Siete #2
Pero una vez más, al darse la vuelta distinguió la sombra de una figura que se ocultaba y se le encogió el corazón.
¿La habría visto alguien el día anterior, mientras miraba cómo Marek moría?
¿Sabría alguien que tenía el mapa de una nueva autovía metido en el cajón de la ropa interior de su casa, encima de la panadería?
En ese momento recordó su entrenamiento y, tras meterse en el portal de una tienda, se obligó a estudiar con actitud despreocupada la mercancía del escaparate mientras vigilaba la calle para detectar cualquier persona sospechosa que pasara.
Y de pronto vio a una… y casi se echó a reír.
—¡Te pillé!
Salió de un salto de su escondite y agarró por el cuello a su perseguidor, que se retorció.
—Suéltame, Hana.
—No. ¿Qué haces siguiéndome, Jacob?
Su hermano pequeño se retorció con más ahínco.
—Solo quería saber adonde ibas. Pintar anclas es muy aburrido. Quiero un trabajo más importante.
—¿Qué podría ser más importante que elevar el ánimo de la ciudad?
Él hizo un puchero.
—¿Pegar tiros a los nazis?
Hana lo hizo callar mientras miraba nerviosa a su alrededor, pero por el momento estaban solos.
—No se trata solo de pegar tiros a la gente, Jacob —siseó—, sino también de derrotar al régimen.
Él dio una patada sobre el suelo.
—Supongo que sí, aunque a mí lo que me gustaría es pegar tiros a unos cuantos nazis. Ellos mataron a Tata, Hana.
—Lo sé, pero…
—Casi no me acuerdo de él. —Jacob la miró con una expresión seria en sus ojos normalmente traviesos—.
Por la noche, cuando estoy estirado en la cama, intento visualizarlo, no como…
estaba la última vez que lo vimos, sino cuando horneaba pan con nosotros, o jugaba al fútbol en la calle o me llevaba a caballito.
Sé que hacía esas cosas y, si me esfuerzo mucho, más o menos puedo verlo mentalmente, pero no lo siento, Hana. No lo siento.
Hana le dio un apretón en el hombro.
—Lo siento, Jacob. Tata estaba muy orgulloso de ti, lo sé. Se alegró mucho de tener un hijo después de tres hijas.
Jacob irguió la espalda y la habitual chispa picara asomó a sus ojos.
—Los niños son mejores que las niñas.
—¿Por qué, porque se les ocurren bromas ridículas con pulgas?
Él se encogió de hombros.
—Fue muy gracioso, Han. Tendrías que haber visto cómo se rascaban todos: los oficiales, los soldados y sus novias gordas.
Hana no pudo evitar sonreír.
—Seguro que sí. Pero no te arriesgues demasiado, Jacob.
—Pero ahora todos tenemos que arriesgarnos, ¿no?
¿No es eso lo que hace falta para el levantamiento?
—Hana se apresuró a hacerlo callar, aunque en parte tenía razón—.
¿Puedo ir contigo? —insistió él—. Por favor.
Lo haré muy bien con los mensajes. Me conozco la ciudad como la palma de mi mano y soy rápido.
Apuesto a que puedo llevar un mensaje desde Ż oliborz hasta Czerniaków en media hora.
—Apuesto a que sí, Jacob —convino ella—, pero no puede ser. Tenemos todo un sistema establecido para entrar en la unidad.
—Ahora —di jo Jacob.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando estemos en guerra, todo cambiará. Vais a necesitar a gente como yo si… —Su voz se apagó, y se hizo un silencio incómodo.
—¿Si matan a gente como yo? —terminó la frase Hana, y se le heló la sangre al considerar la posibilidad de que eso ocurriera.
Jacob le rodeó la cintura con los brazos.
—No, eso no. Ni hablar. Lo siento, Hana, no lo decía en serio. No quiero que te maten, ni hoy, ni el día del alzamiento ni nunca.
Hana le devolvió el abrazo y, al percibir la fuerza flamante que corría por aquel cuerpo joven y fibroso, supo que tenían que liberar Varsovia por Jacob y por todos aquellos jóvenes que habían crecido convencidos de que las armas, las matanzas y la rebelión formaban parte de la vida cotidiana.
—No voy a morir —le prometió, y enseguida se sintió obligada a corregirse—: Haré todo lo posible por no morir.
Con la cabeza hundida en su hombro, Jacob asintió con vehemencia y luego se separó y alzó su lata.
—Será mejor que vaya a repartir este aceite.
Ella le sonrió.
—Estoy segura de que te lo agradecerán mucho.
Él dejó escapar un gruñido, pero volvió a sonreír y a continuación se alejó a la carrera calle abajo para reunirse con sus amigos y hacer un llamamiento alto y claro a la sublevación pintando poderosas pes y uve dobles en las paredes de Varsovia.
Hana lo contempló hasta que desapareció de su vista al doblar en la esquina, y luego se dirigió con cautela a su puesto.
—¡Por fin has llegado, Fiolet! Te esperan ahí dentro.
Una de las chicas que había en el apartamento de encima del salón de belleza señaló con la cabeza la habitación que hacía las veces de despacho de su jefa.
—¿A mí?
—Sí. Debe de ser algo importante, porque Czajnik ha preguntado por ti dos veces.
