Ocho
OCHO
ZUZI
Zuzi estaba sentada con la vista clavada en la torre Prudential, como si así pudiera perforarla, aunque por supuesto serían las minas apiladas con esmero en su pared lateral las que se encargarían de ella.
Estaban revisadas y listas para detonar cuando llegara la hora W, dentro de —miró su reloj— una hora exacta.
La Minerki había recibido el mensaje que tanto esperaba y quien se lo había entregado era nada menos que su hermana, Hana, que por lo visto había escalado posiciones en el mundo de los enlaces.
Zuzi se alegraba por ella, faltaría más, pero toda su atención estaba centrada en dar lo mejor de sí misma en la tarea que tenía asignada y hacer que su padre se sintiera orgulloso de ella.
Se llevó la mano a la manga de su camisa y pasó los dedos por el brazalete rojo y blanco que acreditaba su pertenencia al AK .
Las unidades formadas por chicas con menos querencia por las explosiones llevaban semanas cosiéndolos y Tosia les había entregado los suyos al llegar a su punto de ataque.
Zuzi lo acarició con orgullo. Aquella era todo lo que tenía el AK a modo de uniforme; nada de elaboradas guerreras, ni botas reglamentarias, ni elegantes cartucheras ni gorras normativas, tan solo aquel sencillo brazalete rojo y blanco.
Las chicas se lo habían puesto con orgullo, se habían admirado unas a otras e incluso habían posado para una foto con una cámara que Tosia había pedido prestada a uno de los numerosos reporteros que rondaban por Varsovia.
Si la hora W tenía éxito, podrían llevar por las calles aquellas reproducciones en miniatura de la enorme bandera que Zuzi tenía intención de ondear desde lo alto del edificio que había al otro lado de la calle.
No veía el momento de sustituir la odiosa esvástica y, para ello, lo único que tenían que hacer era echar a los nazis del edificio más alto de Europa.
A Zuzi se le encogió el corazón y la joven se leyó la cartilla con severidad.
Ella era Ż elazo, era hierro. Desde que los monstruos nazis habían arrojado a su padre del balcón de la cárcel, había esperado el momento de devolverles el golpe y por fin tenía la oportunidad de hacerlo.
Distribuidas por toda la ciudad, otras unidades estaban en posición igual que la suya y, cuando llegaran las 1700, todas se alzarían.
Eran cuarenta mil efectivos ante los diez mil de la Wehrmacht, y contaban además con el efecto sorpresa. Funcionaría; tenía que funcionar.
A su lado, Roza pasaba las cuentas del rosario mientras movía los labios en una oración silenciosa.
Así pues ¡Zuzi no era la única que estaba nerviosa!
Paseó la mirada por aquella habitación ubicada en el corazón de Ś ródmie ś cie y vio que toda la unidad se había sumido en un momento íntimo de contemplación; al menos, las integrantes que estaban allí.
Faltaban varias mujeres y Zuzi no tenía ni idea de si se habían acobardado, si las habían atrapado de camino allí o si ni siquiera habían recibido el mensaje.
La noche anterior habían dispuesto de muy poco tiempo para distribuir las órdenes antes de que el toque de queda cayera sobre la ciudad.
Hana había llegado a casa frustrada y esa mañana, en cuanto el toque de queda se había levantado, había salido a la calle, pero Varsovia era una ciudad inmensa y los miembros del AK eran difíciles de localizar, por su propia seguridad.
—¿Dónde están? —Oyó Zuzi preguntar a Tosia, en un murmullo, al líder del grupo del AK con el que realizarían el ataque.
Se trataba del pelotón Kilinski, una de las unidades de élite que se había labrado una reputación intachable durante los dos años anteriores gracias a varios actos de sabotaje.
La Minerki, que ya había trabajado con ellos en diversas ocasiones, los había recibido encantada en el apartamento que hacía las veces de base de operaciones.
Su líder, un hombre mayor llamado Bartek, había demostrado ser tan valiente como habilidoso, y sería un placer trabajar con él.
Esa tarde, mientras trataban de distraerse de la monumental tarea que tenían por delante, había comentado que tenía un hijo médico en el hospital Juan de Dios, y Zuzi había reconocido de inmediato el parecido.
Así pues, aquel Bartek era el padre del intrigante doctor Ł ukasz, el amigo de Orla.
Aunque tampoco era tan intrigante, al menos no para ella. Ella era hierro.
Zuzi se concentró de nuevo en la torre Prudential.
Dos guardias nazis caminaban a paso militar de un lado a otro de la entrada, y no pudo evitar salivar ante la perspectiva de hacerlos volar por los aires.
No era un pensamiento muy benévolo, pero el tiempo de la benevolencia había pasado hacía mucho y, dentro de una hora, se lo demostrarían a los alemanes que ocupaban su ciudad, a los rusos que se acercaban y al mundo entero.
Polonia era el primer país que había invadido Hitler, pero no sería el último en ser liberado, y sin lugar a dudas ellos no iban a quedarse de brazos cruzados esperando a que otros lo hicieran por ellos.
—Necesitamos al pelotón al completo para llevar a cabo un trabajo profesional —se lamentó Tosia con Bartek.
Zuzi se echó hacia atrás para escuchar su conversación.
