La mensajera Nueve #2
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Nueve #2

—Si es así, de élite no tienen nada. Solo un imbécil empezaría a disparar tan pronto; podría arruinar todo el plan.

Se oyeron dos tiros más y luego, silencio.

—Por lo que parece, el plan sigue intacto —observó Bór con sequedad, mientras se ponía de pie—. ¿Vamos a ver qué ha ocurrido?

Hana bajó con sigilo detrás de todo el grupo, que se encontró a Kammler y sus hombres sobre un montón de soldados de la Wehrmacht muertos.

—Patrullaban demasiado cerca para nuestra tranquilidad, y el centinela ha perdido los nervios —explicó Kammler, que se había apresurado a acercarse a Bór—. Pero no se preocupe, señor, los hemos eliminado a todos y nos hemos apropiado del jeep , por si acaso.

Señaló el vehículo alemán aparcado en una esquina, y Bór asintió.

—Buen trabajo.

Se acercó a los hombres muertos y Hana lo siguió con disimulo, embargada por una fascinación morbosa.

Nunca había visto un cadáver tan de cerca.

A pesar de haberse acostumbrado a los cuerpos que colgaban de sogas nazis hasta volverse insensible, y a pesar de haber visto a Marek morir desplomado y encogido sobre la acera unos días antes, aquellos hombres inertes y lívidos que tenía a sus pies transmitían una sensación espantosamente real.

Contempló aquellas cáscaras vacías de personas que, hasta hacía un cuarto de hora, eran seres humanos que respiraban y soñaban, y entendió el verdadero poder que tenían las armas.

Una minúscula bala disparada desde la distancia y alguien podía desaparecer para siempre.

—Hasta nunca.

Uno de los hombres del señor Kammler le dio una patada al cuerpo más cercano, que rodó impotente a la vez que un brazo caía inerte sobre el suelo del almacén.

Hana se estremeció. Sí, era un nazi, y sí, de no estar muerto en el suelo, lo más probable era que ellos ocuparan su lugar, pero, a pesar de todo, era una vida perdida. Bór se adelantó.

—Trate a los muertos con respeto, por favor —dijo con severidad—. Puede que sea un nazi, pero también es el hijo de alguien.

—Pues es una pena que no lo educaran mejor —masculló el hombre, pero retrocedió.

Bór se miró el reloj.

—Muy bien, son las 1630. Tenemos que volver arriba. Mañana los enterraremos.

—¿Enterrarlos? —protestó otro hombre—. No veo por qué deberíamos mostrarles respeto cuando ellos no nos han tenido ninguno durante los últimos cinco años.

—Ah, ¿no lo entiendes? —Bór le dedicó una mirada de preocupación—. Lo lamento, pero, en mi opinión, lo que tratamos de hacer es devolver la justicia y la ecuanimidad a Varsovia, y deberíamos comenzar desde ya.

El hombre cambió el peso de pierna, inquieto. Bór se limitó a echar otro vistazo a su reloj y paseó la mirada por el almacén, pero seguía sin haber ni rastro de los defensores de élite.

—Vamos —dijo mientras se encogía de hombros—, tenemos que prepararnos para la hora W y, por lo que parece, tendremos que afrontarla solos.

Echó a andar a zancadas por el almacén de la planta baja y subió de nuevo por la escalera, seguido apresuradamente por Hana.

—Lo siento, señor —jadeó ella mientras trataba de no quedarse atrás.

Él la miró.

—¿Por qué?

—Por no haber entregado la orden a tiempo.

Él meneó la cabeza.

—No, Fiolet, el que lo siente soy yo por no haberla dado antes, pero si algo he aprendido después de tantos años en el ejército es que los lamentos, al menos durante la batalla, son una pérdida de tiempo.

Lo único que importa ahora es la situación actual, y debemos lidiar con ella de la mejor manera posible para asegurarnos de que la próxima sea más favorable.

