La mensajera Nueve
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Nueve

NUEVE

HANA

—¿Se va a llevar eso?

Las palabras salieron de la boca de Hana en un tono muy poco decoroso, sobre todo porque se las dirigía al edecán de Bór, un militar intimidante con tres medallas prendidas del forro del abrigo.

Pero la realidad era que estaban trasladando el Consejo Nacional a un cuartel general de batalla, así que ¿por qué narices quería cargar con un gramófono?

Dudaba que tuvieran mucho tiempo para bailar.

—Por supuesto —contestó él con tranquilidad—. Lo más normal es que un hombre inocente que va a visitar a un amigo una tarde de verano como cualquier otra, sin tiempo para pensar en nada tan absurdo como una insurrección, quiera disfrutar de melodías alegres, ¿no?

Ella se lo quedó mirando y, con un guiño, él levantó el borde del gramófono y dejó al descubierto dos pistolas relucientes escondidas en un compartimento secreto.

—Vaya. Pues claro. Perdón, señor; no debería haberlo cuestionado. Estoy un poco nerviosa.

Él le dio una palmadita en el hombro.

—Todos lo estamos, muchacha. No todos los días se subleva una ciudad entera, y bajo nuestro mando.

Le guiñó el ojo de nuevo y siguió recogiendo el gramófono, en cuya tapa introdujo varios discos ostensiblemente alemanes.

Hana pensó que parecía de todo menos nervioso, y que más bien irradiaba una sensación de excitación que aquellos acostumbrados a la vida militar debían de experimentar cuando se acercaba el momento de la batalla.

Muchos de los hombres del cuartel general se comportaban de la misma manera, con resolución y actitud de mando, y Hana se imaginaba que dedicarse durante cinco años a organizar una milicia clandestina debía de haber sido tremendamente frustrante para aquellos hombres acostumbrados a llevar la voz cantante.

Los únicos polacos que luchaban en aquella guerra colosal eran los que habían huido de la madre patria en 1939 y se habían unido o bien a los rusos o bien a los británicos, como Emil.

Hana se acercó a la ventana para mirar el cielo, como hacía siempre que pensaba en su prometido.

Era absurdo, porque las posibilidades de que estuviera allí eran casi nulas, pero de todos modos la ayudaba a sentirse más cerca de él.

Dios, Emil adoraba volar. Aún se acordaba del día en que la había invitado a cenar cuando volvió de su primer entrenamiento con las fuerzas aéreas polacas en verano de 1939.

Con dieciocho años, ella cursaba su último año en la escuela y Emil Andrysiak, que tenía veinte, le había parecido de lo más glamuroso con su delicioso uniforme, y el hecho de que hubiera decidido cortejarla a ella la había hecho sentir la chica más afortunada del mundo.

«Es mágico, Hana —había dicho él—. Los aviones son tan ligeros y sensibles que es casi como si no existieran y estuvieras volando por tus propios medios. Cuando termine la instrucción, te llevaré a dar una vuelta…, si tu padre se fía de mí, claro».

Ella se había reído. Emil ya conocía a Kaczper y los dos se llevaban de maravilla, así que a Hana no le había cabido duda de que se fiaba de él y dejaría que la llevara, tanto en avión como en la vida.

Por aquel entonces Emil aún no se había declarado, pero había dejado caer indirectas y le había preguntado cómo veía el futuro, un futuro que en ese momento, a decir verdad, ella solo podía imaginar con él.

«¿Quieres enrolarte en las fuerzas aéreas?», le había preguntado Hana esa noche.

«Ah, no. Es increíble, pero no soportaría formar parte del ejército cuando tenga una familia. Eso si… —Se había sonrojado, algo que no había hecho sino aumentar su atractivo—, si soy tan afortunado de tener una familia».

«Entonces, ¿a qué te gustaría dedicarte?», había preguntado ella.

«Quiero enseñar historia. En el mejor de los casos, en la universidad y, si no soy lo bastante bueno, en una escuela. —Se había vuelto a ruborizar—. Lo siento. ¿Te parece extremadamente aburrido?».

Ah, cómo lo había amado en ese momento.

«No me parece aburrido en absoluto. ¿Por qué dices eso?».

«Como siempre estás hablando de diseño contemporáneo y tecnología moderna, y mirando hacia el futuro, seguramente te parezca una tontería estudiar el pasado».

«Nada más lejos de la verdad. Estudiar el pasado es la mejor manera de mirar hacia el futuro».

«Vaya; me encanta. Tú me encantas; te… te quiero, Hana D ą browska».

«Yo también te quiero, Emil».

Había sido la primera vez que lo decían en voz alta y, por suerte, en aquel momento habían llegado sus platos, porque ninguno de los dos sabía dónde meterse y habían aprovechado para enfrascarse en una conversación sobre panceta de cerdo y dumplings .

El recuerdo dibujó una sonrisa en el rostro de Hana.

Parecía que hubiera pasado una eternidad; no, no lo parecía, era así.

Un mes después, Emil le había hecho una visita formal a su padre y luego había ido a buscarla a ella con el precioso anillo de amatista al que en ese momento le daba vueltas en el dedo.