Hana se maldijo por el tiempo que había perdido con Jacob, aunque ¿qué iba a hacer? Se dirigió apresuradamente a la puerta y llamó con los nudillos.
—Ah, Fiolet; pasa y cierra la puerta.
Su jefa, cuyo nombre en clave era Czajnik, «tetera», era una mujer de semblante serio y unos cuarenta años que sin lugar a dudas debía de haber sido directora de escuela antes de que la ocupación pusiera fin a esas profesiones inocentes.
—Siento llegar tarde. He tenido que despistar a alguien que me seguía.
Se arrepintió de inmediato de la exageración de su afirmación, pero por suerte Czajnik no le había prestado atención.
—Eres una de nuestras mejores enlaces, Fiolet.
—Gracias, señora.
—Con alas en los pies, según me dicen, un sentido de la orientación excelente y con un método muy ingenioso para ocultar los mensajes.
Con una sonrisa, Hana bajó la mirada hacia la hogaza de pan de su madre.
—Hago lo que puedo.
—Y como lo haces tan bien, tengo una nueva misión para ti. Una muy importante. Antes, sin embargo, tengo que asegurarme de tu compromiso con la causa.
Hana se revolvió, inquieta.
—Estoy totalmente comprometida, señora. Lista para sublevarme y preparada para hacer lo que sea necesario para que las unidades del AK puedan comunicarse unas con otras.
—En ese momento recordó el comentario de Babcia durante el desayuno e irguió la espalda para encarnar a su solemne abuela—.
Los ejércitos, igual que las orquestas, funcionan mejor en concierto.
Czajnik se quedó desconcertada.
—Así es. Bien dicho, querida. ¿Y tienes algún… lío amoroso que pueda afectar a tu capacidad para entregarte por completo a tu tarea?
Hana parpadeó. Aquello empezaba a parecer un interrogatorio.
—Estoy prometida, señora, pero mi prometido es piloto y está destinado en Italia, así que es poco probable que reclame mi atención.
Czajnik asintió.
—Bien. Estupendo. —Hana no estaba segura de compartir su opinión, pero se abstuvo de decir nada. Czajnik unió las yemas de los dedos y se inclinó hacia delante con aires de grandiosidad—. En ese caso, Fiolet, me gustaría que te presentaras en el cuartel general del comandante Bór.
—¿El comandante…?
Bór era el líder del AK, no solo en Varsovia sino en toda Polonia. ¿Qué podía querer de ella?
—Tu trabajo consistirá en trasladar sus mensajes de alto secreto a centros medulares para su distribución. Será una tarea exigente y peligrosa, pero estarás implicada en el nivel más alto posible. ¿Lo harás?
Clavó sus penetrantes ojos en Hana, que sintió que no tenía otra opción que aceptar, aunque tampoco es que se planteara negarse. Aquello era un honor, y se apresuró a hacerle un saludo a su superiora.
—Sí, señora.
—Excelente. Aquí tienes la dirección del centro de mando.
—Le entregó un trozo de papel—. Memorízala.
—Hana la leyó tres veces, asintió y le devolvió el papel, que Czajnik rompió en pedazos a los que prendió fuego en una bandeja de cobre que tenía sobre el escritorio.
Era evidente que ella tampoco le hacía ascos a un poco de dramatismo—. Muy bien. Preséntate a las 1700.
—¿Esta tarde?
—Por supuesto. La hora W podría llegar en cualquier momento, chiquilla, y tu trabajo será comunicárselo a toda Varsovia. ¡Andando!
Hana salió de la habitación dando traspiés y se reunió con sus compañeras, que la esperaban absortas.
El día transcurrió como en una nebulosa, mientras recorría Varsovia y entregaba los mensajes ocultos en el pan de Magda.
Se fijó en que había muchas más pes y uve dobles en las paredes y sonrió al verlas, pero las horas se le hicieron eternas hasta que, por fin, llegó el momento de encaminarse al cuartel general del AK .
No terminaba de creerse que ella, Hana D ą browska, fuera a ser la oficial de enlace del comandante Bór, y no veía el momento de contárselo a sus hermanas, por no hablar de Babcia Kamilla.
Tal vez ahora sí fuera una directora de orquesta.
Al llegar a la dirección que había memorizado, una ferretería llena de la clase de herramientas de trabajo que a los polacos todavía se les permitía comprar, dio con cautela la contraseña al hombre que había tras el mostrador, enfundado en una bata marrón.
Con una sonrisa sutil, él la acompañó a una puerta lateral que se abría a un baño al fondo del cual, como le mostró él enseguida, había otra puerta secreta.
Con una emoción absurda, Hana la cruzó y subió una escalera polvorienta, en lo alto repitió la contraseña, en esta ocasión a un joven de ojos oscuros con una pistola en el cinto, y accedió a una amplia estancia con varios escritorios elegantes, todos vacíos.
—Siéntate ahí —le indicó el guardia, señalando una silla.
Hana obedeció y enseguida oyó unas voces que salían de una habitación contigua.
Era evidente que el comandante Bór estaba reunido con el Consejo Nacional, que incluía a los generales de más alto rango y los delegados gubernamentales que dirigían el AK , y Hana se quedó muy quieta mientras hacía todo lo posible por no escuchar.
No lo consiguió, aunque, siendo justos, la discusión era acalorada y todos hablaban en un tono elevado.