La mensajera Siete #3
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Siete #3

—No debemos sublevarnos hasta que los rusos crucen los puentes —dijo un hombre—. En ese momento el Ejército Rojo ya no tendrá marcha atrás.

—Y seguramente en ese momento es cuando tomarán Varsovia —argumentó otro—. Si esperamos hasta entonces, será demasiado tarde. Proclamarán la victoria y nos convertiremos de nuevo en vasallos, aunque sea de un señor distinto.

—Tenemos que tomar la ciudad antes de que lleguen —convino un tercer hombre—. Cuando recibamos a los rusos, la capital debe estar ya bajo nuestro poder; no podemos dejar que entren como conquistadores.

—Está dando por hecho que podemos tomar la ciudad —dijo otra voz con un tono de urgencia.

—Claro que podemos. ¿No ha visto cómo huye la Wehrmacht hacia el este? Está en las últimas.

—Puede que esos soldados lo estén, pero no los pelotones nuevos que envían desde el Reich. Según mis fuentes, Hitler ha puesto a Himmler al mando de la defensa de Varsovia, y eso significa que va a enviar a la SS , con sus tácticas sucias y brutales.

—Y por ese motivo debemos tomar Varsovia ya, antes de que le pongan las manos encima —observó el primer hombre.

La discusión continuó en círculos mientras Hana escuchaba, inmóvil en su silla y con el corazón encogido.

Todo lo que decían, todas las perspectivas, tenía su lógica.

Polonia estaba atrapada entre dos enemigos, como lo había estado durante siglos, y debían actuar con mucha astucia para librarse de ambos.

En la habitación de al lado alguien dio un sonoro puñetazo sobre un escritorio, sobresaltándola a ella y al guardia de ojos oscuros, además de silenciar todas las voces.

—Señores. —La voz sonaba serena y distinguida, aunque teñida por el cansancio—. Nos enfrentamos a una decisión imposible. El gobierno de Londres apoya la sublevación, nuestros generales apoyan la sublevación…

—No todos, Bór —objetó alguien.

—Algunos de nuestros generales apoyan la sublevación —se corrigió el primer hombre, el comandante Bór en persona, con voz inquebrantable—, pero lo más importante es que nuestro pueblo apoya la sublevación.

No solo la apoya: la pide a gritos. Están hartos de la ocupación, hartos de la opresión y la crueldad, hartos de que se les prohíba el acceso a las partes favoritas de su ciudad, de que su juventud se vea privada de educación y, por encima de todo, están hartos de ver que ahorcan sin motivo a sus seres queridos.

Están ansiosos por sublevarse y echar a patadas a sus opresores, y no creo, caballeros, que podamos detenerlos.

Si somos nosotros los que ordenamos el levantamiento, al menos podremos llevarlo a cabo de una forma organizada y militar.

Creo que se lo debemos a nuestra gente, que ha aceptado el sufrimiento con paciencia durante demasiado tiempo, y que es nuestra obligación liderarlos en su liberación.

A Hana se le hizo un nudo en la garganta y, cuando miró hacia el guardia, vio que se secaba una lágrima furtiva.

Pensó en las ganas de luchar de Zuzi, en las súplicas de Jacob para que le dieran un arma e incluso en la petición de Babcia Kamilla para que le dejaran fabricar granadas.

El comandante había dado en el clavo al analizar la situación y, aliviada, Hana escuchó en la habitación contigua un murmullo de voces masculinas que le daban la razón.

Se puso en pie de un salto cuando la puerta se abrió y apareció un hombre alto y fibroso que tendría la edad de su padre, si este siguiera con vida. Llevaba un mono de empleado de mantenimiento, pero se acercó a ella para estrecharle la mano con un inconfundible aire de autoridad.

—Buenas tardes —la saludó educadamente—. Tú debes de ser mi nueva oficial de enlace, ¿verdad?

—Sí, señor. Me llamo Fiolet, señor.

—Es un nombre precioso; muy bien elegido. Bienvenida al trabajo, Fiolet. Te has unido a nosotros en un día muy propicio.

Se sentó a su escritorio y se puso a escribir con letra firme y redondeada, mientras el resto de los principales comandantes y políticos de Varsovia iba saliendo de la habitación, vestidos también con ropa de obreros para poder mezclarse con la gente de la calle sin llamar la atención de las patrullas nazis.

Bór terminó su mensaje y se lo tendió a Hana con una sonrisa tensa.

—Protégelo con tu vida si hace falta.

Ella asintió con decisión y leyó las palabras, sucintas pero solemnes.

Orden del comandante Bór y el Consejo Nacional

Se ha decretado que la hora W será mañana,

1 de agosto de 1944, a las 17:00.

Prepárense bien y que Dios esté de nuestra parte.

Allí, entre sus manos, estaba la orden que, al día siguiente, llevaría a la guerra a su ciudad, su pueblo y su familia.

Los ayudantes de Bór ya se habían puesto a hacer copias y a estampar el sello en los papeles para darles oficialidad.

A partir de ese momento, el trabajo de Hana era llevarlos a los centros medulares, desde donde se distribuirían a los demás centros y, de allí, a todos los soldados del ejército clandestino de Varsovia.

Cinco años atrás, devastadas por la pérdida de su padre, las D ą browska se habían unido al AK y habían jurado vengar su muerte. «Cuando llegue el momento —les había dicho Babcia Kamilla—, atacaremos».

Y, por lo visto, el momento había llegado. Que Dios los ayudara a todos.