Diez
DIEZ
ZUZI
Las campanadas de las cinco recorrieron hasta el último rincón del cuerpo de Zuzi. Era la música de la insurrección, y era gloriosa. Apenas había sonado la primera cuando la acompañó una orquesta de disparos y explosiones, en un estallido de ira reprimida por toda Varsovia.
—¡Adelante, chicas! —gritó Tosia, y abrió las puertas del apartamento mientras, desde arriba, los disparos de los hombres de Bartek abatían a los dos guardias frente a las imponentes puertas de la Prudential.
Zuzi no les prestó atención, salvo para asegurarse de que estaban muertos, y procedió a pegar su mina al marco de la puerta y desenrollar la mecha con rapidez.
El corazón le latía con fuerza y las piernas le temblaban, y, mientras sus dedos realizaban la tarea de manera casi automática, agradeció las interminables horas de instrucción que les había dado Tosia.
Sobre sus cabezas, los nazis habían abierto las ventanas para disparar a los efectivos del AK del edificio de enfrente, pero no habían mirado hacia abajo y, en consecuencia, no habían detectado a la Minerki.
Zuzi se pegó a la pared y acercó una cerilla a la mecha mientras Roza hacía lo mismo a su lado y, enfrente, otras dos chicas encendían su extremo.
Fascinada, Zuzi observó que las llamas recorrían alegremente los cabos y se preparó para la incorporación de la Minerki a la orquesta del levantamiento.
Las puertas estallaron y el cristal se hizo añicos, de modo que Zuzi tuvo que ponerse de cara a los ladrillos para evitar que las esquirlas le alcanzaran el rostro, y, aunque notó una serie de pinchazos en la espalda, como llevaba la vieja chaqueta del uniforme de su padre, que Orla había adaptado a su tamaño, el cristal apenas hizo mella en la gruesa tela.
—Bien hecho —gritó Bartek mientras guiaba a sus hombres al interior.
Eran unos sesenta y se dividieron en pequeños grupos que se desplegaron en abanico para abrir el camino por el edificio mientras daban caza a los nazis.
Al pasar junto a ellas, Tosia hizo una seña a la Minerki para que siguiera al principal pelotón de Bartek, compuesto por veinte hombres, y Zuzi sintió el primer escalofrío de miedo.
No habían llevado a cabo entrenamiento alguno para la siguiente fase de la operación, porque no tenían ni idea de a qué se enfrentarían.
La información de la que disponían señalaba que un grupo reducido aunque bien entrenado de nazis defendía el edificio, pero, de ser así, lo hacían desde los pisos superiores, ya que el gran vestíbulo de entrada estaba desierto.
—Por aquí.
Bartek les hizo señas para que subieran por la amplia escalera y los hombres lo hicieron pegados a la pared, con las armas adelantadas cada vez que tomaban una curva, seguidos por Zuzi y las demás chicas.
El estruendo de la batalla seguía resonando por toda Varsovia, pero, dentro de aquel edificio, el más importante de todos, reinaba un silencio sobrecogedor.
—La puerta —siseó Bartek, mirando a Tosia a través de sus hombres.
Ella asintió y dio un empujoncito a Zuzi y Roza, que se adelantaron entre los hombres para pegar explosivos plásticos en las bisagras e insertar un detonador, para luego proceder a desenrollar el cable hasta una distancia segura y encenderlo.
—Agachaos —susurró Zuzi a los hombres que la rodeaban, y observó con satisfacción cómo todos se apresuraban a obedecerla mientras ella prendía la mecha.
Aquella puerta también reventó al primer intento y el AK entró a la carrera, pero la enorme estancia estaba desierta salvo por un cuerpo desplomado junto a la ventana.
Alguien salió disparado para coger con júbilo una gran metralleta Sten, pero no era el momento de recrearse en aquellos pequeños hallazgos. Estaban allí para tomar el edificio.
Lenta y meticulosamente recorrieron las habitaciones de aquel piso. El edificio era enorme y los defensores alemanes parecían ir en parejas.
—Atrapados como moscas en una telaraña —gruñó uno de los hombres del AK mientras adelantaba a Zuzi para abatir a dos a tiros, con las armas que había arrebatado a sus compañeros.
Una vez despejada la primera planta, continuaron subiendo para hacer lo propio con las siguientes.
Hacía calor y, a través de las ventanas que alguien había dejado abiertas en los rellanos para que corriera el aire, Zuzi oía gritos de triunfo y dolor tanto en polaco como en alemán, y se preguntó cómo le iría al AK en otras partes de la ciudad.
Pero ya habría tiempo para ponerse al día al final del primer ataque; por el momento, debía centrarse en su objetivo.
Tocó la bandera de Babcia Kamilla que llevaba metida en la cinturilla y miró hacia arriba.
Las escaleras se elevaban en espiral hacia una apertura acristalada que había en lo alto y, durante un fugaz momento, Zuzi pensó que a Harta le interesaría aquel detalle —su hermana no se cansaba de hablarles de algo que llamaba «claraboyas»—, pero no era momento de prestar atención al diseño de interiores.
