Siete
SIETE
HANA
Sentada a la mesa del desayuno, Hana cogió una rebanada del hermoso pan de fruta de su madre mientras su familia charlaba en medio de un ambiente de excitación.
Sabedora de que las pasas eran difíciles de encontrar, hizo todo lo posible por despertar su apetito por aquella preciada delicia, pero le costó.
Durante la noche, no se había podido quitar de la cabeza la imagen de Marek dando sus últimas bocanadas sangrientas sobre la acera, delante de la Central Telefónica, y no había sido capaz de decidir si le despertaba más tristeza o ira.
Sin embargo, le resultaba más fácil lidiar con la ira, y eso era en lo que procuraba concentrarse.
Usando como tapadera el noticiario matinal, la radio emitía la contraseña de ese día para el AK : wojownik , «guerrero», una elección que alimentaba las especulaciones.
¿Iban a convertirse todos en guerreros ese día?
Hana se dirigió a la puerta mientras hacía acopio de energía para ponerse las botas e ir al trabajo, pero en ese momento su abuela irrumpió en la cocina.
—¡Traigo un regalo!
Babcia Kamilla cruzó el umbral y se paró, esperando a que la familia le prestara atención mientras Hana suspiraba. Por lo general, la manera que tenía su abuela de darse importancia le hacía gracia, pero ese día no estaba de humor. Los demás, en cambio, eran todo oídos.
—¿Estáis comiendo? —gorjeó Kamilla, paseando la mirada por la mesa—.
Perdón por interrumpir. ¿Pan de frutas? Madre mía, Magda, no; ya sabes que yo no desayuno.
—Frunció el ceño mientras miraba a su nuera, que, a pesar de los estragos del luto y el racionamiento, seguía estando más blanda y rolliza de lo que había sido jamás Kamilla, que cuidaba a rajatabla su delgada figura.
Al final, sin embargo, esta última asintió con un gesto condescendiente—.
Bueno, tomaré una tacita de café, si tienes.
Y supongo que sería una pena tirar esa última rebanada, con la poca comida que hay en la ciudad desde que la controlan esos malnacidos de los nazis.
Hana reprimió otro suspiro. Babcia siempre hacía lo mismo.
Nunca había superado que su adorado hijo decidiera ser panadero, y peor aún, panadero en el barrio obrero de Wola y no en el elegante de Stare Miasto, donde vivía ella.
El padre de Hana siempre había dicho que en la zona occidental de la ciudad la gente era más sensata, lo cual era precisamente lo que procuraba evitar Kamilla, pero a pesar de sus quejas tenía debilidad por la repostería de Magda y casi siempre se dignaba a presentarse en su casa a la hora de la comida.
—¿Qué regalo es ese? —preguntó Hana.
Todos la miraron, sorprendidos. Por lo general, ella era la más tranquila de la familia, pero ese día no estaba de humor.
Kamilla se irritó, pero, tal vez al percibir su estado de ánimo, dejó el café en la mesa y, con un gesto lento e intencionado, se agarró el borde de la falda, que le llegaba a media pantorrilla, y se la levantó.
—¡Babcia! —protestó Magda, pero Kamilla agitó la mano.
—Era la única manera de traerla —explicó, y todos vieron una gran bandera polaca envuelta alrededor de sus estrechas caderas.
Zuzi se levantó de un salto para agarrar un extremo y Kamilla empezó a dar vueltas con elegancia, como si se tratara de un sofisticado paso de baile y no de desenrollar una bandera ilegal en la parte de atrás de una panadería.
—¿Por qué? —balbuceó Hana.
—Se la pedí yo —dijo Zuzi, emocionada—. A mi unidad le han encomendado el ataque de la torre Prudential en la hora W, y queríamos una bandera muy grande para ondearla desde lo alto cuando la tomemos.
—Si la tomáis —la corrigió Hana.
Zuzi resopló.
—Gracias por el voto de confianza, hermanita.
Hana se frotó los ojos con ademán cansado.
—Perdona, no he dormido bien. —Se calzó las botas—. Será mejor que me vaya a mi puesto.
—Más te vale —convino Babcia Kamilla—. Durante esta sublevación, las comunicaciones serán fundamentales. Vuestro abuelo siempre decía que los ejércitos son como orquestas: funcionan mejor en un concierto. Y tú, mi querida Hana, eres una de las directoras.
De mala gana, Hana le dedicó una sonrisa a su abuela.
—Gracias, Babcia, pero mi papel no es tan importante. Me limito a trasladar mensajes entre los directores.
Pero Kamilla no pensaba dar su brazo a torcer.
—Tú, querida mía, eres la batuta.
Hizo una floritura con su delgada muñeca y Zuzi se rio.
—Ahora todas somos batutas —observó, al mismo tiempo que señalaba sus cuerpos, demasiado flacos debido al racionamiento y que se sustentaban gracias al inteligente reparto que hacía su madre de las raciones de la panadería.
La ira volvió a atenazar el estómago de Hana. Las raciones que se les permitían a los polacos eran la mitad de las de los Volksdeutsche, como si fueran medias personas, que en efecto era lo que los consideraban los arrogantes nazis. Dio una patada en el suelo.
—¿Cómo hemos dejado que esto se alargara durante tanto tiempo?
El resto de la familia se sobresaltó.
—¿Te encuentras bien, Hana? —preguntó su madre, que se acercó y le pasó una mano por los hombros.
