La mensajera Cinco
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Cinco

CINCO

ZUZI

En el bosque, Zuzi se agachó con la mirada clavada en la radio que descansaba sobre un tocón como un dios primitivo, esperando la prometida retransmisión desde Moscú.

Aburridas de esperar a que Roza regresara con la ubicación de las armas, las chicas de la Minerki habían recibido con regocijo la invitación de un batallón del AK para acudir a su frondosa guarida a escuchar el mensaje que Stalin estaba a punto de enviar a Varsovia.

Aquello era esencial. Si Stalin apoyaba a los polacos, podrían sublevarse.

Si Stalin aprobaba el uso de la fuerza, significaba que el Ejército Rojo estaba en camino y los insurgentes solo tendrían que resistir durante unos días, algo que Zuzi estaba convencida de que podían hacer.

El AK era capaz de tomar la ciudad y mantenerla a salvo hasta que las tropas soviéticas enviaran el refuerzo de sus ingentes efectivos.

Sin embargo, si Stalin no les brindaba su apoyo…

—Ya no aguanto más —se lamentó uno de los soldados del AK —. Cada día que pasamos sometidos al azote de los nazis parece un año. Tenemos que atacar.

—Necesitamos el respaldo de Stalin —le dijo su jefe en tono autoritario—. La fuerza de voluntad no basta para ganar batallas.

El hombre le dio la razón con un suspiro brusco.

Aquella era una lección que habían aprendido en los sucesos de septiembre de 1939, cuando se habían resistido a la invasión con tres semanas de lucha apasionada que tan solo había servido para que murieran demasiados de los suyos.

Durante meses, Polonia se había hundido en una nube de vergüenza hasta que, a la primavera siguiente, habían visto cómo el Blitzkrieg —el imparable ataque liderado por los tanques alemanes— desataba su ira en Dinamarca, Noruega, Bélgica y por último Francia, más deprisa aún de lo que había arrasado Polonia.

Nadie pudo hacer nada para enfrentarse a la ofensiva nazi.

El amor apasionado por tu país era una fuerza poderosa, pero no tanto como una metralleta o un tanque.

La frialdad del acero era muy superior a la calidez de los corazones y, aunque era algo que no debían olvidar, Zuzi entendía —vaya si entendía— cómo se sentía el joven soldado, y se agarró a las retorcidas raíces de un árbol mientras esperaba que la radio les trajera el apoyo que tanto deseaban.

—Shhh —dijo Nina—, esa es la «Marcha de los defensores de Moscú». Stalin hablará enseguida.

Todos se callaron mientras la música crepitaba en el transistor hasta que, por fin, escucharon al mariscal Stalin con la voz superpuesta de un intérprete que traducía sus palabras al polaco para que todos lo entendieran.

Zuzi clavó los dedos en las raíces y rezó para que el mensaje fuera el que esperaban.

—El rugido de los fusiles sacude los cimientos de Varsovia —empezó el discurso—. Las fuerzas soviéticas se acercan para traeros la libertad. Ciudadanos de la capital… ¡a las armas!

Zuzi miró a sus compañeros y vio en sus ojos la misma llama que ardía en los suyos. ¡Stalin les estaba brindando su apoyo!

—Que toda la población se alce como un muro de piedra alrededor del ejército clandestino de la capital —continuó la voz—. ¡Atacad a los nazis! Obstaculizad sus planes de volar los edificios públicos, ayudad al Ejército Rojo a cruzar el Vístula. Proporcionadle información, ¡mostradle el camino!

—¡Sí! —exclamó la gente alrededor de Zuzi, blandiendo los puños y vitoreando en voz cada vez más alta a medida que el volumen de la de Stalin aumentaba.

El río Vístula era la última barrera que separaba a los rusos de Varsovia, pero parecía que no durante mucho tiempo.

—¡Que vuestro millón de habitantes se convierta en un millón de soldados que expulsen a los invasores nazis y recuperen la libertad!

