Once
ONCE
ORLA
—¡La bandera! —La puerta del hospital clandestino se abrió de par en par y Alicja apareció con los ojos brillantes y Daniella con un pañuelo largo sujeto al pecho—. He visto la bandera.
Dejó la puerta abierta en un gesto desafiante y cogió a Orla de la mano para tirar de ella escalera arriba.
Por extraño que resultara hacer algo tan impulsivo, cuando salieron a la calle dando traspiés no vieron a ningún alemán.
Los soldados del AK disparaban desde las ventanas del extremo más alejado de la calle, pero, detrás de ellas, el sol se ponía tras los edificios de una Varsovia que se estaba llenando poco a poco de civiles curiosos y cautelosos.
—Mira, ¡ahí arriba!
Alicja señaló hacia el sur y Orla dejó vagar la mirada por los tejados de la ciudad hasta fijarla en la inmensa torre Prudential. En efecto, en lo alto del edificio, ondeando a la luz rosácea del crepúsculo, había una bandera polaca igual de inmensa.
—¡Zuzi! —jadeó Orla.
Alguien le pasó unos prismáticos y ella los enfocó con entusiasmo hacia aquella gloriosa imagen.
Al pie del mástil, un grupo de figuras delgadas se recortaba sobre el cielo, proclamando por fin la independencia de Polonia, y Orla entornó los ojos para distinguirlas bien mientras rezaba para que una de ellas fuera su hermana.
Habría podido quedarse mirando eternamente, pero había más gente impaciente por usar los prismáticos, así que los devolvió dando las gracias y abrazó a Alicja.
—¡Lo han logrado! —exclamó.
—Ha salido bien —dijo Alicja, mientras acariciaba la cabeza de su hija.
Al percibir la incredulidad en la voz de su nueva amiga, Orla se dio cuenta de hasta qué punto todos habían temido que no fuera así.
Aunque todavía se oían explosiones por toda la ciudad, estaban en medio de la calle, acompañadas por sus vecinos, libres para decir y hacer lo que quisieran por primera vez desde que Orla cumplió trece años.
Era como si alguien le hubiera arrojado un cubo de agua fría en un bochornoso día de verano, y Orla echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír.
—¡Lo han logrado!
Desde lo alto de la torre empezaron a caer pedazos de alguna cosa.
—¿Qué es eso? —le preguntó Alicja al hombre que tenía los prismáticos.
Él miró a través de ellos y sonrió de oreja a oreja.
—Es la bandera nazi. Están haciendo trizas la bandera nazi.
Orla sonrió aún con más ganas. Sin lugar a dudas, tenía que ser Zuzi.
Sin poder borrar la sonrisa de su cara, contempló las diminutas figuras que arrojaban la esvástica desgarrada por los aires.
No veía el momento de volver a la panadería y que sus hermanas le contaran sus experiencias durante la hora W, que seguramente serían más emocionantes que la de ella, que se había pasado el rato sentada junto a un montón de camas vacías esperando noticias.
Las de Zuzi y Hana serían la clase de historias con las que agasajar a un padre orgulloso y Orla se sintió inepta, algo que le sucedía a menudo, hasta que se recordó que en un hospital era mejor tener camas vacías que llenas.
Además, tampoco necesitaba nada más emocionante que aquella sensación de libertad.
Enfrente del hospital alguien abrió una ventana y colocó sobre el alféizar un gramófono por el que, para regocijo de la gente de la calle, empezaron a sonar en bucle los gloriosos y vibrantes compases de Chopin.
Durante años la música del compositor más importante de la ciudad había estado prohibida y ahora las hermosas notas parecieron danzar en el aire.
Orla cogió a Alicja de las manos y ambas se pusieron a bailar dando vueltas, con la pequeña Nella entre ellas, pero su alegría se vio interrumpida por el tintineo de la campana de una ambulancia, que dobló por la esquina a toda velocidad.
—¡Enfermera! Ven aquí ahora mismo.
La voz de la hermana Maria no admitía réplica y Orla soltó las manos de Alicja y corrió de vuelta al hospital, mientras dos chicas bajaban de un salto de la furgoneta y abrían las puertas traseras.
Dentro, tendidos en camillas instaladas a ambos lados como si fueran literas, había cuatro hombres jóvenes que gimoteaban de dolor mientras se agarraban las heridas, de las que goteaba sangre sobre el suelo metálico.
—Hay más en camino —dijo una de las chicas—. Muchos más.
A Orla se le revolvió el estómago y sintió una oleada de náuseas, pero los hombres estaban sufriendo y debía actuar con rapidez. Contuvo el aliento para intentar bloquear el olor metálico de la sangre, se metió en la furgoneta y se inclinó sobre el primer paciente.
—Vamos a ocuparnos de ti —le dijo—. Tenemos que sacarte y seguramente te va a doler, pero dentro hay médicos fabulosos que te curarán.
El joven le dedicó una mirada esperanzada y Orla rezó para no estar contándole una mentira.
Cogió la camilla por un lado mientras la conductora la cogía por el otro, y al sacarlo a la luz crepuscular vio que su pierna izquierda estaba aplastada por debajo de la rodilla y tenía muy mal aspecto.
Volvió a sentir náuseas y, mientras se apresuraban a llevarlo adentro, volvió a mirar la bandera que ondeaba con orgullo sobre Varsovia y se preguntó qué precio iban a tener que pagar por aquella vertiginosa sensación de libertad.
