Cuatro
CUATRO
HANA
Hana se paró a recuperar el aliento delante de la puerta de aspecto inofensivo del piso.
Alguien había tallado con orgullo el símbolo del AK en la pared, y ella lo tocó fugazmente con los dedos.
Se trataba de un ancla hecha con una pe y una uve doble entrelazadas, que en su origen habían respondido a las iniciales Polska Walcz ą ca, «lucha por Polonia», pero que la gente había acabado por atribuir al Powstanie Warszawskie, «levantamiento de Varsovia».
Ese día, mientras repartía los mensajes con la proclamación del oficial «estado de alerta», lo había visto en numerosas partes de la ciudad.
No cabía duda de que Varsovia estaba preparada para sublevarse.
Hana no tenía tan claro que ella estuviera preparada, y mucho menos lo estaba para que sus hermanas pequeñas participaran.
Su madre era maravillosa, pero, desde la muerte de su padre, había estado tan ocupada con la panadería que Hana siempre se había sentido responsable de Zuzi y Orla.
Cuando todavía eran niñas que corrían de un lado a otro con los Scouts, no había habido problema, pero ahora no pasaba un día sin que se preocupase por si una de ellas no llegaba a casa antes del anochecer.
El levantamiento solo agudizaría el miedo, y por ello agradecía tener otras cosas que hacer esa tarde.
Tras comprobar disimuladamente que no hubiera patrullas de vigilancia, abrió la puerta y corrió escalera arriba hasta el tercer piso, donde, bajo la guisa de un curso de dibujo técnico (considerado una disciplina manual y, en consecuencia, adecuada para los polacos), continuaría con sus estudios de arquitectura.
Dentro había ya cuatro personas, todos chicos, además del profesor, un hombre al que solo podían referirse como Agaton, su seudónimo en el AK , aunque todos sabían que se trataba de Stanis ł aw Jankowski, un prometedor arquitecto.
Tenía ideas inspiradoras respecto al diseño moderno que le habían valido el triunfo en varios de los concursos clandestinos llevados a cabo en los últimos años delante de las narices de los nazis, y para Hana era un honor aprender de él.
—Se acerca el momento —estaba diciendo cuando ella ocupó su asiento—.
Nos hallamos en estado de alerta, lo que significa que no tardaremos en recuperar Varsovia y, cuando eso suceda, debemos estar preparados para devolverle su grandeza.
Cada varsoviano participará en el proceso desde su propio ámbito de acción: nuestros políticos volverán a ocupar el parlamento, nuestros abogados abandonarán los juzgados clandestinos y presidirán un sistema judicial justo y transparente, y nuestros arquitectos, es decir, nosotros, retomaremos las calles y continuaremos la labor de transformar Varsovia en un espacio urbano trepidante, moderno y vanguardista.
Los alumnos aclamaron en un susurro experimentado y Agaton les dedicó una sonrisa radiante. Aunque era un hombre que siempre estaba animado, ese día su regocijo era evidente.
—Tenemos planes —dijo en voz baja mientras lanzaba una mirada a la puerta, siempre atento a una posible interrupción por parte de la SS —, grandes planes para una nueva autovía latitudinal bordeada de edificios que una los puentes del este con las carreteras del oeste.
—¿Proyectos nuevos?
—Por supuesto —confirmó Agaton—. Tenemos que mirar al futuro, no al pasado, y vosotros, queridos alumnos, seréis los encargados de crearlos. Mirad.
Sacó un pequeño fajo de papeles de un bolsillo secreto de su maletín y, tras comprobar las ventanas y la puerta, desplegó el de encima sobre el escritorio que había entre ellos.
Se trataba a todas luces de un mapa de Varsovia, que se expandía hacia el oeste desde la línea norte-sur que dibujaba el Vístula, con los barrios residenciales de Ż oliborz en el norte, Wola en el oeste y Czerniaków en el sur, como pétalos que se abrían alrededor del centro neurálgico de Stare Miasto, la ciudad vieja medieval, y justo debajo Ś ródmie ś cie, el centro moderno de la ciudad en el que se encontraban ellos.
—Estos son mapas de la ciudad en su configuración actual, y esto —Agaton dio unos golpecitos con orgullo en una hoja, y recorrió con su bolígrafo una brillante línea que la atravesaba de este a oeste por el centro— es el proyecto de la nueva autovía que construiremos cuando la ciudad vuelva a ser nuestra.
Vuestros deberes para la próxima clase consisten en diseñar una sección.
