La mensajera Seis
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Seis

SEIS

ORLA

—Madre mía, ¡esto es ridículo! —Se oyó una voz estridente e indignada fuera del hospital que a Orla le resultaba muy muy familiar—.

Sé que la contraseña es ż onkil —continuó la voz, acompañada de un zapatazo sobre el suelo— porque es la segunda vez que la uso hoy.

Si sirve para la Minerki, servirá para un puñado de médicos.

Orla, que estaba haciendo inventario de los suministros, se mordió el labio para reprimir la risa.

—Esa parece mi hermana —le dijo a Bronis ł aw.

—No te envidio.

Ambos se pararon a escuchar.

—¿Cómo dices? ¿En plural? Oh, está bien: ż onkile. ¿Contento? Me alegro. Ahora, deja que entregue los suministros, payaso.

Orla se rio de nuevo y corrió a recibir a Zuzi, que bajaba la escalera hacia su sala secreta.

—¿Por qué la gente que vigila la puerta es siempre tan pedante? —preguntó en tono indignado su hermana de pelo moreno en cuanto vio a Orla.

—Porque es su trabajo. La seguridad es primordial, como bien sabes.

—Supongo que sí, pero ¿a quién le importa si es un narciso o un ramo?

—¿A un nazi infiltrado armado con una granada? —señaló Bronis ł aw mientras se reunía con ellas.

Zuzi lo miró con una expresión furiosa en sus ojos oscuros y Orla se preparó para lo peor.

—Sí, claro, porque a los nazis les hace mucha falta operar infiltrados, ¿verdad? —soltó su hermana—. No es como si la ciudad fuera suya, ¿no? No es como si pudieran aporrear cualquier vieja puerta y pegarle a un tiro sin previo aviso a quien la abra, ¿no?

Orla se encogió, pero Bronis ł aw no pareció inmutarse.

—Bien visto, aunque no hay que descartar a los comunistas.

Zuzi aspiró hondo.

—Vaya, bien visto también. —Lo miró de arriba abajo—. ¿Y tú quién eres?

—El doctor Br…

— Ł ukasz —se apresuró a interrumpirlo Orla.

Zuzi la miró desconcertada, casi como si se hubiera olvidado de que estaba allí.

¿Se debía al efecto deslumbrador que provocaba el doctor Ł od ź ?

Era guapo, suponía Orla, si a una le gustaban los hombres taciturnos, lo cual no era su caso, pero bien podía ser el de Zuzi, si esta bajara la guardia.

Una sonrisa amenazó con asomar a los labios de Orla, que la reprimió porque sabía que a su hermana no le haría ninguna gracia ser objeto de diversión.

—Bueno, doctor Ł ukasz, pues le he traído suministros. —Zuzi le tendió la gran caja que tenía en las manos y luego se ruborizó; se ruborizó de verdad, algo que Orla no le había visto hacer jamás—. Perdón, están… esto, escondidos debajo de…

Orla levantó la tapa y, al ver una hilera ordenada de compresas, entendió el bochorno de su hermana, aunque Bronis ł aw siguió sin inmutarse.

—Perfecto, gracias. Estoy seguro de que nos serán muy útiles. Un truco muy ingenioso.

—Bueno, los hemos desenterrado de debajo de unos calabacines. Quiero decir que…

Viendo balbucear su hermana, Orla se dio cuenta de que si no se alejaba no podría reprimir la risa.

—Voy a tomar el aire —se disculpó, y salió disparada hacia la puerta del hospital propiamente dicho.

Su uniforme era el mismo que llevaban los trabajadores del área oficial y pudo mezclarse con ellos sin que nadie reparara en su presencia. Por suerte, aquel día no había nazis patrullando, de modo que salió a tomar el aire.

Miró a ambos lados de la calle. Cientos de Volksdeutsche seguían huyendo hacia el oeste, al corazón del Tercer Reich, pero ya no se veían soldados desaliñados de la Wehrmacht.

En cambio, escuchó calle arriba el sonido inconfundible de botas militares avanzando con seguridad y, al mirar hacia el sol vespertino, vio filas de soldados que marchaban con uniformes impecables por el extremo de la calle Bonifraterska, seguramente para ir a reforzar sus defensas ante la inminente llegada del Ejército Rojo.

Orla hizo visera con la mano para ver mejor, hipnotizada por el ritmo acompasado de las botas, y casi voló por los aires cuando un chico que se acercaba desbocado chocó con ella y estalló en risas.

—¿Jacob?

—¡Orla! Ay, Orla, acabamos de hacer algo graciosísimo.

Su hermano pequeño se inclinó hacia delante mientras jadeaba para recuperar el aliento, y dos de sus amigos se acercaron también jadeando y riendo.

—¿Por qué corréis? —preguntó Orla.

—¿Por qué va a ser? Para que no nos pillen.

—¿Qué habéis hecho?

Todos se echaron a reír de nuevo mientras intentaban explicarse.