—Hay que operar. —Bronis ł aw miró la pierna y luego a Orla, que estaba al otro lado de la mesa—. ¿Puedes ayudar?
Orla vaciló. Habían metido al primer hombre en el hospital, pero detrás de este venían más, en ambulancia, en camilla o apoyados en los hombros de sus asustados amigos.
Muchos eran jóvenes, chicos con los que Orla habría estado compartiendo el último año de escuela de no ser por la ocupación, y que ahora se desangraban ante sus ojos.
—¿Lania? ¡Orla!
Al oír su nombre real, salió de sus ensoñaciones y chasqueó la lengua en señal de desaprobación con ella misma. Ahora que ya no tenían que esconderse, no había necesidad de usar nombres en clave, pero sí de pasar a la acción.
—Claro, doctor —dijo, y agradeció que él le dedicara una sonrisa.
—Podemos hacerlo. No nos queda otra.
Ella asintió, apretó la mandíbula y se obligó a no llorar mientras Bronis ł aw hacía un torniquete por encima de la rodilla del pobre muchacho.
—¿Qué quieres que haga?
Él hizo una mueca.
—Quiero que presiones aquí, a la altura del muslo, y que le levantes el pie para que pueda agarrarlo bien.
Orla miró el pie desfigurado y se maldijo por haber optado por ser enfermera.
Sabía que era demasiado blanda para hacer volar a gente por los aires, pero no había tenido en cuenta que, a cambio, tendría que lidiar con las consecuencias de esas explosiones.
Se acordó de la descripción que había hecho la hermana Maria de las heridas a las que tendrían que enfrentarse.
Entonces había pensado que la enfermera jefa adornaba la explicación para asustarlas, tratando tal vez de exagerar sus propias experiencias durante la Gran Guerra, pero en realidad no les había contado ni la mitad.
Deseó poder escapar del hospital e irse a su casa, pero aquel muchacho estaba sufriendo y no podía darle la espalda.
Bronis ł aw cogió una jeringuilla y le inyectó al paciente una cantidad medida con meticulosidad de sus limitadas provisiones de morfina. El chico estaba ya medio inconsciente y la droga le dibujó una sonrisa atontada en el rostro.
—Esto va a doler —le advirtió Bronis ł aw.
—Va a doler —convino él, pero cuando el médico empuñó la sierra con su borde afilado, se le saltaron las lágrimas.
—Creo que no…
—¡Enfermera!
Bronis ł aw introdujo un palo en la boca del chico y le hizo señas urgentes a Orla para que se adelantara.
Ella intentó no pensar en nada más que en sus instrucciones directas y, tras colocar una mano sobre el muslo del muchacho, agarró con un estremecimiento el hueso que sobresalía de su pie.
Al instante, él dejó escapar un chillido y escupió el palo, pero eso no fue nada comparado con el rugido de dolor que soltó cuando Bronis ł aw aplicó la sierra sobre su carne.
—Sujétalo bien; que no se mueva —jadeó el médico—. Cuanto antes acabemos, mejor.
Orla lo agarró con fuerza mientras cerraba los ojos y procuraba evadirse de la situación.
Se esforzó por visualizar todos los lugares que la hacían feliz: la parte de atrás de la panadería, un bosque lleno de ciervos, los rostros de su familia, pero nada lograba atravesar la angustia de aquel hombre al que estaba ayudando a mutilar.
«Ayudando a vivir», se recordó, pero en ese momento Bronis ł aw efectuó el último corte y Orla se quedó con la mitad inferior de la pierna en la mano.
Abrió los ojos y, tras dejarla caer al suelo, se tambaleó hasta apoyarse en la mesa de operaciones mientras tomaba aire a un ritmo frenético y la sala del hospital, que se estaba llenando con rapidez, parecía fragmentarse en un centenar de cuadraditos borrosos frente a ella.
El hombre se había desmayado, lo cual le ahorró el horror de experimentar la cauterización de la herida abierta con un hierro candente, pero a Orla le llegó el olor de su carne chamuscada y casi no le dio tiempo a apartarse de la mesa antes de devolver.
—Lo siento —jadeó mientras la hermana María se acercaba apresuradamente—. Lo siento mucho. Aprenderé. Mejoraré. Lo…
Notó una mano afectuosa y firme sobre su espalda.
—Lo has hecho muy bien, Orla. Muy bien. Eres una chica valiente y serás una excelente enfermera.
Orla no estaba segura de que ninguna de ambas cosas fuera cierta, pero agradeció que los gritos del hombre se hubieran acallado.
Sin embargo, había más pacientes, y levantó poco a poco la cabeza para pasear la mirada por la sala atestada.
Así que aquella era la realidad del levantamiento: el blanco y el rojo de la orgullosa bandera en lo alto de la torre, y su nauseabundo reflejo hecho de sangre y vendas allí abajo, en los hospitales de la ciudad. Iba a ser una noche larga.
—Limpiaré esto —dijo— y volveré al trabajo.
Corrió a buscar un cubo y una fregona, mientras las náuseas revoloteaban en su estómago y el miedo revoloteaba aún más veloz en su mente. ¿Qué era exactamente lo que habían desatado? ¿Y cómo se las iban a apañar para salir con vida?