—Es ridículo —convino él—. Llevamos cinco años planeando este alzamiento; ¿a qué vienen las prisas ahora?
Nos habrían hecho falta al menos cuarenta y ocho horas de margen para prepararnos como es debido.
La mitad de nuestra división sigue en el bosque, y dos de mis hombres, que se encargan de la imprenta, llevan una semana encerrados en su sótano porque los nazis se han enterado de sus actividades y montan guardia en la entrada.
Por lo menos, espero que cuando ataquemos esa sea la menor de sus preocupaciones y podamos sacar de allí a esos pobres diablos.
El reloj de la catedral sonó en la otra punta de la ciudad, un repique suave y corto que señalaba que eran las 1630, pero Zuzi notó que toda la ciudad se ponía alerta, y oyó disparos aislados en varios sitios, obra de hombres sobrexcitados por tener armas reales en sus manos.
¡Madre mía! No tenían autocontrol. Al AK le iría mucho mejor si hubiera más mujeres entre sus filas, tal como demostraría la Minerki en media hora.
Más abajo, una puerta se cerró de golpe y todos intercambiaron miradas nerviosas.
Zuzi escuchó a alguien murmurar la contraseña de ese día y luego observó con alegría que las dos últimas integrantes de su grupo entraban tambaleándose en la habitación.
Tosia las abrazó de una manera muy poco propia de ella y les dijo algo así como que su «pequeña familia» por fin estaba completa.
Zuzi también les dio la bienvenida, pero la palabra «familia» se le había quedado clavada.
En aquel momento, sus hermanas estarían en sus puestos: Orla en el hospital Juan de Dios, en el extremo de Stare Miasto, y Hana en el nuevo cuartel general del AK , en la famosa fábrica de muebles Kammler, en el barrio de Wola.
Magda, por su parte, estaría en la panadería, amasando frenéticamente para alimentar a los resistentes…
y para mitigar el miedo de lo que les podía pasar a sus hijas.
Jacob, si todo iba bien, estaría con ella, buscando una manera de canalizar su inagotable energía que no implicara sacar de quicio a la Gestapo.
Y Babcia Kamilla… Ella estaría en su casa en Stare Miasto, bebiéndose un jerez, con los grilletes de su padre colgados en la pared sobre su cabeza y los ojos clavados en el reloj, esperando, como ya había hecho varias veces a lo largo de su vida, a que los polacos recuperasen su independencia.
Zuzi cogió la bandera enrollada y apretada, y tras metérsela por la cintura de los pantalones, se ciñó el cinturón para que no se moviera durante la ofensiva.
—Reuníos —les dijo Tosia a las chicas, que de inmediato formaron un estrecho círculo como hacían siempre antes de un ataque, aunque nunca se habían enfrentado a uno tan importante e impredecible como aquel—.
Ya sabéis cómo va esto; lo habéis hecho un millón de veces.
Dentro de quince minutos bajaremos con sigilo y, cuando den las cinco, nos pondremos en marcha.
Los hombres de Bartek eliminarán a los guardias para cubrirnos y nosotras cruzaremos la calle, colocaremos los explosivos alrededor de la puerta y los detonaremos.
Tenéis que actuar deprisa, pero con cautela; nada de heroicidades.
Cuando el trabajo esté hecho, nos pegamos a la pared para dejar que entre el Kilinski y los seguimos cuando nos lo ordenen.
A partir de ahí, las prácticas no nos servirán de nada.
No os separéis de vuestras armas y haced lo que os pidan: volar escaleras, paredes, puertas, cualquier cosa que necesite el Kilinski.
Nuestro trabajo es abrirles el camino, chicas, y se nos da de narices.
Levantó una mano y las integrantes de la Minerki la agarraron con las suyas hasta formar un único puño gigante.
Zuzi notó que la energía de sus camaradas vibraba a través de sus dedos unidos y respiró hondo y despacio.
Podían hacerlo. Habían volado vagones de tren, coches y camiones de suministros; no iban a detenerse ante un edificio, ni siquiera uno tan grande como la torre Prudential, sobre todo cuando hasta el último miembro del AK atacaba al mismo tiempo en Varsovia.
En el reloj de la catedral sonó la alegre nota que señalaba que faltaba un cuarto para la hora, un cuarto para la hora W.
—Minas preparadas, chicas —dijo Tosia—. Ha llegado el momento de la verdad. —Les dedicó una sonrisa—. La última en llegar arriba prepara el té, ¿vale?
—La última en llegar arriba prepara el té —repitió Zuzi, que separó la mano y fue a buscar sus minas y granadas.
Estaba preparada, más que preparada, pero su corazón, que no era tan de hierro, latió más desbocado que nunca mientras se dirigía a la escalera.
Pensó en su familia real, sentada alrededor de la mesa del desayuno la mañana anterior mientras Babcia desenrollaba ostentosamente la bandera que ahora tenía metida en la sudada cinturilla, y deseó poder echar el tiempo atrás y volver allí.
Pero entonces se obligó a recordar a su padre, arrojado por los malvados nazis a una muerte oprobiosa por encima de la barandilla de un balcón, y su corazón se sosegó.
—Los grilletes no pueden durar para siempre —murmuró en medio del silencio infinito, antes de que dieran las cinco.