Doce
DOCE
HANA
—¡Ha funcionado!
Fue el plácido asombro de la voz de Bór lo que hizo que Hana se diera cuenta de lo tenso que había estado el comandante del AK hasta aquel momento.
—Claro que ha funcionado, señor —dijo—. Los miembros del AK han recibido un entrenamiento excelente.
—Y sienten un amor apasionado por su país. Esa, Fiolet, ha sido nuestra ventaja esta noche.
Por los aparatos de radio colocados sobre los elegantes tocadores llegaban sin cesar mensajes de toda la ciudad que informaban de victorias: zonas conquistadas, calles capturadas, edificios incautados.
No todas las noticias, sin embargo, eran buenas.
En los dos puentes clave que cruzaban el Vístula, el AK se había encontrado con una defensa tan encarnizada que no había podido tomarlos, aunque sí había ocupado la mayor parte de la ciudad, incluidas las principales rutas de acceso a esos puentes, de modo que todas las conexiones de los alemanes con su frente oriental estaban amputadas.
Los rusos les darían las gracias por haber allanado su camino a Varsovia.
—¿Se lo ha comunicado a los Abados, señor? —preguntó Hana.
—Lo he intentado. El transmisor de largo alcance está dando problemas, así que no estoy seguro de que les haya llegado el mensaje, pero continuaremos trabajando en ello.
Un escalofrío de desasosiego recorrió la piel de Hana.
¿Varsovia se había sublevado y nadie lo sabía fuera de sus fronteras?
Aquello parecía dejarlos en una posición precaria, pero, trasechar un vistazo a los técnicos que trabajaban frenéticamente en la radio grande de la esquina, supo que la superarían con la misma efectividad con la que habían conquistado gran parte de su ciudad esa noche.
—Por la mañana —dijo Bór en tono confiado—, podré mandar a Londres una verdadera evaluación de la situación sobre el terreno y pedir apoyo a las fuerzas aliadas.
Al fin y al cabo, no vamos a pedirles más que a nuestros hombres.
En el Ejército Rojo hay numerosos soldados polacos y, por supuesto, nuestros pilotos llevan mucho tiempo efectuando valientes misiones con la RAE Ahora que Varsovia es libre, pueden volver a casa.
Hana cerró los ojos y saboreó las palabras: ¡«Volver a casa»!
A lo largo de los último cinco años habían sido muchas las veces en que había sentido el deseo de pedirle a Emil que volviera a casa, a su lado, y si no lo había hecho era solo porque sabía que eso lo pondría en peligro.
Muy al principio, él se lo había propuesto y se había ofrecido a regresar a Varsovia con un nombre falso para trabajar como obrero.
«No me importa qué trabajo tenga que hacer, si cada noche vuelvo a casa y estás tú», había escrito, y, aunque el corazón de Hana se había puesto a cantar al leer sus palabras, había tenido en cuenta algo que él había pasado por alto: la brutalidad con la que trataban los nazis a cualquiera que brillara.
Y Emil brillaba más que los fuegos artificiales de Fin de Año, así que con gran pesar Hana le había escrito para advertirle de que debía quedarse en Inglaterra y asegurarle que, un día, podría volver a casa con ella.
¿Acaso había llegado finalmente ese día?
¿Era posible que, a la semana siguiente, Hana danzara en un salón de baile que ya no estuviera reservado a los alemanes, rodeada por los brazos de Emil y… ?
—¡Enemigo arriba! ¡Enemigo arriba! —Uno de los hombres de Kammler entró corriendo en la habitación—. Todo el mundo a cubierto.
Hana se metió debajo de un escritorio y todas las imágenes de bailes y salones se esfumaron al instante.
Bór se adelantó.
—¿Qué quiere decir con «arriba»?
—En la buhardilla, comandante, señor. ¡Han entrado por el tejado!
Saltaba a la vista que el hombre había sucumbido al pánico y Bór desenfundó su pistola mientras mascullaba una maldición cortante y lo apartaba de un empujón.
Hana había visto las buhardillas mientras recorrían el edificio al llegar; se trataba de alargados trasteros de techo bajo ubicados debajo de los aleros, iluminados por mansardas que se abrían a ambos lados.