—¡Libertad! —repitieron todos, poniéndose en pie de un salto y abrazándose.

Zuzi se unió al abrazo colectivo, mientras la excitación burbujeaba en su interior como un vino casero.

—¿Qué ocurre? —preguntó alguien mientras entraba en el claro a la carrera.

—¡Roza!

Todos corrieron a saludarla y la informaron del apoyo de los soviéticos, pisándose unos a otros. Ella dejó escapar una carcajada.

—En ese caso, Minerki —dijo—, ¡será mejor que vayamos a buscar nuestras armas!

Tras despedirse de los hombres entre gritos de «¡nos vemos en el frente!

», se dividieron en dos grupos: diez de ellas se encargarían de buscar un método de transporte para llevar las armas y otra diez seguirían a Roza hasta el escondite.

Zuzi se alegró de que la incluyeran en el segundo grupo, aunque le hizo menos gracia cuando se enteró de que las armas estaban enterradas bajo un inmenso huerto de calabacines.

Acabó enfundada en un mono mugriento y armada con una pala, pero nada fue capaz de socavar su exaltación mientras la hundía en la tierra con entusiasmo.

—Vigila, Ż elazo —le advirtió Tosia—, no vayas a golpear una mina.

Zuzi se obligó a tantear con más cuidado, desenterrando con delicadeza los calabacines maduros y levantándolos como si fueran el tesoro que buscaba, antes de extraer las minas y las granadas escondidas debajo.

Los Volksdeutsche que quedaban en Varsovia llenaban los huertos contiguos, lo cual obligaba a la Minerki a meter a escondidas el armamento en un cobertizo cercano, aunque por suerte los civiles alemanes parecían estar desenterrando sus propias cajas con más paroxismo que la propia Minerki y apenas les prestaban atención.

—Míralas, cogiendo sus joyas familiares para huir de la ciudad —susurró Roza, al mismo tiempo que señalaba a una madre que rebuscaba en la tierra oscura con sus dos hijas.

—Deberíamos ir y meterles esos magníficos diamantes por sus culos prietos —refunfuñó Zuzi.

Tosia le puso la mano en el hombro a modo de advertencia.

—¿Y poner a todos los guardias de Varsovia sobre la pista de nuestros tesoros antes de que nos dé tiempo a atacar? Tienes que mantener la calma.

Zuzi sabía que lo que decía su líder era cierto, pero, madre mía, cuánto le costaba. Quería atacar ya, como los había exhortado Stalin, y cada segundo de espera era una tortura para ella.

—Cava —la instó Tosia, y Zuzi obedeció con un gruñido.

Caía ya la tarde cuando todas las cajas estuvieron en el cobertizo.

Mareada por el calor, Zuzi había tenido que comerse varios calabacines crudos para saciar tanto su sed como su hambre, aunque el hecho de tener entre sus manos las armas con las que destruirían a los nazis le había dado fuerzas para continuar, y fue la primera en ofrecerse voluntaria para distribuirlas por la ciudad.

Quedaba solo una hora para el toque de queda y, antes de que empezara, era esencial hacerla primera entrega en el apartamento que había delante de la Prudential.

La hora W podía llegar en cualquier momento y tenían que estar preparados.

El otro grupo de la unidad había reunido varios medios de transporte y todas se apresuraron a cargar las armas en los contenedores de aspecto inocente: debajo de la fruta de una cesta, dentro de un paquete de peluches destinados a un orfanato y hasta en una caja de compresas.

—Cuidado con eso —dijo Nina entre risas, señalando las compresas—. Son muy valiosas.

—No para las polacas —bromeó Zuzi, imitando el acento alemán—. ¡Las polacas son demasiado indignas para menstruar! —Las demás rieron con amargura—. Muy pronto —continuó— los alemanes las van a necesitar para ondearlas como banderas blancas cuando se rindan.