No me cabe duda de que nuestro pelotón está dándolo todo para llegar aquí y, hasta que lo haga, tenemos a Kammler y sus hombres, que conocen al dedillo esta fábrica y están entrenados para matar, como ya han demostrado.

Además, el resultado ya no depende solo de nosotros, sino de todos los valientes miembros del AK .

Ven, acércate conmigo a la ventana y vamos a mirar cómo empieza el levantamiento.

Hana hizo lo que le mandaba, asombrada de estar compartiendo aquel momento crucial de la historia con gente tan importante.

El comandante era un hombre fascinante, de una calma inescrutable, pero con un halo de energía que irradiaba de él.

Había oído decir que tenía una esposa en Varsovia, pero que vivían separados para pasar desapercibidos, y solo se veían una vez a la semana.

Aun así, la pobre mujer había dado a luz en una ocasión durante la ocupación y en aquel momento estaba embarazada de nuevo.

Se rumoreaba que se había negado a abandonar la ciudad y, para el comandante, el hecho de saber que estaba allí con su hijo debía de dar un carácter personal al alzamiento, aunque, si era así, no se le notaba.

De pie a su lado, Hana pensó en Orla en su hospital; en Zuzi, lista para atacar la torre Prudential, y en la bandera de Babcia, preparada para ondear con optimismo desde lo alto del edificio.

El habitual miedo protector, que experimentaba cuando pensaba en sus hermanas pequeñas le encogió el corazón, y deseó que su única preocupación fuera que no hubieran elegido un novio adecuado, pero aquellas no eran las cartas que Dios les había repartido.

Rezó para que su madre y su hermano estuvieran a salvo en Wola, y su abuela, junto a su ventana en Stare Miasto para ver cómo saltaban las chispas cuando, de un momento a otro, el reloj de la catedral diera las cinco.

Miró hacia el cielo, de un azul sereno con varias bandas de nubes sobre el Vístula, y pidió protección a Dios y, como siempre, a Emil.

Seguramente era una blasfemia incluir en la misma oración a su prometido y al Todopoderoso, pero le resultaba reconfortante y en aquellos tiempos tan difíciles que les había tocado vivir no parecía un pecado tan grave.

Hana cerró los ojos y se puso a darle vueltas a su anillo mientras se imaginaba a Emil al día siguiente, cuando la noticia del levantamiento de la capital llegara a su base en el talón de Italia.

¿Lo mandarían de inmediato al norte junto con el resto de sus compañeros pilotos?

El Ejército Rojo debía de estar ocupando las bases aéreas de los nazis a medida que avanzaba, así que podrían utilizar alguna.

La idea de tener cerca a su prometido, al que hacía cinco años que no veía, era emocionante, y Hana se agarró al alféizar de la ventana mientras, abajo, la ciudad esperaba.

Y entonces la primera campanada del reloj de la catedral que daba las cinco atravesó la tarde de verano.

Aunque faltaban cuatro, el sonido quedó ahogado cuando Varsovia estalló en una explosión gigantesca; cinco campanadas perdidas en cinco años de ira y orgullo reprimidos, apuntadas a través de los cañones de las armas y disparadas con experta precisión.

Por todas partes, el sol se reflejó en los miles de ventanas que se abrían para que los francotiradores pudieran empezar su trabajo letal, y los cimientos de la ciudad se sacudieron bajo el fuego de las granadas arrojadas al corazón del enemigo.

Hana pensó durante un instante en los cadáveres del piso de abajo y supo que cada grito que se elevaba de los inesperados blancos repartidos por toda la ciudad significaba que otra persona, ya fuera alemana o polaca, acabaría bajo tierra.

Se preguntó cuánta sangre podría absorber el suelo, pero no era el momento de pensar en negativo.

De hecho, no era el momento de pensar en absoluto.

Había llegado la hora W y, con ella, el momento de pasar a la acción después de cinco años opresivos.