Se pegó a un lateral del escritorio mientras imaginaba a las tropas de asalto de la SS abatiéndose sobre ellos y, tras coger el rosario que llevaba en el cinturón, empezó a pasar las reconfortantes cuentas y procuró respirar a medida que el sonido de los disparos se acercaba por la escalera.
—Mama —gimoteó.
El tiroteo ganó intensidad. ¿Cuántos eran? ¿Se estaría repitiendo la misma escena por toda Varsovia? ¿Serían sus hermanas ya cadáveres inertes y huecos, desprovistos de…?
«¡Basta!», se dijo a sí misma.
La histeria no iba a servir de nada, ni a ella ni a nadie.
Tenía que pelear y protegerse. Se preguntó qué haría Babcia Kamilla en su situación y, tras deslizarse hacia la parte delantera del escritorio, paseó la mirada por la habitación.
Detrás de la puerta, Kammler había colocado un elegante perchero de roble del que colgaban varios paraguas y bastones con puños ornamentados, y Hana salió disparada para coger uno antes de meterse en el estrecho hueco que quedaba entre dos armarios.
Los hombres que la rodeaban estaban en posición, con las armas apuntando a la puerta, pero el enfrentamiento continuaba por encima de sus cabezas y el repiqueteo de los disparos y los estallidos de las granadas resonaban en una ciudad asolada por los mismos sonidos de muerte.
Hana intentó respirar, pero en ese momento le vino a la cabeza la imagen de Marek desangrándose con un agujero de bala en el estómago. No quería morir así.
Entonces, en medio del caos, se escuchó una hermosa canción; una voz apagada que, con una seguridad gloriosa, decía en un polaco alto y claro:
—La división Rados ł aw se presenta para el servicio, comandante Bór, señor. Disculpas por el retraso.
Alrededor de Hana, los hombres del Consejo Nacional bajaron sus pistolas y se acercaron a estrechar la mano del escuadrón de jóvenes que entraba a zancadas en la habitación.
Hana se quedó mirándolos mientras se sacudían el polvo de los brazaletes rojos y blancos y contaban cómo habían avanzado a rastras por buhardillas y tejados para llegar a su puesto, justo a tiempo para detener a los alemanes que intentaban hacer lo mismo.
—Tenemos a todos los centinelas en sus puestos, señor —anunció el líder—. El edificio está bajo nuestro control.
—Bien hecho —les dijo Bór—. Ahora vamos a ver cuál es la situación en el resto de la ciudad.
Regresó junto a la ventana como si, pensó Hana sin fuerzas, hubiera acudido al teatro a ver una representación nocturna.
Ella tenía las piernas tan débiles que no habrían podido soportar su peso de no ser por el sólido roble de los armarios en los que se apoyaba, y se quedó en su escondite tratando de llenar de aire sus oprimidos pulmones hasta que el líder del AK que estaba junto a Bór señaló por la ventana.
—Mire, señor, ¡la bandera! ¡Hemos izado la bandera de Polonia!
La alegría se apoderó de Hana, que salió disparada para unirse a los hombres que se encontraban junto al cristal; y en efecto, allí, en el corazón mismo de Varsovia, ondeaba con orgullo bajo el creciente viento la bandera roja y blanca que había visto por última vez bajo la falda de su abuela.
—Alabado sea Dios —dijo con voz entrecortada—. Lo has hecho, Zuzi; lo has logrado.
—Fiolet —la llamó Bór, devolviéndola a la realidad con una sonrisa—. ¿Cómo te llamas en realidad?
—¿Mi nombre real?
—Eso es. Ahora ya no hay necesidad de subterfugios, ¿no te parece? Somos libres; o, cuando menos, estamos luchando con libertad.
Ella asintió, incapaz de asimilarlo todo.
—Me llamo Hana, señor.
—Excelente. Bien, Hana, ha llegado el momento de enviar nuestro mensaje.
Bór se acercó a su escritorio y cogió un bolígrafo, con el que procedió a escribir con trazos enérgicos:
Ciudadanos de Varsovia, os pedimos que os alzarais y os habéis alzado con toda la fuerza de vuestros cuerpos y el coraje de vuestras almas.