—Vamos —instó a sus compañeras, y todas avanzaron.
Otra curva en la escalera, otro rellano, otra puerta.
Zuzi y Roza corrieron de nuevo a pegar los explosivos plásticos en las bisagras, pero, mientras introducían los detonadores en la masilla, una metralleta empezó a retumbar al otro lado.
Una salva de proyectiles atravesó la puerta mientras Zuzi se encogía y se alejaba, pero Roza fue demasiado lenta y cayó hacia atrás mientras la sangre brotaba por los agujeros abiertos en su estómago.
—¡Roza! —exclamó Zuzi, al tiempo que intentaba arrastrarse hacia su amiga, pero Tosia la agarró mientras más balas atravesaban la puerta e impactaban en el cuerpo postrado de la chica—. ¡Roza! —repitió Zuzi, aunque en esta ocasión el grito le salió en forma de sollozo.
Su amiga estaba allí tendida, mirando con ojos desprovistos de vida la interminable escalera mientras la sangre abandonaba su cuerpo como a través de un colador, y a Zuzi empezó a temblarle de nuevo todo el cuerpo.
—Podría haber sido yo —gimió.
—Pero no lo has sido —repuso Tosia con sequedad—. Siento ser tan dura, pero tienes que ser fuerte. Ya habrá tiempo para lamentarnos después, y procuremos no tener que llorar la muerte de muchas más.
Aunque lo que decía tenía sentido, allí atrapadas en la escalera y rodeadas de enemigos el miedo parecía una repuesta mucho más lógica.
Zuzi miró hacia abajo, pero varios nazis habían salido de sus escondites e intercambiaban disparos con los hombres del AK en la habitación de debajo.
No había escapatoria; tenían que seguir adelante.
—¿Puedes encender eso? —preguntó Bartek, señalando la mecha que colgaba inerte de la puerta acribillada.
Zuzi cogió sus cerillas con manos trémulas, pero la primera se atascó en la caja y se partió en dos.
—Con calma —dijo Bartek, aunque no pudo evitar mirar con nerviosismo a sus hombres, dispuestos en fila por la escalera como patos en una atracción de feria.
Contaban con Zuzi para que cumpliera su cometido deprisa y bien.
Esta encendió la segunda cerilla, que prendió con facilidad, la acercó a la mecha mientras trataba de tranquilizarse y tiró de Bartek para que bajara varios escalones, mientras la llama crepitaba jovialmente hacia el explosivo, que estalló con gran estruendo.
Los hombres pasaron junto a ella la carrera, disparando hacia la habitación, y, aunque uno de ellos cayó muerto, como si se entregara a Roza para acompañarla en la sombría danza de la eternidad, consiguieron hacerse con el control de la planta sin mayores problemas y se pararon a recuperar el aliento.
Dos jóvenes con los ojos muy brillantes subieron por la escalera para explorar el terreno y regresaron al cabo de un minuto.
—El grueso de la guarnición está en el quinto piso, señor. Parece que se están preparando para resistir.
—Buen trabajo. —Bartek le dio una palmada en la espalda—. Vamos a asegurarnos de que sea la última vez que se resisten a algo, ¿de acuerdo, chicos?
La baladronada forzada debería haber sonado ridícula, pero, con el sonido de disparos que reverberaba por el inmenso edificio y el enemigo escondido quién sabía dónde, Zuzi sintió que la espoleaba.
—Despedíos de Varsovia —susurró en la dirección aproximada en la que se hallaban los nazis—. Es nuestra. Es toda…
Un disparo procedente de arriba rebotó en la barandilla de hierro que había junto a Zuzi, que se pegó a la pared a la vez que su bravuconería se esfumaba.
Tosia arrojó una granada, acompañada de una larga ristra de insultos, en dirección al origen del disparo, y un grito de dolor les indicó que había dado en el blanco.
—Está bien —dijo Bartek—, ¡vamos!
Subieron la escalera como un huracán, disparando a todo el que se cruzaba en su camino y cogiendo las armas de los nazis a los que abatían.
En la tercera planta a Zuzi le plantaron una metralleta en las manos y tuvo que reconocer que, aunque su poder despiadado la aterrorizaba, sujetarla le daba valor.
—¡Cuidado!
Tres soldados enemigos salieron de una habitación trasera y Zuzi cayó de rodillas y apretó el gatillo.
Una ráfaga de munición la derribó de espaldas, pero sus atacantes cayeron abatidos, no sabía si por sus proyectiles o por los de los demás, y ella se alegró.
Durante su instrucción les habían enseñado el funcionamiento de todo tipo de armas, pero estudiar su mecánica no tenía nada que ver con disparar una bala al corazón de alguien, y Zuzi experimentó un deseo más intenso que nunca de huir de aquel espantoso edificio y correr a su casa para refugiarse en la acogedora calidez de levadura de su amada panadería, la Piekarnia D ą browska, y la seguridad de su familia.
—Ha llegado el momento del arreón —dijo Bartek—. Podemos hacerlo. No os separéis y esperad a recibir órdenes.