Ella se obligó a sonreír.
—Sí, mamá. Solo estoy… frustrada.
—Es una buena pregunta —intervino Zuzi.
—Y la respuesta es…
—Las armas —se apresuró a decir Jacob—. Sus armas son más grandes y mejores que las nuestras. Esas que no se me permite usar.
—Y menos mal —lo reprendió Orla—. Bastante imprudente eres ya con las pulgas, así que no te mereces que te den balas.
Jacob hizo un puchero.
—Si tuviera algo importante que hacer, no me haría falta perder el tiempo con insectos. —Corrió hacia Zuzi—. Ayer ayudé al grupo de Orla en el hospital; ¿puedo ir contigo hoy? Porfa, Zuzi.
—Lo siento, Jacob —dijo esta, sujetándole en la barbilla en un gesto cariñoso—. El AK no tiene armas suficientes para los soldados entrenados, y mucho menos para scouts engreídos.
—Pues filipinkas. Puedo llevar filipinkas, ¿no?
—Para eso también hace falta entrenamiento.
—¡Pues entréname! Cada uno tiene que luchar a su manera, ¿verdad, Mama? Y yo quiero luchar contigo. Por favor, Zuzi.
Se dejó caer de rodillas en actitud cómica y ella lanzó un gruñido.
—Si cuando empiece de verdad el alzamiento te necesitamos, ya te entrenaré, Jacob.
—¿En serio?
—Claro. Aunque con suerte no hará falta. Con suerte, nuestros valientes pilotos polacos acudirán en nuestra ayuda.
Zuzi le guiñó un ojo a Hana, a quien se le encogió el corazón.
—¿Crees que vendrán? —No pudo evitar preguntar.
—Por supuesto. Han trabajado duro para los Aliados durante la guerra; ¿por qué no iban a dejarlos venir a apoyar a sus compatriotas?
Hana se animó.
—Tienes razón —convino, mientras se ataba las botas con determinación renovada—. Los rusos marcharán por encima del Vístula y la RAF volará por los cielos para ayudarnos a expulsar de Varsovia a la Wehrmacht y la Luftwaffe, ¿verdad?
—Verdad —contestaron todos al unísono.
—Y mientras, Jacob —dijo Zuzi—, tu trabajo es hacer que no decaigan los ánimos.
—Está bien —refunfuñó Jacob—. Me ceñiré a la pintura… por ahora.
Levantó una lata de aceite de oliva que había llenado de pintura negra y se metió una brocha por la cinturilla de los pantalones cortos, listo para salir a garabatear el símbolo de la pe y la uve doble por las paredes de Varsovia.
—Ten cuidado —le pidió Magda, y le dio un beso.
Él se retorció para soltarse.
—Lo tendré, Mama. Siempre lo tengo.
Ella volvió a abrazarlo.
—Recuerda que eres mi tesoro. —Miró hacia la mesa del desayuno y sus ojos, tan azules como los de Orla, parpadearon—. Todos sois mi tesoro.
Jacob se escabulló rápidamente por la puerta, no sin antes haber dado un beso rápido a su madre en la mejilla. Hana abrazó a su familia, menos a Babcia, que no apreciaba las muestras vulgares de afecto.
—Toma, tu pan —dijo Magda.
—Perfecto. —Hana envolvió la hogaza en un paño de lino y la metió en su bolsa—. Hasta el anochecer.
—Hasta el anochecer —le contestaron todas al unísono y con decisión.
Ella rezó para que así fuera.
El sol caía a plomo sobre Varsovia y Hana se caló el sombrero para no quemarse, antes de subirse a un tranvía que se dirigía al oeste, a Ś ródmie ś cie, donde se hallaba el centro operativo de los oficiales de enlace encima del salón de belleza.
Había numerosos centros análogos repartidos por toda la ciudad y, ese día, los chicos y las chicas que trabajan de enlace como ella se afanarían en construir una red clandestina de comunicación, preparada para trasladar la información sobre la hora W a las cuarenta mil tropas del AK que en aquel momento sacaban brillo a sus armas por toda la capital polaca.
El tranvía llegó a su parada y, tras bajar de un salto, Hana miró a todas partes para detectar a los guardias y descubrió que había más de los que le habría gustado.
Ese día también había un número notablemente menor de Volksdeutsche que se dirigían a la estación.
Tal vez se hubieran marchado ya todos o tal vez la presencia de las tropas de refresco que marchaban por la avenida Jerusalén, con las botas lustrosas y brillantes escopetas al hombro, les hubiera infundido confianza.
Los nazis ya no parecían estar abandonando Varsovia y Hana rezó para que el alto mando del AK supiera lo que se hacía.
Si aquello no salía bien, todo el mundo corría peligro, incluida su familia.
Su querido Tata los había instado a luchar, sí, pero también a vivir y, como primogénita, Hana sabía que era su deber evitar que les pasara algo a los demás.
Se obligó a seguir adelante y escogió el callejón más tranquilo para encaminarse a su puesto, pero, mientras caminaba, escuchó pasos a su espalda y, al pararse para mirar hacia atrás, le pareció ver a alguien que se escondía en un portal. ¿La estaban siguiendo?
Chasqueó la lengua. No era tan importante como para que alguien la siguiera y, sin embargo, cuando echó a andar los pasos se reanudaron también.
«Estamos en una ciudad —se dijo a sí misma—. Hay gente por todas partes».