El Consejo Nacional os aplaude. Gran parte de la ciudad está en nuestras manos y debemos defenderla con resiliencia y valor durante unos días, hasta que las fuerzas aliadas vengan en nuestra ayuda con su artillería.
Pero hoy, Varsovia ha sido conquistada gracias a la voluntad de vuestro inmenso corazón.
Que Dios os bendiga y os guarde a todos.
Comandante Bór
Hana lo leyó una y otra vez mientras se hacían copias y se sellaban, y después de que un centinela le abriera la puerta, salió sobrecogida a una calle por la que ya no patrullaban alemanes.
Se habían acabado los subterfugios, la inquietud alrededor de los puestos de control y los mensajes escondidos en el pan duro.
Tendría que encontrar una ruta segura para desplazarse, pero ya había visto hombres del AK apostados en todas las esquinas para marcar su territorio, así que echó a andar sosteniendo en alto el mensaje.
Mientras recorría Varsovia en medio de la oscuridad de la noche, experimentó una sensación extraña pero alentadora.
Enseguida se dio cuenta de que el AK había asegurado una zona inmensa de varios kilómetros cuadrados, que englobaba Ż oliborz en el norte, Czerniaków en el sur, Stare Miasto y Ś ródmie ś cie en el centro, y su querido Wola en el oeste.
Por todas partes, los soldados levantaban barricadas entre silbidos y la gente se aventuraba a salir a la calle para saborear su recién adquirida libertad y contribuir a afianzarla durante los días siguientes.
Aunque todavía persistía el peligro de los francotiradores nazis que se escondían en los bloques de pisos y varias plazas fuertes que habían logrado conservar, Hana tenía un nítido mapa mental de su ciudad natal y no le costó trazar las mejores rutas entre los diversos centros del AK .
Al amanecer, había entregado el mensaje de gratitud y esperanza de Bór a todas las zonas que le habían asignado, y pudo marcharse a casa.
Luego tendría que regresar al trabajo, pero, por el momento, el cuerpo le pedía descansar.
Agradecida, se dirigió hacia el oeste. A su espalda, el sol salía con la promesa de un glorioso día de verano, pero lo único que quería Hana era meterse en la cama.
Pensó en el gran y mullido colchón de matrimonio que compartía con sus hermanas bajo el alerón del tejado de la panadería, y la invadió el miedo.
¿Y si una de ellas no había sobrevivido?
La Prudential había sido un destacado baluarte nazi y, aunque la bandera de Zuzi ondeaba en el tejado, no había manera de saber si la había izado ella o si alguien la había cogido de su cadáver.
Ni siquiera podía dar por descontado que Orla estuviera a salvo.
Hana había escuchado el rumor inverosímil de que, en su retirada, los soldados enemigos atacaban los hospitales con granadas; ¿y si una había explotado en el Juan de Dios?
Para llegar al hospital solo tenía que desviarse dos calles en su camino de regreso a casa, así que, con el corazón desbocado, giró en la esquina y se dirigió al edificio bajo y blanco.
Durante aquella larga noche, había visto cadáveres suficientes para saber que muchas personas jamás se despertarían el 2 de agosto de 1944 para disfrutar de la libertad, pero la posibilidad de que una de ellas fuera alguien de su familia era como una bala en el corazón.
Aceleró el paso mientras el miedo azotaba su cuerpo cansado, pero en ese momento la puerta se abrió y de dentro salió su hermana menor, con un aspecto tan agotado como el suyo, pero de una gloriosa y maravillosa pieza.
—¡Orla!
—¡Hana!
Se arrojaron una en brazos de la otra, intercambiando con voz entrecortada retazos de sus respectivas noches.
Hana le habló a Orla de los valientes soldados que custodiaban las endebles barricadas, y Orla le describió las indescriptibles heridas.
A un joven habían tenido que amputarle la pierna, y Hana se estremeció al imaginarse lo que debería sentirse cuando te cortaban una parte del cuerpo.
—No pienses en ello —la instó Orla, a la vez que entrelazaba el brazo con el de su hermana—. Aunque estemos más cerca del amanecer que del anochecer, es hora de estar todas juntas. Hemos tomado Varsovia, y ahora nos toca ir a casa.
Hana asintió. Casa… La palabra nunca le había parecido más dulce, y rezó para que la familia entera estuviera allí esperándolas.