Pensad a lo grande. Quiero proyectos de edificios residenciales, de oficinas, parques, espacios comunitarios y edificios públicos. Quiero…
El estruendo de botas pesadas en la escalera interrumpió en seco sus palabras. Se quedaron todos petrificados hasta que Agaton pasó a la acción.
—¡Los libros de dibujo técnico!
Todos los sacaron mientras Agaton metía los mapas secretos en una carpeta y trataba sin éxito de introducirla de nuevo en su maletín.
—Démela. —Marek, el mayor del grupo, cogió la carpeta y corrió hacia la salida de incendios.
Aunque era arriesgado bajar a la calle por allí, no les quedaba otra opción.
Hana se puso en pie de un salto para cerrar la puerta a su espalda, pero, mientras él huía a la carrera, una de las hojas se cayó de la carpeta y revoloteó por el aire antes de aterrizar de nuevo en el aula.
Hana la recogió con rapidez, mientras el repiqueteo de las botas aumentaba de volumen a medida que las temidas SS se acercaban a su planta.
Marek se había ido y Hana tenía en la mano un mapa que los incriminaría a todos; ¿qué podía hacer?
Con el corazón desbocado, se escabulló por la salida de incendios y oyó que la puerta se cerraba a su espalda.
Sintiéndose terriblemente expuesta en la estrecha escalera de metal, miró hacia abajo y, tras ver que Marek casi había alcanzado la acera, lo persiguió mientras los gritos que se escuchaban desde arriba le indicaban que la SS habían entrado en el aula.
Hana rezó para no haber dejado tras de sí nada incriminatorio para que Agaton y sus compañeros convencieran a los oficiales de que no eran más que dibujantes técnicos, y para que no se hubieran percatado de su huida.
Después de lo mucho que insistía siempre a sus hermanas para que fueran con cuidado, ¡iba ella y se zambullía de cabeza en el peligro!
Sin embargo, tenía que alcanzar a Marek y devolverle la última página de los mapas.
El joven bajaba por la calle Królewska a un ritmo mucho más rápido que ella gracias a sus largas piernas, y Hana tuvo que apretar el paso con la esperanza de no perderlo de vista y alcanzarlo en un cruce.
Y en efecto, al girar por la calle Zielna y tras pasar con valentía por delante de la Central Telefónica, la intimidante torre de cemento que albergaba inmensos enlaces de comunicaciones con los que los nazis se mantenían en contacto con su frente oriental, que se desintegraba con rapidez, Marek tuvo que pararse en un semáforo.
Al mismo tiempo, las puertas de la central se abrieron y de ellas salió un escuadrón de la Gestapo que, tras observar con calma a los polacos que esperaban a cruzar la calle, intercambió miradas que no presagiaban nada bueno.
A Hana se le heló la sangre y se metió en el portal de una tienda, desde donde contempló que se adelantaban con paso tranquilo y empezaban a pedir la documentación.
Marek tenía una expresión aterrorizada que conocía muy bien, pues a ella también la habían parado a menudo para pedirle los papeles mientras escondía un mensaje incriminatorio en la hogaza de pan que llevaba bajo el brazo, y que parecía anunciar su presencia a los guardias de ceño siniestro.
Siempre se había librado con una sonrisa dulce, un rubor u ofreciendo una pasta, pero los soldados de la Wehrmacht eran conocidos por ser blandos con las chicas, uno de los motivos por los que el AK recurría a ellas para portar sus mensajes.
Sin embargo, eso no las libraba de sus despiadados ataques si encontraban algo, y esos eran los hombres ante los que la ciudad entera estaba a punto de sublevarse.
Hana experimentó arcadas y se pegó a la pared mientras miraba a Marek.
El semáforo se puso en verde, pero nadie se atrevió a alejarse de los hombres enfundados en abrigos negros y todo el mundo se sacó del bolsillo el documento de identidad y el permiso de trabajo, y Malek hizo lo mismo.
Hana le transmitió mentalmente fuerza para que mantuviera la calma, pero, aun desde cincuenta metros de distancia, vio que le temblaban las manos que sujetaban la carpeta incriminatoria.
El joven tuvo el buen juicio de ponerse detrás de los demás, con la esperanza de que la Gestapo se cansara de acosar a los polacos antes de llegar hasta él, pero el grupo de nazis siguió adelante con obstinación, sacudiéndose el aburrimiento con unas patadas y unos puñetazos aquí y allá.