«Pulgas» fue lo único que entendió Orla en un principio, y luego «rascaban», hasta que poco a poco los tres le revelaron que, durante días, se habían dedicado a recoger pulgas de perro y meterlas en dos tarros grandes para luego entrar a escondidas en el cine solo para alemanes que había calle abajo, soltarlas en medio de la película y sentarse en silencio en la fila de atrás para contemplar el caos resultante.

—Ha sido graciosísimo, Orla —dijo Jacob entre risas—. Uno ha empezado a rascarse, luego el de al lado y luego toda la fila de delante. ¡Al final parecían una panda de perros! Hemos tenido que irnos para no echarnos a reír y delatarnos.

—¿Y no se os ha pasado por la cabeza que eso es precisamente lo que habéis hecho al salir corriendo del cine?

—Qué va. Estaban demasiado ocupados. —Jacob palideció—. ¿Ese no es el oficial gordo del extremo de la fila?

Sus amigos observaron al hombre que se acercaba a pesadas zancadas por la acera.

Lleva un uniforme engalanado con una cantidad intimidante de pasamanería y se rascaba el voluminoso cuello mientras escudriñaba el rostro de todo el mundo que había en la calle.

Lo escoltaban dos hombres de la Gestapo con sus abrigos oscuros y las pistolas empuñadas en actitud amenazante.

—Dios mío —gimoteó Jacob—, tenemos que escaparnos.

—No. —Orla le puso una mano en el hombro—. Todavía no os han visto. Venid.

Con el corazón desbocado, los hizo entrar en el hospital y los llevó a la puerta secreta que había al fondo y que llevaba al sótano.

Si el oficial asaltado por picores los atrapaba, el castigo por humillarlo sería inimaginable, y Orla no soportaba la idea de que su hermano pequeño sufriera… o de que le sucediera algo peor.

—Por aquí.

Los tres chicos la siguieron con actitud sumisa y con expresión tan cadavérica que la chica de la contraseña ni siquiera los paró. Zuzi, que continuaba hablando con Bronis ł aw, se acercó de inmediato.

—¡Jacob! ¿Qué haces aquí?

—Se ha ofrecido voluntario para que practiquemos los vendajes con él —dijo Orla, que había divisado a su jefa—: Hermana Maria, estos tres jóvenes han venido para que las enfermeras practiquen con ellos.

—Estupendo.

La enfermera de rostro serio se hizo cargo de los chicos, que, con el rostro aún más lívido, se dejaron llevar a las camas recién hechas para que aplicaran cabestrillos y torniquetes a sus cuerpos, que por suerte seguían intactos.

—¿En qué lío se ha metido? —le susurró Zuzi a Orla.

—Han atacado a los alemanes con pulgas.

—Bien hecho.

—No, porque casi los pillan.

Zuzi se estremeció y entrelazó su brazo con el de Orla.

—Yo he volado por los aires un montón de calabacines —le confesó.

—¿Calabacines?

—Es una historia muy larga. Digamos que me ha hecho darme cuenta de los peligros que entraña la lucha.

—Me alegro —dijo Orla con determinación—. A Hana no le gustaría que fueras imprudente.

—Hana se preocupa demasiado —repuso Zuzi en tono desenfadado, aunque Orla sabía que el percance debía haber sido grave para que su atrevida hermana se asustara.

—¿De verdad tenernos que sublevarnos, Zuzi? —susurró.

Esta le dio un apretón en el brazo.

—Sí, Orla. No podemos vivir en un mundo en el que unos chavales se arriesgan a que los ejecuten por hacer una broma.

Señaló a su hermano pequeño, Jacob, que, aunque ahora estaba más tranquilo y casi parecía disfrutar de la atención que le dedicaba la joven enfermera que le envolvía la cabeza con una venda, podría haber corrido una suerte muy distinta.

Orla pensó en los refuerzos de la Wehrmacht que había visto marchar por el extremo de la calle, en la cólera del oficial y en las porras y las pistolas negras de los guardas de la Gestapo.

De pronto, se vio asaltada por la imagen de la sangre preciosa y joven de Jacob goteando de las prístinas vendas blancas sobre las prístinas sábanas blancas, en una parodia macabra de la llamativa bandera de Polonia.

—Tienes razón —convino—. Solo rezo para que no dure mucho.

—No lo hará, tranquila —le dijo Zuzi en tono confiado—. Stalin ha retransmitido un discurso instándonos a la acción. Llegará en cuestión de días, Orls, y lo más importante ahora es asegurarnos de que nos sublevamos antes. Venga, vámonos a casa, ¿te parece?

—¿A tiempo para ver a los demás al anochecer?

—Justo.

Orla sonrió. Tras llamar a Jacob, se despidió con la mano de Bronis ł aw —fijándose divertida en que Zuzi había tenido que contenerse para no hacer lo mismo— y emprendió con sus hermanos el camino a casa, donde la esperaba la Piekarnia D ą browska y la seguridad de su familia.