Diez #2
A medida que subían se iban quedando sin más vías de escape que las puertas del cielo.
La imagen de Roza acribillada por las balas merodeaba en el borde del campo visual de Zuzi, pero no podía dejar que se interpusiera en su camino.
Ahora, todo se desarrollaba a buen ritmo.
De manera automática, colocó los explosivos en las puertas del quinto piso, insertó los detonadores, desenrolló la mecha, encendió el extremo.
De manera automática, siguió a Tosia en la retaguardia de la carga del AK sobre la guarnición que había ocupado la torre Prudential durante cinco largos años.
De manera automática, lanzó granadas hacia su posición, detrás de una barricada hecha con una mesa tosca, y se arrojó al suelo para protegerse de la detonación.
Tenía la boca llena de polvo y humo, los oídos le pitaban por las explosiones y los ojos le escocían por el aire acre, pero seguía con vida.
Cuando por fin el fuego cesó y el humo se disipó, se encontró en medio del pequeño grupo de Bartek, cuyos miembros paseaban la mirada por el edificio vacío con expresión de desconcierto.
Por lo que parecía, la victoria no iba acompañada de trompetas, ni siquiera de vítores, sino de silencio. Un hermoso silencio.
—¿Lo hemos logrado? —jadeó Zuzi—. ¿Es nuestro?
—Tenemos que peinar el edificio —dijo Bartek con cautela—, pero sí, eso parece. Bien hecho. Muy bien hecho, todos.
Se lo veía aturdido, y Zuzi sabía exactamente cómo se sentía. No tenía ni idea del tiempo que había transcurrido, pero la luz parecía estar apagándose en el cielo de Varsovia.
—¡El tejado! —gritó—. ¡Tenemos que alcanzar el tejado!
Bartek encabezó la marcha, obligándolos a avanzar a un ritmo prudente mientras comprobaba todas las entradas en busca de enemigos al acecho.
Un hombre se colocó de un salto frente a ellos y, para su bochorno, Zuzi dejó escapar un grito, pero él tenía las manos levantadas y pedía clemencia en alemán, en un balbuceo teñido por el miedo.
Bartek lo hizo prisionero, le ató las muñecas con una cuerda y tiró de él, como si fuera un perro, por el último tramo de escalera.
La puerta estaba abierta y, al cruzarla, Zuzi se encontró en un espacio plano al aire libre con vistas panorámicas de Varsovia en todas direcciones.
El sol se estaba poniendo en el horizonte y teñía la ciudad de un rojo sangriento muy adecuado para la situación.
Cabía la posibilidad de que los alemanes hubieran repelido el ataque del AK y de que, en aquel mismo momento, estuvieran de camino a la Prudential.
En ese caso, serían ellos los que estarían atrapados como moscas en una telaraña y todas sus horas de lucha no habrían servido para nada.
—¿La bandera, Ż elazo?
La voz seca de Tosia la sacó de su estado de pánico, y Zuzi se volvió y le hizo un saludo formal mientras se sacudía de encima sus absurdos miedos.
—La tengo aquí, señora.
—Excelente. ¡Icémosla en este mástil y mostremos a todos que Varsovia vuelve a ser polaca!
Zuzi sonrió y corrió a ayudar a sus compañeras de la Minerki a arriar la odiada esvástica nazi.
Dieciocho de las veinte componentes originales habían sobrevivido, con las únicas bajas de Roza, a la que habían abatido en la escalera, y la joven Nina, que había sucumbido en la lucha por el quinto piso.
Ahora, sin embargo, se hallaban en lo más alto del edificio y, en honor a sus compañeras caídas, debían anunciar a gritos su triunfo a la ciudad.
—Los veo levantar barricadas —gritó uno de los miembros del AK, que oteaba la ciudad con unos prismáticos—. Eso debe de significar que hemos tomado parte de Varsovia.
—Por aquí también —gritó otro desde el extremo más alejado, y a Zuzi se le hinchó el corazón.
Acompañada de las demás chicas, arrancó la bandera nazi de las cuerdas y ató en su lugar su sencilla bandera roja y blanca.
Al acordarse de que Babcia Kamilla se la había desenrollado de debajo de su falda la mañana anterior, cuando Varsovia era todavía una ciudad ocupada, sintió que la inundaba una sensación que creyó identificar como de libertad.
Se puso a tirar de las cuerdas para izarla hasta lo más alto del mástil, donde la brisa vespertina la hizo ondear con orgullo sobre su ciudad como un símbolo para todos.
A Zuzi le pareció escuchar vítores desde la calle y, con una mano apoyada en el mástil para mantener el equilibrio, lanzó su propio grito.
—¡Lo hemos conseguido! ¡Somos libres!
—Hemos dado el primer paso hacia la libertad —la corrigió Bartek con prudencia.
Sin embargo, él también tenía una sonrisa en el rostro y cogió a Zuzi de las manos para bailar con ella dando brincos como un loco por el tejado de la torre Prudential.
Los pies se les enredaron con la bandera nazi, que revoloteaba sobre las losas, y Zuzi sacó J su cuchillo y empezó a hacerla jirones.
—¡Fuera de nuestra ciudad! —gritó, mientras arrojaba un pedazo al viento—. ¡Fuera, fuera, fuera!
Por el oeste, el sol se ponía corriendo el telón sobre el primer día del levantamiento, mientras que, por el este, las hogueras se encendían en el campamento ruso.
Los líderes del Ejército Rojo verían la bandera y sabrían que, tal y como había reclamado Moscú, los polacos se habían sublevado para allanar el camino de la artillería rusa y expulsar así por completo a los alemanes de la ciudad.
El final del levantamiento estaba todavía muy lejos, pero ese día habían luchado y habían vencido.
Varsovia volvía a ser suya y, por más batallas que les quedaran por delante, nada ni nadie iba a robarle a Zuzi la ilusión.