Marek miró disimuladamente a su alrededor, pero se hallaba en una calle ancha y abierta y no había ningún sitio donde esconder la carpeta, aunque se hubiera atrevido a intentarlo.
—¡Tú! Documentación.
Marek se la entregó y Hana clavó las uñas en la argamasa del portal de la tienda, deseando que la Gestapo pasara de largo.
El hombre cerró el documento de identidad con brusquedad y se lo devolvió junto con el permiso de trabajo.
Hana se permitió respirar, pero, justo cuando el oficial estaba a punto de girar sobre sus lustrosos talones y marcharse, uno de los soldados, tal vez olfateando con su despiadada nariz de nazi el miedo de Marek, señaló la carpeta.
—¿Qué llevas ahí?
Marek intentó responder, pero ¿qué iba a decir? El capitán del grupo de la Gestapo se la arrebató de inmediato y, tras abrirla, dejó escapar un resoplido.
—¿Mapas de la ciudad? ¡Y proyectos futuros, además!
¿Qué haces con esto, polaco? —Se puso delante de Marek y acercó su rostro al del trémulo estudiante—.
¿Cómo te atreves, cabrón arrogante? No sois nadie para hacer mapas de esta ciudad porque no es vuestra, sino nuestra.
Ni siquiera deberíais estar aquí, ninguno de vosotros.
Hitler quiere deshacerse de vosotros y transformar Varsovia en una base de tránsito para nuestro imperio oriental.
—¿Qué imperio? —Hana escuchó la voz de Marek, alta, clara y desafiante, desde su escondite calle abajo.
A todas luces, el joven había decidido que, si lo iban a detener, antes les diría lo que pensaba de ellos, y Hana se esforzó por oír sus palabras para poder reproducirlas—.
Vuestro precioso Tercer Reich se está desmoronando y vuestros soldados caen como moscas a manos del Ejército Rojo, que un día de estos llegará aquí y arrasará con el resto de vosotros.
Aunque no pudo evitar admirar su valentía, Hana se estremeció por las consecuencias que sin duda iba a afrontar. Los demás polacos se alejaron arrastrando los pies, decididos a distanciarse de aquel valiente rebelde, y Marek se quedó solo delante del furioso grupo de la Gestapo.
—¿Crees que los rusos os ayudarán? —se mofó el capitán—. ¿Crees que os entregarán Varsovia y dejarán que la embellezcáis con vuestros patéticos mapas futuristas? ¡Idiota! No son más que eslavos traicioneros que apuñalan por la espalda, y os convertirán en sus esclavos.
—Igual que habéis tratado de hacer vosotros —replicó Marek—. Pero no lo conseguiréis, ni vosotros ni nadie. Polonia será libreeeeee…
La última palabra salió de entre sus labios entre un torrente de sangre cuando el nazi le disparó a bocajarro en el estómago, hincando la pistola en su carne con crueldad.
Marek se desplomó sobre el suelo, con un prolongado grito de dolor, mientras sus pulmones se obstruían y su cuerpo se sacudía sobre la acera, entre los impasibles nazis.
—Lo tienes bien merecido, polaco ignorante, con tus ridículos y egocéntricos mapitas. —El hombre de la Gestapo dio unos golpecitos sobre la carpeta—. El jefe se va a echar unas risas con esto.
Se dio la vuelta y entró de nuevo en la Central Telefónica con un taconeo, dejando sobre la acera a Marek, que por suerte ya se había quedado inmóvil mientras Dios se llevaba el alma de su cuerpo desplomado.
La gente pasaba deprisa y nerviosa a su lado y, tras echar un vistazo al único mapa que llevaba en la mano, Hana se lo metió dentro de las bragas, aterrorizada, al mismo tiempo que la cabeza le daba vueltas por el dolor y la ira.
Pese a que deseaba llevarse a Marek para enterrarlo como a un héroe, tal como merecía, no se atrevió.
Lo único que podía hacer era informar a Agaton de su muerte y esperar que el AK pudiera recuperar su cuerpo al abrigo de la oscuridad para entregárselo a su familia.
Dio media vuelta con tristeza mientras se juraba que pondrían fin a aquel reinado del terror.
Los rusos se hallaban cerca y, si su avance proseguía, Varsovia debía sublevarse.
Ahora todo estaba en manos de Moscú; de Moscú y del AK .
Al recordar la imagen de Marek escupiendo sangre por el único delito de atreverse a soñar con una ciudad mejor, el trémulo corazón de Hana se endureció.
Ahora sí estaba preparada, sin importar lo que supusiera para su familia. Había llegado el momento.