Las otras la vitorearon y, espoleada, Zuzi se agachó a coger una, pero tras cerrar los dedos sobre ella y alzarla para agitarla en un gesto fingido de capitulación, las chicas ahogaron un grito al ver que tenía en su mano la anilla de una granada escondida, que había arrancado mientras hacía su broma con la compresa.

Zuzi actuó con rapidez: localizó la granada en cuestión y la arrojó fuera del cobertizo al montón de calabacines arrancados, que explotaron en un repugnante amasijo verde y las salpicaron de zumo, aunque, gracias a Dios, no de sangre.

Zuzi se asomó a mirar fuera, horrorizada consigo misma, pero por suerte los Volksdeutsche se habían ido y solo quedaba una pareja de ancianos que trabaja en su huerto y que, tras mirar en su dirección, meneó la cabeza y continuó arrancando malas hierbas.

Zuzi se dejó caer sobre el suelo, conmocionada y avergonzada.

—Lo siento —dijo, mientras la adrenalina del intenso día abandonaba su cuerpo con rapidez—.

Lo siento muchísimo. —Se había portado como una idiota imprudente y había estado a punto de matar a toda su unidad.

¿En qué estaba pensando?—. Lo siento —repitió, a la vez que hundía la cabeza entre sus rodillas.

—La valiosa lección que podemos extraer de lo que acaba de pasar es que hay que tratar estas armas con mucho respeto —dijo Tosia con severidad.

—Sí, Tosia —convino el grupo en voz apagada—. Perdón, Tosia.

—Sed muy prudentes cuando las transportéis e id con mucho cuidado. Si pillan a alguna, ya sabéis cuál será la consecuencia, ¿verdad?

—¿La muerte?

—Exacto. La muerte y, lo que es peor, un arsenal más reducido cuando llegue la hora W. Y ahora, andando; la última en volver prepara el té, ¿vale?

Era lo que siempre decía al emprender una misión, y todas sonrieron y empezaron a salir. Zuzi hizo ademán de acompañarlas, pero Tosia se interpuso en su camino.

—Creo que será mejor que esta vez no participes.

—¡No! —exclamó Zuzi—. No, por favor. He aprendido la lección, Tosia, te lo prometo.

Su líder, sin embargo, cruzó los brazos sobre el pecho.

—Hoy te quedas. Cuando hayamos ganado, podrás hacer el tonto.

Zuzi reprimió las lágrimas que le aguijoneaban los ojos. Aunque se lo merecía, no por ello dejaba de doler.

—Sí, Tosia.

La otra le levantó la barbilla.

—Lo que sí puedes hacer es transportar el material médico que hemos encontrado debajo de las minas. En el hospital Juan de Dios están montando una guardia secreta.

Le tendió una caja de vendas y Zuzi la cogió con la sensación de que ya no podía caer más bajo, pero entonces se acordó de algo. Orla trabajaba en el Juan de Dios y, de pronto, la idea de ver a su afable hermana pequeña le pareció lo mejor que le había pasado en todo el día.

—Sí, Tosia —repitió, esta vez con más firmeza.

Aunque la exhortación de Stalin a sublevarse seguía bombeando por sus venas y no deseaba otra cosa que llevarla a cabo aquí y ahora, Zuzi formaba parte de un ataque mucho más amplio y coordinado, un inmenso mecanismo organizado con meticulosidad del que ella era tan solo una pequeña pieza, y por ello debía aprender a desempeñar su papel con calma.

Tras inclinarse para colocar con minuciosidad varias compresas sobre los vendajes a modo de camuflaje, se dirigió, sola, hacia los calabacines explosionados.

El amasijo era un funesto recordatorio del peligro de los explosivos que no tardaría en manejar.

Ahora se daba cuenta de que en la batalla habría más sangre que gloria, pero, aun así, nada sería peor que aquel interminable y opresivo cautiverio, y no le importaba el precio que tuviera que pagar para poner su granito de arena en la liberación.