«El único futuro que quiero eres tú», había dicho él, con una rodilla hincada en el suelo, y ella lo había levantado y lo había besado en los labios como toda respuesta.

Al cabo de un mes, Hitler había invadido el país y él había tenido que huir para salvar su vida, mientras los nazis arrasaban Varsovia y arruinaban sus planes de boda junto con todo lo que encontraban a su paso.

Hana los odiaba con toda su alma, pero por fin había llegado la ocasión de echarlos, y no podía dejar que las dudas la abrumaran.

Se apartó de la ventana y se acercó a Bór.

—¿Qué quiere que lleve, señor?

Salieron a la calle a intervalos de tiempo cuidadosamente separados para no llamar la atención de las patrullas nazis que rondaban por toda la ciudad.

Hana observó que la flor y nata del ejército polaco y de sus líderes políticos se escabullía del apartamento con una variopinta colección de monos, batas y uniformes de cocina, y no pudo por menos que admirar su dedicación.

La mayoría de aquellos hombres había sobrepasado con creces la cincuentena y podría haber esperado sin despeinarse a que la ocupación terminara, pero no: estaban decididos a liberar Polonia, y Hana se enorgullecía de estar a su lado.

Se marchó con el ayuda de campo de Bór justo después de las 1500, con el brazo entrelazado con el suyo mientras él abrazaba el gramófono con el otro, de tal modo que cualquiera que los viera pensaría que eran una pareja a punto de disfrutar de una alegre excursión veraniega.

Bór los siguió con un mono salpicado de pintura y un montón de equipos radiofónicos metidos en las latas que llevaba en ambas manos.

El ayuda de campo iba silbando y, aunque Hana admiraba su aplomo, no tenía mucho que ofrecer como acompañamiento salvo el frenético latido de su corazón.

El ambiente de la ciudad estaba cargado de electricidad.

Lo había percibido a lo largo de todo el día, mientras iba de un centro a otro y pronunciaba la contraseña cargada de significado de ese día: przeznaczenie , «destino», en cada apartamento, casa y cobertizo secretos, antes de entrar y entregar la trascendental orden: «Hora W hoy a las 1700».

No había resultado sencillo. Por muy zafios que fueran los alemanes, no eran estúpidos; habían percibido también la excitación que flotaba en el aire y por ello pedían la documentación a todo el mundo.

Hana había tenido que cambiar de ruta numerosas veces para esquivarlos y no había llegado al punto de su última entrega hasta las 1300, lo cual dejaba solo cuatro horas a los hombres y mujeres al mando para encontrar y reunir a sus tropas.

La gente iba de un lado a otro, apresurada, y el ojo entrenado de Hana se fijó en las cestas de fruta que pesaban más de lo habitual y en los bultos de más de una gabardina, totalmente innecesaria en aquel caluroso día de agosto, señales inequívocas del rápido traslado de armas a sus posiciones de cualquier manera que se pudiera improvisar.

Procuró no mirar a nadie más que a su supuesto novio, pero, aun así, experimentó un inmenso alivio cuando llegaron a su destino: la fábrica de muebles Kammler.

Antes de la guerra el célebre fabricante había suministrado mobiliario de alta calidad a las casas más elegantes de Europa (Babcia Kamilla tenía un tocador Kammler del que estaba especialmente orgullosa) y durante la ocupación solo al Reich.

El señor Kammler, sin embargo, se había unido al AK desde un principio y había reclutado e instruido con discreción a una plantilla que operaba también como unidad de combate.

Ahora dio la bienvenida al Consejo Nacional y, tras declarar el honor que suponía para él tenerlos allí, los acompañó a un imponente despacho sobre el taller principal, acorde para sus invitados.

Hana paseó la mirada por los elegantes escritorios, dispuestos para los diversos comandantes y delegados del gobierno, los armarios que servían para archivar documentos y los tocadores equipados con estaciones de radio, esenciales para comunicarse con los centros de control del AK y el mundo exterior, y se emocionó de formar parte de todo aquello.

¿Quién iba a decir que la pequeña Hana D ą browska acabaría en el meollo del levantamiento, en una posición que le permitía trasladar las órdenes de Bór a la totalidad del AK ?

Se dirigió al escritorio que le habían asignado en una esquina y miró a su alrededor con orgullo.

Y entonces fue cuando empezaron a sonar los disparos.

Desesperada, Hana miró al reloj de pie de la esquina: ni siquiera eran las cuatro, demasiado pronto para que estallara la hora W. Por si eso fuera poco, los tiros parecían provenir de las puertas que habían cruzado para entrar en la fábrica hacía menos de diez minutos.

—Agachaos —gritó alguien, y Hana se vio arrojada al suelo.

—¿Dónde están los hombres del Rados ł aw? —le siseó el ayuda de cámara a Bór.

El pelotón de élite Rados ł aw ejercía de guardia personal del Consejo Nacional, pero no había ni rastro de él en la fábrica.

—Igual son ellos —sugirió Bór.