orla no la hubiera conocido tan bien, habría jurado que se secaba una lágrima de uno de sus ojos maquillados a la perfección.

La joven alargó la mano y, para su sorpresa, su abuela se la cogió.

—Ya hemos luchado —dijo Orla—. Recemos para que, a partir de ahora, podamos dedicarnos a vivir y amar.

Sus hermanas también alargaron las manos y todas agacharon la cabeza mientras se las cogían.

—Padre Nuestro… —empezó Kamilla, pero no pudo continuar porque Magda bajó como un huracán por la escalera.

—¡No está! ¡Jacob no está!

Todas se pusieron en pie de inmediato.

—¿Adónde ha ido? —preguntó Orla.

—No lo sé —gimoteó Magda—. Creía que estaba en su cuarto.

Las hermanas intercambiaron una mirada.

—El otro día me siguió —confesó Hana—. Dijo que quería involucrarse más y yo lo mandé a pintar pes y uve dobles.

—¿Te acuerdas de que a mí también me suplicó que lo dejara ir conmigo? —dijo Zuzi—. Se moría de ganas de luchar.

Orla dejó escapar un gemido.

—Pobrecito; estaba tan orgulloso de su hazaña cuando soltó las pulgas en el cine. Quería participar de manera activa; al fin y al cabo, ya tiene trece años. —Miró a su alrededor—. ¿Dónde demonios se ha metido?

—Estará con cualquiera que le haya seguido la corriente —dijo Zuzi en tono sombrío, y entonces se le nubló el rostro—. Un momento. —Corrió al cuarto que compartían las tres y volvió a bajar con gran estrépito—. Mis minas han desaparecido.

—¿Tus…? —Magda se llevó una mano a la frente—. ¿Guardabas minas en nuestra casa?

—No estaban cargadas.

—¿Jacob sabe cómo cargarlas?

—No tengo ni idea.

Zuzi corrió hacia la puerta. En la calle se había reunido una multitud y, mientras alguien reproducía el himno nacional, muchos lo cantaban a voz en grito y con orgullo. Habría sido un sonido magnífico de no ser por el miedo que sentían por su hermano pequeño.

—¿Habéis visto a Jacob? —le preguntaron a todo el mundo, mientras avanzaban entre sus vecinos.

Pero nadie lo había visto.

Orla se dejó caer sobre los peldaños que rodeaban la fuente que había en el centro de su bloque de pisos.

Lo habían diseñado los innovadores arquitectos que habían regenerado Varsovia después de la Gran Guerra —Hana siempre hablaba de ello— y era un bonito espacio abierto con jardines y senderos, y la fuente en medio.

Los nazis, que consideraban que los polacos no eran dignos de algo tan indulgentemente hermoso como una fuente de agua, la habían inutilizado durante los últimos cinco años, pero alguien había encontrado la llave de paso y ahora el agua borboteaba de nuevo con alegría.

Los niños bailaban en ella, salpicando gotitas jubilosas, y a Orla se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a los dos chicos con los que Jacob había soltado las pulgas.

—No sirve de nada sucumbir al pánico —le dijo Babcia Kamilla.

Pero hasta ella parecía inquieta y se tiraba de las mangas de encaje con los dedos enjoyados mientras escrutaba al grupo de alegres niños en busca de su nieto.

En ese momento se oyó un estruendo que venía de calle arriba, y los niños salieron de un salto de la fuente y echaron a correr para ver cuál era el origen.

Las D ą browska los acompañaron, Orla agarrada al brazo de su madre y rezando con todas sus fuerzas para que no se tratara de una especie de cortejo fúnebre siniestro, aunque le daba la impresión de que la gente vitoreaba demasiado para que fuera eso.

En efecto, por la calle que venía de Ś ródmie ś cie bajaba un tanque alemán con un batallón de atolondrados soldados del AK en el techo y una bandera polaca ondeando en la torreta del cañón.

Alguien había arrojado flores al vehículo, que parecía una llamativa carroza de carnaval, y allí, sentado a horcajadas sobre el cañón, con un casco de acero ladeado de manera desenfadada sobre su joven cabeza y los brazos levantados en un gesto de jubilosa victoria, estaba Jacob.

Orla cayó de rodillas.

—Gracias a Dios —jadeó—. Gracias a Dios, gracias a Dios, gracias a Dios.

Hana y Magda se dejaron caer a su lado mientras Babcia apoyaba las manos sobre sus hombros, pero Zuzi corrió hacia su hermano pequeño, lo hizo bajar a rastras de la torreta y lo sacudió.

—¡Ni se te ocurra volver a hacerme creer que te había perdido! —chilló por encima de los gritos de celebración—. ¡Ni se te ocurra!

A continuación, tiró de él hasta donde estaban las demás, que lo rodearon y empezaron a abrazarlo mientras él intentaba escabullirse, abochornado delante de su batallón adoptivo pero, al mismo tiempo, conmovido por su preocupación.

—Venid a ver mi tanque —dijo con orgullo—. Lo he volado yo mismo con una de tus minas, Zuzi.

—Que no tendrías que haber cogido.

—Lo he volado —repitió él con terquedad—. Papa estaría orgulloso de mí.

—Así es —concedió Zuzi, dejando que su hermano tirara de ella hasta su trofeo, seguida por el resto de la familia.

Orla cerraba el grupo mirando hacia el cielo.

—Tata, si nos ves, esto va por ti. Todo esto va por ti.

Aunque lo más heroico que había hecho ella era sujetar la extremidad machacada de un pobre hombre, no importaba.

Cada uno luchaba a su manera, y lo importante no era la gloria individual, sino la libertad.

Y ese día, gracias a Dios y al AK , en Varsovia se respiraba libertad. Orla solo esperaba que eso no cambiara.